Publicado en Poemas

Calcetines blancos

La muerte no lleva arrugas

en la camisa,

ni calcetines blancos.

Es puntual cuando quedamos,

y una vez, quise adivinarle

una mueca de empatía.

La muerte habla de usted

y miente para disfrutar

ser la única verdad en los telones

que decapitan la obra.

La muerte se ha cruzado contigo

en el semáforo. Una avería

provoca que este no cambie

a verde.

Publicado en Poemas

Invierno

Ya viene el invierno

con su aliento hueco

a mecer mis albas,

puñal de mañanas.

El invierno viene ya,

muerte sin compás,

asesino de flores,

lluvia salobre.

Ya el invierno viene

y despierta serpientes,

tormenta al acecho,

árboles sin pechos.

Viene invierno, ya, él

azul ataúd y la hiel,

réquiem y murmullo,

homicidio en susurros.

Publicado en Poemas

Piedra ciega

Mis ojos

encallados en la piedra ciega.

Unas barcas huérfanas

preguntan a la nada,

si los despojos

del tiempo soplan con fuerza

para cubrir mi romo

cuerpo en la batalla.

Unos ojos cerrados

me sueñan, ando

sobre la derrota,

erosionaron las olas

la victoria…

Publicado en Poemas

Metástasis

Erupciona la mar

unas olas soñolientas. Este aire

que abrillantaba los silencios

me susurra

el fin. El ahora de cariados

recuerdos forma tormentas

ingenuas, indigestas, pueriles…

Fui una vez un hombre erguido,

el mecer del tiempo, los ojos

del amor. Los brazos me amputa

el pasado, ningunea el universo

debajo de la piel. Spinoza

viene surfeando sobre la quietud

que mata. Cierro mi ser

y mastico a Dios,

me reencuentro con el timo

del Más Allá.

La metástasis

del desamor, mudo y ciego,

se manifiesta al fin en infinitivos

arrogantes y pétreos.

Publicado en Poemas

Creta y Jauja

Moriré en una copa aguada,

justo cuando el fantasma

me pida fumarme, y arrojar

las cenizas sobre la inmensidad

de todo lo que existía

gracias a la orgía

de sabores de ti.

Moriré todas las veces

que inventes una nueva Creta

o un cáliz en Amazon

o una mano

que dibuje el existir

de un solo trazo, dulcificando

tus treguas.

Moriré cuando el deseo

me aprisione,

en el elixir del miedo

a erratas en los guiones.

En las vidas sordas

en que Creta cierre por obras,

en las heces del quiero.

Moriré en los laberintos

maquillados a la última

moda, henchidos

de fusil monocorde, suma

en explosión de jaulas

que respiro

en la tierra de no Jauja.

Publicado en Poemas

Mi reloj miserable

Se acercará

la muerte a revisar mi atuendo

de esclavo. Su aliento

oleré, la faz

de su no tiempo asombrándome, aún,

como pubertad

de adolescentes escondidos

en morales platónicas.

Se acercará la muerte,

y tendrá mi rostro; aturdido

de mareas bajas donde Dios

escondiera mi reloj miserable.

Se acercará con mi voz,

los silencios dantescos del miedo

mostrando.

Quedo a merced del Big Bang último,

donde el blanco arranque las lenguas

a pesadillas desbordadas de futuro,

con los segundos apuntándome.

Publicado en Poemas

Pasos de cebra

He muerto 
en tantos pasos de cebra,
que la resurrección
se convirtió 
en un trámite.
Nadie me explica
por qué me siento más vivo
muerto, por qué 
el desamor tiene mi mirada,
por qué Dios es ahora 
conserje
y no deja a los obreros
por el ascensor principal.
Susceptibilidades
de sepultura, me hago cargo…

Publicado en Naima

Inventando el color

Estaré en alguna estrella fugaz
con vistas al roncar de Dios, Naima,
para cuando te crezcan,
silenciosa y temerosa ante el temblar 
de la tormenta. Estaré 
con la capa de invisible, 
con arrugas en el mirar
y el lumbago aún por las espaldas
que el tiempo asesina porque sí.
Estaré inventando el color
en cada arco iris 
en que te acuerdes de mí, 
en cada asesinato de algún alba,
en cada adiós
que te ampute un abrazo.

Publicado en Escritos

La dimensión de los vivos

Desde que supimos la inminencia del fin, hay muertos por todas partes. La alta política intentó ocultar por todos los medios el hecho de que el planeta se extinguía, pero en webs de organizaciones de ultra izquierda, científicos de toda índole alarmaron con la cruel verdad. Entonces fue cuando empezaron a darse los primeros casos: primero mujeres que vengaban sus muertes, asesinadas sin que sus maridos culpables hubieran pagado con creces su crueldad, luego víctimas de las guerras que llegaban y hacían desaparecer a los que habían generado el conflicto para enriquecerse, luego hasta personas muertas cuyo amor no fue correspondido. A pesar de los trajes espaciales que se diseñaron, no para salvar vidas realmente, más bien para mantener el vertiginoso ritmo de la economía mundial, los muertos sabían reconocer a quienes en el pasado habían causado un daño irreparable en sus míseras vidas. No encontrábamos explicación lógica de facto, porque aun con la fehaciente prueba de que la muerte y la vida coexisten en mundos superpuestos, nos agarramos con desesperación a una racionalidad fría, capaz de desarrollar una solución viable a nuestro fin como especie. Entiendo que desde la perspectiva de los humanoides de las colonias mi relato pueda resultar exagerado e incluso inverosímil. Pasó hace relativamente poco, aunque a lo peor hace demasiado desde el prisma de Marte donde ahora habitan ustedes.

