Publicado en Vacaciones en Laguna Estigia

Vacaciones en Laguna Estigia (VI)

Boda. Lugar de banquete. Camareros mal pagados que sonríen. Mujeres disfrazadas de avestruz. Sombreros carnavalescos. Hombres grises y resacosos. Paris con una amiga. Le soba la pierna. Mirar nervioso de gente de baja estofa. Cruce cómplice de cocainómanos medianamente puestos. Brindis por los novios. Gente en coro de pie gritando buenas nuevas. En un otear en busca de camellos Paris se reencarna en esclavo de la divinidad. Helena sempiterna. Sonrisa ruborosa y ojos a la nada. Vuelta a la boda, como pollos engordando. Retraso en el menú. Vacío existencial que conduce al servicio. Tres lonchas en la cisterna.

– ¡La he visto, tío, está aquí!

Inspiración. Agujero negro atravesado.

– ???

– ¡La que te dije, joder, tiene el polvo del siglo!

Fuera entonan himnos futboleros. La coca tiene presencia.

– ¡A ver si hay suerte y te la tiras, Paris!

Mohín de mandíbulas con ojos.

Menelao era un aprendiz de chico malo. En su obra de teatro personal hubiera quedado desenfocado en un lateral sin tanta vileza. Y aprendió retroalimentado de esta circunstancia a permanecer taciturno y al acecho. Era un aprendiz de muchas cosas a la vez que descubría el placer de parecer poderoso. Y vivía, pareciera, ensayando su rictus de ser astuto. Amaba a Brando. Lo imitaba. Quería ser el Padrino. Lloviznaba siempre en su ciudad idéntica a todas las ciudades de todos esos países centroeuropeos mitad nublados y mitad mitológicos. Su barrio era escuela de la vida subsidiada y poblada de mujeres patriarcales y hombres alcoholizados hasta morir. Entonces, en un prostíbulo, apareció el ángel rubio. Se llamaba Helena, diosa del Este. Como no había aprendido a amar la colmó a base de ofrendas. Ella había vivido buceando en mares de gargajos y en su nuevo vestuario de señora creyó encontrar aire. Menelao tenía un hermano, Agamenón, que movía hilos. Sin preguntas. Sin ánimo a respuestas elaboradas. Un par de heridos, quizás un cuerpo sin pasaporte en un canal y Helena, por fin, durmió como las personas que viven de día.

Recién afeitado. Patroclo atisba entre brumas de vapor la eterna juventud. El espejo guiña orgulloso. Se alimentaba sin ganas y Héctor le ha servido el suculento postre. Le ha llamado para encargarle un trabajo, bueno, aunque se piensa que es Aquiles, que se va a enterar y va a estar feliz de que no es un cero a la izquierda. Héctor dio instrucciones. Patroclo irá en automóvil, sin dar el cante. Ha ido antes allí, no hay problema. Es un tío legal, lo va a hacer bien. No te preocupes, Héctor.

La mafia china es como un huracán que soplara en contrarias direcciones. Los italianos en cambio mueven sus mercancías respetando los preceptos y rinden cuentas a los dioses del Olimpo. Ulises siempre convence a todas las tribus que acuden raudas a descuartizarse mutuamente por el elixir que despide tan suculento botín. Las armas y los poseedores de estas deben guardar silencio de exánimes para que la aquiescencia haga su aparición y en el reparto de beneficios brutales las manos del Zeus que mueve el Cosmos apenas se perturben y las órbitas celestes sigan su curso por siempre. Ulises es respetado por todos en esas reuniones tribales donde su cetro acaba con trifulcas infantiles. Agamenón es también gran jefezuelo, venido de país en sombras. Arenga a lucha que los mantiene eternamente ricos para que puedan seguir con la gula de mansiones, ropa de señores y cochazos de alta gama. En ninguna mansión hay un solo libro que pueda volver sensible. Ulises es jefe de policía a punto de jubilarse. Agamenón, Menelao y tantos otros seres sin niñez. En conjunto, sudan hedor de dinero criminal en el convencimiento de ser el perfume que les traerá el abrazo del amor. Héctor y Príamo son ventrílocuos que dan de comer a cientos de familias en zonas paupérrimas al sur del mundo, donde empacha comer tesoros.

