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La droguería

Lucas siempre cierra la droguería más tarde de lo habitual. Se queda haciendo caja, colocando productos nuevos, dicen que pegándose un par de lingotazos a palo seco, y que de ahí viene su hablar casi cansino e ininteligible.
Todos le achacan en la aldea que curra para que sus sobrinos dilapiden sus ahorros en cuanto Lucas cierre los ojos. Él refunfuña y dice que no es para tanto, pero en el fondo maldice no haber tenido hijos. Se acuerda entonces de Mercedes, que murió de tuberculosis a los seis meses de novios y se pone triste.

Es noche de lluvia entre semana, no hay un solo alma por las calles, desiertas a excepción del incesante tintinear de las gotas escupidas por las canales. Lucas observa que de repente, hay un extraño acercándose hacia su establecimiento. Lucas ya es mayor para asustarse de nada y sale al encuentro de la empapada figura.

  • ¡Hola, está cerrado ya!- musita – Pero no es usted de por aquí,¿verdad? Dígame en qué puedo servirle de ayuda.

El extraño viste un chubasquero oscuro. Se quita la capucha y resulta ser una mujer joven. Hay poca luz y Lucas no lleva gafas.

  • He venido al fin por ti, Lucas. – La voz habla pausada, sin tiempos ni sobresaltos terrenales.- Tardé mucho en aprender a volver, pero eso ya no va a importar.

En el tiempo de los hombres, Lucas requiere diez minutos en recordar el timbre de Mercedes, con la misma jovialidad y alegría que cincuenta y siete años antes. La fantasmal figura dispara en el corazón del anciano que cae instantáneamente sobre las baldosas macilentas y frías como la muerte que soportan.

El mundo de los vivos se preguntará mañana por qué no había evidencias de sufrimiento alguno en el cuerpo de Lucas. Nadie vio, a través de las ventanas del pueblo, que el amor se acercaba silencioso.

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Escritor en stand-by

En el metro de vuelta a casa. Manuel imagina, en ropas de curro, donde quedarían bien la mujer don nadie que respira sobre él, o la diva cercana a la puerta cuya música robótica a través de cascos de marca son oídos por los anónimos de alrededor. Las describe con esmero al llegar a casa, dotándolas de diálogo que alegren la soledad de piso de solterón perenne donde vive.

Obvio que no hay razón para que los compañeros de trabajo especulen acerca de las prisas de Manuel por salir pitando día tras día sin ducha ni cambiarse de ropa. Creen que es maricón los más futboleros o un calzonazos los no paga-fantas. Cada uno va a lo suyo pero es normal hacer crítica “brothers in arms” de vez en cuando. Unas risas y vuelta a la jungla a matar cocodrilos o negritos porteadores, según lo decidan por ti en las noticias.

Manuel escribe y lee versos e historias de sinopsis brillantes. Lee mucho, a Francisco Brines actualmente, de quien aprende la paciente búsqueda de una inmortalidad difícil de concebir, más complicada si aún cabe de explicar a los conocidos y compañeros de trabajo, pues amigos no existen desde su prisma de introvertido sin remedio ni solución.

Como, antítesis a su preocupación por la no muerte y consecuencias en el devenir de cualquier obra, Manuel se exige a sí mismo horas de estudio pormenorizado de una ingente cantidad de autores de cualquier literatura, incluidas las coloniales, y se haya subscrito a innumerables webs de contenido expresamente literario. Ha conseguido ganar algún premio de poca o ninguna relevancia, para lo cual se ha preparado discursos muy aplaudidos por lo sorprendente de su erudición. Al fin y al cabo, no se espera tanto de un operario de una fábrica ruidosa y nauseabunda.

Buceando en César Vallejo o en la infinita biblioteca de Borges, llega el día en que las soluciones al eterno problema de perecer en cuerpo y alma encuentran en los escritos de Manuel un valioso antídoto. Se desata el júbilo ante tan preciado hallazgo. Quienes le leen aprenden a vencer a la parca, todas las muertes previstas por el fátum se suspenden y Manuel es el autor más leído junto a Cervantes, García Márquez o la Biblia. Los editores pelean por sus poemas, escritos de cualquier índole y es venerado como casi un dios en todo el orbe.

Manuel ya no es un maricón ni un paga-fantas. Los antiguos compañeros le siguen por las redes, aunque es duda si alguno ha entendido sus letras enrevesadas. Él vive cada día en un hotel diferente, se especula si acompañado de hombre o mujer, si escribiendo para mejorar el mayor artefacto que escritor alguno descubrió jamás, si para conseguir alcanzar la esencia de Dios…

En un hotel de alguna ciudad asiática bulliciosa y gigantesca, el antiguo operario está a punto de describir los puntos débiles de la parca. Cuando halla las palabras con exactitud pasmosa, segundos antes de dejar constancia de otra cumbre conquistada por el ingenio humano, se queda dormido súbitamente. Sueña que la muerte está sentada junto a él en el incómodo sofá de habitación carísima de hotel de cinco estrellas, observando su dormitar tras una agotadora rueda de prensa.

