Publicado en Bienvenida a las armas

Obedience is coming

Tercer poemario, segunda parte de la trilogía “Bienvenida a las armas”.
Gracias a todos los que hacéis del mundo un sitio un poco mejor…

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Publicado en Bienvenida a las armas

Carabancheles

De los libros

sepultados, el cantiflear

de bares con fútbol,

guillotina.

Revoluciones a color

en los escaparates del mundo

ingenuo. Espaldas de una España

de Abeles, hacen guardia

con el arma encasquillada.

Un espantapájaros recita

de memoria con verso gangoso,

asustada cadencia,

y como a los niños amputados

a la magia, un aplauso atroz

rompe los cristales de librerías ciegas.

España es una unidad

donde carabancheles barrios

se barren bajo alfombras

de quienes respiran oro.

El buitre que come tu corazón

enseña en Youtube

a hacer torniquetes con una mordaza.

Rivera va a publicar sus mentiras,

en un libro a juego con las cortinas

de tu jaula.

Publicado en Escritos

Concertados

Cuando comenzaron a dilapidar dinero público en centros de enseñanza concertados nuestro primer impulso fue lanzarnos a la calle a lo de siempre, a creernos importantes por meter fuego en unos contenedores o tirar un peñosco contra un escudo policial. Luego se empezaron a acabar los tiempos de Universidad y tu c.v. estaba lleno de hazañas en batallas que no interesaban a casi nadie, ni siquiera a los viejos compañeros emigrados que encontrabas en redes sociales y que nunca mira uno. La crisis galopaba a un ritmo tan vertiginoso que muchos volvieron al placebo de las drogas fuertes y a los días de cerveza tras el curso para parados, todavía no de larga duración.

El sistema seguía privatizando a lo loco, apoyado por la falsa esperanza que tienen los ricos de hacerse inmortales y justificar así sus miserias. Algunos empezamos a quedarnos sin parienta, otros ni siquiera comían carne o pescado más que en festividades, los menos tenían un curro en un burguer que era codiciado como el elixir de la eterna juventud. Éramos personas con ingente cantidad de libros en la memoria y sin la más mínima respuesta ante el holocausto que llamaba a nuestras vidas, cegadas por un intento vano de progreso, tal como nos habían adoctrinado en el Sistema.

Llegó a ser tan desesperada la situación que cualquier tipo de encargo era válido para pagar la calefacción o el alquiler. Algunos no admitían prostituirse o robar ancianas, mas era sabido por todos y se admitió sin comentarios cínicos acerca de la moralidad de aquellos actos que se suponían pasajeros.

Los institutos y universidades empezaban a acudir por entonces al dios de la oferta y la demanda. Plagadas de individuos ultraderechistas acostumbrados al inflar de notas en sus colegios exclusivos, la oferta de estudios donde por unos nimios trabajos de copia y pega cogidos de la red se podían conseguir las titulaciones para fardar luego y ascender en la escalera social y conseguir incluso puestos de renombre en los partidos en los que se hallaban afiliados, atrajo a miles.

No recuerdo quiénes empezaron a vender algunos de estos trabajos por una cantidad ridícula. Todo consistió en matricularse a distancia, oferta suculenta pues no había ni siquiera que acudir a clase y luego añadirle unos euros más y la titulación brillaba en sus currículos de mentira y cuñadismo. Luego quizás en anuncios de la red, el boca a boca, buzoneo disimulado o vaya usted a saber cómo (las razones de la supervivencia son inescrutables), empezamos a ganar algo de dinero extra con tales métodos nada ortodoxos.

Poco a poco se oían comentarios de que nuestra maniqueas acciones estaban consiguiendo que cada vez fueran más imbéciles los poderosos, con medidas políticas tan absurdas como corta era la inteligencia desprendida. Nosotros empezamos a consumir, algunos una moto, otros a hurtadillas iban al burguer del barrio, otro hacía una apuesta deportiva pequeña. Instintivamente los que no se quisieron vender adquirieron más y más conocimiento, cada vez más cultos gracias al dinero de los que nos mandaban en todas las facetas de la vida.