Helena se despierta. La enorme habitación la examina en su turbador despertar. Menelao no se halla en casa. Corre las cortinas. El sol le tiene envidia y se oculta. Nublado pasajero. Su camisón sedoso deja entrever un cuerpo escultural que cubre un alma nunca saciada. Flashes a cuando dejó de ser virgen. El espejismo de la memoria responde una sonrisa ya linchada de adolescencia, cuando un padre borracho le pasaba la lengua por la espalda. Repentinamente le vuelve la imagen de ese joven que vio otra vez en la boda, y su alma en descontrol ruboriza sus mejillas celestiales.

Puertas engreídas bostezan poco a poco, permitiendo al héroe gitano ser engullido en su raudo corcel. Nuevamente, lenguas de los confines de la Tierra hablan los esbirros que desmontan la nave para substraer el oro inmaculado. Agamenón espera ya arriba y el coche posterior está a punto de hacer la entrada. Aquiles respira lánguido, sintiéndose libre. Sus indomables brazos ayudan con una mercancía mientras recuerda su cita con Briseide. Fue un bocazas presumido haciendo alarde de saberse culto. Quizás la chica se agobiara. Pero tenía un rostro sereno que transmitía extrañeza ante el intento de felicidad. No es hora de la dicha, si no de la contienda. El ascensor se abre y entra en el ágora donde esperan el cliente nuevo, francés, junto a Agamenón y la desconcertante por insólita presencia de Príamo. El linaje del anciano cada vez más poderoso hacia el sometimiento de Europa.

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Vacaciones en Laguna Estigia (VI)

Boda. Lugar de banquete. Camareros mal pagados que sonríen. Mujeres disfrazadas de avestruz. Sombreros carnavalescos. Hombres grises y resacosos. Paris con una amiga. Le soba la pierna. Mirar nervioso de gente de baja estofa. Cruce cómplice de cocainómanos medianamente puestos. Brindis por los novios. Gente en coro de pie gritando buenas nuevas. En un otear en busca de camellos Paris se reencarna en esclavo de la divinidad. Helena sempiterna. Sonrisa ruborosa y ojos a la nada. Vuelta a la boda, como pollos engordando. Retraso en el menú. Vacío existencial que conduce al servicio. Tres lonchas en la cisterna.

– ¡La he visto, tío, está aquí!

Inspiración. Agujero negro atravesado.

– ???

– ¡La que te dije, joder, tiene el polvo del siglo!

Fuera entonan himnos futboleros. La coca tiene presencia.

– ¡A ver si hay suerte y te la tiras, Paris!

Mohín de mandíbulas con ojos.

Menelao era un aprendiz de chico malo. En su obra de teatro personal hubiera quedado desenfocado en un lateral sin tanta vileza. Y aprendió retroalimentado de esta circunstancia a permanecer taciturno y al acecho. Era un aprendiz de muchas cosas a la vez que descubría el placer de parecer poderoso. Y vivía, pareciera, ensayando su rictus de ser astuto. Amaba a Brando. Lo imitaba. Quería ser el Padrino. Lloviznaba siempre en su ciudad idéntica a todas las ciudades de todos esos países centroeuropeos mitad nublados y mitad mitológicos. Su barrio era escuela de la vida subsidiada y poblada de mujeres patriarcales y hombres alcoholizados hasta morir. Entonces, en un prostíbulo, apareció el ángel rubio. Se llamaba Helena, diosa del Este. Como no había aprendido a amar la colmó a base de ofrendas. Ella había vivido buceando en mares de gargajos y en su nuevo vestuario de señora creyó encontrar aire. Menelao tenía un hermano, Agamenón, que movía hilos. Sin preguntas. Sin ánimo a respuestas elaboradas. Un par de heridos, quizás un cuerpo sin pasaporte en un canal y Helena, por fin, durmió como las personas que viven de día.

Recién afeitado. Patroclo atisba entre brumas de vapor la eterna juventud. El espejo guiña orgulloso. Se alimentaba sin ganas y Héctor le ha servido el suculento postre. Le ha llamado para encargarle un trabajo, bueno, aunque se piensa que es Aquiles, que se va a enterar y va a estar feliz de que no es un cero a la izquierda. Héctor dio instrucciones. Patroclo irá en automóvil, sin dar el cante. Ha ido antes allí, no hay problema. Es un tío legal, lo va a hacer bien. No te preocupes, Héctor.

