Publicado en Escritos

Êpperança

Luis no se acostumbra a que el sol le despierte. Ya no hay redes que revisar, ni su hijo Antonio, el abogado, le permitía en los últimos años ser un verdadero pescador, los dolores eran demasiado agudos, y la artrosis no perdona.

La cama es demasiado grande desde que a su mujer se la ha llevado su hija Ana. Tiene algo grave pero a él se lo ocultan todo y solo le reprochan las copitas que se bebe en el bar de Mari. El médico le habla con paciencia de padre, y a le agrada que le traten tal como ha tratado él siempre a todo el mundo. Tiene manos de mujer el doctor, pero sabe más que el Briján, y cuando lo mira fijamente baja este los ojos.

Luis cuando empezaron aquellos señores de la tele a decir que no se podía pescar, sintió miedo. Tenía al niño en Cádiz
y hacía falta mucho para mantener a un universitario en aquellos albores de la democracia. Llegó un día Rafa, que siempre andaba trapicheando , y leyó la preocupación en el rostro de su amigo.
_ ¡A ti te paça argo, compadre, no me engañê!

Esa misma noche Luis supo lo que era el contrabando. Su mujer lo abroncó porque pensaba que venía de beber con la chusma con que quedaba en las tascas. Luis se calló por primera vez en su vida
y se sintió sucio por llevar dinero a casa que no había sudado honradamente. Al día siguiente, cuando su mujer lo hacía en el bar y mandó a Ana en su búsqueda, comprendió el arrojo de su marido y se sintió orgullosa. Luis los quería como quieren las personas puras de verdad.

Ana también era una niña muy lista. Se le veía siempre leyendo, y como Luis no puso ni la menor pega, porque quería que los dos fueran personas entendidas y capaces de comprender lo que decían en los telediarios, redobló sus ganas de luchar por ellos, aunque fuera entre la niebla y el disimulo.

Una noche la cosa no salió del todo bien y la guardia civil los esperaba en la playa parapetados tras las barcas varadas desde hacía meses. Los llevaron a comisaría y como Luis era indomable, le pegaron en las costillas y le partieron dos a patadas. Eran dos hombres jóvenes, como él entonces, pero ancianos franquistas avocados a desaparecer con la fuerza de la democracia esperanzadora. Lo obligaron a beber ginebra y lo dejaron en la esquina de la calle donde vivía, para que el tono de tragedia del flamenco escuchado por el barrio lo convirtiera en miedo. Luis solo pidió que los suyos no sufrieran más por su culpa y se mantuvo firme para no caer en el dinero fácil.

Su mujer dicen que tiene algo grave y le quedan unos meses. Luis ha asumido el vivir en la soledad con que sus huesos se recuperaron. Sus hijos tienen casa en buen sitio en Sevilla , curran con traje y hablan con acento de allí. No se puede sentir más orgulloso de haber servido para verlos triunfar en la vida.

Está hablando consigo mismo en el bar de Mari. Hoy no apareció Rafa, y el resto guarda silencio viendo el partido del Madrid en Champions. El viejo pescador nunca entendió que se pudiera ser de un equipo que casi siempre gana, eso no es fútbol de verdad como el Cádî.

Sale a gusto, un poco borracho, pero contento de no tener que discutir. Se lamenta de haber sonreído por estar solo. Un poco más adelante ve las luces encendidas de un coche patrulla de picoletos. Arrancado, con las puertas abiertas y dos agentes encañonando a Rafa sobre el capó de su destartalado coche de buscavidas. Luis reconoce a sus agresores veinte años atrás, son escoria, gente sin alma, uniformados abusando del poder que representan. Se monta en el coche, y con el mismo nerviosismo que tuvo aquella primera noche en la playa, enciende las largas. Los agentes miran y uno le apunta. Luis quiere creer que lo reconocen cuando los atropella con toda la ira que lleva acumulada en su alma de pescador.

Llorando, y habiéndose meado encima, Luis mira a través del cristal hecho añicos. Rafa se aproxima corriendo con dificultad.

_ ¡Bámonô, Luîh, por lo que mâh quierâ, o êttamô muertô! _ exclama.

Luis entiende en ese momento toda la grandeza de su vida. Delante del mejor amigo que hombre pueda tener, exhorta:

_ ¡No, Rafa, muertô êttán eyô, noçotrô tenemô êpperança!

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Publicado en Naima

Jardinero

Un jardinero condenado

a ver de lejos

el olor de la primavera.

Una flor entre barrotes,

en la jauría de la noche humana.

Las raíces saboreando

la savia de la niñez indómita,

siendo cada vez más árbol,

menos oscuridad en círculos.

Un jardinero se atraganta

del néctar que le deja el tiempo.

Todo se silencia.

