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Epílogo

Das por seguro que voy a llegar tarde. Me mirarás exhalando el humo del cigarrillo que habías dejado hace no sé cuántos meses, saludaré con la cara de estrés usada en las disculpas mientras aparco de puta pena y me acerco a esa mesa en una terraza en ni idea qué nuevo bar que te pilla bien camino a casa.
Me verás igual, como de costumbre, y al mirar para abajo sabré que has mentido como de costumbre, amable a medias y sensible a veces, quizás como mamá. He aumentado dos tallas en la lucha contra reloj que es vivir, y no, no habrá nueva pareja, hace mucho que abandoné esa sensación de sentirme solo, veo películas postmodernistas y escribo novelas que nunca acabo al mismo tiempo que sobrevivo con trabajos de mierda, como todos, aunque en mí sean un largo proceso de culpabilidad por ser un perdedor que aún sueña despierto.
Te preguntaré por tu hijo, me dirás que lo han expulsado 15 días pero que es muy bueno, porque no has sabido evitar caer en la trampa del chantaje emocional de estos críos de mierda, lo cual entenderé porque es mi sobri y ya sabes que me veo de niño dentro de su chándal, montado sobre el monopatín. De tu marido ni mu, no aguanto a jugadores de Play Station de más de 35.
Evitaremos hablar de ella, del caos que fue todo porque “eso” ya pasó. Pero ni creo que me entiendas cuando hablemos de “eso” como algo que sucede aún. Que sonará la cisterna del servicio de mujeres que queda justo detrás de mí y creeré que va a venir a sentarse con nosotros, a mirarme y a reírse de mi aspecto, de mi alopecia cabalgante, quizás a indagar con toda aquella malaleche de la que era poseedora. Me dirás que ya pasó todo con los ojos que veo en las películas cuando se alcanza la redención. Lo que no pareces entender es que esto no es aún el epílogo. Ella no ha fallecido, papá tampoco.
No nos veíamos desde el entierro. Fue una tarde tan real como todas nuestras vidas en el interior del caos. Menos mal que las tenemos de reserva. Gruñiré porque el manchado no sabrá más que a plástico y me darás la razón como hacen las hermanas.
Tu siempre decides cuando hay que marcharse. Yo llevo tanto siendo un fantasma que me dejaré llevar, como hacen los hermanos que se hartaron del sambenito de ser el mejor.

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El olor del cigarrillo

A mi padre se le notaría la ilusión. Deseando de que pudiera yo volver a abrir el bar, sabiendo mejor que nadie los esfuerzos que hicimos todos meses antes. Llegaría huraño, criticando a políticos, periodistas y cualquiera que leyera periódico de distingo signo. Café y en cuanto me despistara, chorreón de brandy.

Estábamos muy unidos. Mamá falleció hace años y nos buscamos para darnos consuelo, no sabíamos que teníamos tanto que compartir. Ahora cuando todo cese su fantasma vendrá y me verán hablar solo con los platos, botelleros, máquina de café. Se difumina en un paseo en fase 1, fue a echar un cigarro sin mi reproche.

Ahora soy consciente de que ha sido una guerra con nosotros viviendo en la ciudad en la que las bombas resplandecen pero no se oyen. El armisticio lo firman los intocables, se hacen la foto y comentan las estadísticas. Los soldados somos el pueblo, encargado de tocar una realidad con las manos, recordar a los que se han ido enterrados en la vorágine de algo invisible. No somos más que contienda, protagonistas sin saber, incluso vencedores. Nos pondrán de nuevo las calles para que saboreemos. Me encontraré a mi padre en algún banco, disimulando como un niño revoltoso; hasta el olor del cigarrillo entrará en mi recuerdo, para dejar claro que el futuro de la victoria también tiene víctimas.

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Génesis 1:1-2:3 (II)


Me va a dar un ataque, en serio. Hace mil horas que se fue y no podemos currar, la tele dice cosas confusas acerca de ERTES por todos sitios. Le dije mil veces que teníamos que mirar otro coche, uno de esos de tercera mano por si había necesidad, pero tengo que estar yo pendiente, si no…
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¡Pues que bien! Ya no es unas horas, ya es que va a llegar la hora del café de por las tardes, ¡a saber qué cojones hará haciendo este hombre, es que de verdad que no puedo con tanta parsimonia! Voy a dejar de escribir un poco en esta mierda de diario a ver si me logro relajar, lo mejor es empezar a andar dirección al pueblo, me llevaré el chubasquero reflectante y si me para la Guardia o la Policía les explico lo que sucede, es imposible que no me entiendan.
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Me he tenido que volver, no se ve nada, ni siquiera mis propias manos de la niebla tan densísima. Era como me imagino los primeros días de la Creación cuando todavía no habría más que Dios con el mundo en potencia y en la realidad todo vacío. Creo que tomaré un ansiolítico y me meto en la cama, solo dormir me quitará este dolor de estómago y cabeza, me pasa cuando el estrés me bloquea. Escribirlo, aunque sea estúpido, me ayudará en el futuro. Luego habrá energúmenos que digan que son el sexo fuerte, que por eso nos nacieron de sus costillas, ¡hay que jorobarse! Supongo que Dios se sentiría Solo y creó aparte de los pájaros a las bestias que se arrastran y luego a nosotros para reírse y experimentar.

