Publicado en Naima

Inventando el color

Estaré en alguna estrella fugaz
con vistas al roncar de Dios, Naima,
para cuando te crezcan,
silenciosa y temerosa ante el temblar 
de la tormenta. Estaré 
con la capa de invisible, 
con arrugas en el mirar
y el lumbago aún por las espaldas
que el tiempo asesina porque sí.
Estaré inventando el color
en cada arco iris 
en que te acuerdes de mí, 
en cada asesinato de algún alba,
en cada adiós
que te ampute un abrazo.

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Publicado en Poemas

Ferro despierto

Soy jaula,

y los barrotes me acicalo

con quienes mato cuando nadie mira.

Soy la nada

del sofá casi adormecido

el principio o el fin, el otoño de la huída.

Cuando todos duermen

salgo a avivar el fuego.

La suerte

de las alas invento, la quimera

de los hombres libres,

la dulce espera del reo

ante rostros sin nombre de los alguaciles.

Soy. Eso es más que un lector

acomodado a unos versos

de hedor

pusilánime, ferro despierto

acuchillando el desaire

de ser solo en el espejo,

los puntos suspensivos con sangre

de las nieblas civiles…

Publicado en Bienvenida a las armas

Olas circulares

1000 niños en busca de infancia.

999 son deformes en la exclusiva zona de Esparta.

1 encuentra un regazo perenne.

Ese uno carga las armas

con su orgullo de niño rico;

las dispara con su dedo tenue

y rechoncho. Los otros son lirios

desparramados por el mar de olas circulares.

Adivinen quién es el europeo

catedrático de bares,

quiénes la travesía del desierto.

Publicado en Bienvenida a las armas

El sollozar del hambre

Donde la tregua dormita,

siempre es trece y martes.

Al ahorcando llaman árboles,

quien nos dispara mata su risa.

Donde la guerra vomita

hombres del no tiempo,

ángeles borrachos levitan

sobre salmos que engullen muertos.

Donde dormita la tregua,

se despiertan los volcanes

en mil noches de sultanes

asesinos, el hilo se hace rueca.

Donde vomita la guerra

la disonancia se expande,

los muertos son la cosecha

que amamantan sollozos del hambre.

Publicado en Poemas

¿Para qué…?

¿Para qué mis ojos,

si me ofrecéis la ceguera?

¿Para qué mis manos,

si son puñal de mil guerras?

¿Para qué mi grito,

si el acorde es afónico?

¿Para qué mis bocas,

si el mar se hace el sordo?

¿Para qué el camino,

si robais raídas brújulas?

¿Para qué el invierno,

si de mi piel florecen lunas?

Publicado en Poemas

Me amanece

Me amanece la cizaña

de la gente en erupción.

Los ladridos del vecino,

regañando a los árboles

en alopecia otoñal,

los perros declamando

odas a lo ingenuo, me resucitan.

Me amanece la cizaña,

habita en el vacío círculo

de mi yo aparcando,

de mi yo muriendo

en las penumbras de la tarde

fósil. Me amanece la noche,

y ahí ya me rindo a los infiernos:

conocen al Dios

del que me río cuando

se olvida de señalarme los caminos

menos iluminados por Su sombra.

Publicado en Escritos

Êpperança

Luis no se acostumbra a que el sol le despierte. Ya no hay redes que revisar, ni su hijo Antonio, el abogado, le permitía en los últimos años ser un verdadero pescador, los dolores eran demasiado agudos, y la artrosis no perdona.

La cama es demasiado grande desde que a su mujer se la ha llevado su hija Ana. Tiene algo grave pero a él se lo ocultan todo y solo le reprochan las copitas que se bebe en el bar de Mari. El médico le habla con paciencia de padre, y a le agrada que le traten tal como ha tratado él siempre a todo el mundo. Tiene manos de mujer el doctor, pero sabe más que el Briján, y cuando lo mira fijamente baja este los ojos.

Luis cuando empezaron aquellos señores de la tele a decir que no se podía pescar, sintió miedo. Tenía al niño en Cádiz
y hacía falta mucho para mantener a un universitario en aquellos albores de la democracia. Llegó un día Rafa, que siempre andaba trapicheando , y leyó la preocupación en el rostro de su amigo.
_ ¡A ti te paça argo, compadre, no me engañê!

Esa misma noche Luis supo lo que era el contrabando. Su mujer lo abroncó porque pensaba que venía de beber con la chusma con que quedaba en las tascas. Luis se calló por primera vez en su vida
y se sintió sucio por llevar dinero a casa que no había sudado honradamente. Al día siguiente, cuando su mujer lo hacía en el bar y mandó a Ana en su búsqueda, comprendió el arrojo de su marido y se sintió orgullosa. Luis los quería como quieren las personas puras de verdad.

