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La dimensión de los vivos

Desde que supimos la inminencia del fin, hay muertos por todas partes. La alta política intentó ocultar por todos los medios el hecho de que el planeta se extinguía, pero en webs de organizaciones de ultra izquierda, científicos de toda índole alarmaron con la cruel verdad. Entonces fue cuando empezaron a darse los primeros casos: primero mujeres que vengaban sus muertes, asesinadas sin que sus maridos culpables hubieran pagado con creces su crueldad, luego víctimas de las guerras que llegaban y hacían desaparecer a los que habían generado el conflicto para enriquecerse, luego hasta personas muertas cuyo amor no fue correspondido. A pesar de los trajes espaciales que se diseñaron, no para salvar vidas realmente, más bien para mantener el vertiginoso ritmo de la economía mundial, los muertos sabían reconocer a quienes en el pasado habían causado un daño irreparable en sus míseras vidas. No encontrábamos explicación lógica de facto, porque aun con la fehaciente prueba de que la muerte y la vida coexisten en mundos superpuestos, nos agarramos con desesperación a una racionalidad fría, capaz de desarrollar una solución viable a nuestro fin como especie. Entiendo que desde la perspectiva de los humanoides de las colonias mi relato pueda resultar exagerado e incluso inverosímil. Pasó hace relativamente poco, aunque a lo peor hace demasiado desde el prisma de Marte donde ahora habitan ustedes.

Hubo muchos que abandonaron sus trabajos, gente que incluso pensaba que todo era una mentira orquestada para que consumiéramos aquellos caros trajes y salían a la calle desnudos con la consecuente muerte por asfixia. Otros dejaron de pagar hipotecas, se dejaron de comprar acciones o vender y los gobiernos se volvieron más férreos, dictaduras de signo capitalista para frenar las consecuencias desastrosas sobre la economía mundial.

Los muertos hacían desaparecer a sus presas con total impunidad. No hubo lugar a lo largo de la Tierra donde las leyes pudieran proceder en contra de los crímenes, puesto que era de recibo permanecer en estado orgánico, es decir, ser viviente, para que los fiscales actuaran. El vacío legal no era sino parte indisoluble de la anormalidad instaurada como parte de nuestro quehacer diario.

Yo nunca fui un ejemplo a seguir en cuanto a moralidad o rectitud en mis acciones. En cualquier caso temí que alguna novia fugaz a la que traicionara en algún momento de mi tormentosa juventud en pos de llegar a poderoso empresario, a alguien a quien engañara para enriquecerme, quizás incluso un desaire al responder en alguna reunión de empresa, pudiera venir a acabar conmigo.

Aquel día por la mañana me sentí especialmente observado. La camarera, una muchacha de facciones bellísimas, tenía un rictus muy serio cuando me tomó nota. Al servirme el café me reafirmé en que no era una profesional. En una cafetería del centro podrían haber tenido a cualquiera con más experiencia y algo en ella no cuadraba.
Entre el bullicio de la hora del desayuno, las copas de los perdedores y los cigarrillos que consumían pulmones de obreros disfrazados de oficinistas hípsters, me escabullí sin pagar mi consumición mínima. Me dio terror que la pobre mujer fuera alguien del pasado en busca de revancha.
Mientras me alejaba en dirección a mi oficina casi encontré cómica la absurda situación, pues ni siquiera me resultó familiar su aspecto físico, y créanme que me hubiese acordado de tan agraciada fisonomía. Reí entre la gente que pasaba, tan ruidoso que algunos me miraron a través de las escafandras. Seguía mi corto trayecto cuando divisé a alguien que vigilante en la puerta principal del edificio donde tenía sede mi empresa. Me paralizó el miedo. El traje dirigió el campo de visión del casco vengativo hacia mí y aunque tardé en reaccionar, empecé a correr en dirección contraria.

Poco a poco, donde ya por mucho que mirara atrás pude ver rastro alguno de la supuesta muerta, intenté recuperar el resuello andando por un callejón poco transitado. Mientras respiraba pausadamente , pisé algo que me hizo resbalar y golpearme la cabeza. Perdí el conocimiento y cuando de un sobresalto desperté, me encontré solo, casi a punto de agotar la batería de oxígeno de mi traje. Al menos no había presencia alguna de la camarera y aquello me hizo sentir alivio.

No llamé a nadie a recogerme. Me dirigí al metro y viajé unas paradas y me dispuse a salir unas cuantas estaciones antes de casa con el fin de despejar cualquier duda acerca de que la camarera me acechara de algún modo. Ya en la superficie vi un traje de color diferente al gris plata del resto. Supe sin pestañear que era un antiguo compañero de instituto, el cual me había aterrorizado durante toda la adolescencia. Supe, sin saber el porqué, su dirección, y sentí deseos de que llegara el día siguiente. Sabía instintivamente que le iba a ver.

Ya en casa, me quité el traje y en la desnudez toqué mi brazo, mi frente, mis pectorales… definitivamente estaba helado. La camarera a la cual había condenado con mi egoísmo al olvido, consiguió venganza: yo estaba absolutamente muerto. Empezaba mi arrastrar por la dimensión de los vivos en busca de los que me habían humillado.

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Piano

Era muy transitado el edificio donde María trabajaba vendiendo seguros en el trapecio de los despidos y las técnicas de venta. Había puertas opacas giratorias como las de las pelis hollywoodenses y un aire de sofisticación cool calcado a los carpantas hidalgos de los siglos del Imperio. 

