Publicado en Poemas

Desembocadura

En la desembocadura

de todo mi sangrar hay un grito,

un segundo donde se esconden

todos los asesinandos,

las amapolas que no evité pisar.

Aprenderé a andar sobre los muertos

caducados. Las gaviotas

del futuro tendrán dientes

con el ojo de Polifemo,

y mil orillas donde moriré

tantas veces como nazca

la indiferencia que me bosteza.

En mi anochecer hay

horizontes leprosos, un espejo

que mira asustado su destino,

un gato con las vidas inundadas

de calles que rumian

y Dios con mondadientes.

Publicado en Tiempos del destierro

El sonido de los porqués

¿Oyes el calderón,
la tensión de Verdi, el músculo
de Wagner, la estridencia
de Sonic Youth? Venía
la relajación para coger aire,
quizás las armas que nos vende
el tedio, el fin de los pactos;
tuvimos que matar al director
de la orquesta. Ha apagado
el desamor hasta el sonido
de los porqués…

Publicado en Tiempos del destierro

Flores de pvc

Le han crecido ojos a la oscuridad.
Me harté de tu esconder siempre
en los mismos recuerdos,
adulterados por flores de pvc.
Sobre el alambique, estático,
esperando a que muera el tiempo,
a que esos ojos se conviertan en pistolas
que muestren su monólogo interior.

Publicado en Tiempos del destierro

Asonancias sordas

Mátame la próxima vida
empezando por el verso. El mar
es un cementerio
de rimas inconclusas, asonancias
sordas, encabalgamientos
de patas rotas y carreras perdidas.
Mátame como solías hacerlo
cuando aún éramos  invisibles
al amor y los diluvios.
Mátame saboreando 
el artificio del color tangible,
del atardecer propio, del invento
de un paraíso privado.
El odio es sin mácula. A patadas
nos expulsó como vomitan
los poetas el dolor 
sin adjetivos, susurrando 
melodías de muerte desafinadas,
pero siempre conocidas. 
En los que anochecimos
el instinto,
en el limbo donde la venganza
campa a sus anchas,
te sé cómoda, un siendo 
aterrador, un estando cruento
sobre el recuerdo del nosotros vivo.

Publicado en Tiempos del destierro

Tormentas sinfónicas

Esto hay

cuando se acaba la eternidad:

un silencio que mira demasiado

fijo a sus víctimas,

una calle en obras, el bar confesionario

cerrado por ampliación,

algún muerto que sobraba

en alguna guerra sin nombre

o etiqueta.

Esto hay

cuando se resfría el infinito:

todo bajo llave

y reformas en los sueños sin sinopsis,

unas manos huérfanas,

cuerpos amarrados al invierno

en mitad del verano feroz.

Esto hay

donde haber es proscrito,

el caminar antónimo de esperanza,

el tú subrayado en ausencias,

el yo desvaneciéndose,

el nosotros en el limbo

de las tormentas sinfónicas.

Publicado en Tiempos del destierro

Dióxido de carbono

Crédulos del amor fuimos.

Sobre las fauces del mar

caminando en el sueño indigesto.

Un Instagram y las copas brindando

porque el futuro olía a arco iris.

Descalzos sobre los cristales rotos

no había sangrar. Pero las pirañas

despedazan los tiempos muertos,

las bibliotecas del azar borran

los poemas empachados de amar ,

el desamor se hace visible

en los hombres muertos que esperan el bus.

Este dióxido de carbono que mis ojos cierra

toca con manos de noche alcoholizada,

Este desamparo en traje de bodas

inventa guillotinas. Corta

el epílogo y la respuesta.

Empieza a mojarnos el fin.

No tendremos branquias esta vez.

Los dos lo sabemos. Se nos va ahogando el Uno.

Publicado en Poemas

Mi entierro

Vendrán a mi entierro,

a decir un hasta luego impostado,

los que viven con las puertas cerradas,

los que privatizan los árboles,

los que imponen partitura al jazz

de los matinales

pájaros, los que maquillan

las noticias con antirealidad,

los que sospechan de la lengua

que no hablan, los que fuman

dentro de los corazones partidos,

los que están todo el rato

cometiendo penalties estúpidos,

los que presumen de patria dentada de bandera,

los que sacan tanto por ciento al amor,

los yoes que se libraron de mí…

Vendrán a mi entierro

acomodados a las preguntas retóricas,

sumergidos en su mortalidad

maltratada,

y llorarán por dentro como los acantilados

de vértigo revestidos.

Los olmos serán testigos mudos,

y yo pareceré sonreír con la repugnancia

propia de los que mataron 

cualquier regla moral.

Publicado en Poemas

Aragón, Juan Carlos

Estabas

en el Paraíso de plata, piquete

en el desahucio del Árbol,

y vinieron sus huestes

a cortarlo 

con sus trucos y sus trajes

sin memoria, ni gaditana

hambre

de ser siendo voz del alba.

Acurrucaste

a la serpiente, que era obrera

como todos los diablos

que hacen versos y su hado

es la ribera

llamando al grito.

