Publicado en Poemas

Ferro despierto

Soy jaula,

y los barrotes me acicalo

con quienes mato cuando nadie mira.

Soy la nada

del sofá casi adormecido

el principio o el fin, el otoño de la huída.

Cuando todos duermen

salgo a avivar el fuego.

La suerte

de las alas invento, la quimera

de los hombres libres,

la dulce espera del reo

ante rostros sin nombre de los alguaciles.

Soy. Eso es más que un lector

acomodado a unos versos

de hedor

pusilánime, ferro despierto

acuchillando el desaire

de ser solo en el espejo,

los puntos suspensivos con sangre

de las nieblas civiles…

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Publicado en Poemas

Me amanece

Me amanece la cizaña

de la gente en erupción.

Los ladridos del vecino,

regañando a los árboles

en alopecia otoñal,

los perros declamando

odas a lo ingenuo, me resucitan.

Me amanece la cizaña,

habita en el vacío círculo

de mi yo aparcando,

de mi yo muriendo

en las penumbras de la tarde

fósil. Me amanece la noche,

y ahí ya me rindo a los infiernos:

conocen al Dios

del que me río cuando

se olvida de señalarme los caminos

menos iluminados por Su sombra.

Publicado en Poemas

Youtubers

La conciencia me observa desde el confín del tiempo. Sobre mi puñal

descansan los epílogos. Dios es un bedel

chismoso, con próstata y amante
de los reflejos deformes.

Un par de destinos copiados al sistema vienen caminando

sobre los sueños uniformados, una mujer

de seis pechos amamanta la Trinidad, huérfana de religión estable.

Hay Verbo en las lascivas bocas
de los arrianos, un grito en la garganta

del Futuro. La Carne se arrastra
por los arrabales del Averno,

un diablo en erupción maligna anuncia el golpe de Estado

y un espectador imbécil aplaude ante las risas enlatadas. Doce

Youtubers cocainómanos montan guardia ante las puertas de la Nada.

Mi conciencia me alerta de los trucos de la Muerte. En alguna web

mi laptop inmortal encuentra su prisión spam. Me quedo en el desierto

mientras lo arreglan. 40 días solamente.

Los poemas buenos, y más si son trascendentales, no acaban en adverbios

de mierda, miedo y resurrecciones

cartón piedra.

Publicado en Bienvenida a las armas

Altura

Érase una vez un primate intentando medir la profundidad de un abismo cualesquiera. Cuando el macho alfa, envidiando aquel acto de ego no autorizado por su absolutismo sin cuestión posible lo empujó al vacío, el primate comprendió la dimensión real de la caída mortal, fuera cual fuese la altura dada.

Publicado en Poemas

Asesinato

Haremos la guerra

mientras deportemos al amor,

que tendrá un tic en algún recuerdo.

Dejaremos la trinchera impoluta,

como si no pasara nada.

Sonreiremos a la muerte, saludándola

al pasar a desahogarnos con alguna

droga snob.

Le hablaremos a Dios de tú a tú,

con el arma de Zaratustra

traduciendo las biblias que bostecen.

Seremos seres con legañas

y mal olor neoliberal,

y ardor en el arrepentimiento cool.

Haremos la guerra con los orgasmos

fingidos. Nos acostumbramos

a que el Superhombre nos abandonara

tras planear el Asesinato.

Publicado en Poemas

Ajeno

Un mar ajeno al tiempo.

Estoy en constante marea, altiva,

como noche entregando personajes

al destino indigesto.

La nada en masculino, deriva

altisonante de los que a Dios

arrancamos silencio, se manifiesta.

Hago zozobrar varias barcazas,

aun en la entereza 

de los hombres que saben ser alba.

Me cree Él  de su parte. Un ciclón,

la fuerza de mis entrañas todas

en dominante tensión verdiana

soy, fui, seré, flexionado en olas,

la resaca después del mañana 

inalcanzable para el ser bípedo 

que asimile el compás, el ritmo

de matar Altísimos placebos.

Ajeno al deseo de asesinato, 

soy muerte, antónimo de relojes,

vuestra respuesta retórica, ambos

lados del Superhombre. Noches..

Publicado en Poemas

Walking trees

Con recelo

nos mira el abismo. El séptimo

día hubo un dios underground

que echó horas extras,

arrepintiéndose del bien

engominado. El “sí-mismo”

no sabe guiñar y abierta

a manipulación la hiel

deja, the sound

of walking trees, el velo

de la verdad débil, las pistolas

susceptibles de ira.

Va a ser un paseo sobre olas

disimuladas el acabar las risas

ante lo no establecido.

El suicidio

de los voluntariosos ordeno;

sé que mi tecnología anula

el existir de Dios. Prohíbo

la licantropía

y las ensangrentadas lunas.

Publicado en Poemas

Veneno en las escamas

Necio soy

al pretender mostraros la inmortalidad,

el arco iris que emana

en las manos que se besan,

entre los que tienen esperanza,

el volar.

Necio me adoráis,

porque la nada asusta

en vuestras penúltimas cenas,

frugales, con la ambrosía

que creéis mi alimento

justo antes de mataros vestidos.

La vuelta a serpientes

os pareció óptima

para vender fruta prohibida,

para desahuciar evas putas

y adanes sumisos. No os

importa la indolencia al arrastraros

mientras

tengáis veneno en las escamas.

Publicado en Poemas

La piel en pausa

Este resucitar de los relojes,

erosión en mi trinchera,

asfalta la piel en pausa.

Hubo un tiempo anterior

a los bombardeos

donde las flores eran verbos;

los amaneceres,

mi desnudez que hablaba.

