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Escritor en stand-by

En el metro de vuelta a casa. Manuel imagina, en ropas de curro, donde quedarían bien la mujer don nadie que respira sobre él, o la diva cercana a la puerta cuya música robótica a través de cascos de marca son oídos por los anónimos de alrededor. Las describe con esmero al llegar a casa, dotándolas de diálogo que alegren la soledad de piso de solterón perenne donde vive.

Obvio que no hay razón para que los compañeros de trabajo especulen acerca de las prisas de Manuel por salir pitando día tras día sin ducha ni cambiarse de ropa. Creen que es maricón los más futboleros o un calzonazos los no paga-fantas. Cada uno va a lo suyo pero es normal hacer crítica “brothers in arms” de vez en cuando. Unas risas y vuelta a la jungla a matar cocodrilos o negritos porteadores, según lo decidan por ti en las noticias.

Manuel escribe y lee versos e historias de sinopsis brillantes. Lee mucho, a Francisco Brines actualmente, de quien aprende la paciente búsqueda de una inmortalidad difícil de concebir, más complicada si aún cabe de explicar a los conocidos y compañeros de trabajo, pues amigos no existen desde su prisma de introvertido sin remedio ni solución.

Como, antítesis a su preocupación por la no muerte y consecuencias en el devenir de cualquier obra, Manuel se exige a sí mismo horas de estudio pormenorizado de una ingente cantidad de autores de cualquier literatura, incluidas las coloniales, y se haya subscrito a innumerables webs de contenido expresamente literario. Ha conseguido ganar algún premio de poca o ninguna relevancia, para lo cual se ha preparado discursos muy aplaudidos por lo sorprendente de su erudición. Al fin y al cabo, no se espera tanto de un operario de una fábrica ruidosa y nauseabunda.

Buceando en César Vallejo o en la infinita biblioteca de Borges, llega el día en que las soluciones al eterno problema de perecer en cuerpo y alma encuentran en los escritos de Manuel un valioso antídoto. Se desata el júbilo ante tan preciado hallazgo. Quienes le leen aprenden a vencer a la parca, todas las muertes previstas por el fátum se suspenden y Manuel es el autor más leído junto a Cervantes, García Márquez o la Biblia. Los editores pelean por sus poemas, escritos de cualquier índole y es venerado como casi un dios en todo el orbe.

Manuel ya no es un maricón ni un paga-fantas. Los antiguos compañeros le siguen por las redes, aunque es duda si alguno ha entendido sus letras enrevesadas. Él vive cada día en un hotel diferente, se especula si acompañado de hombre o mujer, si escribiendo para mejorar el mayor artefacto que escritor alguno descubrió jamás, si para conseguir alcanzar la esencia de Dios…

En un hotel de alguna ciudad asiática bulliciosa y gigantesca, el antiguo operario está a punto de describir los puntos débiles de la parca. Cuando halla las palabras con exactitud pasmosa, segundos antes de dejar constancia de otra cumbre conquistada por el ingenio humano, se queda dormido súbitamente. Sueña que la muerte está sentada junto a él en el incómodo sofá de habitación carísima de hotel de cinco estrellas, observando su dormitar tras una agotadora rueda de prensa.

Abre los ojos y los llena del dantesco vacío del rostro mortífero. No sabe si es parte de la pesadilla, pero no quiere despertar, necesita saber para transmitir el mayor hallazgo del hombre, hablarle cara a cara a quien no puede herirle. Tampoco sabe si está despierto imaginando que ve a la muerte observando su dormitar, luego abrir de ojos que se llenan del terror en la cara de la muerte, sin saber si es parte de la pesadilla…

La muerte no pudo vencer la inmortalidad del poeta descubridor de sus puntos flacos. Se limitó a dejarlo en stand-by hasta el final de los tiempos, sufriendo la duda más ontológica a instantes de resolverse, en medio de una regresión tan imposible como el sueño de los fallecidos…