Tú sí abriste el mar y al destino

le vendiste los dados 

para que el poema fuera el abrazo

de la garganta tartessa,

el compás de lo eterno,

la fragua de la guerra

contra el amo y su ferro

sin párpados y sí mordaza

que prohíba la mañana.

¡Espéranos en el destierro,

tómate un carnaval o dos,

ponte cómodo y pide a Dios

el libro de reclamaciones,

ve mirando en el índice 

las nacientes canciones

que engañen al príncipe

de las tinieblas!

Hay niebla

en Cádiz desde que el disfraz

de hombre bueno

se quedó chico y el carnaval

a la muerte le cogió celos.

Publicado en Escritos

Esteticismo narcisista

Cuando Dorian Gray se tambaleó tras esnifar otra en el servicio del cuarto de invitados, tuvo un arrebato de realidad, y puesto que hasta los que disfrazan su animalidad con dosis de perfume esteticista son caínes, fue a buscar su próxima víctima entre las invitadas a aquella conferencia sobre Globalización y Feminismo celebrada en aquel instante en el babilónico jardín de su mansión.

El ego en estos personajes acostumbrados a ser centro de atención en programas de sobremesa y portadas en revistas de dudosa cualidad estilística o de contenido es paralela a su fortuna, y antes de elegir cuidadosamente a su rea  en consonancia a un protocolo cadencioso y decadente, fue escaleras arriba a contemplar la horrible imagen de su culpabilidad.

Quizás por lo intempestivo de la hora, quizás como última lección moral o lo mismo por mero hobby vengativo, al cruzar la puerta hacia su secreto insoslayable, Dorian alcanzó al fin su propia mentira: lo que el creía cuadro era un espejo donde reflejaba sus miserias humanas, toda vez que los más creíbles espejos inanimados del espectacular habitáculo reflejaban lo que se quería ver, como casi siempre ocurre. Ni siquiera el reflejado pudo ser menos egocéntrico que el reflejando, ya que ocultar por más tiempo la pantomima hubiera resultado un equívoco acto de misericordia.

Luego comprendió que todos sus lealtades le siguieron viendo joven y dandy a raíz de los beneficios pecuniarios obtenidos. Miró a su siames a los ojos dantescos y descubrió cierta dosis cómica en la arrogancia de aquél yo. El esteticismo haría que la traición a su persona se convirtiera en la nueva arma de Dorian, y como si nada hubiera alterado sus planes, bajó a acometer su infamia por el puro placer narcisista de su rancio abolengo.

Falta de empatía lo llamaron los psiquiatras cuando ya la egocentría se arremolinó en torno al error de pretender asesinarse a sí mismo, pues no encontrara víctima más acorde a su maldad de clase, sexo y moral.

Publicado en Escritos

Piano

Era muy transitado el edificio donde María trabajaba vendiendo seguros en el trapecio de los despidos y las técnicas de venta. Había puertas opacas giratorias como las de las pelis hollywoodenses y un aire de sofisticación cool calcado a los carpantas hidalgos de los siglos del Imperio. 

Antonio la observaba desde la lejanía agazapado tras sus oscuras gafas de mercadillo y su barbas nuevas . Con la meticulosidad impropia de un hombre en venganza, supo en base a la observación prismáticos en mano, hasta qué días eran los de quedar con amigas y cuáles había dormido mal por el maquillaje aplicado en sus ojeras. 

María nunca mostró sentimiento alguno. Dijo sí a su relación con el ahora espía con la naturalidad con que vuelan los pájaros. Y mostraba su aparente felicidad sonriendo modestamente a las ingentes cantidades de flores que desfilaban delante de sus ojos callados. Ni siquiera mostró sorpresa cuando vio por vez primera el virtuosismo sobre el piano de aquellas manos que tocaban aún torpes su piel.

Aprendió, quizás en retardo resuelto en disonancia, a no ser una plácida melodía más dentro de aquel soñador de legañas perennes y decidió abandonar sus partituras con un calderón como despedida.

Uno de los días numerosos en que la vendedora de seguros salió pensando en él precisamente, Antonio, pistola en el bolsillo izquierdo, decidió abordarla y en un crescendo inigualable hacerla parte protagonista de la tragedia sinfónica. Notó hasta las notas del piano cayendo sobre su ser orquestado por las percepciones del Universo. La gente corría a ayudar en un incidente en la misma entrada y aprovechó el magnicida para perpetrar su acto vil.

María lo miró sin reconocerlo, absorta como iba en saber qué pasaba con la multitud que se agolpaba en círculos metros más allá. La llamó a grito pelado y no obtuvo respuesta. Antonio intentó sacar la pistola pero su mano parecía evaporarse, como la de un fantasma. Se dignó finalmente a volver a la realidad y vio claramente lo acontecido: en su camino presto a la ignominia del asesinato, unos obreros que subían un piano de cola en un bloque de pisos colindante gritaron al músico que quedaría sepultado bajo la mole inmensa, sordo por su ceguera a los sonidos externos. 

Todos las armonías del mundo salieron de aquellos acordes por tocar, en el preludio incierto de ser la muerte trastocada y suspendida de una partitura mal escrita.