Publicado en Escritos

Nueva cocaína

Ciertamente la mediocridad de un escrito dado adolece de poder ser ocultada con dosis justas de grandilocuencia y subordinación por doquier. Andaba con tal praxis el aspirante al aplauso de los grandes críticos de la capital, Don Alfredo López, reconocido pelmazo de provincias cuyas virtudes literarias consistían en carecer de ellas todas, pero no a la suerte de escritores de poca monta o de escaso estilo o vocación equívoca, sino más bien con la misma carencia de pensamiento propio observable entre seguidores acérrimos de cualquier grupo político amante de mitomanías falsamente milenarias o endiosadísimos futbolistas de un equipo de moda.
De esta guisa intelectualoide no podía más que salir un postmodernista panfleto pop que hiciera gozar a enfocados personajes subliminales de la telebazofia de sobremesa, soporífera en su aberración de preferencia por los gritadores más soeces en conseguir sacar el aplauso de telesclavos.
Así, una buena dosis de engaño en el producto, base de cualquier elemento vendible del capitalismo a lo largo de su historia curricular, y con una truculenta historia de personajes mal trazados, vacíos diálogos y una trama folletinesca, el libro, con la inestimable ayuda de un escritor “negro” que fue suculentamente pagado y que no pudo hacer mucho por hacer de aquellos ingredientes un plato gourmet, fue un éxito de ventas previo elogio de especialistas críticos en la novela. Ni que decir tiene que los contrarios pusieron el grito en el cielo en periódicos digitales de insustanciales visitas y webs con muy poca credibilidad por su virulento ataque a la sociedad normalizada. 
Se aceptó como válida la fórmula, el éxito fue masivo con ventas no solo en papel, también en medios digitales y de ahí se creó escuela y lo zafío y estúpido pasaron a ser la última moda hípster que había que aceptar sí o sí a través del embudo contemporáneo. La literatura fue reflejo de lo que acontecía en la sociedad y nada, a vender mucho y deprisa como norma trascendental de aquella nueva forma de hacer dinero.
Los niños en sus libros escolares recibían el adoctrinamiento con ejemplarizantes fragmentos de aquella literatura vacua e infantiloide sacada de lo más profundo de la idiotez, en consonancia con el desmedido uso de la tecnología y otros desaciertos de la época.
Ya habían conseguido reggaeton y ahora libros de autoayuda y poesía de mierda. Juego de Tronos como nueva cocaína. Solo quedaba instalar cámaras.

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Publicado en Poemas

Humanoides

Los váteres son el monumento

más visitado. El DJ

coloca el último remix

de corrupción existencial,

de acercamiento al humanoide,

con la boca picassiana en terremoto.

Van saliendo de los servicios

los héroes inmortales de la noche,

los del mentón de acero,

los de la lengua multiplicada 

en serpiente de escamas espinosas,

los que se beben el árbol de la coca

prohibida.

Todos somos noche de encocados vivientes.

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Canto VI: cocainómano y esposa

A Agamenón la soledad lo mastica. Se sienta en su sofá y ve televisión con subtítulos para no molestar. Está indigesto, sigue gordo. A veces aparece su país en pantalla.Desfigurados. La patria y él mismo. En este estercolero de país donde ha hecho carrera todo es droga. Como su barrio de nacimiento. Como en su drogadicta soledad cocainómana e insulsa vida de gánster. No es el Padrino como Menelao. Ni siquiera rico. Podría haber armado las lagunas de su mente en un orden adecuado para engañarse con recuerdos felices. Pero ha habido demasiada puta en su vacío. La soledad vuelve a la gente vaga. Ese Aquiles gitano tiene dos cojones gordísimos. No aguanta su rostro sereno e impávido. Es imposible leer su grado de miedo. Y los seres humanos tienen todos miedos. A él mismo le temen. Y él mismo tiene miedo a que dejen de tenerle miedo.Su envejecida mujer lo reclama para la cena en el día libre del servicio. Tonos a ginebra en la voz quemada.

¿De verdad no quieres más? No necesita contestar con palabras. Briseide mira al hombre y queda maravillada de los arrumacos de un ser humano. Ojos color alma. Alma grande. Aquiles es un impostor, narco para otros, poeta para ella, brasilera disfrazada de femme fatal. El gitano sigue comiendo. Se sabe cómico y se deja contemplar.
-Se había olvidado en mía cabeza- musita la prostituta. Al menos él parece esperar a que siga. Todo es trascendente.
– No recordaba que el amor era así – Ella se olvida que es puta poligonera. Él que es un gordo gitano esforzándose por agradar.
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Patroclo sale despedido por la luna delantera tras un violento choque con un semáforo. Su carro de mil batallas protagonizadas por su caro Aquiles queda reducido a metamorfosis de muerte. Sonidos sepulcrales. Envites de luces de policías que llegan e imaginan la colisión terrible. Problemas de ansiedad entre testigos fortuitos que vieron volar el cuerpo. Golpe de la mortalidad al caer contra la calzada acompañado de cristal en mil pedazos. En los bares cercanos anuncios de consumismo enfermizo. Quizás alguien que se
atreve a clamar con sorpresa ante un finado. Gente que quisiera que hubiera espejos que los reflejara radiantes.
Héctor despierta de un sobresalto. El fátum ha reclamado su trofeo. Andrómaca respira vio-lenta, casi ronca al otro lado de la cama. Algo ha pasado.