Ana también era una niña muy lista. Se le veía siempre leyendo, y como Luis no puso ni la menor pega, porque quería que los dos fueran personas entendidas y capaces de comprender lo que decían en los telediarios, redobló sus ganas de luchar por ellos, aunque fuera entre la niebla y el disimulo.

Una noche la cosa no salió del todo bien y la guardia civil los esperaba en la playa parapetados tras las barcas varadas desde hacía meses. Los llevaron a comisaría y como Luis era indomable, le pegaron en las costillas y le partieron dos a patadas. Eran dos hombres jóvenes, como él entonces, pero ancianos franquistas avocados a desaparecer con la fuerza de la democracia esperanzadora. Lo obligaron a beber ginebra y lo dejaron en la esquina de la calle donde vivía, para que el tono de tragedia del flamenco escuchado por el barrio lo convirtiera en miedo. Luis solo pidió que los suyos no sufrieran más por su culpa y se mantuvo firme para no caer en el dinero fácil.

Su mujer dicen que tiene algo grave y le quedan unos meses. Luis ha asumido el vivir en la soledad con que sus huesos se recuperaron. Sus hijos tienen casa en buen sitio en Sevilla , curran con traje y hablan con acento de allí. No se puede sentir más orgulloso de haber servido para verlos triunfar en la vida.

Está hablando consigo mismo en el bar de Mari. Hoy no apareció Rafa, y el resto guarda silencio viendo el partido del Madrid en Champions. El viejo pescador nunca entendió que se pudiera ser de un equipo que casi siempre gana, eso no es fútbol de verdad como el Cádî.

Sale a gusto, un poco borracho, pero contento de no tener que discutir. Se lamenta de haber sonreído por estar solo. Un poco más adelante ve las luces encendidas de un coche patrulla de picoletos. Arrancado, con las puertas abiertas y dos agentes encañonando a Rafa sobre el capó de su destartalado coche de buscavidas. Luis reconoce a sus agresores veinte años atrás, son escoria, gente sin alma, uniformados abusando del poder que representan. Se monta en el coche, y con el mismo nerviosismo que tuvo aquella primera noche en la playa, enciende las largas. Los agentes miran y uno le apunta. Luis quiere creer que lo reconocen cuando los atropella con toda la ira que lleva acumulada en su alma de pescador.

Llorando, y habiéndose meado encima, Luis mira a través del cristal hecho añicos. Rafa se aproxima corriendo con dificultad.

_ ¡Bámonô, Luîh, por lo que mâh quierâ, o êttamô muertô! _ exclama.

Luis entiende en ese momento toda la grandeza de su vida. Delante del mejor amigo que hombre pueda tener, exhorta:

_ ¡No, Rafa, muertô êttán eyô, noçotrô tenemô êpperança!

Publicado en Bienvenida a las armas

Open Arms

Nos cortarán la luz

cuando seamos ciegos. Invadirán

los templos, las flores

las harán carnívoras y

de derechas. Los semáforos

estarán en rojo

hasta que le salga de los huevos

al capitalismo y al señor

guardia.

Europa te pedirá la Play Station

y el juego de abandonar

personas en el mar muerte;

Dios, prueba de ser cristiano

viejo, los brazos saber abrir

en caso de que la suerte,

del que llora en el espejo,

huela a asesinato y fin.

Una Europa maquillada

de soberbia

se asoma a los balcones

de emperador. El Ego

come sus miserias,

se silencia

la humanidad. A Dios

se mata, la oscuridad

nos nace.

Publicado en Esmeraldas

Esme

Donde la eternidad

nos acaricie,

donde hasta la desnudez

sea un adjetivo redundante,

donde

los dónde se guarden

donde las arpas mudas,

donde mis ojos sean niñez

en tus amaneceres,

unos sanlúcares de cal

y primavera

abrazada al existir,

detendrán al tiempo y la muerte.

El cielo sabrá a verde,

verde pandemia

esmeralda cual perenne

calma del Guadalquivir.

