Publicado en Poemas

Primaveras y salitre

Adiós a las paredes

que sudan primaveras y salitre.

Adiós a las mareas y su tempo

arrítmico. He matado, sí,

al Guadalquivir y sus ahogados,

he hundido sus barcos.

Adiós a la cal macilenta, a la vejez

de lo eterno. Calles empedradas

me lapidan. Un leñador

con rostro infame, leva mis anclas.

Adiós a la pubertad del cielo limpio.

En el acantilado del mañana

se encuentran las metas,

y un sino tímido de un solo ojo…

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Publicado en Poemas

Mi mundo literario

En mi mundo literario
hay tantos espejos tuertos,
tantos mares en venta,
tantos buenos días ensayados
para nada,
tantos semáforos indiferentes
a la prisa del amor,
tantos olvidos durmiendo en los cajeros
de las sucursales que disparan
a matar,
tantos músicos con traje de burgueses,
tantas montañas con miedo
al precipicio, tantas
religiones buscando negocio,
tantas y tantos,
que no sé muy bien cómo
multiplicarme en tanto tonto… 

Publicado en Poemas

¿Para qué…?

¿Para qué mis ojos,

si me ofrecéis la ceguera?

¿Para qué mis manos,

si son puñal de mil guerras?

¿Para qué mi grito,

si el acorde es afónico?

¿Para qué mis bocas,

si el mar se hace el sordo?

¿Para qué el camino,

si robais raídas brújulas?

¿Para qué el invierno,

si de mi piel florecen lunas?

Publicado en Escritos

La dimensión de los vivos

Desde que supimos la inminencia del fin, hay muertos por todas partes. La alta política intentó ocultar por todos los medios el hecho de que el planeta se extinguía, pero en webs de organizaciones de ultra izquierda, científicos de toda índole alarmaron con la cruel verdad. Entonces fue cuando empezaron a darse los primeros casos: primero mujeres que vengaban sus muertes, asesinadas sin que sus maridos culpables hubieran pagado con creces su crueldad, luego víctimas de las guerras que llegaban y hacían desaparecer a los que habían generado el conflicto para enriquecerse, luego hasta personas muertas cuyo amor no fue correspondido. A pesar de los trajes espaciales que se diseñaron, no para salvar vidas realmente, más bien para mantener el vertiginoso ritmo de la economía mundial, los muertos sabían reconocer a quienes en el pasado habían causado un daño irreparable en sus míseras vidas. No encontrábamos explicación lógica de facto, porque aun con la fehaciente prueba de que la muerte y la vida coexisten en mundos superpuestos, nos agarramos con desesperación a una racionalidad fría, capaz de desarrollar una solución viable a nuestro fin como especie. Entiendo que desde la perspectiva de los humanoides de las colonias mi relato pueda resultar exagerado e incluso inverosímil. Pasó hace relativamente poco, aunque a lo peor hace demasiado desde el prisma de Marte donde ahora habitan ustedes.

Hubo muchos que abandonaron sus trabajos, gente que incluso pensaba que todo era una mentira orquestada para que consumiéramos aquellos caros trajes y salían a la calle desnudos con la consecuente muerte por asfixia. Otros dejaron de pagar hipotecas, se dejaron de comprar acciones o vender y los gobiernos se volvieron más férreos, dictaduras de signo capitalista para frenar las consecuencias desastrosas sobre la economía mundial.

Los muertos hacían desaparecer a sus presas con total impunidad. No hubo lugar a lo largo de la Tierra donde las leyes pudieran proceder en contra de los crímenes, puesto que era de recibo permanecer en estado orgánico, es decir, ser viviente, para que los fiscales actuaran. El vacío legal no era sino parte indisoluble de la anormalidad instaurada como parte de nuestro quehacer diario.

Yo nunca fui un ejemplo a seguir en cuanto a moralidad o rectitud en mis acciones. En cualquier caso temí que alguna novia fugaz a la que traicionara en algún momento de mi tormentosa juventud en pos de llegar a poderoso empresario, a alguien a quien engañara para enriquecerme, quizás incluso un desaire al responder en alguna reunión de empresa, pudiera venir a acabar conmigo.

Aquel día por la mañana me sentí especialmente observado. La camarera, una muchacha de facciones bellísimas, tenía un rictus muy serio cuando me tomó nota. Al servirme el café me reafirmé en que no era una profesional. En una cafetería del centro podrían haber tenido a cualquiera con más experiencia y algo en ella no cuadraba.
Entre el bullicio de la hora del desayuno, las copas de los perdedores y los cigarrillos que consumían pulmones de obreros disfrazados de oficinistas hípsters, me escabullí sin pagar mi consumición mínima. Me dio terror que la pobre mujer fuera alguien del pasado en busca de revancha.
Mientras me alejaba en dirección a mi oficina casi encontré cómica la absurda situación, pues ni siquiera me resultó familiar su aspecto físico, y créanme que me hubiese acordado de tan agraciada fisonomía. Reí entre la gente que pasaba, tan ruidoso que algunos me miraron a través de las escafandras. Seguía mi corto trayecto cuando divisé a alguien que vigilante en la puerta principal del edificio donde tenía sede mi empresa. Me paralizó el miedo. El traje dirigió el campo de visión del casco vengativo hacia mí y aunque tardé en reaccionar, empecé a correr en dirección contraria.