Hubo muchos que abandonaron sus trabajos, gente que incluso pensaba que todo era una mentira orquestada para que consumiéramos aquellos caros trajes y salían a la calle desnudos con la consecuente muerte por asfixia. Otros dejaron de pagar hipotecas, se dejaron de comprar acciones o vender y los gobiernos se volvieron más férreos, dictaduras de signo capitalista para frenar las consecuencias desastrosas sobre la economía mundial.

Los muertos hacían desaparecer a sus presas con total impunidad. No hubo lugar a lo largo de la Tierra donde las leyes pudieran proceder en contra de los crímenes, puesto que era de recibo permanecer en estado orgánico, es decir, ser viviente, para que los fiscales actuaran. El vacío legal no era sino parte indisoluble de la anormalidad instaurada como parte de nuestro quehacer diario.

Yo nunca fui un ejemplo a seguir en cuanto a moralidad o rectitud en mis acciones. En cualquier caso temí que alguna novia fugaz a la que traicionara en algún momento de mi tormentosa juventud en pos de llegar a poderoso empresario, a alguien a quien engañara para enriquecerme, quizás incluso un desaire al responder en alguna reunión de empresa, pudiera venir a acabar conmigo.

Aquel día por la mañana me sentí especialmente observado. La camarera, una muchacha de facciones bellísimas, tenía un rictus muy serio cuando me tomó nota. Al servirme el café me reafirmé en que no era una profesional. En una cafetería del centro podrían haber tenido a cualquiera con más experiencia y algo en ella no cuadraba.
Entre el bullicio de la hora del desayuno, las copas de los perdedores y los cigarrillos que consumían pulmones de obreros disfrazados de oficinistas hípsters, me escabullí sin pagar mi consumición mínima. Me dio terror que la pobre mujer fuera alguien del pasado en busca de revancha.
Mientras me alejaba en dirección a mi oficina casi encontré cómica la absurda situación, pues ni siquiera me resultó familiar su aspecto físico, y créanme que me hubiese acordado de tan agraciada fisonomía. Reí entre la gente que pasaba, tan ruidoso que algunos me miraron a través de las escafandras. Seguía mi corto trayecto cuando divisé a alguien que vigilante en la puerta principal del edificio donde tenía sede mi empresa. Me paralizó el miedo. El traje dirigió el campo de visión del casco vengativo hacia mí y aunque tardé en reaccionar, empecé a correr en dirección contraria.

Poco a poco, donde ya por mucho que mirara atrás pude ver rastro alguno de la supuesta muerta, intenté recuperar el resuello andando por un callejón poco transitado. Mientras respiraba pausadamente , pisé algo que me hizo resbalar y golpearme la cabeza. Perdí el conocimiento y cuando de un sobresalto desperté, me encontré solo, casi a punto de agotar la batería de oxígeno de mi traje. Al menos no había presencia alguna de la camarera y aquello me hizo sentir alivio.

No llamé a nadie a recogerme. Me dirigí al metro y viajé unas paradas y me dispuse a salir unas cuantas estaciones antes de casa con el fin de despejar cualquier duda acerca de que la camarera me acechara de algún modo. Ya en la superficie vi un traje de color diferente al gris plata del resto. Supe sin pestañear que era un antiguo compañero de instituto, el cual me había aterrorizado durante toda la adolescencia. Supe, sin saber el porqué, su dirección, y sentí deseos de que llegara el día siguiente. Sabía instintivamente que le iba a ver.

Ya en casa, me quité el traje y en la desnudez toqué mi brazo, mi frente, mis pectorales… definitivamente estaba helado. La camarera a la cual había condenado con mi egoísmo al olvido, consiguió venganza: yo estaba absolutamente muerto. Empezaba mi arrastrar por la dimensión de los vivos en busca de los que me habían humillado.

Publicado en Poemas

Los poemas durmientes

Se descomponen los poemas

durmientes

sobre los amaneceres poco hechos.

Los trucados dados del destierro

de mendicidad me visten.

Aquí y ahora, tal como balbuceas

la pueril inocencia, los lobos

vestidos de revisores del gas.

Se hunden

las bóvedas del cielo, el techo

de mis infiernos de segunda,

estos versos bizcos…

Aquí y ahora, alumbrando al sol

con la linterna del móvil,

a Dios le da por charlar atropelladamente,

el sofá se viste de camastro,

enseñando sus fauces de ataúd.

Aquí y ahora; nunca un lugar

fue tan sórdido, el tiempo tan verdugo…