Publicado en Naima

Eco de mi caminar

Eco de mi caminar eres,

Naima,

la sonrisa de Coltrane

hecha niñez. Mis pasos

de gigante

sobrevuelan maremotos

y lascivas muertes que besan

mis espaldas.

¡No cierres el alba, espejo mío,

no quiero ser niebla,

ni noche de silencio de redonda,

ni cristal en un mundo de martillos!

Eco de mi caminar eres.

Anuncios
Publicado en Escritos

Escritor en stand-by

En el metro de vuelta a casa. Manuel imagina, en ropas de curro, donde quedarían bien la mujer don nadie que respira sobre él, o la diva cercana a la puerta cuya música robótica a través de cascos de marca son oídos por los anónimos de alrededor. Las describe con esmero al llegar a casa, dotándolas de diálogo que alegren la soledad de piso de solterón perenne donde vive.

Obvio que no hay razón para que los compañeros de trabajo especulen acerca de las prisas de Manuel por salir pitando día tras día sin ducha ni cambiarse de ropa. Creen que es maricón los más futboleros o un calzonazos los no paga-fantas. Cada uno va a lo suyo pero es normal hacer crítica “brothers in arms” de vez en cuando. Unas risas y vuelta a la jungla a matar cocodrilos o negritos porteadores, según lo decidan por ti en las noticias.

Manuel escribe y lee versos e historias de sinopsis brillantes. Lee mucho, a Francisco Brines actualmente, de quien aprende la paciente búsqueda de una inmortalidad difícil de concebir, más complicada si aún cabe de explicar a los conocidos y compañeros de trabajo, pues amigos no existen desde su prisma de introvertido sin remedio ni solución.

Como, antítesis a su preocupación por la no muerte y consecuencias en el devenir de cualquier obra, Manuel se exige a sí mismo horas de estudio pormenorizado de una ingente cantidad de autores de cualquier literatura, incluidas las coloniales, y se haya subscrito a innumerables webs de contenido expresamente literario. Ha conseguido ganar algún premio de poca o ninguna relevancia, para lo cual se ha preparado discursos muy aplaudidos por lo sorprendente de su erudición. Al fin y al cabo, no se espera tanto de un operario de una fábrica ruidosa y nauseabunda.

Buceando en César Vallejo o en la infinita biblioteca de Borges, llega el día en que las soluciones al eterno problema de perecer en cuerpo y alma encuentran en los escritos de Manuel un valioso antídoto. Se desata el júbilo ante tan preciado hallazgo. Quienes le leen aprenden a vencer a la parca, todas las muertes previstas por el fátum se suspenden y Manuel es el autor más leído junto a Cervantes, García Márquez o la Biblia. Los editores pelean por sus poemas, escritos de cualquier índole y es venerado como casi un dios en todo el orbe.

Manuel ya no es un maricón ni un paga-fantas. Los antiguos compañeros le siguen por las redes, aunque es duda si alguno ha entendido sus letras enrevesadas. Él vive cada día en un hotel diferente, se especula si acompañado de hombre o mujer, si escribiendo para mejorar el mayor artefacto que escritor alguno descubrió jamás, si para conseguir alcanzar la esencia de Dios…

En un hotel de alguna ciudad asiática bulliciosa y gigantesca, el antiguo operario está a punto de describir los puntos débiles de la parca. Cuando halla las palabras con exactitud pasmosa, segundos antes de dejar constancia de otra cumbre conquistada por el ingenio humano, se queda dormido súbitamente. Sueña que la muerte está sentada junto a él en el incómodo sofá de habitación carísima de hotel de cinco estrellas, observando su dormitar tras una agotadora rueda de prensa.

Abre los ojos y los llena del dantesco vacío del rostro mortífero. No sabe si es parte de la pesadilla, pero no quiere despertar, necesita saber para transmitir el mayor hallazgo del hombre, hablarle cara a cara a quien no puede herirle. Tampoco sabe si está despierto imaginando que ve a la muerte observando su dormitar, luego abrir de ojos que se llenan del terror en la cara de la muerte, sin saber si es parte de la pesadilla…

La muerte no pudo vencer la inmortalidad del poeta descubridor de sus puntos flacos. Se limitó a dejarlo en stand-by hasta el final de los tiempos, sufriendo la duda más ontológica a instantes de resolverse, en medio de una regresión tan imposible como el sueño de los fallecidos…

Publicado en Poemas

Gerundios subversivos

Desempolvando mi desordenado

olvido, en la cómoda de lo por confesar

hallo los ojos de la niñez.