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¡Qué extraño! ¿Aún no ha amanecido? Tengo la sensación de estar durmiendo pero estoy en medio del salón como orquestando toda esta mierda, los relojes se han parado, tengo náuseas, creo que del estrés me va a venir la regla, un dolos descomunal, como si se me fuera a salir la Creación piernas abajo. Me da la sensación que ha pasado algo ahí fuera, es como que de pronto todo se hubiera estancado. Cierro los ojos, mas no noto los párpados, ni el roce del papel sobre mis dedos. Se me vienen a la mente la abuela, mi hermana, y las abrazo a las dos. Ricardo aparece también, no huele a tabaco, dejo que me desnude, tenemos que procrear, es para lo que Dios nos dio existencia.

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Debo de haber muerto en algún hospital sola, Ricardo debe de estar desolado el pobre, fumando compulsivamente. En la tele seguirán registrando números importunos, esa es la realidad de los hogares donde se hacinan las esperanzas, cada vez más mustias. Había que entregar una docena de encargos o más, pero ya no importa, es como el día séptimo de a Creación, aunque sin acabarla, claro, todavía no lo hemos hecho en el jardín, aún falta cambiar el fregadero en la cocina, hacer hueco a la ropa de verano. Quizás usted no esté leyendo todas esta basura de histérica, quizás se lo estoy susurrando al oído porque usted también está irremediablemente muerto, o muerta, aquí no hay guerra de lenguaje, ni el estrés de la capital, ni noticias fakes, ni virus creador…

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Génesis 1:1-2:3 (I)

En principio está todo por hacer, nos hemos mudado hace nada, sobre todo el jardín es un abismo. Me pongo así de melancólica porque es que lleva lloviendo todo el día. Intentamos mantener un acuerdo no tácito de no hacer referencia alguna a la multiplicación de casos a lo largo de la semana, pero se hace difícil cuando trabajas en tu propio domicilio, llevas zapatillas y las reuniones son online. Ricardo fuma más que de costumbre. Se resguarda de la lluvia como puede, supongo que para no discutir; sé que llego a ser insoportable a veces, pero me da náuseas el olor que se queda impregnado a la ropa.
Solemos hacer un poco de ejercicio juntos por la tarde. Dicen que sobre las 8 sale la gente al balcón a aplaudir, pero es patético hacerlo aquí los dos solos. No lo hablamos tampoco, pero sé que se vendría abajo. Yo también. Me pongo a separar lo que va en el lavavajillas de lo que no, él va al contenedor más cercano del pueblo a tirar la basura, que mira que le digo que necesitamos otro coche, pero nada, ¡como si oyera llover, nunca mejor dicho! Quizás no fue tan buena idea venirnos a vivir en medio del campo y solo bajar a Madrid a currar.

Escribo esto mientras se ducha antes de la cena, es animal de costumbres. A mi me produce placer escribir lo que se me pasa por la cabeza, sin seguir reglas ni tener que venderle felicidad a nadie. Supongo que nadie puede pensar en sentimientos mientras pasamos algo así. Bueno, ya con luz será otro día, y luego otro, y otro…

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Hoy parece que de la lluvia nos hemos quedado sin conexión wifi. He montado en cólera y la verdad es que me he pasado con el teleoperador que atendió mis quejas, bastante tienen con soportar la porquería de vida que deben llevar. Luego me enrabieto con Ricardo cuando saca su lado facha. No tengo perdón de Dios. La avería parece haber sido producto de esta incesante lluvia que no respeta ni a los muertos.

Hemos pasado la tarde, más calmados, mirando mierdas en la tele. También intermitentemente mirando móvil por si Twitter da la señal de que todo esto es mentira y ha sido una especie de broma de mal gusto. Somos solo dos, no quiero ni imaginar una situación así en un piso como el de mis padres, con abuela metomentodo y hermana repelente haciendo las veces de la versión buena de la norma.
La verdad es que la lluvia constante nos ha desconcertado muchísimo. Ahora mientras vuelvo a escribir ha escampado. Oigo a Roberto berrear esa música punk que tanta gracia me hacía cuando le conocí. Estoy segura de que mañana va a empezar a ser todo muy diferente. Ha sido así de reconfortante este día segundo.