Ahora que la madurez

ha manchado la inocencia

de perpetuidad, acuchillo

a mi propia sombra

los días de paga y los árboles

se postran ante mi paso

inseguro. Me conocen

en los confesionarios

de los confines del mundo,

llevo la marca del pecado

en alguna de las vidas

que no supe domesticar.

A veces, cuando la humanidad

se hace la dormida,

hago ruido para despertaos

en mitad de la pesadilla.

Nadie me ha descubierto aún

cepillando mi traje

de Superhombre taciturno…

Publicado en Escritos

Antonio o el teorema de la muerte

Antonio intuía que era el hazmerreír de aquellos alumnos aún floridos en acné y esperanzas sin letra pequeña. Solía perder las copias de los exámenes, o dejar caer las gafas cuando la pasión por la enseñanza lo dominaba y acababan rotas por sus zapatos de cordones desiguales y de distinto color, consecuencias todas de su soltería agotadora y su virtual existencia dedicada a visionar las matemáticas de un modo vedado al resto de mortales. Alguna alumna le ayudaba con la difícil tarea de meter los brazos en el chubasquero en día de lluvia, y olvidaba los post-it de formulaciones abrumadoras en los lugares más insospechados, dando así una inusual nota de colorido a la objetividad pura que intentaba acercar a su público.

Bromas aparte, que incluso la comicidad en exceso adolece de no digestiva, Antonio era el profesor por antonomasia. Los alumnos abarrotaban los pupitres e incluso se daba la paradoja de gente sentada en las escaleras para escuchar a aquel mequetrefe de gafas dobladas sino sin cristales cuya maestría era acorde a la asombrosa capacidad de su enfrentamiento a la monstruosidad lógica.

Se decía que matemáticamente podría llegar a matar a Dios de un modo similar a los filósofos existencialistas, embutido en su estudio pormenorizado de las relaciones de los elementos dentro de un sistema, dicho de modo entendible para nosotros torpes humanos, real. Del mismo modo en que sus alumnos mostraban la mitomanía propia de la tardía adolescencia, Antonio era reservado en su visión matemática copiada de J. Stuart Mill o P. Kitcher, entre otros, y aborrecía del empirismo casi marcial de Lakatos y su acercamiento a la lógica como consecuencia del error en cualquier proceso refutable.

Un tipo singular el tal Antonio, un soberbio portento del conocimiento más puro que impartía su cátedra en la Universidad de un lugar de cuyo nombre no quisiera acordarme. Era la ambivalencia antropológica que tan bien casa con el ser humano: una inteligencia divina que vestía con las habilidades propias de un demente.

Incluso así, no pasó desapercibida su pérdida de peso en los albores del segundo parcial de junio. Pobló su cara de una espesa barba que los testigos oculares adjetivaban como pelirroja, traidor como era a lo inescrutable en la esencia de cualquier dios, pero quizás existía una falsa impresión en tal descripción a resultas del Judas bíblico.

Se volvió incluso más huraño, expulsando de clase a la más mínima intuición de ser objeto de burla, comenzó a castigar sin reparo en los exámenes a los alumnos que le adoraban por su desaliño y cosmogónico conocimiento, se mofaba de los pocos aventajados que intentaban seguir sus teoremas asombrosos… Antonio había cambiado en aquel curso y todos se preguntaban el porqué de tal comportamiento irascible en un ser tan adorable.

Llegó a ser tan impopular y odioso que el rectorado lo convocó a una reunión de urgencia, hasta tal punto había alcanzado su metodología destructiva. Se presentó ante sus colegas con la misma facha de espantapájaros torpe y con unas ojeras impropias de un hombre saludable y en su sano juicio.

El rector ante la evidencia de su lamentable estado físico y quizás mental, lo invitó a su despacho al día siguiente a las once de una mañana que se pensaba fría y pudiera ser que nublada. El profesor de matemáticas negó con la cabeza:

  • No va a poder ser. -anunció – Moriré de un infarto cerebral a las tres cuarenta y siete de la mañana. Aún no averigüé los segundos exactos.

Lógicamente, o a lo peor no, los aturdidos consejeros quedaron estupefactos ante una respuesta tan fuera de lugar y una vez se había marchado el poco cuerdo profesor dejaron claro que habría que buscar soluciones a aquella extraña conducta. Acordaron verse luego de la reunión con el sujeto, establecida a las once y a la cual estaban seguros que acudiría con matemática kantiana puntualidad como era norma en el lunático durante tantísimos lustros de enseñanza.

Al día siguiente se cumplió la premisa de que Antonio no había hecho acto de presencia ni siquiera en sus clases de las ocho y nueve y media. A las once tampoco hubo reunión que se preciara de serlo, y la alarma de un posible problema se extendió.

La policía llegó al céntrico apartamento donde vivía solo. Tras llamar varias veces a la puerta y teléfono decidieron entrar por la fuerza y encontraron una trituradora de papeles junto a restos  de material desechado en minúsculas tiras en medio del salón. En las paredes había borradas algunas fórmulas ininteligibles para los avanzados y en la cama de la habitación el cadáver del sujeto, con pijama arrugado y descosido. Tenía evidentes síntomas de infarto en su amoratado rostro.

Los compañeros de departamento en la universidad comprendieron poco después de ser conscientes de la terrible noticia: en la búsqueda de la pureza absoluta había hallado la fórmula matemática que permitiera el cálculo casi exacto de la fecha de la muerte. Tal fehaciente hallazgo aterrorizó al pobre Antonio y borró las pruebas para no asustar más al ser humano con tan traumática realidad. Quizás en una vida ulterior no tendría necesidad de buscar tantas respuestas, ni que ser hazmerreír de almas puras que vivirían en potencia, sin zapatos con cordones de diferente color.