Abre los ojos y los llena del dantesco vacío del rostro mortífero. No sabe si es parte de la pesadilla, pero no quiere despertar, necesita saber para transmitir el mayor hallazgo del hombre, hablarle cara a cara a quien no puede herirle. Tampoco sabe si está despierto imaginando que ve a la muerte observando su dormitar, luego abrir de ojos que se llenan del terror en la cara de la muerte, sin saber si es parte de la pesadilla…

La muerte no pudo vencer la inmortalidad del poeta descubridor de sus puntos flacos. Se limitó a dejarlo en stand-by hasta el final de los tiempos, sufriendo la duda más ontológica a instantes de resolverse, en medio de una regresión tan imposible como el sueño de los fallecidos…

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El sofá salmón (III)

Hacia la tarde no pudo despegarse del sofá. Carlos lo achacó a un amago de infarto, a los kilos que pesaban mucho más desde que Ana lo había dejado. Cerró los ojos e intentó no alarmarse. Cuando horas después se despertó sobresaltado sus piernas no tenían vellos. El salmón del sofá y sus extremidades eran el mismo. 

Ana regresó dos semanas más tarde. Entró temerosa de otro encontronazo, pero en el salón solo estaban el sofá y la tele encendida. Olía fatal en el fregadero, seguramente de restos podridos de comida basura. Quizás Carlos había decidido largarse también, pero conociéndolo como lo conocía desechó rápidamente tal idea. 

Esperó tendida en la cama a que apareciese. Con sueño atrasado de noches en vela consiguió dormir unas horas, hasta que gritos lejanos de auxilio la sobresaltaron. Parecían venir del salón donde su marido hipotecaba su juventud mientras veía estupideces en la caja tonta. Allí no había nadie. 

Días después llamó a la policía. O Carlos era un bastardo sin corazón, cosa impensable para ella, o le había sucedido algo mientras salía a comprar sus adictivas bazofias. No encontraron nada. Salió en televisión. Recolectaron dinero en un número de cuenta. Las hipótesis apuntaban a que quizás se había muerto de un ataque cardíaco y caído a algún lugar desconocido, a lo peor inhóspito . El olor de su cuerpo en descomposición no tardaría en alarmar al vecindario. 

Ana se quedó en casa de sus padres de nuevo mientras la policía vigilaba la entrada de la casa. Meses más tarde abandonaron tan extraña búsqueda: no faltaba dinero en sus cuentas, no encontraron cuerpo, nadie había visto a un gordo aquejado de alopecia por ningún lado. 

Tocaba regresar al mundo real. Ana entró en el piso. Cenó algo rápido en la cocina. Sus padres y amigos la agotaron a preguntas en el teléfono. Se sentó en el salón, tal como su marido solía hacer. La mujer de Carlos notó como el sofá , incómodo asiento donde los hubiera,  pedía ayuda. Descubrió en la lejana voz, mientras el terror se apoderaba de su ser, el timbre chillón de su orondo marido.

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El sofá salmón (II)

Los saludos informales se transformaron en gruñidos. Ella encontró canas entre el vapor del baño mientras maquillaba su cada vez más subrayada indiferencia. Carlos notaba el trasero dolorido e intentó acoplar su creciente mole a la fisonomía de su compañero de penas. En unas semanas le hablaba como si fuera un amigo del alma, a la par que el monólogo en su cabeza de pseudo perdedor se transformaba en una conversación amigable y casi madura. A veces su mujer pensaba que hablaba por teléfono, otras que insultaba a algún famosete o político de turno.

Un día Carlos observó que sus manos mostraban en sus palmas el mismo color rosado del sofá con el que conversaba. Maldijo acerca del vendedor de muebles que les garantizó que era de primeras calidades y cuando Ana regresó tras una de sus desmotivadoras jornadas, puso el grito en el cielo, atreviéndose a lanzarle una revista mensual a la cabeza. Esquivó mal que bien el gesto desmedido de aquel hombre que yacía roncador en sus madrugones y sin mediar palabra tomó unas ropas que no cubrían su insatisfacción y se marchó a casa de sus padres.