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Menos mal que nos dio por hacer una compra más que decente el finde. Mientras yo intentaba limpiar este desorden, porque la chacha nos ha dejado bien claro que no se atreve a que la pillen viniendo para la finca, Ricardo marchó a comprar todo. Es muy meticuloso, supongo que se forjó ese carácter gracias a su vida profesional. Reconozco que es un punto a favor, menos mal que fuma, o si no, esta relación estaría muy mal balanceada hacia su lado. No hay mujer capaz de soportar que sea un hombre perfecto y no poder echar nada en cara.
Vino el pobre calado hasta los huesos, pero feliz de sentirse útil más allá del virtual mundo del día a día frente al ordenador, ahora también en las reuniones con clientes.

He llamado por enésima vez para que solucionen lo del wifi. Todo son evasivas con esta situación tan dantesca. En la ventana da la sensación que no hay más allá que esta finca debido a la lluvia torrencial. Hemos cenado casi sin hablarnos. En la tele hay un montón de imbéciles adecuando las estadísticas a sus intereses. Pareciera como si en la Creación, Dios se hubiera puesto a juntar lo seco con las aguas, lo vivo con lo muerto. ¡Joder, no sé ni porque escribo estas gilipolleces!
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Estoy escribiendo por la mañana. No quiero empezar a gritar y a romper la vajilla en la cabeza de Ricardo. ¡Resulta que no hay línea de teléfono, ni móviles ni fijo! El muy cretino me ha pedido relajación, que va a ir al pueblo a ver qué averigua. Apestaba a tabaco, creo que ha vuelto a fumar por la mañana. Normal que no tengamos relaciones hace días, me da mucho asco…

Está todo tan confuso que me da la sensación de que ha vuelto el invierno, al menos de noche, de día calor, luego frío, luego dicen algunos que no es real el cambio climático. No entiendo cómo se puede estar tan ciego a la realidad, de verdad que no…
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Purgatorio

Gente andando sin rumbo fijo contrarreloj. Ella viene de su guerra contra el virus. Flashes levitando por los pasillos donde la gente moribunda se multiplica. Los primeros días alguien la increpó cuando marchaba a ver el rostro de la muerte. Ahora ya hay menos aplausos.
Entra en el piso, el ascensor ha tardado varias vidas en llegar a la séptima planta. Los niños este finde se quedan con el padre. Ducha, cena frugal y sueño que le dé antídoto contra el cansancio que afecta a todos en el infierno-hospital.

Sol. Mañana casi veraniega. Gente en bares, gente riendo, gente abollada, cuñados descubridores de piedra filosofal. Tiendas en eclosión. Bullicio. Con la condena se le debe haber pasado el tema de las fases. Cae de pronto en cuenta que es como un sábado previrus en la ciudad. Vuelve la calma contenida, supone que el egoísmo. No entiende cómo con tantos muertos todavía el gobierno permite este libertinaje. Habrá que volver a leer periódicos, ver noticias. Le vienen a la memoria su época de estudiante izquierdista en la universidad.

Infierno. Entra. No hay moribundos en los pasillos. Los sábados preguerra eran así. Se ve su rostro de cadáver en cualquier cristal. No entiende qué ha pasado con todos los que estaban en este purgatorio olor desinfectante. Las conversaciones no tienen restos de la ansiedad de ayer como ha comprobado desde el bus aquí. Por cierto, lleno de asiáticos observando incrédulos las avenidas. Nadie llevaba guantes ni máscaras, pero se nota que de no usar, todo está muy pero que muy limpio.

En el pasillo ve a Alicia, enfermera jefa. Es alta. Es arrogante, casi siempre mira abajo a las otras con desdén. “¿Qué pasa, dónde están todos de repente?” le exhorta casi incriminando. La luz encendida da a todos aspectos de cadáveres.

“Hija, ¿otra vez con lo mismo?” responde asqueada esta casi contrincante. “Asume de una vez que estamos muertos todos”. Mientras sigue su paso acaba “os pasa a los nuevos, no aceptáis el cambio a quedarnos en el Purgatorio mucho”. El terror en la comisura de los labios. En cualquier cristal nota sus canas que pensaba teñidas. Lleva ropa que hace mucho que no le quedaba. Descubre que nadie camina, levitan sobre un suelo inmaculado.

