Publicado en Poemas

Walking trees

Con recelo

nos mira el abismo. El séptimo

día hubo un dios underground

que echó horas extras,

arrepintiéndose del bien

engominado. El “sí-mismo”

no sabe guiñar y abierta

a manipulación la hiel

deja, the sound

of walking trees, el velo

de la verdad débil, las pistolas

susceptibles de ira.

Va a ser un paseo sobre olas

disimuladas el acabar las risas

ante lo no establecido.

El suicidio

de los voluntariosos ordeno;

sé que mi tecnología anula

el existir de Dios. Prohíbo

la licantropía

y las ensangrentadas lunas.

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Publicado en Poemas

Veneno en las escamas

Necio soy

al pretender mostraros la inmortalidad,

el arco iris que emana

en las manos que se besan,

entre los que tienen esperanza,

el volar.

Necio me adoráis,

porque la nada asusta

en vuestras penúltimas cenas,

frugales, con la ambrosía

que creéis mi alimento

justo antes de mataros vestidos.

La vuelta a serpientes

os pareció óptima

para vender fruta prohibida,

para desahuciar evas putas

y adanes sumisos. No os

importa la indolencia al arrastraros

mientras

tengáis veneno en las escamas.

Publicado en Poemas

La piel en pausa

Este resucitar de los relojes,

erosión en mi trinchera,

asfalta la piel en pausa.

Hubo un tiempo anterior

a los bombardeos

donde las flores eran verbos;

los amaneceres,

mi desnudez que hablaba.

Ahora que la madurez

ha manchado la inocencia

de perpetuidad, acuchillo

a mi propia sombra

los días de paga y los árboles

se postran ante mi paso

inseguro. Me conocen

en los confesionarios

de los confines del mundo,

llevo la marca del pecado

en alguna de las vidas

que no supe domesticar.

A veces, cuando la humanidad

se hace la dormida,

hago ruido para despertaos

en mitad de la pesadilla.

Nadie me ha descubierto aún

cepillando mi traje

de Superhombre taciturno…

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Antonio o el teorema de la muerte

Antonio intuía que era el hazmerreír de aquellos alumnos aún floridos en acné y esperanzas sin letra pequeña. Solía perder las copias de los exámenes, o dejar caer las gafas cuando la pasión por la enseñanza lo dominaba y acababan rotas por sus zapatos de cordones desiguales y de distinto color, consecuencias todas de su soltería agotadora y su virtual existencia dedicada a visionar las matemáticas de un modo vedado al resto de mortales. Alguna alumna le ayudaba con la difícil tarea de meter los brazos en el chubasquero en día de lluvia, y olvidaba los post-it de formulaciones abrumadoras en los lugares más insospechados, dando así una inusual nota de colorido a la objetividad pura que intentaba acercar a su público.

Bromas aparte, que incluso la comicidad en exceso adolece de no digestiva, Antonio era el profesor por antonomasia. Los alumnos abarrotaban los pupitres e incluso se daba la paradoja de gente sentada en las escaleras para escuchar a aquel mequetrefe de gafas dobladas sino sin cristales cuya maestría era acorde a la asombrosa capacidad de su enfrentamiento a la monstruosidad lógica.

Se decía que matemáticamente podría llegar a matar a Dios de un modo similar a los filósofos existencialistas, embutido en su estudio pormenorizado de las relaciones de los elementos dentro de un sistema, dicho de modo entendible para nosotros torpes humanos, real. Del mismo modo en que sus alumnos mostraban la mitomanía propia de la tardía adolescencia, Antonio era reservado en su visión matemática copiada de J. Stuart Mill o P. Kitcher, entre otros, y aborrecía del empirismo casi marcial de Lakatos y su acercamiento a la lógica como consecuencia del error en cualquier proceso refutable.

Un tipo singular el tal Antonio, un soberbio portento del conocimiento más puro que impartía su cátedra en la Universidad de un lugar de cuyo nombre no quisiera acordarme. Era la ambivalencia antropológica que tan bien casa con el ser humano: una inteligencia divina que vestía con las habilidades propias de un demente.

Incluso así, no pasó desapercibida su pérdida de peso en los albores del segundo parcial de junio. Pobló su cara de una espesa barba que los testigos oculares adjetivaban como pelirroja, traidor como era a lo inescrutable en la esencia de cualquier dios, pero quizás existía una falsa impresión en tal descripción a resultas del Judas bíblico.

Se volvió incluso más huraño, expulsando de clase a la más mínima intuición de ser objeto de burla, comenzó a castigar sin reparo en los exámenes a los alumnos que le adoraban por su desaliño y cosmogónico conocimiento, se mofaba de los pocos aventajados que intentaban seguir sus teoremas asombrosos… Antonio había cambiado en aquel curso y todos se preguntaban el porqué de tal comportamiento irascible en un ser tan adorable.

Llegó a ser tan impopular y odioso que el rectorado lo convocó a una reunión de urgencia, hasta tal punto había alcanzado su metodología destructiva. Se presentó ante sus colegas con la misma facha de espantapájaros torpe y con unas ojeras impropias de un hombre saludable y en su sano juicio.

El rector ante la evidencia de su lamentable estado físico y quizás mental, lo invitó a su despacho al día siguiente a las once de una mañana que se pensaba fría y pudiera ser que nublada. El profesor de matemáticas negó con la cabeza:

  • No va a poder ser. -anunció – Moriré de un infarto cerebral a las tres cuarenta y siete de la mañana. Aún no averigüé los segundos exactos.

