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El sofá salmón (II)

Los saludos informales se transformaron en gruñidos. Ella encontró canas entre el vapor del baño mientras maquillaba su cada vez más subrayada indiferencia. Carlos notaba el trasero dolorido e intentó acoplar su creciente mole a la fisonomía de su compañero de penas. En unas semanas le hablaba como si fuera un amigo del alma, a la par que el monólogo en su cabeza de pseudo perdedor se transformaba en una conversación amigable y casi madura. A veces su mujer pensaba que hablaba por teléfono, otras que insultaba a algún famosete o político de turno.

Un día Carlos observó que sus manos mostraban en sus palmas el mismo color rosado del sofá con el que conversaba. Maldijo acerca del vendedor de muebles que les garantizó que era de primeras calidades y cuando Ana regresó tras una de sus desmotivadoras jornadas, puso el grito en el cielo, atreviéndose a lanzarle una revista mensual a la cabeza. Esquivó mal que bien el gesto desmedido de aquel hombre que yacía roncador en sus madrugones y sin mediar palabra tomó unas ropas que no cubrían su insatisfacción y se marchó a casa de sus padres.

Carlos no se inmutó. Buscó algo de consuelo en su mueble predilecto e incluso durmió allí tapando su derrota con la mantita de los findes. A la mañana siguiente su piel era casi color salmón, e incluso una ducha a conciencia no consiguió despejar la tez pálida. Notó incluso que las formas de la tela se quedaban marcadas. Hubiera sido una sorpresa o incluso causa de risa, pero le entró un ataque de soledad y fue a sentarse a ver el fin de una serie de más de doscientos capítulos. Sonrió pensado en la desaprobación de su esposa.

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El sofá salmón (I)

No le faltaba razón a su mujer, Ana, cuando luego de un tedioso sábado de medir visual desde cualquier perspectiva digna del mejor Borges, se decidió por comprar el sofá salmón. Carlos dio un sí gesticular digno de cualquier diputado al que interrumpieran la siesta para una votación intrascendente, cual afirmativo había sido en su boda pero con más papada y una alopecia cabalgante en todas direcciones.

Había engordado desde que la crisis lo desterró a cursos de reinserción laboral para los que no había fondos. Una mezcla de tristeza y adicción por las series matinales se reflejaban a su parecer en los espejos que aparecían últimamente por todos sitios. Su mujer animaba lo mismo que una ventana a la pared de enfrente, pero mantenía el ímpetu que la llevaba a currar horas extras y aún así conservarse inmortal como una quinceañera a cualquier hora.

Una vez los operarios colocaron el nuevo sofá en el salón comedor, Carlos cayó en cuenta de su incomodidad. Prefirió no decir nada y acostumbrarse mientras deleitaba cualquier necedad en televisión y en medio de los comerciales visitaba las tierras de Jauja que habitaban en la nevera.
Ana no dijo ni encontró contrariedades, a pesar de lo mal que encajaba con el resto de mobiliario y lo fondón que él quedaba reclinado cual bacanal romana sobre el mismo. Quizás absorto en las preguntas que el rechazo social le obligaban a hacerse, las siguientes semanas mantuvieron un silencio demasiado profundo para una vida conyugal aún sin descendencia a los que hacer culpables de la mediocridad de los actos propios. Empezaron a verse más ruidosos los ronquidos, más desagradables los pelos en la ducha, los geles abiertos, las series sugeridas por el contrario eran basura televisiva…Sin lugar a dudas era una crisis de los cuarenta pero en la treintena, agravada por la sensación de envejecimiento prematuro del postrado Carlos, ameba teleadicta recostada en su sofá salmón.

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Desempleado

Semanas llenas de lunes.

Compra matinal que se mofa

del reflejo. Zombies.

Indigestión de series. Burocrática

realidad. Capitalismo

de parques que gritan silencio.

Esnifados destinos.

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Ciudades medianas

Gente que se da los buenos días al cruzarse con otras vidas. Es parte de estas ciudades medianas, pero para el desempleo y sus despojos son parte del decorado, estaban ahí para decirles que son parte aún de la realidad. Hay unos manteros sonrientes que huelen a resucitados de mar, alguien que barre las calles como prisionero de su tarea, quizás una madre que regaña a retoños soñolientos y sus deseos de huir de la escuela.

El parado cumple su función de no desfallecer. No tiene nombre, no da los buenos días, ni mira a los manteros ni envidia a quienes barren. Va en su ritual diario a ver qué hay de curro en la oficina otorgada por la burocracia y descubrirá trabajo en el extranjero, donde la felicidad debe concebirse desde otras perspectivas. En el tablón de anuncios, en el ordenador coincide con otros. Hay una mujer mayor que él que le mira condescendiente desde hace semanas. Lo mismo un día se atreve a hablarle y toman un café. Otros son reflejos de su decadencia y van sin afeitar y desaliñados a ojos del sistema, tanto o más que él mismo.

Es sabido que nadie va a encontrar nada de nada. Pero es una función vital a la que aferrarse, como los buenos días o la sonrisa del mantero. En unos meses, cuando se agote el subsidio, quizás limpie calles. Para entonces habrá seguramente tomado café con la mujer que tendrá un nombre común, una vida aburrida y fumará imitando a alguna femme fatal de telenovela insufrible. Un plan mejor que la soledad de no decirle a nadie que todo es una mierda entre semana, cuando se arrastra a la dichosa oficina buscando el milagro como peregrino en su fe enfermiza.