Son los mismos que pretendí abandonar

transformado en golpeador de la noche.

Me observan con la inocencia

del perdón inmediato;

casi balbucean las gracias

de los resucitados, se dejan

atravesar de un impío amanecer,

se despojan de noche y asesinandos.

Estos ojos injertos,

germinar del ser-en-calma,

maquillados del color primigenio,

son las compuertas abiertas

al amor en gerundios subversivos.

Publicado en Poemas

Veneno en las escamas

Necio soy

al pretender mostraros la inmortalidad,

el arco iris que emana

en las manos que se besan,

entre los que tienen esperanza,

el volar.

Necio me adoráis,

porque la nada asusta

en vuestras penúltimas cenas,

frugales, con la ambrosía

que creéis mi alimento

justo antes de mataros vestidos.

La vuelta a serpientes

os pareció óptima

para vender fruta prohibida,

para desahuciar evas putas

y adanes sumisos. No os

importa la indolencia al arrastraros

mientras

tengáis veneno en las escamas.

Publicado en Poemas

La piel en pausa

Este resucitar de los relojes,

erosión en mi trinchera,

asfalta la piel en pausa.

Hubo un tiempo anterior

a los bombardeos

donde las flores eran verbos;

los amaneceres,

mi desnudez que hablaba.

Ahora que la madurez

ha manchado la inocencia

de perpetuidad, acuchillo

a mi propia sombra

los días de paga y los árboles

se postran ante mi paso

inseguro. Me conocen

en los confesionarios

de los confines del mundo,

llevo la marca del pecado

en alguna de las vidas

que no supe domesticar.

A veces, cuando la humanidad

se hace la dormida,

hago ruido para despertaos

en mitad de la pesadilla.

Nadie me ha descubierto aún

cepillando mi traje

de Superhombre taciturno…

Publicado en Poemas

Condenado

Me condenaron al tiempo,

quizás a la calma de los días sedados.

Un espejo me persigue

escupiendo canas en mi pueril

cadencia.

Sé que debe de haber formas

de andar por los mares azucarados,

de no hipotecarse las sonrisas,

de nadar sin salpicar a los ahogados.

Pregunto a quien me imita

recordándome los appointments

con fabricantes de alas y vendedores

de la verdad en fascículos. Es muy cruel

llevar reloj y tomar pastillas

contra la niñez

y ser inmune a la oscuridad.

Publicado en Bienvenida a las armas

Carola

Horas extras la esperanza

hacía, mientras

amputaron los abrazos

a la Europa de la gula infinita.

Hombres del color de la noche

vinieron a ser sepulcros

sobre olas envenenadas. Del elexir

de las patrias, se alimentan

de espejos los obreros

con pagadas vacaciones

y plusvalía al África ganada,

alimento de los camposantos.

Salvini saca sus mil pechos

a adoctrinar con leche fascista

las europas lisiadas. El tiempo

se convierte en piedra.

La verdad pierde el regazo.

Publicado en Escritos

Antonio o el teorema de la muerte

Antonio intuía que era el hazmerreír de aquellos alumnos aún floridos en acné y esperanzas sin letra pequeña. Solía perder las copias de los exámenes, o dejar caer las gafas cuando la pasión por la enseñanza lo dominaba y acababan rotas por sus zapatos de cordones desiguales y de distinto color, consecuencias todas de su soltería agotadora y su virtual existencia dedicada a visionar las matemáticas de un modo vedado al resto de mortales. Alguna alumna le ayudaba con la difícil tarea de meter los brazos en el chubasquero en día de lluvia, y olvidaba los post-it de formulaciones abrumadoras en los lugares más insospechados, dando así una inusual nota de colorido a la objetividad pura que intentaba acercar a su público.

Bromas aparte, que incluso la comicidad en exceso adolece de no digestiva, Antonio era el profesor por antonomasia. Los alumnos abarrotaban los pupitres e incluso se daba la paradoja de gente sentada en las escaleras para escuchar a aquel mequetrefe de gafas dobladas sino sin cristales cuya maestría era acorde a la asombrosa capacidad de su enfrentamiento a la monstruosidad lógica.

