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El hombre electrónico (III)

Manolo el cabo casi no cabe en el asiento de copiloto. A su lado va cualquier guardia que había disponible y que no es muy hablador. El grueso acompañante lo mira de soslayo.
-¡Ha muerto un pez gordo en Acepa!
Tiempo de reacción del conductor impasible. Sigue sin decir nada escondido en sus gafas oscuras.
El otro continúa.
-Lo han encontrado decapitado en medio de olivos de su propiedad ¡Es inaudito un crimen en estas tierras, no recuerdo que haya habido algo así por aquí en la vida!
Manolo pregunta por un cigarrillo. Lleva 18 meses sin caer. Su compañero en el Cuerpo solo abre la ventanilla. La radio está encendida. Pronto para que nadie dé noticia alguna. Sigue de fondo, tan poco animada como el de las cuidadas manos sobre el volante. La mano derecha tiene uñas de tocador de flamenco. Manolo siempre quiso saber aunque fuera unos acordes.

No sigah con lo de mi padre, Pablo, eh un padre, zolamente eso, no hay que darle tantah vueltah a lah cosah, ¿zabeh?¿Y qué zi te ha despreciao?¿Lo h’esho yo acazo? Eh ya mu’ mayor y ziempre ha tenío que hacé también de madre, un’ombre como é, que no’staba’ducao’n la ciudá y ziempre con suh laboreh del campo…Ya, ya empiezah con lo de que éh un casique, ¡pues yo zoy zu’ija y siempre zerá’zí por musho que desprecieh el dinero!¡No creo que tenga también culpa de ezo! Ya sabíah que era mi padre anteh de que zaliéramoh, anteh de que tuh padreh y tuh hermanoh oh fuéraih a la capital, bahtante aguanto con ehtá ziempre zola ha’ta que tieneh libre y vieneh a verme, ¿no te parece? Lah cosah son de momento así, también he sufrío yo en mih carneh séh hija única y que te culpen con suh miradah porque mi santa madre muriera en el parto. Sabeh que no todoh somoh unoh fascistah redomadoh ni queremoh que todo siga iguá ¡No t’abría azeh’tao en mi vida ni tú a mí! ¡Te poneh pesadísimo con todo eso, Pablo, cariño! Ademáh, ya sabeh lo que’stoy pasando’n la rezidensia, lah monjah son unah cabronah, eh como’htáh en el ejérzito o argo peó…

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El hombre electrónico (II)

Rostros abofeteados por un sol de justicia. Los hombres fuman dentro del bar. Ninguna mujer. Ruido ensordecedor de comentaristas deportivos en pantalla. Niños que entran o salen en frenéticas carreras que a nadie inmuta. Maquilla el ambiente alguna adolescente que entra a pedir dinero a alguno de los presentes. El partido está a punto de comenzar. Por las ventanas se vigila a la gente que pasa por la plazuela del ayuntamiento. Aparecen los primeros cubalibres. El resto bebe cerveza en vasos abandonados anárquicamente sobre la barra. Aceitunas huérfanas en platillos. Se habla de cacería o se cuentan chistes verdes. Acento andaluz opaco.

Mitad de partido. La gente se agolpa de nuevo al mostrador. Detractores y simpatizantes de los equipos en lucha se agreden a voces. Risas. Camaradería. Adolescente reggaetonero con gorra en manos entra con cara de muerte. El bullicio acicala sus nuevas al oído de su padre, viejo con cigarrillo en ristre y capataz marcial en el tajo. Los dos salen no sin miradas cómplices con algunos presentes.
El partido en su segunda parte. Algunos corren calle arriba aún achispados por la cerveza. El resto ha descendido el volumen de su perorata de sábado y solo los periodistas deportivos se oyen de fondo en el sepulcral desconcierto. Como geranios de los balcones, los rostros bronceados asoman curiosos.

