Publicado en Escritos

Escritor en stand-by

En el metro de vuelta a casa. Manuel imagina, en ropas de curro, donde quedarían bien la mujer don nadie que respira sobre él, o la diva cercana a la puerta cuya música robótica a través de cascos de marca son oídos por los anónimos de alrededor. Las describe con esmero al llegar a casa, dotándolas de diálogo que alegren la soledad de piso de solterón perenne donde vive.

Obvio que no hay razón para que los compañeros de trabajo especulen acerca de las prisas de Manuel por salir pitando día tras día sin ducha ni cambiarse de ropa. Creen que es maricón los más futboleros o un calzonazos los no paga-fantas. Cada uno va a lo suyo pero es normal hacer crítica “brothers in arms” de vez en cuando. Unas risas y vuelta a la jungla a matar cocodrilos o negritos porteadores, según lo decidan por ti en las noticias.

Manuel escribe y lee versos e historias de sinopsis brillantes. Lee mucho, a Francisco Brines actualmente, de quien aprende la paciente búsqueda de una inmortalidad difícil de concebir, más complicada si aún cabe de explicar a los conocidos y compañeros de trabajo, pues amigos no existen desde su prisma de introvertido sin remedio ni solución.

Como, antítesis a su preocupación por la no muerte y consecuencias en el devenir de cualquier obra, Manuel se exige a sí mismo horas de estudio pormenorizado de una ingente cantidad de autores de cualquier literatura, incluidas las coloniales, y se haya subscrito a innumerables webs de contenido expresamente literario. Ha conseguido ganar algún premio de poca o ninguna relevancia, para lo cual se ha preparado discursos muy aplaudidos por lo sorprendente de su erudición. Al fin y al cabo, no se espera tanto de un operario de una fábrica ruidosa y nauseabunda.

Buceando en César Vallejo o en la infinita biblioteca de Borges, llega el día en que las soluciones al eterno problema de perecer en cuerpo y alma encuentran en los escritos de Manuel un valioso antídoto. Se desata el júbilo ante tan preciado hallazgo. Quienes le leen aprenden a vencer a la parca, todas las muertes previstas por el fátum se suspenden y Manuel es el autor más leído junto a Cervantes, García Márquez o la Biblia. Los editores pelean por sus poemas, escritos de cualquier índole y es venerado como casi un dios en todo el orbe.

Manuel ya no es un maricón ni un paga-fantas. Los antiguos compañeros le siguen por las redes, aunque es duda si alguno ha entendido sus letras enrevesadas. Él vive cada día en un hotel diferente, se especula si acompañado de hombre o mujer, si escribiendo para mejorar el mayor artefacto que escritor alguno descubrió jamás, si para conseguir alcanzar la esencia de Dios…

En un hotel de alguna ciudad asiática bulliciosa y gigantesca, el antiguo operario está a punto de describir los puntos débiles de la parca. Cuando halla las palabras con exactitud pasmosa, segundos antes de dejar constancia de otra cumbre conquistada por el ingenio humano, se queda dormido súbitamente. Sueña que la muerte está sentada junto a él en el incómodo sofá de habitación carísima de hotel de cinco estrellas, observando su dormitar tras una agotadora rueda de prensa.

Abre los ojos y los llena del dantesco vacío del rostro mortífero. No sabe si es parte de la pesadilla, pero no quiere despertar, necesita saber para transmitir el mayor hallazgo del hombre, hablarle cara a cara a quien no puede herirle. Tampoco sabe si está despierto imaginando que ve a la muerte observando su dormitar, luego abrir de ojos que se llenan del terror en la cara de la muerte, sin saber si es parte de la pesadilla…

La muerte no pudo vencer la inmortalidad del poeta descubridor de sus puntos flacos. Se limitó a dejarlo en stand-by hasta el final de los tiempos, sufriendo la duda más ontológica a instantes de resolverse, en medio de una regresión tan imposible como el sueño de los fallecidos…

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Publicado en Poemas

Los otros yos

He aquí al poeta

aprendiz de vida, llegando

a donde los otros yos

encuentran difícil respirar

del colorido, donde palabras

acarician la memoria moribunda,

la perspectiva saluda agazapada.

He aquí al desnudo cuerpo

sin género, al escultor

de la caricia de los mares, el ojo

atormentado de ser sol

sobre recalcitrante prosa, manos

de la noche eternizada de caderas.

He aquí convertido en levitar

de los fantasmas efímeros

y la evolución de los dantescos

agujeros en la piel de la llama.

Centinela del tiempo adusto,

guardián de los labios ciegos,

espada en la aurora bañada,

yo asumiendo ser abrazo

que abarque universos apenas

moldeados, del instante deudores,

de la juventud, la sangre.