Se decía que matemáticamente podría llegar a matar a Dios de un modo similar a los filósofos existencialistas, embutido en su estudio pormenorizado de las relaciones de los elementos dentro de un sistema, dicho de modo entendible para nosotros torpes humanos, real. Del mismo modo en que sus alumnos mostraban la mitomanía propia de la tardía adolescencia, Antonio era reservado en su visión matemática copiada de J. Stuart Mill o P. Kitcher, entre otros, y aborrecía del empirismo casi marcial de Lakatos y su acercamiento a la lógica como consecuencia del error en cualquier proceso refutable.

Un tipo singular el tal Antonio, un soberbio portento del conocimiento más puro que impartía su cátedra en la Universidad de un lugar de cuyo nombre no quisiera acordarme. Era la ambivalencia antropológica que tan bien casa con el ser humano: una inteligencia divina que vestía con las habilidades propias de un demente.

Incluso así, no pasó desapercibida su pérdida de peso en los albores del segundo parcial de junio. Pobló su cara de una espesa barba que los testigos oculares adjetivaban como pelirroja, traidor como era a lo inescrutable en la esencia de cualquier dios, pero quizás existía una falsa impresión en tal descripción a resultas del Judas bíblico.

Se volvió incluso más huraño, expulsando de clase a la más mínima intuición de ser objeto de burla, comenzó a castigar sin reparo en los exámenes a los alumnos que le adoraban por su desaliño y cosmogónico conocimiento, se mofaba de los pocos aventajados que intentaban seguir sus teoremas asombrosos… Antonio había cambiado en aquel curso y todos se preguntaban el porqué de tal comportamiento irascible en un ser tan adorable.

Llegó a ser tan impopular y odioso que el rectorado lo convocó a una reunión de urgencia, hasta tal punto había alcanzado su metodología destructiva. Se presentó ante sus colegas con la misma facha de espantapájaros torpe y con unas ojeras impropias de un hombre saludable y en su sano juicio.

El rector ante la evidencia de su lamentable estado físico y quizás mental, lo invitó a su despacho al día siguiente a las once de una mañana que se pensaba fría y pudiera ser que nublada. El profesor de matemáticas negó con la cabeza:

  • No va a poder ser. -anunció – Moriré de un infarto cerebral a las tres cuarenta y siete de la mañana. Aún no averigüé los segundos exactos.

Lógicamente, o a lo peor no, los aturdidos consejeros quedaron estupefactos ante una respuesta tan fuera de lugar y una vez se había marchado el poco cuerdo profesor dejaron claro que habría que buscar soluciones a aquella extraña conducta. Acordaron verse luego de la reunión con el sujeto, establecida a las once y a la cual estaban seguros que acudiría con matemática kantiana puntualidad como era norma en el lunático durante tantísimos lustros de enseñanza.

Al día siguiente se cumplió la premisa de que Antonio no había hecho acto de presencia ni siquiera en sus clases de las ocho y nueve y media. A las once tampoco hubo reunión que se preciara de serlo, y la alarma de un posible problema se extendió.

La policía llegó al céntrico apartamento donde vivía solo. Tras llamar varias veces a la puerta y teléfono decidieron entrar por la fuerza y encontraron una trituradora de papeles junto a restos  de material desechado en minúsculas tiras en medio del salón. En las paredes había borradas algunas fórmulas ininteligibles para los avanzados y en la cama de la habitación el cadáver del sujeto, con pijama arrugado y descosido. Tenía evidentes síntomas de infarto en su amoratado rostro.

Los compañeros de departamento en la universidad comprendieron poco después de ser conscientes de la terrible noticia: en la búsqueda de la pureza absoluta había hallado la fórmula matemática que permitiera el cálculo casi exacto de la fecha de la muerte. Tal fehaciente hallazgo aterrorizó al pobre Antonio y borró las pruebas para no asustar más al ser humano con tan traumática realidad. Quizás en una vida ulterior no tendría necesidad de buscar tantas respuestas, ni que ser hazmerreír de almas puras que vivirían en potencia, sin zapatos con cordones de diferente color.