La mafia china es como un huracán que soplara en contrarias direcciones. Los italianos en cambio mueven sus mercancías respetando los preceptos y rinden cuentas a los dioses del Olimpo. Ulises siempre convence a todas las tribus que acuden raudas a descuartizarse mutuamente por el elixir que despide tan suculento botín. Las armas y los poseedores de estas deben guardar silencio de exánimes para que la aquiescencia haga su aparición y en el reparto de beneficios brutales las manos del Zeus que mueve el Cosmos apenas se perturben y las órbitas celestes sigan su curso por siempre. Ulises es respetado por todos en esas reuniones tribales donde su cetro acaba con trifulcas infantiles. Agamenón es también gran jefezuelo, venido de país en sombras. Arenga a lucha que los mantiene eternamente ricos para que puedan seguir con la gula de mansiones, ropa de señores y cochazos de alta gama. En ninguna mansión hay un solo libro que pueda volver sensible. Ulises es jefe de policía a punto de jubilarse. Agamenón, Menelao y tantos otros seres sin niñez. En conjunto, sudan hedor de dinero criminal en el convencimiento de ser el perfume que les traerá el abrazo del amor. Héctor y Príamo son ventrílocuos que dan de comer a cientos de familias en zonas paupérrimas al sur del mundo, donde empacha comer tesoros.

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Vacaciones en Laguna Estigia (V)

Salón comedor. Amplitud espacial. Muebles de paletos. Caros, pero de paletos. Somos casi una familia nobiliaria. Éso dice el abuelo. Y la arpía de la abuela, la muy puta. Andrómaca compite con las venus horteras que hay modo de refrito clásico en algún rincón. No entiende por qué tienen que venir con tanta frecuencia desde la urbe. Espejo también en algún muro para contemplar sus tetas nuevas. A veces en el café el viejo chocho es atrapado mirándolas de reojo en ese reflejo hipócrita, visión de lo que se quiere ocultar y ventanales grandes para que el vulgo que pase por aquellas tierras los admire en su Olimpo íntimo.

Las fogatas iluminan la noche en el descampado donde acaba la ciudad. Entre los pisos hay ganas de fiesta, y las litronas y el vino acompañan la barbacoa que regala el bueno de Aquiles. El héroe sonríe. Mujeres mayores le hablan agradecidas mientras la algarada y el bullicio del flamenco en éxtasis se desperezan. Las palmas ensalzan al Dios Todopoderoso entre los muchachos que medio desnudos dan rienda a la imaginación inocente aún. Tetis, madre de Aquiles, acude presta a su retoño al sentirlo pensativo. Le habla en la lengua de los dioses:

¡Iho! ¿Qué peçâh te a yegao al arma? Abla; no me ocurtê lo que piençâ…

Peleo, su padre, con sombrero de calé caduco se apoya en un dubitativo bastón que hace mucho abandonó el liderazgo. Se acerca parsimonioso a su descendiente. La madre continúa sabia.

¡Ay, iho mío! ¿Pôh qué no te e criao, çi en ora açiaga te di la lûh? ¡Ohalá ubierâ çegío tu camino, ya que tu bida entre lô payô êttá yena de âbberçidá!

Aquiles habla con los ojos. No necesita palabras para mostrar su corazón en carne viva. Y aunque no crea en los dioses, arropado y oculto por la música, cuenta cómo conoció a Briseide, brasileña ramera que no se rió de su obesidad. Cree que Agamenón se ha encargado de eliminarla para así mantenerlo firme y sin fisuras en los negocios sin retorno. El hijo de Peleo mira al frente con ojos de mar, la ira adueñándose de su calma. En la nave, su pistola escondida está presta a despertar del letargo.

Héctor el taciturno pierde los estribos. Golpea la mesa con el puño. Gemelo dorado y Rolex en su muñeca colosal. Ceño fruncido. La limpiadora intenta pasar desapercibida disimulando ser un objeto más de la escueta oficina.

Paris al fin al otro lado, en su mundo paralelo.

– ¿Hola?

Respirar nauseabundo de un Paris que resucitará al anochecer.

– Noestabamovilconvolumenymeacabodedarcuenta…

Voz de ultratumba. Dolor de mandíbula. Sensación de sueño en tres dimensiones. Héctor comprende y abandona. Va a empalar a ese niñato marica cualquier día. Así jode también a la vieja que comparten ambos como madre.