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Antonio o el teorema de la muerte

Antonio intuía que era el hazmerreír de aquellos alumnos aún floridos en acné y esperanzas sin letra pequeña. Solía perder las copias de los exámenes, o dejar caer las gafas cuando la pasión por la enseñanza lo dominaba y acababan rotas por sus zapatos de cordones desiguales y de distinto color, consecuencias todas de su soltería agotadora y su virtual existencia dedicada a visionar las matemáticas de un modo vedado al resto de mortales. Alguna alumna le ayudaba con la difícil tarea de meter los brazos en el chubasquero en día de lluvia, y olvidaba los post-it de formulaciones abrumadoras en los lugares más insospechados, dando así una inusual nota de colorido a la objetividad pura que intentaba acercar a su público.

Bromas aparte, que incluso la comicidad en exceso adolece de no digestiva, Antonio era el profesor por antonomasia. Los alumnos abarrotaban los pupitres e incluso se daba la paradoja de gente sentada en las escaleras para escuchar a aquel mequetrefe de gafas dobladas sino sin cristales cuya maestría era acorde a la asombrosa capacidad de su enfrentamiento a la monstruosidad lógica.

Se decía que matemáticamente podría llegar a matar a Dios de un modo similar a los filósofos existencialistas, embutido en su estudio pormenorizado de las relaciones de los elementos dentro de un sistema, dicho de modo entendible para nosotros torpes humanos, real. Del mismo modo en que sus alumnos mostraban la mitomanía propia de la tardía adolescencia, Antonio era reservado en su visión matemática copiada de J. Stuart Mill o P. Kitcher, entre otros, y aborrecía del empirismo casi marcial de Lakatos y su acercamiento a la lógica como consecuencia del error en cualquier proceso refutable.

Un tipo singular el tal Antonio, un soberbio portento del conocimiento más puro que impartía su cátedra en la Universidad de un lugar de cuyo nombre no quisiera acordarme. Era la ambivalencia antropológica que tan bien casa con el ser humano: una inteligencia divina que vestía con las habilidades propias de un demente.

Incluso así, no pasó desapercibida su pérdida de peso en los albores del segundo parcial de junio. Pobló su cara de una espesa barba que los testigos oculares adjetivaban como pelirroja, traidor como era a lo inescrutable en la esencia de cualquier dios, pero quizás existía una falsa impresión en tal descripción a resultas del Judas bíblico.

Se volvió incluso más huraño, expulsando de clase a la más mínima intuición de ser objeto de burla, comenzó a castigar sin reparo en los exámenes a los alumnos que le adoraban por su desaliño y cosmogónico conocimiento, se mofaba de los pocos aventajados que intentaban seguir sus teoremas asombrosos… Antonio había cambiado en aquel curso y todos se preguntaban el porqué de tal comportamiento irascible en un ser tan adorable.

Llegó a ser tan impopular y odioso que el rectorado lo convocó a una reunión de urgencia, hasta tal punto había alcanzado su metodología destructiva. Se presentó ante sus colegas con la misma facha de espantapájaros torpe y con unas ojeras impropias de un hombre saludable y en su sano juicio.

El rector ante la evidencia de su lamentable estado físico y quizás mental, lo invitó a su despacho al día siguiente a las once de una mañana que se pensaba fría y pudiera ser que nublada. El profesor de matemáticas negó con la cabeza:

  • No va a poder ser. -anunció – Moriré de un infarto cerebral a las tres cuarenta y siete de la mañana. Aún no averigüé los segundos exactos.

Lógicamente, o a lo peor no, los aturdidos consejeros quedaron estupefactos ante una respuesta tan fuera de lugar y una vez se había marchado el poco cuerdo profesor dejaron claro que habría que buscar soluciones a aquella extraña conducta. Acordaron verse luego de la reunión con el sujeto, establecida a las once y a la cual estaban seguros que acudiría con matemática kantiana puntualidad como era norma en el lunático durante tantísimos lustros de enseñanza.

