Publicado en Escritos

No habla español

El metro para en Sainz de Baranda. Algunos pasajeros comprenden la que se avecina y cambian de vagón aparentando no ver a los skinheads que entran atronadores. La camaradería los envalentona y desafinan sus canciones de odio.
En el fondo hay varios perros flautas que hablaban con magrebíes sobre la vida en el Madrid de la crisis. Se cruzan miradas. Una mezcla de miedo y asco se respira mientras son engullidos por los túneles anónimos. Los pitidos y la velocidad armonizan las patadas, los arañazos, la violencia de adolescentes ad libitum, observados por atónitos testigos.
En Diego de León , apenas unos minutos luego de la batalla consumada, entra la policía. Sangre, cristales rotos, algún desmayo.
Una mujer mayor de rasgos orientales saca un pañuelo y limpia la sangre que brota en la frente de un skinhead sin aliento. Se baja en Diego de León, a limpiar la casa del padre de uno de los de extrema derecha. Nadie le da las gracias. Tampoco lo hubiera entendido. Casi no habla español.

Publicado en Poemas

Valle del Kas

La lucha de las banderas

tiró aquí

unas bombas zurcidas al odio.

Obreros vivientes

dan los buenos días. Huele a amor,

a veces, cuando el sistema

no derrama su sed de gula por el valle.

Rosendo sonaba en los rezos y Obús,

los madriles modernos a su ombligo

ochentero de cassette y Casio. 

Heroínas que eran las malas

de la peli, el punk, y los no me jodas,

hacían rosquillas en el horno

de la vida real. De una boca de metro,

salía el ángel con las herramientas;

de la otra el demonio de la ciudad…

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Nublado IV

Siempre estaba el tonto en la plaza ofreciendo caramelos con aquella cara que ponía pareciendo el benefactor que acabará con el hambre, con los mocos pegados cuando se resfriaba y tú cogiendo los dichosos caramelos que luego decías que picaban porque eran para fumadores, pero que yo no decía nada porque se agradecía el sabor a menta en tu lengua al tacto de mis labios que esperaban tu deseo como si hubiéramos nacido para el amor sin leyes ni sociedades.Me encantaba que nos dijeran que no cogiéramos nada de lo que ofrecía y a ti te daba igual, me hacía adorarte con devoción religiosa casi. Y celos, que me sé cómo te miraba el tonto el culo. Ahora casi te saboreo la saliva tan rica y recuerdo tus pezones duros, así, sin más, en esas cosas que hace la mente cuando le da la real gana precisamente en el frío de la aún no mañana madrileña de gases de tubos de escape y gente con la sonrisa en reserva para el desayuno a cantar las gestas del Madrid o del Atlético y las chicas a decir memeses sin fútbol y a veces casi sin vida real.
En el pueblo en esta época es la recogida de la aceituna, que siempre alguno se descojona de mí en Navidades porque todavía no me entero de lo que es el verdeo y las negras o no sé qué, que yo siempre estuve en la luna, que era más de libros, que es un subterfugio para llamarme vago por no haber tenido la posibilidad de currar como los hombres y no esas chorradas de latinismos y fórmulas que no tienen cabida por estas tierras quevedianas, que seguro que todos esos que escriben no tienen cojones de aguantar una sola campaña de recogida.
También me acuerdo cuando he ido a alguna ETT a mentir acerca de experiencias que no he vivido, perdido en la jungla de piedra como cualquier currito que solo puede salir a coger aire en algunas vacaciones o estando enfermo, cuando bajas a que te dé el aire puro, y resulta enrarecido por los chismes y la cizaña. Todavía tengo entre sien y sien cuando el fascista ese de Ángel se me acercó en el bar de Pedro para venirme con que me apegara más a ir que me quedaba sin novia, y la risa en el ambiente me dejó clarísimo que había pasado, que no tenía derecho a hipotecar tu vida de mujer adulta a la espera de un príncipe que nunca fui y nunca quise ser.

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Nublado III

Es tan distinto cuando en la urbe una entrevista te lleva a verle los ojos al amor tras la neblina de la inmensidad, a través de una entrevista de una ett que no recuerdas mucho, anclado en la timidez reflejo de la tuya propia recién adoptado por la piedra en flor que es el Madrid gris de hidalgos de coche y android donde otrora había capa y espada. No quedáis, el trabajo esclavizante será tuyo, le has caido bien a la chavala, te ha dicho que los sevillanos sois muy zalameros, que tenéis fama de conquistadores, sabes de repente que te va a dar un amor caduco que te hará sentir vacío en medio del vértigo de madrugadas y sus desuellos. Quizás la encuentres por Malasaña una noche de caos y drogas que doblan las mandíbulas y acomodan los besos por instinto de salvar las guerras contra la soledad. Los don Juan Tenorios debéis tener acento extraño en la tierra de los le y laísmos en la coctelera del chiste recurrente del que eres partícipe por ser del Al -Andalus. Los domingos firmas algunos armisticios entre sábanas ebrias, en casa dices que dormiste en casa de un colega de universidad, a la chavala que vives con colegas, y las mentiras se van sumando porque da igual el orden de los sumandos y todo aquello de que al final es el mismo resultado: escenario central con público silencioso al que le importas lo mismo que a ella cruzando la plaza del pueblo, colores los mínimos, aunque sí algunos que para eso la tecnología está logrando traernos la felicidad virtual cuando nos soñamos buenos y sofisticados. A veces te preguntas si sabes qué es Madrid, si las fauces del monstruo son tan enormes como presientes, si hay tantos días nublados en realidad, porque viajas por debajo de tierra, como miles de otros que se acostumbraron a la ceguera y a las no victorias. Entonces vuelves a saborear las manos del amor en tus primeras veces en la entrepierna, ocultos en la casa nunca acabada con vistas a la plaza.