Aquiles el de los pies ligeros paseaba con orgullo su cuerpo de gitano por los pasillos de la Facultad como si repitiera la acción desde el principio de los tiempos. Joven, formidable, nervioso a ratos ante féminas imposibles para otros rivales. Cargaba con su corpórea extravagancia y su deseo de ser fusionado por la poesía de los clásicos. El saber pareciera blanquear su tez ennegrecida. Pelo corto y renuncia a su bagaje en un disimulador disfraz de traición a su lengua y sus orígenes que subrayaba su belleza deslumbradora ante otros. En las candelas de las noches calés del perenne verano sumergía a los presentes en las profundidades de la vida con exhortaciones de tonos místicos. Como su raza, como su extirpe. Y el precio a tanta seguridad venía de sus infiernos. Se confesaba ante el espejo de piso de estudiante. Decía: gitano. Y el espejo contestaba: narco. Y si el decía: narco, el espejo contestaba: gitano. En la cama de amar tantas mujeres comenzó a pensarse obeso punto fluorescente inmune al desprecio de los puntos invisibles del Cosmos.

Príamo parecía envejecer antes que el crono. Tez rosada. Surcos subrayados, soportes vivos del blanquecino deambular de su melena corta, balcones de su señorial refugio desde donde quisiera arengar a la tropa. Perdidos del desgaste entre libros de Derecho, el reyezuelo terrateniente lidiaba contra sus hijos. Pero el Imperio había tomado nuevos amaneceres como emblema. En los falseados libros de cuentas Héctor era actor y director. Jamás se atrevió a a dirigirle un reproche porque comprendió en su solsticio nevado que no debía haber juventud sin la extrema velocidad del vértigo.

Llaman. Su inaudible tono pasa inadvertido. Entra Héctor, general de soldados de ultratumba. Gomina, buen olor. Inmortalidad de hombre de actos. Mirada silenciosa e impaciente que respetan sus canas.

– Hecho- masculla impertérrito al joven.

Sonrisas. Héctor sintiéndose señor de mil destinos. El anciano es sinfonía, consonante con la dicha del cetro de poder.

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Vacaciones en Laguna Estigia (IV)

Héctor era muy madrero. Más bien salía a cazar una madre. La suya propia era demasiado bruja. Caía en las redes de Andrómaca con solo enseñarle aquella las bragas. A ella le ponía aquel potrillo que se pensaba bronco e indócil. Iba siempre arregladito el muy paleto. Engominado, acento imposible, camisas como la de su padre…Guardaba su secreto de aprendiz de machote demasiado rápido. Tenía buena lengua después de todo. Era demasiado fácil. Como mujer solamente hipotecar la entrepierna a aquella lenguita y ya. ¿Hablar? ¿Para, y de qué?Del tiempo, que si qué malo es no sé quién jugando a la pelota, que si vamos a la playa este finde…Luego venía bien ser invitada siempre, había más efectivo entre semana para acudir a conciertos en la capital y descansar en casa en horas de clase. Total, aquellos carcas catedráticos resultaban patéticos con sus ademanes pseudoprogres y su lenguaje anquilosado.

El hijo de Peleo acomoda el asiento de nuevo al volumen de su panza oronda. Mirada enfermiza a sus fosas nasales que no evitan la llamada de la droga, canto de sirenas, y la nave arranca flanqueada por el cabronazo de Agamenón y un puto rumano detrás. Los confines de la noche y las sombras se surcan desde la nave colosal atento sólo al móvil que descansa al lado de su corazón pausado.

Héctor desde su olímpico hogar implora a Príamo una llamada a los de arriba para asegurar el éxito de la empresa en marcha. Fuera remordimientos y moralidad. Aquiles es vigilado desde todas partes, mientras impávido y audaz coloca sus argénteas manos sobre el timón de su destino heroico. Héctor es poco a poco el capitalista con más poder en el purulento imperio.

Briseide no habla español bien. Ella es zamba y estrellas. Cuerpo enjuto, bien proporcionado. Oye las palabras de Aquiles y le saben a magia. Hombre guapo. Hombre bueno. La llama por su nombre. Le hace recordar que es persona. Que no es un coño maquillado solamente. Una vez le pagó y la llevó al cine. Peli peculiar. Aquiles se emocionó. No recordaba que los hombres son seres humanos. De donde ella viene las mujeres son esclavas. O limpian o follan. O ambas cosas.