Al día siguiente se cumplió la premisa de que Antonio no había hecho acto de presencia ni siquiera en sus clases de las ocho y nueve y media. A las once tampoco hubo reunión que se preciara de serlo, y la alarma de un posible problema se extendió.

La policía llegó al céntrico apartamento donde vivía solo. Tras llamar varias veces a la puerta y teléfono decidieron entrar por la fuerza y encontraron una trituradora de papeles junto a restos  de material desechado en minúsculas tiras en medio del salón. En las paredes había borradas algunas fórmulas ininteligibles para los avanzados y en la cama de la habitación el cadáver del sujeto, con pijama arrugado y descosido. Tenía evidentes síntomas de infarto en su amoratado rostro.

Los compañeros de departamento en la universidad comprendieron poco después de ser conscientes de la terrible noticia: en la búsqueda de la pureza absoluta había hallado la fórmula matemática que permitiera el cálculo casi exacto de la fecha de la muerte. Tal fehaciente hallazgo aterrorizó al pobre Antonio y borró las pruebas para no asustar más al ser humano con tan traumática realidad. Quizás en una vida ulterior no tendría necesidad de buscar tantas respuestas, ni que ser hazmerreír de almas puras que vivirían en potencia, sin zapatos con cordones de diferente color.

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No habla español

El metro para en Sainz de Baranda. Algunos pasajeros comprenden la que se avecina y cambian de vagón aparentando no ver a los skinheads que entran atronadores. La camaradería los envalentona y desafinan sus canciones de odio.
En el fondo hay varios perros flautas que hablaban con magrebíes sobre la vida en el Madrid de la crisis. Se cruzan miradas. Una mezcla de miedo y asco se respira mientras son engullidos por los túneles anónimos. Los pitidos y la velocidad armonizan las patadas, los arañazos, la violencia de adolescentes ad libitum, observados por atónitos testigos.
En Diego de León , apenas unos minutos luego de la batalla consumada, entra la policía. Sangre, cristales rotos, algún desmayo.
Una mujer mayor de rasgos orientales saca un pañuelo y limpia la sangre que brota en la frente de un skinhead sin aliento. Se baja en Diego de León, a limpiar la casa del padre de uno de los de extrema derecha. Nadie le da las gracias. Tampoco lo hubiera entendido. Casi no habla español.

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Concertados

Cuando comenzaron a dilapidar dinero público en centros de enseñanza concertados nuestro primer impulso fue lanzarnos a la calle a lo de siempre, a creernos importantes por meter fuego en unos contenedores o tirar un peñosco contra un escudo policial. Luego se empezaron a acabar los tiempos de Universidad y tu c.v. estaba lleno de hazañas en batallas que no interesaban a casi nadie, ni siquiera a los viejos compañeros emigrados que encontrabas en redes sociales y que nunca mira uno. La crisis galopaba a un ritmo tan vertiginoso que muchos volvieron al placebo de las drogas fuertes y a los días de cerveza tras el curso para parados, todavía no de larga duración.

El sistema seguía privatizando a lo loco, apoyado por la falsa esperanza que tienen los ricos de hacerse inmortales y justificar así sus miserias. Algunos empezamos a quedarnos sin parienta, otros ni siquiera comían carne o pescado más que en festividades, los menos tenían un curro en un burguer que era codiciado como el elixir de la eterna juventud. Éramos personas con ingente cantidad de libros en la memoria y sin la más mínima respuesta ante el holocausto que llamaba a nuestras vidas, cegadas por un intento vano de progreso, tal como nos habían adoctrinado en el Sistema.

Llegó a ser tan desesperada la situación que cualquier tipo de encargo era válido para pagar la calefacción o el alquiler. Algunos no admitían prostituirse o robar ancianas, mas era sabido por todos y se admitió sin comentarios cínicos acerca de la moralidad de aquellos actos que se suponían pasajeros.