Salón comedor. Amplitud espacial. Muebles de paletos. Caros, pero de paletos. Somos casi una familia nobiliaria. Éso dice el abuelo. Y la arpía de la abuela, la muy puta. Andrómaca compite con las venus horteras que hay modo de refrito clásico en algún rincón. Espejo también en algún muro para contemplar sus tetas nuevas. A veces en el café el viejo chocho es atrapado mirándolas de reojo en ese reflejo hipócrita, visión de lo que se
quiere ocultar y ventanales grandes para que el vulgo que pase por aquellas tierras los admire en su olimpo privado.

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Canto I: la coca y la muerte

Calle céntrica. Cualquier ciudad. Nubes de otoño. Quizás alguna llovizna. Alguna
puta demacrada alumbrada por el amanecer grisáceo. Los comercios se desperezan poco a poco. Alguna radio narra sus verdades del día. Hedor a café y autómatas esperando bus. De pronto sirenas. Colorido de lo que se supone un automóvil. Policías persiguiendo. Rugir de novedad. Gente agolpada en cristaleras de bares. Deseo callado de poder ser el delincuente. Más sirenas. Alguna vieja solitaria atiborra el pensamiento con salir guapa en las noticias, inventando haber visto algo. Náuseas de cigarro matinal y sabor a anís. Luego silencio. Coros de tragedia griega alimentando el fátum.

Casa de Patroclo. El puto gordo dormido. Como siempre, piensa Héctor. Restos de pizzas baratas. Folletos de partidos romanticones. Héctor suda, la línea ha hecho mella, sabor que baja corpulento hasta el estómago. No hay donde sentarse. ¡Putos gitanos guarros! Restos de tabaco alrededor de caja tonta que narra porquerías de cuatro aprendices de puta en minifalda. Patroclo absorto. Acné juvenil. Pareciera que se fuera a masturbar en cualquier momento. Mesa preñadísima de vasos sucios y periódicos gratuitos. Cola sin gas abierta, tótem a la vagancia extrema.

Cuerpo de mujer escultural entre embozos. Habitación rural de mucho dinero. Entre rendijas de persiana sol persistente y pesado, inmune al sopor del interior. Héctor sentado en el borde de la cama. Abismos en su cansancio. Mirar sin ver hacia los pechos de Andrómaca. Ya no sacian su sed. Lo de anoche fue para olvidar, otro gatillazo. Las erecciones no son como en otras épocas. Ni las ganas. Ni la premura. A veces la arrogancia da risa ante el espejo donde la mujer se disfraza de femme fatal. Debe de haber quedado algo en el bolsillo de la chaqueta. Cual espantapájaros permanece sobre silla solitaria. En breve llorará el niño. Ya acudirá la sirvienta. Seguro que es otra putita comunista. ¡Pero tiene ese culo tan prieto al tacto de su mano!

Un Aquiles majestuoso en su inmortal belleza se lanza temerario al fragor de la batalla. A través del mensaje explícito de los dioses del Olimpo que miman su destino, el héroe pone en marcha sus artes bélicas cabalgando hacia los infiernos tenebrosos. Teléfono chino. Manos embadurnadas en pizza o burguer. ¡ Cagon dios la mierda ésta, su primo! Por fin contacto.
– ¿Has salido ya, Aquiles? ¡Te esperan para el encargo!
La voz permanece a la espera. Sonidos de silencio sepulcral.
– Perdón, tié el altavoz cascao…Sí, hace ya media horilla má(j) o meno(j). Voy de camino.
-¿En el bemeuve?
¡Sí, claro! ¡No problem!
¡Gitano flipao!
Cuelgan. Patroclo se mira tras hacer de héroe en el espejo del fondo del pasillo. Ha quedado bien haciendo de Aquiles. Recuerda cuando colgó ese espejo “ para que parezca má(j) grande el piso, cari” dijo la muy guarra. Aquiles dice siempre no sé qué de héroes clásicos y espejos y esperpentos y averigua si se lo ha inventado. Se chupa los dedos. Teletienda anunciando cuchillos.

Gusta más en las pelis, fumas unos pitillos y lo vives. Parece que vas tú en el coche,
y como sea en casa del gordo con el jomcinema ya flipas. Aquí tiemblas las piernas. Y me
estoy meando, ¡cagon tó! ¡Uffff, ahora parece que huele hasta más la marihuana de los
cojones!