Antonio la observaba desde la lejanía agazapado tras sus oscuras gafas de mercadillo y su barbas nuevas . Con la meticulosidad impropia de un hombre en venganza, supo en base a la observación prismáticos en mano, hasta qué días eran los de quedar con amigas y cuáles había dormido mal por el maquillaje aplicado en sus ojeras. 

María nunca mostró sentimiento alguno. Dijo sí a su relación con el ahora espía con la naturalidad con que vuelan los pájaros. Y mostraba su aparente felicidad sonriendo modestamente a las ingentes cantidades de flores que desfilaban delante de sus ojos callados. Ni siquiera mostró sorpresa cuando vio por vez primera el virtuosismo sobre el piano de aquellas manos que tocaban aún torpes su piel.

Aprendió, quizás en retardo resuelto en disonancia, a no ser una plácida melodía más dentro de aquel soñador de legañas perennes y decidió abandonar sus partituras con un calderón como despedida.

Uno de los días numerosos en que la vendedora de seguros salió pensando en él precisamente, Antonio, pistola en el bolsillo izquierdo, decidió abordarla y en un crescendo inigualable hacerla parte protagonista de la tragedia sinfónica. Notó hasta las notas del piano cayendo sobre su ser orquestado por las percepciones del Universo. La gente corría a ayudar en un incidente en la misma entrada y aprovechó el magnicida para perpetrar su acto vil.

María lo miró sin reconocerlo, absorta como iba en saber qué pasaba con la multitud que se agolpaba en círculos metros más allá. La llamó a grito pelado y no obtuvo respuesta. Antonio intentó sacar la pistola pero su mano parecía evaporarse, como la de un fantasma. Se dignó finalmente a volver a la realidad y vio claramente lo acontecido: en su camino presto a la ignominia del asesinato, unos obreros que subían un piano de cola en un bloque de pisos colindante gritaron al músico que quedaría sepultado bajo la mole inmensa, sordo por su ceguera a los sonidos externos. 

Todos las armonías del mundo salieron de aquellos acordes por tocar, en el preludio incierto de ser la muerte trastocada y suspendida de una partitura mal escrita.

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Julito (V)

Julito tiene una pesadilla y se despierta de un sobresalto. No sabe si se le ha escapado algún grito. Los superhéroes de los dibujos también tienen miedo a veces, pero no llaman a mamá. Él sabe que para ser uno de ellos tiene que ser valiente. Piensa en sus amigos del cole, en qué pensaría María y se intenta dormir luego de revisar bajo la cama y solo ver sus zapatillas nuevas. 
La abuela le dice a veces que no vea tanto dibujo de monstruos, pero como se duerme aunque luego lo niegue, aprovecha él para fardar en el cole. Se siente importante cuando el resto lo mira contando de qué van, porque todos tienen papás y/o mamás que prohíben ver dibujos de niños mayores y a todos les pica la curiosidad. Seguro que María estará encantada y podrá darle un beso en la mejilla. En la boca ha leído en un cuento que le regaló la novia de papá que te conviertes en rana o algo así.

Se pone un poco triste porque ese cuento se lo quitó de las manos mamá cuando supo de quién venía. Julito se quedó quieto e inmóvil en la silla del salón. Luego volvió ella y se lo devolvió dándole muchos besos. Él tuvo una sensación de que mamá ya no era maga, y que él sabría quién era el monstruo que se la había robado y la recuperaría para ella. El cuento lo esconde en su baúl secreto para que mamá no se vaya a su cuarto a llorar. El piso es pequeño y se oye todo.

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Grandes gestos

Se despidió sin grandes gestos, en un armisticio no celebrado. Ella se sintió tan derrota como si alguien pudiera haber vencido y ya entonces buscó un bálsamo en las pequeñas cosas de la resurrección forzada. Él se quedó en el punto de olvidar nombres y lugares de recuerdos que miraban con ojos asesinos y profirió todas las amenazas de muerte que pudo concebir desde su desquicio al borde del acantilado.

Ella no supo cuando, mendigando por algún lugar de la tristeza, él había resbalado en una dimensión etílica propia de desenamorados terminales y golpeó su cabeza contra su propio reflejo. Se partió el mismo cuello que ella había dejado a expensas del patíbulo y alguien identificó el cadáver que habíase despedido con veneno en las maldiciones hacia su antiguo amor vital.
No sintió ella ni siquiera un mínimo afecto cuando se enteró años más tarde. Era como no haberle conocido en esta vida y se limitó a sentir una lastima impuesta básicamente por respeto al anónimo mensajero que la contemplaba esperando al menos una lágrima que no llegó.

Anciana y moribunda en el lecho de muerte se encontró años más tarde. A pesar de la sedación, supo distinguir entre los vaivenes de los sueños como aquél amor abortado de juventud se acercaba y le clavaba un cuchillo en medio del alma. Los presentes alrededor de la cama oyeron un último suspiro que sonó a sorpresa.

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El libro roncador

Me despertó un roncar demasiado cercano para pertenecer a algún vecino. Encendí la luz y en la mesita de noche, una novela yacía soñándome; no ajeno a mi estupor, se despertó mirándome con ojos sin tiempo.

Lo abrí y se presentó sin inmutarse. Me leía cada vez que yo respiraba deleitándose en lo absurdo de la existencia. Los libros nos hacen creer que somos seres pensantes para suavizar nuestra condición trágica.