Los institutos y universidades empezaban a acudir por entonces al dios de la oferta y la demanda. Plagadas de individuos ultraderechistas acostumbrados al inflar de notas en sus colegios exclusivos, la oferta de estudios donde por unos nimios trabajos de copia y pega cogidos de la red se podían conseguir las titulaciones para fardar luego y ascender en la escalera social y conseguir incluso puestos de renombre en los partidos en los que se hallaban afiliados, atrajo a miles.

No recuerdo quiénes empezaron a vender algunos de estos trabajos por una cantidad ridícula. Todo consistió en matricularse a distancia, oferta suculenta pues no había ni siquiera que acudir a clase y luego añadirle unos euros más y la titulación brillaba en sus currículos de mentira y cuñadismo. Luego quizás en anuncios de la red, el boca a boca, buzoneo disimulado o vaya usted a saber cómo (las razones de la supervivencia son inescrutables), empezamos a ganar algo de dinero extra con tales métodos nada ortodoxos.

Poco a poco se oían comentarios de que nuestra maniqueas acciones estaban consiguiendo que cada vez fueran más imbéciles los poderosos, con medidas políticas tan absurdas como corta era la inteligencia desprendida. Nosotros empezamos a consumir, algunos una moto, otros a hurtadillas iban al burguer del barrio, otro hacía una apuesta deportiva pequeña. Instintivamente los que no se quisieron vender adquirieron más y más conocimiento, cada vez más cultos gracias al dinero de los que nos mandaban en todas las facetas de la vida.

Esa cultura nos condujo a introducir mensajes subliminales en los trabajos para así hacer dudar a los profesores que los leían. Fue casi sin querer: unas reseñas de algún escritor afectado por alguna doctrina filosófica dada, algún matemático cuya divulgación teórica se basaba en el trabajo anterior de otro genio de biografía aventurera. Años más tarde, y a medida que nuestro nivel de vida aumentó, nuestra sofisticación en la trama copió los métodos del fascismo al que se pretendía combatir, e incluso de los soviets, ¡para qué negarlo!, y el adoctrinamiento rayó el endiosamiento. Hubo muchos que vinieron a abrazar nuestra causa anarcosindicalista, los periódicos rezumaban sabor a utopía luego de ser panegíricos del poder liberal durante décadas, se notaba un malestar palpable cuando se tomaba la más mínima medida puramente thatcheriana, se empezaron a decretar leyes para salvar al planeta del tsunami bursátil.

Nosotros, en cambio, una especie de obreros cualificados para encauzar a los demás a la luz salvadora de nuestros ideales sociales y humanos, ya consumíamos sin ningún estigma moral. No era de repente extraño ver algún compañero con un automóvil nuevo última generación o el iPhone en las manos de quienes antes las llenaban de tratados con la luz del humanismo y la ciencia.

No tardaría mucho el nuevo esquema socializador en tacharnos de hipócritas e inmorales. Solo unos rezagados quedaban ya en la tesis más liberal del Sistema, a los que muchos de los nuestros no solo no combatían sino que empezaban a comprender. Una empatía conmovedora.

Por cierto, el mundo, como no podía ser menos, sigue girando. A pesar de los cambios de chaqueta, banderas que ondean y los saludos simbólicos entre iguales.

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El sofá salmón (III)

Hacia la tarde no pudo despegarse del sofá. Carlos lo achacó a un amago de infarto, a los kilos que pesaban mucho más desde que Ana lo había dejado. Cerró los ojos e intentó no alarmarse. Cuando horas después se despertó sobresaltado sus piernas no tenían vellos. El salmón del sofá y sus extremidades eran el mismo. 

Ana regresó dos semanas más tarde. Entró temerosa de otro encontronazo, pero en el salón solo estaban el sofá y la tele encendida. Olía fatal en el fregadero, seguramente de restos podridos de comida basura. Quizás Carlos había decidido largarse también, pero conociéndolo como lo conocía desechó rápidamente tal idea. 