Carlos no se inmutó. Buscó algo de consuelo en su mueble predilecto e incluso durmió allí tapando su derrota con la mantita de los findes. A la mañana siguiente su piel era casi color salmón, e incluso una ducha a conciencia no consiguió despejar la tez pálida. Notó incluso que las formas de la tela se quedaban marcadas. Hubiera sido una sorpresa o incluso causa de risa, pero le entró un ataque de soledad y fue a sentarse a ver el fin de una serie de más de doscientos capítulos. Sonrió pensado en la desaprobación de su esposa.

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El sofá salmón (I)

No le faltaba razón a su mujer, Ana, cuando luego de un tedioso sábado de medir visual desde cualquier perspectiva digna del mejor Borges, se decidió por comprar el sofá salmón. Carlos dio un sí gesticular digno de cualquier diputado al que interrumpieran la siesta para una votación intrascendente, cual afirmativo había sido en su boda pero con más papada y una alopecia cabalgante en todas direcciones.

Había engordado desde que la crisis lo desterró a cursos de reinserción laboral para los que no había fondos. Una mezcla de tristeza y adicción por las series matinales se reflejaban a su parecer en los espejos que aparecían últimamente por todos sitios. Su mujer animaba lo mismo que una ventana a la pared de enfrente, pero mantenía el ímpetu que la llevaba a currar horas extras y aún así conservarse inmortal como una quinceañera a cualquier hora.

Una vez los operarios colocaron el nuevo sofá en el salón comedor, Carlos cayó en cuenta de su incomodidad. Prefirió no decir nada y acostumbrarse mientras deleitaba cualquier necedad en televisión y en medio de los comerciales visitaba las tierras de Jauja que habitaban en la nevera.
Ana no dijo ni encontró contrariedades, a pesar de lo mal que encajaba con el resto de mobiliario y lo fondón que él quedaba reclinado cual bacanal romana sobre el mismo. Quizás absorto en las preguntas que el rechazo social le obligaban a hacerse, las siguientes semanas mantuvieron un silencio demasiado profundo para una vida conyugal aún sin descendencia a los que hacer culpables de la mediocridad de los actos propios. Empezaron a verse más ruidosos los ronquidos, más desagradables los pelos en la ducha, los geles abiertos, las series sugeridas por el contrario eran basura televisiva…Sin lugar a dudas era una crisis de los cuarenta pero en la treintena, agravada por la sensación de envejecimiento prematuro del postrado Carlos, ameba teleadicta recostada en su sofá salmón.

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Piano

Era muy transitado el edificio donde María trabajaba vendiendo seguros en el trapecio de los despidos y las técnicas de venta. Había puertas opacas giratorias como las de las pelis hollywoodenses y un aire de sofisticación cool calcado a los carpantas hidalgos de los siglos del Imperio. 

Antonio la observaba desde la lejanía agazapado tras sus oscuras gafas de mercadillo y su barbas nuevas . Con la meticulosidad impropia de un hombre en venganza, supo en base a la observación prismáticos en mano, hasta qué días eran los de quedar con amigas y cuáles había dormido mal por el maquillaje aplicado en sus ojeras. 

María nunca mostró sentimiento alguno. Dijo sí a su relación con el ahora espía con la naturalidad con que vuelan los pájaros. Y mostraba su aparente felicidad sonriendo modestamente a las ingentes cantidades de flores que desfilaban delante de sus ojos callados. Ni siquiera mostró sorpresa cuando vio por vez primera el virtuosismo sobre el piano de aquellas manos que tocaban aún torpes su piel.

Aprendió, quizás en retardo resuelto en disonancia, a no ser una plácida melodía más dentro de aquel soñador de legañas perennes y decidió abandonar sus partituras con un calderón como despedida.

Uno de los días numerosos en que la vendedora de seguros salió pensando en él precisamente, Antonio, pistola en el bolsillo izquierdo, decidió abordarla y en un crescendo inigualable hacerla parte protagonista de la tragedia sinfónica. Notó hasta las notas del piano cayendo sobre su ser orquestado por las percepciones del Universo. La gente corría a ayudar en un incidente en la misma entrada y aprovechó el magnicida para perpetrar su acto vil.

María lo miró sin reconocerlo, absorta como iba en saber qué pasaba con la multitud que se agolpaba en círculos metros más allá. La llamó a grito pelado y no obtuvo respuesta. Antonio intentó sacar la pistola pero su mano parecía evaporarse, como la de un fantasma. Se dignó finalmente a volver a la realidad y vio claramente lo acontecido: en su camino presto a la ignominia del asesinato, unos obreros que subían un piano de cola en un bloque de pisos colindante gritaron al músico que quedaría sepultado bajo la mole inmensa, sordo por su ceguera a los sonidos externos. 

Todos las armonías del mundo salieron de aquellos acordes por tocar, en el preludio incierto de ser la muerte trastocada y suspendida de una partitura mal escrita.