Una pesadilla atroz nos respira,

poda las semillas de nuestro

vientre, me hace mayor a Naima…

Publicado en Bienvenida a las armas

Himnos afónicos

Esta piel nuestra

vestida de himnos afónicos,

la pana que mudamos

por el chalet a las afueras del infierno,

la verdad que murió de timidez

en donde las cámaras no grababan,

el yo que nos venció vistiendo

de sodomas la existencia…

Unos se atreven a inventar

esperanzas con las flores

que nacen de sus manos.

Otros son tijeras de podar,

hachas que amputan el abrazo,

compuertas cerradas

al devenir de las aguas.

Esta piel de lobo oculta

el diluvio, las arcas

son caballos de Troya,

Dios, el acomodador comunista,

nosotros pasábamos

por el mar con flotador caro,

por si acaso….

Publicado en Naima

Hija de mi yo desnudo

He visto en tu rostro, hija

de mi yo desnudo, el idioma

del aire, el canto de las flores,

la vejez del infierno.

Hay una bruja malvada

que nos ahoga la risa, que inventa

los naufragios, que pone colmillos

a los peluches.

He visto a la ley ciega,

mostrando el horizonte

cuando tiemblan los sueños.

Nos fusilan con mala hierba,

no saben que resucitamos

y somos árbol de hoja perenne.

Quemaremos a la bruja,

y nos quedaremos

con el libro de pociones mágicas.

Se secarán las tormentas,

la lava será un tiramisú

relleno de mediodía, prohibirán

la oscuridad con monstruos

arrinconados.

Sé que sabremos las respuestas,

y no se las diremos jamás a nadie.

Publicado en Poemas

Cueva

El volcán eructa.

Cubre la lava los recovecos

donde se aman los adolescentes.

Huele a casi noche, los semáforos

se despiden en rojo, alguno en ámbar,

ninguno en verde. Un eco

repite de memoria un gospel,

el antídoto a la soledad.

Un banquero menos malo

se eterniza abrazado a su pecuniaria

pestilencia. Se hace silencio

tras el saqueo y el caos.

Algunos arrastraban felicidad

y recambios de ambientadores.

Las fotos de Instagram

recogen tan insólito evento.

Se venden entradas

para ver los cuerpos calcinados.

Hay más tecnología, pero

las mismas piedras edulcoradas.

En el periódico de mentiras tenues

vienen anuncios ofertando cuevas…

Publicado en Naima

Padres olvidados

Me entran sed de tormentas,

hambre de eternidad,

que la podredumbre envuelve

en papel de periódico.

En los bolsillos de mi piel venganza

quedan mapas de laberintos,

y tickets para un concierto

suspendido. Naima

aprende a ser invisible.

Golpearé tan fuerte el firmamento

que las estrellas caerán

en sus ojos de niñez ciega.

Vienen los terremotos

a que la madre Tierra

sepulten mis destinos malolientes.

Naima aguanta la respiración

frente al reflejo del cristal;

un mago en paro le enseña

a no creer en la oscuridad

y sus formas. Soy la niebla

sin derecho a sueño, el bostezar

de los padres olvidados

por la realidad y sus tribunas.

Publicado en Naima

Dentadas aduanas

Naima construye un castillo

sin hipotecas, donde no habrá

dentadas aduanas

ni legajos que inventen porqués

al respirar de la inocencia.

Todos los que lleguen exhaustos

recibirán una esperanza

recién parida, un sueño

para moldear, un sol

sin ceño fruncido. Un foso

con atracciones acuáticas,

y la mazmorra decorada

con grandes del heavy metal.

Las coronas estarán prohibidas,

los reyes muertos y olvidados,

las princesas serán

las que aspiren a ser mariposas,

las mendigas

presidentas de fábricas de piruletas.

Naima cocinera, condimento

de tormentas que lluevan

burlas a los cobradores del frac.

Publicado en Naima

Eco de mi caminar

Eco de mi caminar eres,

Naima,

la sonrisa de Coltrane

hecha niñez. Mis pasos

de gigante

sobrevuelan maremotos

y lascivas muertes que besan

mis espaldas.

¡No cierres el alba, espejo mío,

no quiero ser niebla,

ni noche de silencio de redonda,

ni cristal en un mundo de martillos!

Eco de mi caminar eres.

Publicado en Poemas

Gerundios subversivos

Desempolvando mi desordenado

olvido, en la cómoda de lo por confesar

hallo los ojos de la niñez.

Son los mismos que pretendí abandonar

transformado en golpeador de la noche.

Me observan con la inocencia

del perdón inmediato;

casi balbucean las gracias

de los resucitados, se dejan

atravesar de un impío amanecer,

se despojan de noche y asesinandos.

Estos ojos injertos,

germinar del ser-en-calma,

maquillados del color primigenio,

son las compuertas abiertas

al amor en gerundios subversivos.