Esperó tendida en la cama a que apareciese. Con sueño atrasado de noches en vela consiguió dormir unas horas, hasta que gritos lejanos de auxilio la sobresaltaron. Parecían venir del salón donde su marido hipotecaba su juventud mientras veía estupideces en la caja tonta. Allí no había nadie. 

Días después llamó a la policía. O Carlos era un bastardo sin corazón, cosa impensable para ella, o le había sucedido algo mientras salía a comprar sus adictivas bazofias. No encontraron nada. Salió en televisión. Recolectaron dinero en un número de cuenta. Las hipótesis apuntaban a que quizás se había muerto de un ataque cardíaco y caído a algún lugar desconocido, a lo peor inhóspito . El olor de su cuerpo en descomposición no tardaría en alarmar al vecindario. 

Ana se quedó en casa de sus padres de nuevo mientras la policía vigilaba la entrada de la casa. Meses más tarde abandonaron tan extraña búsqueda: no faltaba dinero en sus cuentas, no encontraron cuerpo, nadie había visto a un gordo aquejado de alopecia por ningún lado. 

Tocaba regresar al mundo real. Ana entró en el piso. Cenó algo rápido en la cocina. Sus padres y amigos la agotaron a preguntas en el teléfono. Se sentó en el salón, tal como su marido solía hacer. La mujer de Carlos notó como el sofá , incómodo asiento donde los hubiera,  pedía ayuda. Descubrió en la lejana voz, mientras el terror se apoderaba de su ser, el timbre chillón de su orondo marido.

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El sofá salmón (II)

Los saludos informales se transformaron en gruñidos. Ella encontró canas entre el vapor del baño mientras maquillaba su cada vez más subrayada indiferencia. Carlos notaba el trasero dolorido e intentó acoplar su creciente mole a la fisonomía de su compañero de penas. En unas semanas le hablaba como si fuera un amigo del alma, a la par que el monólogo en su cabeza de pseudo perdedor se transformaba en una conversación amigable y casi madura. A veces su mujer pensaba que hablaba por teléfono, otras que insultaba a algún famosete o político de turno.

Un día Carlos observó que sus manos mostraban en sus palmas el mismo color rosado del sofá con el que conversaba. Maldijo acerca del vendedor de muebles que les garantizó que era de primeras calidades y cuando Ana regresó tras una de sus desmotivadoras jornadas, puso el grito en el cielo, atreviéndose a lanzarle una revista mensual a la cabeza. Esquivó mal que bien el gesto desmedido de aquel hombre que yacía roncador en sus madrugones y sin mediar palabra tomó unas ropas que no cubrían su insatisfacción y se marchó a casa de sus padres.

Carlos no se inmutó. Buscó algo de consuelo en su mueble predilecto e incluso durmió allí tapando su derrota con la mantita de los findes. A la mañana siguiente su piel era casi color salmón, e incluso una ducha a conciencia no consiguió despejar la tez pálida. Notó incluso que las formas de la tela se quedaban marcadas. Hubiera sido una sorpresa o incluso causa de risa, pero le entró un ataque de soledad y fue a sentarse a ver el fin de una serie de más de doscientos capítulos. Sonrió pensado en la desaprobación de su esposa.

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El sofá salmón (I)

No le faltaba razón a su mujer, Ana, cuando luego de un tedioso sábado de medir visual desde cualquier perspectiva digna del mejor Borges, se decidió por comprar el sofá salmón. Carlos dio un sí gesticular digno de cualquier diputado al que interrumpieran la siesta para una votación intrascendente, cual afirmativo había sido en su boda pero con más papada y una alopecia cabalgante en todas direcciones.