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El prójimo

María espera a no oír ni un coche fuera. Mientras contempla la casi soledad de la calle, ve sus arrugas en el cristal del cierre de la terraza, reflejadas gracias a luz de los anuncios en la tele del salón. Ningún color de televenta logra que pueda ver el derrame de su pómulo. A él lo oye roncar en la lejanía. La borrachera esta vez era de órdago, “¡menos mal que no están los niños! ” piensa. Realmente ha sido otro clavo más en la Crucifixión, silenciada por su enorme resistencia como mujer de otra época. Hoy no le habría valido el maquillaje extra, tampoco la excusa de golpe mientras limpiaba distraída.

María se sintió muy sola cuando su segundo hijo, Jesús, se largó a compartir piso con su novio. Su marido lo llamó mariconazo otra vez pero a Jesús ya no le afectaba como de joven. María ha rezado por él porque es muy buen chico. El otro hace ya años que se marchó, aunque cuando viene de Pascuas a Ramos, le nota en los ojos que no es feliz.

María lleva planeando años acabar con su marido. Le reza a Dios para que le haga desistir de tal empeño pero a la misma vez quisiera que le diera la respuesta a realizar el crimen perfecto. Ha planeado hasta congelarlo tras el descuartizamiento y luego tirarlo poco a poco en la basura nocturna, pero la policía revisaría cada rincón del piso y no hay donde ocultar un congelador. También pensó en seguirlo en una de sus correrías mas es imposible cuando sabe que le acompañan siempre varios de sus amiguísimos. Incluso dejar el coche sin frenos y que se estrellara, ¿pero y si le embiste a una criatura inocente?

María se amolda a esta realidad y lo maldice sabedora de que Dios la comprende en Su infinita sabiduría. Los golpes los atenúa con la seguridad de que antes o después se morirá de cirrosis. Quizás hoy haya también algunos golpes, mejor patadas que puede disimular con medias más oscuras. Pone las noticias. Mañana empieza la cuarentena ante el elevado número de víctimas por coronavirus. Habla con los hijos inmediatamente, altibajos emocionales, buenos deseos de una prole que de súbito añora a la figura materna.

El alcohólico entra ya de noche y cae a lo largo justo en la puerta. Los vecinos acuden ante el estruendo, así también María. Uno de ellos es enfermero, comprueba que su frente está hirviendo y que el borracho moquea abundantemente. El borracho a duras penas balbucea algo ininteligible. El vecino enfermero llama a una ambulancia. El maltratador de María va a ser una víctima del coronavirus. “Dios escucha a sus hijos”, parece pensar la anciana, a quien no le importa, por vez primera, que se le note una medio sonrisa ante la calamidad del prójimo.

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3 de mayo: segundo día de la (casi)victoria

Este 3 de mayo, segundo día de karma y resurrección, está anocheciendo con un susurrar pegajoso sobre la copa de los árboles. Mañana es lunes, a pesar de cualquier verdugo virus, y se nota una melodía menos eufórica. Desde mi observadora terraza, fortín desde el que agonizan algunos versos demasiado fraudulentos y torcidos para afrontar esta supuesta supervivencia a toda costa, apenas un gemir de alas, una tenue señal que conmueva la llegada de las flores.

Hay trincheras aún en el ambiente. Los inmortales adonis de perenne sonrisa y amor derramado por sus torsos cándidos, a duras penas suavizan la amenaza del levante que se mete en los ojos. Se oyen en calles paralelas el estruendo de la espontaneidad, diríase que las farolas alumbraran con la fuerza de los vencedores, pero las guerras se ganan pocas veces más que en los libros, y una fatalidad tan invisible no puede ser vista por un pueblo por mucho mirar que alcancen sus ojos.

El virus quizás pasee con nosotros, mofándose de nuestro engordar para luego devorarnos mejor. Está en cada esquina en que miremos atrás sintiéndonos observados. Este cielo atormentado que se anuncia es el escondite perfecto para segundas partes de la catarsis griega en forma de infortunio. Nosotros somos algo más que espectadores de cada acto…

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Profeta

No había tiempo para comprobar científicamente la autenticidad de aquella voz divina. Sabíamos que con el reloj biológico parado, el planeta no seguiría girando en derredor de su eje, ergo una necesidad imperiosa por hablar con Dios se apoderó de todos.

Miles de falsos ídolos se aparecieron llenando las pantallas en prime time. Creímos a pies juntillas a cada uno de ellos hasta que el siguiente lo derrocaba con un truco mejor. Al final necesitamos con tanta urgencia el milagro que condenamos a muerte a los impostores. Aun así siguieron apareciendo nuevos profetas con igual poca lógica que los anteriores, hasta que al borde de la extenuación, el único Dios verdadero nos regaría con un virus de dimensiones insondables.