Lógicamente, o a lo peor no, los aturdidos consejeros quedaron estupefactos ante una respuesta tan fuera de lugar y una vez se había marchado el poco cuerdo profesor dejaron claro que habría que buscar soluciones a aquella extraña conducta. Acordaron verse luego de la reunión con el sujeto, establecida a las once y a la cual estaban seguros que acudiría con matemática kantiana puntualidad como era norma en el lunático durante tantísimos lustros de enseñanza.

Al día siguiente se cumplió la premisa de que Antonio no había hecho acto de presencia ni siquiera en sus clases de las ocho y nueve y media. A las once tampoco hubo reunión que se preciara de serlo, y la alarma de un posible problema se extendió.

La policía llegó al céntrico apartamento donde vivía solo. Tras llamar varias veces a la puerta y teléfono decidieron entrar por la fuerza y encontraron una trituradora de papeles junto a restos  de material desechado en minúsculas tiras en medio del salón. En las paredes había borradas algunas fórmulas ininteligibles para los avanzados y en la cama de la habitación el cadáver del sujeto, con pijama arrugado y descosido. Tenía evidentes síntomas de infarto en su amoratado rostro.

Los compañeros de departamento en la universidad comprendieron poco después de ser conscientes de la terrible noticia: en la búsqueda de la pureza absoluta había hallado la fórmula matemática que permitiera el cálculo casi exacto de la fecha de la muerte. Tal fehaciente hallazgo aterrorizó al pobre Antonio y borró las pruebas para no asustar más al ser humano con tan traumática realidad. Quizás en una vida ulterior no tendría necesidad de buscar tantas respuestas, ni que ser hazmerreír de almas puras que vivirían en potencia, sin zapatos con cordones de diferente color.

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Germinar

En estos espejos donde germina

el vacío,

las sombras hacen burla.

Un ejército de sinsabores

desfila sin compás

ni mi rostro

en día par o fiesta de sábado.

Alguien nace con el narciso

introvertido, uñas afiladas

arañan la suavidad de los úteros,

mujeres paridoras difuminan

la atmósfera del Pecado.

Todos en pose, y no acierto

a devolver tanto reflejo inverosímil.

Salgo en flor de los espejismos

del ser,

túnica visto, barbas atormentadas

de insomnio. Me llaman

de nuevo Dios, se postran superfluos

los ricos, sumidos en miedo

los culpables de ser pobres.

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Me contemplo

Me contemplo ante un Goethe

de papada casi infame, lleno

de mil y una noches en insomnio

apátrida,

contemplándome contemplar

los caminos que nadie inventó.

Pongo al pensamiento los azúcares

de la noche infinitesimal,

donde el espacio se deforma

al antojo del vuelo a la cumbre,

la que arroja miedo a la dimensión

del humano efímero.

Me contemplo en la medida

de los sentidos trastocados,

en la cosmogonía virtual

que pagan las semanas sin días

de puestas de sol, sin escaleras

por donde caer, sin palabrotas

a quienes se dejan encarcelar

con gusto.

Me contemplo pensamiento fútil,

un volcán dormido entre la erupción

de realidades embellecidas

con el terror de la nada. Nadar

cuando la corriente en contra

tiene espíritu de sucedáneos del salmón primero.

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Descartes

El del espejo es más real.

La noche se manifiesta

cuando cierras ojos a la luz.

Los caminos se multiplican

cada vez que quieras aparcar.

Los mares tienen naufragios

e islas desiertas hipotecadas.

El del espejo hace el saludo fascista.

Te coge con desgana, esta vez.

Hay que gente que vuelve a la niñez

a quitar el bocadillo al empollón

de la clase.

El del espejo hace la ecuación

de Cuarto Reich. Su padre

habla con el director pecoso

y lo aprueban. Tú tienes envidia.

Llama Descartes a la puerta,

te escondes. La verdad asusta.

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Mi yo futuro

En el ERE de mi yo futuro,

altisonante harapo

del aspirante a Dios colérico,

habrá fallos de forma. La erosión

de la verdad

y sus fiscales corruptos

no harán mella en mi epílogo lunar,

no harán odio lo ya moribundo,

no harán lágrima de la sequía de los pétalos.

Me iré a sacar brillo a las estrellas

de los mansos, a robar

esencias,

a evitar los adioses y la pleamar.

Volveré en la edad adulta,

ya cual Superhombre,

cirugía filosófica que no os importa,

con la letanía hecha, el pobre

desnudo esperando

el estandarte con mi rostro ahogando 

las olas…

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Francotiradores

Me sangrarán el cobijo y la esperanza.

Hubo tantos francotiradores disparando desde el pasado y sus aristas…

Me sangrarán el caminar y los abismos que alicaté con las misericordias del yo bueno.

Mi yo monstruo vuelve a abrir el instinto y se desnuda ¡Fuera

zapatos, soy camino! ¡Fuera

el vértigo, soy vuelo de buitres!

Cada vez que una cascada bañe

la malahierba, seré yo el agua envenenada,

la profundidad de la ciénaga

oculta cadáveres sin los escrúpulos

de la tormenta efectista…

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La muerte y Dios

Ensordecedor el espacio,

   un beso en el rostro macilento del pasado,

el despertar del monstruo siendo esquinas

que doblar, el deseo

hipotecado, fusilar de los dados

al 2 negro apuntando.

Viene el desconcierto a arropar

todas tus actuaciones con el público

bostezador. Muere 

la muerte y Dios. Quedar

como agujero negro, gula

de mis asesinatos, de mis errores,

de mis manos de dedos astillados,

de mis mendigas y soñolientas 

brújulas.

Un hombre aparece en el espejo

con el rostro culpable

de todo Pecado registrado en la culpa,

apuntando al aire. Pero

es que a veces, respirábamos

cuando Dios se echaba aún la siesta…