Había engordado desde que la crisis lo desterró a cursos de reinserción laboral para los que no había fondos. Una mezcla de tristeza y adicción por las series matinales se reflejaban a su parecer en los espejos que aparecían últimamente por todos sitios. Su mujer animaba lo mismo que una ventana a la pared de enfrente, pero mantenía el ímpetu que la llevaba a currar horas extras y aún así conservarse inmortal como una quinceañera a cualquier hora.

Una vez los operarios colocaron el nuevo sofá en el salón comedor, Carlos cayó en cuenta de su incomodidad. Prefirió no decir nada y acostumbrarse mientras deleitaba cualquier necedad en televisión y en medio de los comerciales visitaba las tierras de Jauja que habitaban en la nevera.
Ana no dijo ni encontró contrariedades, a pesar de lo mal que encajaba con el resto de mobiliario y lo fondón que él quedaba reclinado cual bacanal romana sobre el mismo. Quizás absorto en las preguntas que el rechazo social le obligaban a hacerse, las siguientes semanas mantuvieron un silencio demasiado profundo para una vida conyugal aún sin descendencia a los que hacer culpables de la mediocridad de los actos propios. Empezaron a verse más ruidosos los ronquidos, más desagradables los pelos en la ducha, los geles abiertos, las series sugeridas por el contrario eran basura televisiva…Sin lugar a dudas era una crisis de los cuarenta pero en la treintena, agravada por la sensación de envejecimiento prematuro del postrado Carlos, ameba teleadicta recostada en su sofá salmón.

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Enfrente de Dios

Miraba con ojos nerviosos a través del traje el humano. Sus movimientos torpes debido a la presión atmosférica de aquel planeta árido debían ser visto con comicidad por el imponente alienígena al que aún no había descubierto órganos de visión. Tan taciturno era aquella masa viscosa en su movilidad que lo sospechó desposeído de atributos como la risa o el llanto. Incluso, en un alarde de temeridad, supuso que no concebía a ningún ser humano como más allá de una insignificancia poco atractiva.
Sin apenas movimiento, el encuentro se alargaba con una eternidad soporífera para el cosmonauta. La masa hizo un giro inesperado y de alguna manera, activó un artefacto que parecía traducir los mensajes monosílabicos que se intercambiaban por gestos el humano y de pensamiento la masa en sí. 
– Mi nave me espera fuera de la atmósfera- amenazaba creyéndose protegido por su escafandra, a pesar del terror de su rostro.
El otro permaneció en el silencio que aparentaba ser normal en su relación circundante, transmitida cerebralmente acorde a los parámetros terrestres. El artefacto emitió una aproximación al inglés propia de lengua criolla:
– Llevar muerto un milenio. – entendió en la traducción-  También todos los demás. Tu cerebro recoge el adoctrinamiento que necesitar mi especie para acabar con tu planeta.  
El humano no entendía como aquello aparentaba ser tan real sí estaba muerto. Aunque, claro, jamás había estado muerto anteriormente ni sabía cuáles eran las sensaciones. En aquel preciso momento inmedible, fuera de la dimensión que pensaba real y no era, comprendió que siempre había sido así su no vida, un cerebro pequeño al que adoctrinarían diferentes amos hasta esta especie de prisión sin tiempos ni espacios reales, más allá de lo que permitían creer a su imaginación esclavizada.
Desechó por necia la idea de escapar o atacar a aquella masa informe. Quizás era aquello la misma sensación de estar enfrente de Dios…