Bar. Música mala de fondo. Rostro de hijo de perra culto. Las canas esconden nerviosismo. Sintomáticamente es observado a ratos. Café solo, humeante. Bebe con moderación. Entra un forastero. El barman señala al viejo abogado con rictus indiferente. Nota el miedo en el joven.

– ¿Usted es Pgíamó?

Acento francés. El anciano asiente con la cabeza.

– ¿Podemós hablag en privadó?

Se levanta Príamo. Toma dirección a una puerta. Movimientos maquinales. Nada al azar.

Nadie mira, futboladictos de la enorme pantalla. Ruido de billar asincopado.

De niño Patroclo era escuchimizado. Recuerda a su querido Aquiles. Deslumbrante. Imponente. Nadie le hacía sombra. Poderoso calé. Envidia del último curso. Patroclo no tenía problemas. Los payos no le decían gitano como a los otros. Aquiles era terrible en la venganza. Había algo en él que le hacía líder descomunal. Atlético, fuerte. Y listo y solitario. Era el líder, el tío, recuerda Patroclo sintiéndose protagonista de su propia poca fe en sí mismo. Hay que empezar a hacer algo. Aquiles se sentirá orgulloso.

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Vacaciones en Laguna Estigia (III)

El calé siempre tiene respuestas. Dice cosas guapas con ese acento que dicen de dioses, las debe leer en esos libros. Es muy zorro. Las lee y los oculta, para que nadie sepa de dónde las saca. En las fotos está fuerte, de cuando se machacaba en el gym. Ahora sólo ronca, come y al tema. En fin, no parece que le preocupe mucho estar en forma. Patroclo busca en el cenicero alguna chusta. Versión sombría de Gran Hermano en pantalla. Una analfabeta de pechos impresionantes arranca aplausos con su gilipollez. Arrincona unas cajas vacías de comida basura Patroclo, y se siente cultivado ojeando un libro que no comprende.

En el cole el gitano era un portento. En deportes el no va más. En el resto también. Daba grima su piel tostada y su voz de mierda recitando poemas de memoria. Ropa de mercadillo. Pero era el puto amo por mucho que falseara su lengua con el estándar de los payos. Y ayudaba a los demás. Héctor, el cachas segundón. Guapo,deslumbrante, pero por debajo de Aquiles, en aquella clase caliente y apestosa de ventanales enormes a la nada. El riquito del pueblo iba para que le humanizar su ego. O así lo entendió el astuto Príamo, padre de la criatura. Todavía pizarra verde. Y tizas. Un cristo igual que el de las demás clases. Te acercabas y se difuminaba la cara. Cuando había exámenes mirabas y era prodigioso ver al gitano. El resto o copiaba u observantes en busca de auxilio. Héctor soñaba con ser el del diez. Y sobre todo que Aquiles fuera el del seis y medio.

After. Paris baila. Éxtasis paranoico. Trecientos beats de compás autómata. Rostros desvencijados. Copas mediadas. Botellas de agua anárquicas por todas partes. Se ven algunos trasnochados maduritos. Anfetas. Sonido abrumador que se mastica. Ganas de mear.

Cola de servicio. Degradación colora asfixiante. En el pasillo de súbito la dulzura. Rubia deslumbrante. Perenne sonrisa. Venus de discoteca. Ojos color alma. Azules. Sorpresa agradable ante el trato del mortal. La diosa en flor.

– Helena.

Aquiles el de los pies ligeros es sorprendido desenvainando su arma homicida, aquella que lo hará inmortal en su viaje a la dura batalla. Una vez el polvo blanco, pócima infalible en la espera atenta, penetra en las fosas nasales del héroe, guarda su poder misterioso en algún lugar de la nave nodriza. Como apaciguado por Palas Atenea en su ira terrible, aguarda a una perdida en su teléfono. La nave presta al arranque moviéndose guiada por los dioses olímpicos del polígono industrial.