Poco a poco, donde ya por mucho que mirara atrás pude ver rastro alguno de la supuesta muerta, intenté recuperar el resuello andando por un callejón poco transitado. Mientras respiraba pausadamente , pisé algo que me hizo resbalar y golpearme la cabeza. Perdí el conocimiento y cuando de un sobresalto desperté, me encontré solo, casi a punto de agotar la batería de oxígeno de mi traje. Al menos no había presencia alguna de la camarera y aquello me hizo sentir alivio.

No llamé a nadie a recogerme. Me dirigí al metro y viajé unas paradas y me dispuse a salir unas cuantas estaciones antes de casa con el fin de despejar cualquier duda acerca de que la camarera me acechara de algún modo. Ya en la superficie vi un traje de color diferente al gris plata del resto. Supe sin pestañear que era un antiguo compañero de instituto, el cual me había aterrorizado durante toda la adolescencia. Supe, sin saber el porqué, su dirección, y sentí deseos de que llegara el día siguiente. Sabía instintivamente que le iba a ver.

Ya en casa, me quité el traje y en la desnudez toqué mi brazo, mi frente, mis pectorales… definitivamente estaba helado. La camarera a la cual había condenado con mi egoísmo al olvido, consiguió venganza: yo estaba absolutamente muerto. Empezaba mi arrastrar por la dimensión de los vivos en busca de los que me habían humillado.

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Los poemas durmientes

Se descomponen los poemas

durmientes

sobre los amaneceres poco hechos.

Los trucados dados del destierro

de mendicidad me visten.

Aquí y ahora, tal como balbuceas

la pueril inocencia, los lobos

vestidos de revisores del gas.

Se hunden

las bóvedas del cielo, el techo

de mis infiernos de segunda,

estos versos bizcos…

Aquí y ahora, alumbrando al sol

con la linterna del móvil,

a Dios le da por charlar atropelladamente,

el sofá se viste de camastro,

enseñando sus fauces de ataúd.

Aquí y ahora; nunca un lugar

fue tan sórdido, el tiempo tan verdugo…

Publicado en Bienvenida a las armas

Items

Baja en calorías, la inmensidad.

PVC en las alas de los soñadores.

Los árboles anacoretas,

abrumados de climáticos cambios .

Los finales con la muerte arrancada.

Los caminos asfaltados de destinos tartamudos.

Dios con nuevo look de hípster,

Cristo en la cola del INEM.

Yo haciendo de bueno.

Tú, quizás el espejismo, el truco

que descubre al mago.

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Adiós…

Adiós a las gaviotas de incógnito,

al Guadalquivir en su orgasmo

atlántico;

adiós al cielo que me hizo ángel,

adiós

al mar que se abre de piernas.

Adiós a los sanlúcares

empedrados de ataúdes,

adiós a los caciques que me soñaron

culpable de nacimiento, adiós

al salitre de los versos puros,

adiós a las barcas

donde me llamaba la muerte.

Adiós…

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Marcho

Marcho,

turista eterno sobre la piel amarillenta

de los horizontes.

En cada esquina

el desamor me atraca,

un árbol me ahorca en los parques,

una estatua ecuestre pisotea

mi sudar de sparring.

Marcho,

inventando los pies y el camino,

las caras para el recuerdo,

la luz que suavice

el agonizar de todos los que robaron

mis vidas extras. Marcho…

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Desembocadura

En la desembocadura

de todo mi sangrar hay un grito,

un segundo donde se esconden

todos los asesinandos,

las amapolas que no evité pisar.

Aprenderé a andar sobre los muertos

caducados. Las gaviotas

del futuro tendrán dientes

con el ojo de Polifemo,

y mil orillas donde moriré

tantas veces como nazca

la indiferencia que me bosteza.

En mi anochecer hay

horizontes leprosos, un espejo

que mira asustado su destino,

un gato con las vidas inundadas

de calles que rumian

y Dios con mondadientes.

Publicado en Poemas

Con el blues en penumbra

Hay un bar con el blues en penumbra

en todas las pieles que mudé.

En todos hay un almanaque

con años que ya no sirven

y una mujer

asomando a la realidad de hombres lobos.

Hay olor a engañados

con el truco de ser felices,

un niño que es nieto del que se llevaron

una noche cuando los nacionales

miraban con la muerte y una cruz

aniquiladora. Hay también un televisor

que presume de las gestas del Madrid,

una radio envuelta en cortinas de tabaco,

una niña que nunca me mira

dentro de mi inocencia, un cromo

de Arconada, el ABC del fascismo

abierto a pescar incautos,

el ruido que tapa las cadencias del blues.

Yo soy el del fondo, allí donde

se ha fundido la bombilla.