Otra vez a casa de los abuelos. La discusión ha tomado protagonismo todo el desayuno. Andrómaca parecía una puta con esas tetas de mentira. Héctor saborea el café frío ya. Portazo en segunda planta. Parece que le quisiera meter la silicona al abuelo Príamo por la boca y asfixiarlo. Está chocheando el viejo. Ya sólo ve problemas por todos sitios. Y la abuela seguro que se quiere poner tetas también, la muy arpía. Por la ventana de la hercúlea cocina se ve al hijo diciendo adiós, rumbo al cole. Hay que revisar la cosecha. Héctor de pie localizando al gitano.

Control de tráfico. Aquiles conduce impaciente. Un agente le señala el arcén. Se aparta el gitano inmortal a un lado. Luces de emergencia.
– ¡Ey, Aquiles! ¿Qué pasa, hombre?
Rostro cansado de un tal López. Palmaditas de amistad impuesta.
– ¿No llevas nada, amigo? Con esta calor hasta la noche…
Mirada furtiva que atraviesa hombres. Aquiles disfraza su boca cariada con la defensa de la sonrisa.

– ¡No, mi arma! ¡Tá la cosa regulá! A vé si a la vuerta te traigo argo bueno, no viá tardá!
Pupilas brillantes. La pareja menea las mandíbulas. Uno va puestísimo.
-¡Vale, amigo! ¡Y ten cuidado, hay muchos controles hoy y con este carro das mucho
el cante!
Aquiles arranca. Ve como los hijos de perra comepollas se hacen diminutos en el retrovisor. Bajo su asiento la pipa permanece aletargada.

Andrómaca era tan frágil. Los bajos sonaban espléndidos. Te golpeaban el bajo vientre. Veía al tonto de Héctor en la pista disfrazado de colores cambiantes. El guardembrá hacía maravillas. Y a algún zorrón le había escuchado los gustos del riquito del pueblo. El padre era abogado. Ella quería follar dinero. Cara de sumisa y tímida. Luego sus pecas y el acné lo cambiaría por visones en el armario conyugal. El sí en el altar de un dios en quien no creía mucho era su venganza. Su humedad en la entrepierna se tragaría el falo de aquel tonto. En la clase Aquiles era el empollón; Héctor estudiaba para ser aprendiz. Aquél era pobre, éste tenía dinero…¡perfecto!

Aquiles siempre tiene respuestas. Dice cosas guapas, las debe leer en esos libros. Es muy zorro. Las lee y los esconde, para que nadie sepa de dónde las saca. En las fotos está fuerte, de cuando se cuidaba. Ahora sólo ronca, come y al tema. En fin, no parece que le preocupe mucho estar en forma. Patroclo busca en el cenicero alguna chusta. Versión patética de Gran Hermano en pantalla. Una tetuda impresionante arranca aplausos con su gilipollez. Aparta unas cajas vacías de comida basura Patroclo y se siente importante ojeando un libro que no comprende.

En el cole el gitano era un portento. En deportes el no va más. En el resto también. Daba grima su piel tostada y su voz de mierda recitando poemas de memoria. Ropa de mercadillo. Pero era el puto amo. Y ayudaba a los demás. Héctor, el cachas segundón. Guapo, deslumbrante, pero por debajo de Aquiles, en aquella clase caliente y apestosa de ventanales enormes a la nada. El riquito del pueblo iba para humanizar su ego. Todavía pizarra verde. Y tizas. Un cristo igual que el de las demás clases. Te acercabas y no tenía cara. Cuando había exámenes mirabas y era prodigioso ver al gitano. El resto o copiaba u
observantes en busca de auxilio. Héctor soñaba con ser el del diez. Y sobre todo que Aquiles fuera el del seis y medio.

After. Paris baila. Éxtasis paranoico. Trecientos beats de compás autómata. Rostros desvencijados. Copas mediadas. Botellas de agua anárquicas por todas partes. Se ven algunos trasnochados maduritos. Anfetas. Sonido abrumador que se mastica. Ganas de mear. Cola de servicio. Degradación colora asfixiante. En el pasillo de súbito la dulzura. Rubia deslumbrante. Perenne sonrisa. Venus de discoteca. Ojos color alma. Azules.
– ¿Cómo te llamas? No te he visto nunca por aquí.
Sorpresa agradable ante el trato del mortal. La diosa en flor.
– Helena.

Aquiles el de los pies ligeros es sorprendido desenvainando su arma homicida, aquélla que lo hará inmortal en su viaje a la dura batalla. Una vez el polvo blanco, pócima infalible en la espera atenta, penetra en las fosas nasales del héroe, guarda su poder mágico en algún lugar de la nave nodriza. Como apaciguado por Palas Atenea en su ira terrible espera a una perdida en su teléfono móvil. La nave presta al arranque moviéndose guiada por los dioses olímpicos del polígono industrial.