Casa cuartel de cabeza de partido comarcal. Aúllan perros por calles contiguas. El cabo que pelea con el ratón del ordenador es entrado en canas y carnes. Viste bigotes clónico de guardia civil de antiguo régimen. Un compañero más joven entra en oficina donde dos acusados por violencia de género esperan. Otro guardia vigila próximo a ellos. La impresora en potencia.
-¡Manolo, una llamada para usted! -exclama el intruso guardia- ¡Es importante!
Manolo el cabo se levanta con la rapidez que le permiten sus kilos de hombre que ha pasado los sesenta inviernos.Manolo se dirige a la llamada de quién coño será el que telefonea. El joven es observado por los presuntos maltratadores. El joven los observa a su vez mientras acaba de reconocer la impresora en pantalla. Otros civiles rondan fuera discutiendo amigables de fútbol.
Manolo vuelve y saca al joven con un gesto. Mueve los labios a través de los cristales de la puerta. Los dos esposados no saben leerlos y especulan. Añora uno un cigarrillo. Ambos son tan culpables como el sistema donde los han nacido.

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El hombre electrónico (I)

Sindicato de izquierdas. Desconchados en las paredes. También pósters varios y obreros que charlan animados. Al día siguiente hay presentación de libro y ultiman detalles. Mientras, beben cervezas y fuman. Algunos olvidaron las causas perdidas pero se dejan llevar,por el ímpetu de los jóvenes. Radio ensordecedora que recibe los insultos de los presentes.

Fuera para un coche cualquiera. Hace ruido de viejo. Miradas cómplices que hablan. Uno sale, apenas un chaval. Se dirige al auto que baja ventanilla de conductor. El chico espera mirando al interior.
– ¡Andaos con cuidao, Migue! Van a por ustedes a jierro! Van a mandá gente de Madrí pacá…

Marcha atrás y se esfuma el intruso. La gente aquí habla con los ojos definitivamente.

Alicia es guapa. Toda la estirpe de terratenientes cuyos apellidos lleva ha tenido mujeres bellísimas y hombres borrachos y violentos. La belleza es un atributo más. A ella solo le ha servido para que su inquisidor padre no le permita haber disfrutado casi del abandono de la niñez. Quiere pensar que con mamá viva habría sido diferente. Sabe en su interior que no. Ella no recuerda y se siente culpable por no poder hacerlo. Mira las fotos que la criada le guardó cuando su padre destrozado obligó a eliminar vestigios del pasado a su forma. Ve a una extraña. Una mujer de cristal con sonrisa de buen ángel.

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Grandes gestos

Se despidió sin grandes gestos, en un armisticio no celebrado. Ella se sintió tan derrota como si alguien pudiera haber vencido y ya entonces buscó un bálsamo en las pequeñas cosas de la resurrección forzada. Él se quedó en el punto de olvidar nombres y lugares de recuerdos que miraban con ojos asesinos y profirió todas las amenazas de muerte que pudo concebir desde su desquicio al borde del acantilado.

Ella no supo cuando, mendigando por algún lugar de la tristeza, él había resbalado en una dimensión etílica propia de desenamorados terminales y golpeó su cabeza contra su propio reflejo. Se partió el mismo cuello que ella había dejado a expensas del patíbulo y alguien identificó el cadáver que habíase despedido con veneno en las maldiciones hacia su antiguo amor vital.
No sintió ella ni siquiera un mínimo afecto cuando se enteró años más tarde. Era como no haberle conocido en esta vida y se limitó a sentir una lastima impuesta básicamente por respeto al anónimo mensajero que la contemplaba esperando al menos una lágrima que no llegó.

Anciana y moribunda en el lecho de muerte se encontró años más tarde. A pesar de la sedación, supo distinguir entre los vaivenes de los sueños como aquél amor abortado de juventud se acercaba y le clavaba un cuchillo en medio del alma. Los presentes alrededor de la cama oyeron un último suspiro que sonó a sorpresa.