Piso macilento de extrarradio. Cochazos van y vienen. Flamenquito basura que se acerca y aleja. Alguna gitana acorazada por delantal manchado vocifera con vecinas. Risas. Felicidad entre jeringuillas abandonadas. Umbral de piso de Patroclo. Aquiles abre. Restos de infelicidad. Desde dentro alguien habla en la caja tonta. Olor nauseabundo a hierba. Neblina. Restos de la derrota, piso de soltero alcoholizado. Patroclo tirado sobre la mesa. Cuerpo y mente esculpiendo infortunio.

Polígono. Putas babeantes. Bazofia alrededor de contenedores. Olor a herrumbre. Puertas cerradas y oscuridad ante los ojos. En su caballo con alas, Aquiles aparcando en doble fila. Fosas nasales acicaladas en el retrovisor donde no cabe la papada de gordo. Ritmo trepidante en el interior. Rumanos con mala hostia junto a negros azabaches con acentos vomitivos. Ropa deportiva cara. Coches caros y camión. Agamenón en una esquina en círculos, vociferando a través de móvil. Mueve mandíbula nervioso. Debe de ser holandés o alemán. En inglés, le grita al conductor del trailer. Desde dentro la droga con su agotadora sexualidad.

– 20 kilos dijo Héctor; todo adherido, Aquiles. Ten paciencia.

Mirada de pupilas espantadas. Aquiles evita contacto visual. Entrega las llaves a un negro y en silencio se dirige a la cocina por café con leche. Rutina. Con las puertas cerradas el almacén parece infranqueable. Dos esclavos ultiman detalles, fieles a la cadena fabril.

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Filípica

El verso afilado

para matar a la eterna madre

de ubres marchitas. Edipo

su filípica ensaya,

chuleta tallada en el cainita brazo

que suavice adivinanzas y laberintos.

Mil padres de esperma adormecido

mueren en las bocas de la etílica danza.

Edipo en selfies

urgándose el miedo a matar espejos.

Desempolvadas preguntas retóricas

se traducen al idioma del instinto.

Disimula Edipo

con sonrisas de curva perfecta.

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Artemisa

En toda génesis,

cuando los infiernos apuestan y ganan

y una madre en el suspiro último

da a luz, Artemisa es comadrona.

Suspira sobre los campos,

los preña de cosechas, acaricia al oso

que inverna en la alta cumbre.

Nos mira con la ternura que aprende 

en los animalitos,

presta a salvar a las doncellas 

de la noche y sus fauces troyanas.

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Hefesto

Sobre la fragua a golpes,

moldea su cojera.

El hielo de un padre en ira

adentrado en el pecho divino,

la llama

que da vida a los olimpicos yelmos.

Hefesto 

contempla su obra en los ojos

del destierro y la ausencia. Afrodita

acaricia al lisiado, lo eleva

al levitar por los caminos del Amor,

besa su deformidad maltratada,

defender en el no tiempo a Hera,

madre en tempestades sumida.

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Hera

Con sus ojos viene el terremoto de miel

rota. El regazo del existir es 

su fuerza, su débil balanceo 

por pesadillas bastardas del espejismo.

Hera toca el pensamiento de la humanidad,

la inunda de vástagos que endulcen

la crueldad de lo finito, mientras

la voz amoral de Cronos y Gea

la hacen brotar mujer, cadera 

erosionada por el dantesco celo.

Bajo su pie absoluto, el olvido 

de Troya, un Paris en cenizas 

y niebla. Hera, madre de las criaturas

que pueblan el firmamento…

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Zeus

El respirar de los muros, en círculos

sobre la inmortalidad

mientras la cosmogonía acicala

sus pecados, huerfanísimos

de víctimas sesgadas al fátum,

se hace pausado. Amanece

entre los montes sangrantes

un sol arrebatado a la ira. Zeus

disfraza el aire de veranos de lenguas

que llamean bocas impulsivas,

desata a las doncellas y las libera

de decencia. 

En la codicia del hombre cercenado

de pureza está el dueño de los sueños.

Zeus prohíbe los adjetivos vacuos

en los espejos que reflejan el no tiempo,

acto siempre en potencia.

Miles de titanes usan el látigo

de la súplica a la roca sin erosión

posible. El dios de Todo observa

con el mirar de lo Absoluto.

No hay atributos en su levitar,

en su movimiento a todas partes,

en su estática figura mancillada

de versos mortales.

El Monte Olimpo se despereza.

Comenzar de los infinitivos

a robar al deambulante pasajero

de las tragedias diarias…