Publicado en Escritos

La dimensión de los vivos

Desde que supimos la inminencia del fin, hay muertos por todas partes. La alta política intentó ocultar por todos los medios el hecho de que el planeta se extinguía, pero en webs de organizaciones de ultra izquierda, científicos de toda índole alarmaron con la cruel verdad. Entonces fue cuando empezaron a darse los primeros casos: primero mujeres que vengaban sus muertes, asesinadas sin que sus maridos culpables hubieran pagado con creces su crueldad, luego víctimas de las guerras que llegaban y hacían desaparecer a los que habían generado el conflicto para enriquecerse, luego hasta personas muertas cuyo amor no fue correspondido. A pesar de los trajes espaciales que se diseñaron, no para salvar vidas realmente, más bien para mantener el vertiginoso ritmo de la economía mundial, los muertos sabían reconocer a quienes en el pasado habían causado un daño irreparable en sus míseras vidas. No encontrábamos explicación lógica de facto, porque aun con la fehaciente prueba de que la muerte y la vida coexisten en mundos superpuestos, nos agarramos con desesperación a una racionalidad fría, capaz de desarrollar una solución viable a nuestro fin como especie. Entiendo que desde la perspectiva de los humanoides de las colonias mi relato pueda resultar exagerado e incluso inverosímil. Pasó hace relativamente poco, aunque a lo peor hace demasiado desde el prisma de Marte donde ahora habitan ustedes.

Hubo muchos que abandonaron sus trabajos, gente que incluso pensaba que todo era una mentira orquestada para que consumiéramos aquellos caros trajes y salían a la calle desnudos con la consecuente muerte por asfixia. Otros dejaron de pagar hipotecas, se dejaron de comprar acciones o vender y los gobiernos se volvieron más férreos, dictaduras de signo capitalista para frenar las consecuencias desastrosas sobre la economía mundial.

Los muertos hacían desaparecer a sus presas con total impunidad. No hubo lugar a lo largo de la Tierra donde las leyes pudieran proceder en contra de los crímenes, puesto que era de recibo permanecer en estado orgánico, es decir, ser viviente, para que los fiscales actuaran. El vacío legal no era sino parte indisoluble de la anormalidad instaurada como parte de nuestro quehacer diario.

Yo nunca fui un ejemplo a seguir en cuanto a moralidad o rectitud en mis acciones. En cualquier caso temí que alguna novia fugaz a la que traicionara en algún momento de mi tormentosa juventud en pos de llegar a poderoso empresario, a alguien a quien engañara para enriquecerme, quizás incluso un desaire al responder en alguna reunión de empresa, pudiera venir a acabar conmigo.

Aquel día por la mañana me sentí especialmente observado. La camarera, una muchacha de facciones bellísimas, tenía un rictus muy serio cuando me tomó nota. Al servirme el café me reafirmé en que no era una profesional. En una cafetería del centro podrían haber tenido a cualquiera con más experiencia y algo en ella no cuadraba.
Entre el bullicio de la hora del desayuno, las copas de los perdedores y los cigarrillos que consumían pulmones de obreros disfrazados de oficinistas hípsters, me escabullí sin pagar mi consumición mínima. Me dio terror que la pobre mujer fuera alguien del pasado en busca de revancha.
Mientras me alejaba en dirección a mi oficina casi encontré cómica la absurda situación, pues ni siquiera me resultó familiar su aspecto físico, y créanme que me hubiese acordado de tan agraciada fisonomía. Reí entre la gente que pasaba, tan ruidoso que algunos me miraron a través de las escafandras. Seguía mi corto trayecto cuando divisé a alguien que vigilante en la puerta principal del edificio donde tenía sede mi empresa. Me paralizó el miedo. El traje dirigió el campo de visión del casco vengativo hacia mí y aunque tardé en reaccionar, empecé a correr en dirección contraria.

Poco a poco, donde ya por mucho que mirara atrás pude ver rastro alguno de la supuesta muerta, intenté recuperar el resuello andando por un callejón poco transitado. Mientras respiraba pausadamente , pisé algo que me hizo resbalar y golpearme la cabeza. Perdí el conocimiento y cuando de un sobresalto desperté, me encontré solo, casi a punto de agotar la batería de oxígeno de mi traje. Al menos no había presencia alguna de la camarera y aquello me hizo sentir alivio.

No llamé a nadie a recogerme. Me dirigí al metro y viajé unas paradas y me dispuse a salir unas cuantas estaciones antes de casa con el fin de despejar cualquier duda acerca de que la camarera me acechara de algún modo. Ya en la superficie vi un traje de color diferente al gris plata del resto. Supe sin pestañear que era un antiguo compañero de instituto, el cual me había aterrorizado durante toda la adolescencia. Supe, sin saber el porqué, su dirección, y sentí deseos de que llegara el día siguiente. Sabía instintivamente que le iba a ver.

Ya en casa, me quité el traje y en la desnudez toqué mi brazo, mi frente, mis pectorales… definitivamente estaba helado. La camarera a la cual había condenado con mi egoísmo al olvido, consiguió venganza: yo estaba absolutamente muerto. Empezaba mi arrastrar por la dimensión de los vivos en busca de los que me habían humillado.