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El libro roncador

Me despertó un roncar demasiado cercano para pertenecer a algún vecino. Encendí la luz y en la mesita de noche, una novela yacía soñándome; no ajeno a mi estupor, se despertó mirándome con ojos sin tiempo.

Lo abrí y se presentó sin inmutarse. Me leía cada vez que yo respiraba deleitándose en lo absurdo de la existencia. Los libros nos hacen creer que somos seres pensantes para suavizar nuestra condición trágica.

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Ciudades medianas

Gente que se da los buenos días al cruzarse con otras vidas. Es parte de estas ciudades medianas, pero para el desempleo y sus despojos son parte del decorado, estaban ahí para decirles que son parte aún de la realidad. Hay unos manteros sonrientes que huelen a resucitados de mar, alguien que barre las calles como prisionero de su tarea, quizás una madre que regaña a retoños soñolientos y sus deseos de huir de la escuela.

El parado cumple su función de no desfallecer. No tiene nombre, no da los buenos días, ni mira a los manteros ni envidia a quienes barren. Va en su ritual diario a ver qué hay de curro en la oficina otorgada por la burocracia y descubrirá trabajo en el extranjero, donde la felicidad debe concebirse desde otras perspectivas. En el tablón de anuncios, en el ordenador coincide con otros. Hay una mujer mayor que él que le mira condescendiente desde hace semanas. Lo mismo un día se atreve a hablarle y toman un café. Otros son reflejos de su decadencia y van sin afeitar y desaliñados a ojos del sistema, tanto o más que él mismo.

Es sabido que nadie va a encontrar nada de nada. Pero es una función vital a la que aferrarse, como los buenos días o la sonrisa del mantero. En unos meses, cuando se agote el subsidio, quizás limpie calles. Para entonces habrá seguramente tomado café con la mujer que tendrá un nombre común, una vida aburrida y fumará imitando a alguna femme fatal de telenovela insufrible. Un plan mejor que la soledad de no decirle a nadie que todo es una mierda entre semana, cuando se arrastra a la dichosa oficina buscando el milagro como peregrino en su fe enfermiza.

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Maldito tabaco

Cada vez que acababa un encargo seguía sintiendo esa necesidad imperiosa de fumar. En esta ocasión llevaba ya semanas sin sentirse preso del mono y la mueca de desaprobación en su propia boca fue contemplada en el espejo del baño por su yo más criminal y los ojos penetrantes del gato ya sin dueño.

Se había lavado la sangre de las manos, limpiado minucioso como pocos cualquier pista de sus huellas digitales y dejado el cadáver sobre el sofá del salón. Desde fuera no podrían los vecinos tener sospecha alguna pues dejaría ventanas cerradas y se llevaría consigo el coche del sujeto al taller donde separaban las piezas. Había llegado andando, después de recorrer kilómetros de aceras de la monstruosa ciudad y no cometer ni la imprudencia de coger un simple bus.

El punzón que usaba a modo de arma homicida lo guardaba cuidadosamente en el bolsillo interior de la chaqueta. Era casi entretiempo y por el día no hizo frío de camino al residencial suburbio. Marchó en mangas de camisa, con la chaqueta agitándose en su fornido brazo de expresidiario.

En el talego había aprendido a ser meticuloso y no dejar cabos sueltos que ayudaran a la policía. Un error podría, como en su caso, llevarle allí por lo alocado de su comportamiento mezcla de varonil apostura y olvidos imperdonables. Decidió dejar atrás la risa adolescente y madurar de pronto, para no sentir la sensación que ahogaba su pecho encerrado entre aquellos muros nunca más.

Cuando se dio cuenta de la hora, salió sigiloso, no sin antes dar una patada al felino que maulló molesto tirando una lamparita y su propia chaqueta. Recogió sonriendo sádico vigilado por el animal huérfano, dejó coche sin frenos y lo empujó para no arrancarlo allí mismo. Luego condujo al taller, entró y se dispuso a dormir hasta el amanecer dentro del automóvil. Empezó a soñar rápidamente con paraísos que podría visitar con el dinero de este ultimo trabajito.