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Nueva cocaína

Ciertamente la mediocridad de un escrito dado adolece de poder ser ocultada con dosis justas de grandilocuencia y subordinación por doquier. Andaba con tal praxis el aspirante al aplauso de los grandes críticos de la capital, Don Alfredo López, reconocido pelmazo de provincias cuyas virtudes literarias consistían en carecer de ellas todas, pero no a la suerte de escritores de poca monta o de escaso estilo o vocación equívoca, sino más bien con la misma carencia de pensamiento propio observable entre seguidores acérrimos de cualquier grupo político amante de mitomanías falsamente milenarias o endiosadísimos futbolistas de un equipo de moda.
De esta guisa intelectualoide no podía más que salir un postmodernista panfleto pop que hiciera gozar a enfocados personajes subliminales de la telebazofia de sobremesa, soporífera en su aberración de preferencia por los gritadores más soeces en conseguir sacar el aplauso de telesclavos.
Así, una buena dosis de engaño en el producto, base de cualquier elemento vendible del capitalismo a lo largo de su historia curricular, y con una truculenta historia de personajes mal trazados, vacíos diálogos y una trama folletinesca, el libro, con la inestimable ayuda de un escritor “negro” que fue suculentamente pagado y que no pudo hacer mucho por hacer de aquellos ingredientes un plato gourmet, fue un éxito de ventas previo elogio de especialistas críticos en la novela. Ni que decir tiene que los contrarios pusieron el grito en el cielo en periódicos digitales de insustanciales visitas y webs con muy poca credibilidad por su virulento ataque a la sociedad normalizada. 
Se aceptó como válida la fórmula, el éxito fue masivo con ventas no solo en papel, también en medios digitales y de ahí se creó escuela y lo zafío y estúpido pasaron a ser la última moda hípster que había que aceptar sí o sí a través del embudo contemporáneo. La literatura fue reflejo de lo que acontecía en la sociedad y nada, a vender mucho y deprisa como norma trascendental de aquella nueva forma de hacer dinero.
Los niños en sus libros escolares recibían el adoctrinamiento con ejemplarizantes fragmentos de aquella literatura vacua e infantiloide sacada de lo más profundo de la idiotez, en consonancia con el desmedido uso de la tecnología y otros desaciertos de la época.
Ya habían conseguido reggaeton y ahora libros de autoayuda y poesía de mierda. Juego de Tronos como nueva cocaína. Solo quedaba instalar cámaras.

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Esteticismo narcisista

Cuando Dorian Gray se tambaleó tras esnifar otra en el servicio del cuarto de invitados, tuvo un arrebato de realidad, y puesto que hasta los que disfrazan su animalidad con dosis de perfume esteticista son caínes, fue a buscar su próxima víctima entre las invitadas a aquella conferencia sobre Globalización y Feminismo celebrada en aquel instante en el babilónico jardín de su mansión.

El ego en estos personajes acostumbrados a ser centro de atención en programas de sobremesa y portadas en revistas de dudosa cualidad estilística o de contenido es paralela a su fortuna, y antes de elegir cuidadosamente a su rea  en consonancia a un protocolo cadencioso y decadente, fue escaleras arriba a contemplar la horrible imagen de su culpabilidad.

Quizás por lo intempestivo de la hora, quizás como última lección moral o lo mismo por mero hobby vengativo, al cruzar la puerta hacia su secreto insoslayable, Dorian alcanzó al fin su propia mentira: lo que el creía cuadro era un espejo donde reflejaba sus miserias humanas, toda vez que los más creíbles espejos inanimados del espectacular habitáculo reflejaban lo que se quería ver, como casi siempre ocurre. Ni siquiera el reflejado pudo ser menos egocéntrico que el reflejando, ya que ocultar por más tiempo la pantomima hubiera resultado un equívoco acto de misericordia.

Luego comprendió que todos sus lealtades le siguieron viendo joven y dandy a raíz de los beneficios pecuniarios obtenidos. Miró a su siames a los ojos dantescos y descubrió cierta dosis cómica en la arrogancia de aquél yo. El esteticismo haría que la traición a su persona se convirtiera en la nueva arma de Dorian, y como si nada hubiera alterado sus planes, bajó a acometer su infamia por el puro placer narcisista de su rancio abolengo.

Falta de empatía lo llamaron los psiquiatras cuando ya la egocentría se arremolinó en torno al error de pretender asesinarse a sí mismo, pues no encontrara víctima más acorde a su maldad de clase, sexo y moral.