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Adiós…

Adiós a las gaviotas de incógnito,

al Guadalquivir en su orgasmo

atlántico;

adiós al cielo que me hizo ángel,

adiós

al mar que se abre de piernas.

Adiós a los sanlúcares

empedrados de ataúdes,

adiós a los caciques que me soñaron

culpable de nacimiento, adiós

al salitre de los versos puros,

adiós a las barcas

donde me llamaba la muerte.

Adiós…

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Walking trees

Con recelo

nos mira el abismo. El séptimo

día hubo un dios underground

que echó horas extras,

arrepintiéndose del bien

engominado. El “sí-mismo”

no sabe guiñar y abierta

a manipulación la hiel

deja, the sound

of walking trees, el velo

de la verdad débil, las pistolas

susceptibles de ira.

Va a ser un paseo sobre olas

disimuladas el acabar las risas

ante lo no establecido.

El suicidio

de los voluntariosos ordeno;

sé que mi tecnología anula

el existir de Dios. Prohíbo

la licantropía

y las ensangrentadas lunas.

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Aprendices

La plaza se maquilla

de azahares que hablan.

Recién horneada, una luna

viste a los lobos buenos.

La calle empedrada serpentea

con nobiliarios aires de invierno.

En la biblioteca donde los sueños

se arropan, varios puños

en alto secan las tormentas.

Hay un parque fuera;

aprendices del asesinato último

son adoctrinados

en soberbia de diluvios,

y en la custodia de cualquier sistema…

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Gerundios subversivos

Desempolvando mi desordenado

olvido, en la cómoda de lo por confesar

hallo los ojos de la niñez.

Son los mismos que pretendí abandonar

transformado en golpeador de la noche.

Me observan con la inocencia

del perdón inmediato;

casi balbucean las gracias

de los resucitados, se dejan

atravesar de un impío amanecer,

se despojan de noche y asesinandos.

Estos ojos injertos,

germinar del ser-en-calma,

maquillados del color primigenio,

son las compuertas abiertas

al amor en gerundios subversivos.

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Veneno en las escamas

Necio soy

al pretender mostraros la inmortalidad,

el arco iris que emana

en las manos que se besan,

entre los que tienen esperanza,

el volar.

Necio me adoráis,

porque la nada asusta

en vuestras penúltimas cenas,

frugales, con la ambrosía

que creéis mi alimento

justo antes de mataros vestidos.

La vuelta a serpientes

os pareció óptima

para vender fruta prohibida,

para desahuciar evas putas

y adanes sumisos. No os

importa la indolencia al arrastraros

mientras

tengáis veneno en las escamas.

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La piel en pausa

Este resucitar de los relojes,

erosión en mi trinchera,

asfalta la piel en pausa.

Hubo un tiempo anterior

a los bombardeos

donde las flores eran verbos;

los amaneceres,

mi desnudez que hablaba.

Ahora que la madurez

ha manchado la inocencia

de perpetuidad, acuchillo

a mi propia sombra

los días de paga y los árboles

se postran ante mi paso

inseguro. Me conocen

en los confesionarios

de los confines del mundo,

llevo la marca del pecado

en alguna de las vidas

que no supe domesticar.

A veces, cuando la humanidad

se hace la dormida,

hago ruido para despertaos

en mitad de la pesadilla.

Nadie me ha descubierto aún

cepillando mi traje

de Superhombre taciturno…

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Condenado

Me condenaron al tiempo,

quizás a la calma de los días sedados.

Un espejo me persigue

escupiendo canas en mi pueril

cadencia.

Sé que debe de haber formas

de andar por los mares azucarados,

de no hipotecarse las sonrisas,

de nadar sin salpicar a los ahogados.

Pregunto a quien me imita

recordándome los appointments

con fabricantes de alas y vendedores

de la verdad en fascículos. Es muy cruel

llevar reloj y tomar pastillas

contra la niñez

y ser inmune a la oscuridad.

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Germinar

En estos espejos donde germina

el vacío,

las sombras hacen burla.

Un ejército de sinsabores

desfila sin compás

ni mi rostro

en día par o fiesta de sábado.

Alguien nace con el narciso

introvertido, uñas afiladas

arañan la suavidad de los úteros,

mujeres paridoras difuminan

la atmósfera del Pecado.

Todos en pose, y no acierto

a devolver tanto reflejo inverosímil.

Salgo en flor de los espejismos

del ser,

túnica visto, barbas atormentadas

de insomnio. Me llaman

de nuevo Dios, se postran superfluos

los ricos, sumidos en miedo

los culpables de ser pobres.

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Marcho

Marcho,

turista eterno sobre la piel amarillenta

de los horizontes.

En cada esquina

el desamor me atraca,

un árbol me ahorca en los parques,

una estatua ecuestre pisotea

mi sudar de sparring.

Marcho,

inventando los pies y el camino,

las caras para el recuerdo,

la luz que suavice

el agonizar de todos los que robaron

mis vidas extras. Marcho…

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Me contemplo

Me contemplo ante un Goethe

de papada casi infame, lleno

de mil y una noches en insomnio

apátrida,

contemplándome contemplar

los caminos que nadie inventó.

Pongo al pensamiento los azúcares

de la noche infinitesimal,

donde el espacio se deforma

al antojo del vuelo a la cumbre,

la que arroja miedo a la dimensión

del humano efímero.

Me contemplo en la medida

de los sentidos trastocados,

en la cosmogonía virtual

que pagan las semanas sin días

de puestas de sol, sin escaleras

por donde caer, sin palabrotas

a quienes se dejan encarcelar

con gusto.

Me contemplo pensamiento fútil,

un volcán dormido entre la erupción

de realidades embellecidas

con el terror de la nada. Nadar

cuando la corriente en contra

tiene espíritu de sucedáneos del salmón primero.