A imagen y semejanza de Su Divinidad, aprendimos en tiempo récord a adquirir Su destreza para acabar con la plaga. El planeta volvió en sí y agradecidos por Su infinita misericordia le preguntamos acerca del porqué de aquel virus y con que fin en aquellas circunstancias. Dios, sin esfuerzo aparente, sin rastro de sorpresa o tiempo presente en Su esencia nos preguntó acerca de aquel virus y con que fin en aquellas circunstancias.

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Colores pasteles

Hemos salido mi hija y el yo, más tú que nunca, al paseo de este Sanlúcar de colores pasteles. El mar fruncía las olas, pero poco, y mecía el sueño de las barcas suaves que Naima contempla desde la niñez que mis versos dibujan de aurora. La arena era inmaculada, como ajena al pecado de los hombres sin infancia y ojos llenos de oro, aquellos que quisieron una Gran Vía sobre esta desnudez donde confluyen todas las primaveras, todas las bibliotecas de Borges, todas las lenguas en el verso de imperfecciones sublimes.
Al otro lado de esta invisibilidad que nos encarcela y nos hipoteca el futuro, está el fin del mar, quizás Dios esperando para empezar a andar sobre el tiempo. Naima ha saboreado la brisa, nos han saludado dos gaviotas, hemos menguado al entrarnos los barcos que el horizonte se maquilla en los atardeceres atiborrados de Doñana en las pupilas. La he visto en ese instante que nunca olvida el verso, también a las huellas sobornadas de espuma morir purificadas de olas recidentes. Y en menos de una hora que nos permite el fin, hemos rechazado el soñar colmado de joyas, a los hombres de color chillón, al cemento que la ciudad vende como arco iris embotellado.
Hoy me he sentido poesía…

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Primer Virus

Creo que he soñado con ese primer día en que mi padre me empezó a enseñar las primeras letras. Mi abuelo había sido maestro o algo así y le fue enseñando cuando los demás dormían durante la mañana. Mi padre se sentía orgulloso, pero no ha sido lo mismo conmigo. A mí me costó horrores aprender cumplidos los doce años, justo cuando a mi madre las quemaduras del sol cuando cazábamos le provocaron la muerte semanas después. El abuelo parece ser que decía que en su época se podía salir aún a la calle y que el sol no mataba directamente aunque dudo que eso sea verdad. Luego vino el año del Primer Virus y cuando recuperaron la normalidad el virus mutó más fuerte y empezó transmitirse por el aire. Lo demás es sabido por todos, hay ruinas de lo que llamaban ciudades en todas las junglas.

Escribir es algo que aburre cuando no sabes hacerlo bien y encima eres el único que queda sabiéndolo hacer más o menos. Yo intento hacerlo lo mejor que sé, pero es complicado cuando estás destrozado de tirarte toda la noche buscando qué llevar a la boca. Solo quedamos siete personas en este grupo, y teniendo en cuenta que hay dos ancianos de cincuenta años, mi padre y otro más, prácticamente somos cinco para resolverlo todo. Nadie lo dice claro pero seguro que todos deseamos que los viejos se mueran de una vez y podamos avanzar hacia otro sitio durante la noche. Son una carga que pesa demasiado, creo. Mi padre tenía sentimientos hacia el abuelo, pero yo no creo que me lo pueda permitir hacia él.

No me acuerdo del abuelo, y casi a veces tampoco de mamá. Se quedo dormida mientras cazaba y no tuvo tiempo a resguardarse del sol, o lo mismo se murió de un infarto o algo así. No hay nadie que sepa de medicina, somos los nietos de los últimos que tuvieron la ocasión de tener libros o hacer uso de algo que llamaban Internet o algo así donde se podía encontrar información de casi todo al parecer. A mí me preocupa que los bolígrafos y el papel para escribir se agote y tengamos que inventar nuevas formas de dejar por escrito lo que nos está pasando. Aunque espero que haya más grupos de gente viviendo en grutas, yo era todavía niño cuando vimos a uno de esos grupos pero nos tiraron piedras y nos fuimos huyendo. Tampoco quedamos más que una mujer fértil y cuatro varones con lo cual nosotros moriremos de hambre si no nos mata el sol antes cuando ya no podamos andar y cazar aunque sea pequeños animales. Solo queda esperar a que por la noche oigamos a otros grupos , aunque hablen otras lenguas, y podamos acercarnos y establecer reglas de procreación al menos. Todo eso si no nos mata el sol antes, claro…