Pocas horas después abrieron la chirriante puerta frontal del grasiento taller y un hirsuto mecánico que no decía buenos días entró fumando.
Se despertó con la ansiedad del cigarrillo saliéndole por las orejas. Echó mano a su cajetilla y no estaba, ni tampoco el punzón. Abrió los ojos a la realidadcon terror. El bamboleo incesante tras horas de caminata había hecho que el punzón descosiera el fondo del bolsillo. El mismo en que llevaba su paquete de maldito tabaco que debía haber dejado ya hacía muchísimo, desparramado con toda probabilidad por el suelo como consecuencia de golpear al gato, y que llevaba todas las marcas de sus manazas asesinas. Atrapó en su cabeza los ojos del animal señalando con sus patitas las pruebas del delito a los agentes.

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Logística

Ya a estas horas después de la cena, Mario muere un poco y recuerda ese fatídico accidente. Se ve en las vueltas de campana, cada día en nuevas perspectivas, casi huele las ruedas frenando sobre el asfalto, un insignificante microsegundo en que divisó al coche a esquivar. Las enfermeras le hablan pausado y amables siempre, aguantando su mal carácter y su olor a tabaco que no logra dar pista de dónde demonios sucumbe a la tentación cuando está prohibido en toda la sala y expresamente para familiares lejanos que le visitan cada vez con menos frecuencia.

Mario despertó del coma medio año después. Sin familia real,aparentemente soltero y sin papeles pues el coche era robado y se calcinó junto a la documentación de aquella ameba humana que la policía casi había olvidado. Musitó un número de teléfono y una enfermera que vio en él a un hombre demasiado solo le llamó con la dulzura de una hija perdida que encuentra a su paternal referente, comprobando para el hospitalizado que no existía ya tal línea. Él habló de Sara, pero había una mujer que se llamaba Alicia o quizás Juana y que mandó callar a sus hijos en plena batalla de tarde de viernes una y otra vez cuando probó diferentes permutaciones del dichoso número. Él en sueños la veía, le acariciaba los pechos que parecía conocer de memoria y recorría los momentos en explosión fotográfica.

Cuando la vida parecía haber pasado la ITV, se despidió del personal sanitario, cumplió unos meses de ayudas sociales y con paso torpe se dirigió a esclarecer los recuerdos. Alcanzó la dirección que soñaba y que tenía los mismos árboles, los mismos parques, las mismas tiendas abiertas. Al sonar el timbre una mujer a la que pensaba haber besado los ojos marrones lo recibió con sorpresa y se excusó por no conocerlo. Mario supo que era su mujer en alguna parte de su memoria e inclusive sabía que tenía un lunar grande en el cachete izquierdo del pompis. La mujer, quizás Alicia, amenazó con llamar a la autoridad y le cerró la puerta a investigar más a fondo.

En el asilo donde rememora su fatídico accidente todo sigue igual de ambiguo, en niebla constante y con la certeza inexcusable de conocer a aquella Sara. Mario de súbito sufre un infarto cerebral, se estremece, se desploma en su silla de los anocheceres. Despierta y Sara lo está esperando y ambos comprenden todo. Estuvo tan cerca de pasar la frontera de la vida que confundió una vida pasada con la actual. En aquélla, fueron marido y mujer tuvieron un hijo, y él besaba los pechos de su esposa y conversaba con ella atento a sus ojos oscuros. La muerte tuvo una especie de cortocircuito y abandonó a ambos en otras vidas reencarnadas, con los mismos cuerpos y los mismos lugares. Un problema de logística mortal…

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La espalda

En todos los pueblos de todas los lugares que imaginamos hay un hombre solitario en el bar en el que entraremos. En todos seguirá bebiendo a sorbos una vez todo el resto nos miren fijamente escudriñando nuestra confusión física respecto a un entorno efímero pero constante que permanece taxativo a la espera de juzgar nuestra adaptación a las reglas simples del lugar.

