Publicado en Poemas, Sin categoría

Letargo

El letargo de la estación en el sur

del sur. La gente sudorosa,

como en sueño. Algún claxon lejano.

La voz del megáfono, que esconde

algún amor desconchado.

La cal de las casas, alejadas

de los seres pensantes.

El tren que llega; tren que parte

a alguna parte del tú.

Murmullos de vagón que avanza.

Vivir tras la ventana que saluda

a nuestros ojos, las chicharras

qué inventamos sobre los campos

muy dorados. El verdor ausente

de verano infernal. La juventud

inmortal que despierta al júbilo

de ser. Los pájaros, Dios,

los pájaros…

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Caro amor

El tren chirriaba cuando se acababa el trayecto como el feedback de los grupos de los noventa. Me sentí joven de pronto, quizás inmortal unos instantes. Me guiñaba el presente, casi diría que el pasado gruñó con sabor a celos. El pasillo a la esperanza, interminable, y casi me acerqué a la puerta a la ciudad, salitre entre los colores del atardecer embriagando al desconocido. Habíamos tecleado tantos te quiero en la pantalla del smartphone que tenía la certeza de que ella tenía que existir entre las soledades del gentío. Pasaba la gente, una llamada perdida, una ganada para el bando del amor. Ella vigilaba la sorpresa junto a la salida, yo en mis nervios de adolescente cuarentón me había cruzado sin verla del todo, aturdido de arco iris y celestes felicidades . Me acerqué, sonrió con la belleza de las cosas por descubrir. Musitó un hola de dimensiones abismales. Sus gafas y la blusa en su cuerpo delgado le daban un tono de secretaria acostumbrada al trato. Sentí el aura de una mujer eterna, quizás descubrió sin saberlo sus ganas de amor en sus ojos nerviosos engalanados para agradar. Me enamoré de su fragilidad. Seguí su destino por entre las ofertas de comida rápida, las rebajas de julios empapados de verano y el desconcierto de dos desconocidos seres que se amaban por palabras de chats. Me senté con ella en cualquier lado. Ella era muy nerviosa, yo un desastre con los formalismos. Me inventaré que nos dimos la mano en algún momento. Un beso también, quizás…Ella amaba las ganas de amor que había en algún lugar de mis tragedias pasadas. Yo nací para estar allí entre los cristales de sus lentes. Supe que amaría aquel instante mientras viva. El resto es historias de eternidades, desquicios, a lo peor olvidos, pero nada podrá jamás borrarme ser por fin un ser en plenitud ante el amor que me miraba con la inocencia desnuda de hipocresías…

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Fantasmas en un tren

Se me ha acercado con la urgencia de la timidez por salvar el presente. No quería dinero, ni siquiera olía excesivamente mal. Solo necesitaba ir detrás de mí en el torno de entrada al tren. Estos otoños despiertan el lado melancólico de golpe, lo vuelven a uno especialmente empático con las causas perdidas. No suelo viajar sin automóvil, pero el tráfico a esas horas en la ciudad es pétreo, adaptado a la piel por que se circula, y me he decidido por una opción más lógica para no acudir tarde a mi cita con tan importante cliente. Tampoco debo resaltar mucho mis perdidas dotes de filántropo, solo habrá pretendido el muchacho ser amable en su camino al matadero, yo en cambio tengo un destino menos trágico, aunque también más gris por su normalidad.

Le he incluso dado un par de monedas sueltas que vagaban por mis bolsillos. En algún momento el sol que iba cayendo le ha alumbrado el rostro mientras divagaba y he visto la negritud de sus dientes, quizás una barrera defensiva atacada por la heroína y algún desamor que lo arrojaría al pozo que no tenía agua, a golpearse y no recordar el color de los cielos más azules; también en su barba huracaneada y sus ojos lúcidos tras regresar a este simulacro momentáneo de amistad. Ha estado al parecer en la cárcel, por una chiquillada de cocaína en el sitio equivocado, ha sacado pecho de su inglés mezcla de Gadir y el Peñón, y de sus logros para acceder a la Universidad. Le he ahorrado los detalles de las lindezas que hace uno luego por tener un curro y permanecer atrapado
pagando las letras de la vida de los que se afeitan. Seguramente no me habría escuchado. Dice que va a una ciudad más allá de León, siempre al Norte, como las brújulas, y le he correspondido con la sonrisa que se da a las causas perdidas que se descubren con la edad. Me he bajado en la parada anterior a la suya, deseándole éxito en tan noble empresa y con un poco de recelo al estrecharle la mano.

Apeado ya del vagón, he cogido las escaleras mecánicas sin volver la vista. El joven debe haber sido un fantasma de mi juventud, que vino solo a saludar y explicarme lo bien que van las cosas al otro lado de la opción correcta. Quizás fue él quien sintió lástima del hombre que vio, un esclavo vendido a sí mismo al precio de la condescendencia respecto a los que pensamos más débiles.