Creí que el hombre solitario de mi historia aún no había sufrido lo suficiente cuando sus ojos me observaron hasta encontrarse con los míos sobre la luna del bar. Su mano no disimulaba ninguna herida del tiempo. Ni tampoco demostraba experiencia angustiosa en las labores infernales del campo. La manicura era buena, las uñas limpias y el pulso normal pero silencioso. La copa estaba vacía. No había restos de bebida derramada ni botella apegada a la tristeza del ardor de estómago que se suponen a estos seres incómodos. El cura local entró y tomó café sin hablarle, luego de comunicar alguna fecha selectiva inminente. Se marchó con la misma fiereza y el sudor en la papada con el que debutó en la escena sin ningún tipo de aspavientos ni nerviosismo ante la presencia pausada del hombre en la esquina. En las ventanas empezaba a deshojar el otoño, agradable en este Sur de veranos esdrújulos e inviernos cortos y tímidos. El hombre sabía que yo venía solo.

Me senté a sus espaldas. Los campesinos me ojeaban y hacían las veces de capitanes intrépidos con las fichas de dominó. Había cafés invitando a su fuerte aroma y alguna bebida abandonada al estupor de la tarde. Todos controlaban, en cierto modo, cualquier parpadeo que yo diera.

Uno a uno fueron abandonado la tasca miserable. Al final, el barman en sus labores culinarias, apartado de la escena principal por la dualidad principal que ocupaba el espacio e incluso mandoneaba en el tiempo. Me acerqué tembloroso con un cuchillo escondido en la chaqueta descolorida. Era la primera vez que me atrevía a matar a un hombre.

Éste se volvió de súbito. Pude saborear su apestoso aliento de aguardientes que me encañonaban.

  • Yo también llegué un día para matar a alguien.

Se levantó y me dio aquella espalda escuálida donde el destino me hizo burla. Vi como dos niños se acercaron en la calle apenas existente más allá de la ventana y le daban la mano acompañándolo como papá querido. Sin más, supe lo que me deparaba el futuro, los años agrietando surcos en mi rostro de interrogantes. Me desvanecí en el espejo. Ya no me hacían falta cuchillos. Salí a descubrir a una mujer que aguantara mis pesadillas los próximos cincuenta años.

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Rigoberto o el yorkshire

Miraba arriba y abajo en aquélla callejuela de ninguna parte antes de iniciar su matinal paseo. Lo acompañaba siempre un diminuto yorkshire de fantasmal ladrido que la gente interpretaba de diferentes formas y que le daban pie a entablar conversación sin acudir al tema tabú. La última vez que intentó suicidarse cometió el error garrafal de esconderse dentro de un contenedor de basura. Luego de que muriera, mezclado con el hedor de las bolsas con logotipos de supers conocidos, el camión municipal ocultaría el fiambre en el vertedero y la especulación sería la comidilla de aquel tranquilo barrio de las afueras de un pueblo efímero. No calculó que a pesar de no tener amigos y sí acaso algún conocido, el animalito poseía instintivamente el don de la amistad y su extenuante monólogo de ladridos apuntando al pestoso escondrijo acabó con la paciencia de más de uno de los que saludaba a Rigoberto, tal era su rimbombante nombre de seguidor por nacimiento del Madrid (Real, no les quepa duda), y el suicida despertó en el hospital de provincias con la sensación de otra oportunidad de seguir viviendo de la caridad de las instituciones, pues en sus condiciones mentales bastante esfuerzo hacía que se jugaba la vida por eternizar una baja que se perdía en los albores de los tiempos como había ya sucedido en otros insignes varones de su familia. El perro era, pues, cómplice por accidente en tal fechoría picaresca sin quizás, por falta de entendimiento, caer en cuenta de su protagonismo perruno.