Esa cultura nos condujo a introducir mensajes subliminales en los trabajos para así hacer dudar a los profesores que los leían. Fue casi sin querer: unas reseñas de algún escritor afectado por alguna doctrina filosófica dada, algún matemático cuya divulgación teórica se basaba en el trabajo anterior de otro genio de biografía aventurera. Años más tarde, y a medida que nuestro nivel de vida aumentó, nuestra sofisticación en la trama copió los métodos del fascismo al que se pretendía combatir, e incluso de los soviets, ¡para qué negarlo!, y el adoctrinamiento rayó el endiosamiento. Hubo muchos que vinieron a abrazar nuestra causa anarcosindicalista, los periódicos rezumaban sabor a utopía luego de ser panegíricos del poder liberal durante décadas, se notaba un malestar palpable cuando se tomaba la más mínima medida puramente thatcheriana, se empezaron a decretar leyes para salvar al planeta del tsunami bursátil.

Nosotros, en cambio, una especie de obreros cualificados para encauzar a los demás a la luz salvadora de nuestros ideales sociales y humanos, ya consumíamos sin ningún estigma moral. No era de repente extraño ver algún compañero con un automóvil nuevo última generación o el iPhone en las manos de quienes antes las llenaban de tratados con la luz del humanismo y la ciencia.

No tardaría mucho el nuevo esquema socializador en tacharnos de hipócritas e inmorales. Solo unos rezagados quedaban ya en la tesis más liberal del Sistema, a los que muchos de los nuestros no solo no combatían sino que empezaban a comprender. Una empatía conmovedora.

Por cierto, el mundo, como no podía ser menos, sigue girando. A pesar de los cambios de chaqueta, banderas que ondean y los saludos simbólicos entre iguales.

Publicado en Poemas

Descartes

El del espejo es más real.

La noche se manifiesta

cuando cierras ojos a la luz.

Los caminos se multiplican

cada vez que quieras aparcar.

Los mares tienen naufragios

e islas desiertas hipotecadas.

El del espejo hace el saludo fascista.

Te coge con desgana, esta vez.

Hay que gente que vuelve a la niñez

a quitar el bocadillo al empollón

de la clase.

El del espejo hace la ecuación

de Cuarto Reich. Su padre

habla con el director pecoso

y lo aprueban. Tú tienes envidia.

Llama Descartes a la puerta,

te escondes. La verdad asusta.

Publicado en Bienvenida a las armas

Los generales francos

Bailaremos también

cuando fusilen a los músicos.

Inventaremos la armonía

que no sepan seguir los generales

francos (sinceros no casa bien

con los imperativos).

La síncopa de la risa contagiosa

se derramará

por los pentagramas sabor cemento.

Cerrarán los bares y las iglesias,

los amaneceres y el amor,

pero nosotros seguiremos siendo,

felinos y descompasados

como las vidas vestidas de abrazos.

Bailaremos hasta que el deseo

levite sobre nuestro mirar

pausado. El mal aliento

y los ronquidos atacarán

nuestra melodía.

Somos la soberbia sonora

de los invencibles,

terroristas de su calma,

acordes con muchas tensiones

que no sabrán improvisar

sobre la belleza de nuestros muertos.

Bailaremos aún cuando

los compases sean sordos,

cuando los pies raíces

de prisioneros mudos y culpables,

cuando no haya manos para aplaudir.

Publicado en Bienvenida a las armas

Ars Amancio

Un tal Amancio que ama

lo que la muerte a la noche.

Un hombre hecho así mismo

como los terremotos a la calma.

Unos niños que tejen

con la madeja del laberinto,

sin risa ni beso en la frente;

el índice ovíparo del hada

señalando bondades ocultadas.

Una mafia de confetti ultra tormentas

de recio sabor pasodoble, leve

crueldad premiada con las dádivas

del reconocimiento inquisidor.

Un político que truca los dados,

un Ortega y ortigas al por mayor.

De atrezzo unas máquinas

para relojes biológicos. El amor

de Amancio. El arte de los nardos

con los horóscopos lógicos.

Santiago y abre España vestida

de Zara.

Publicado en Poemas

Me subí al bus

Me subí al bus

que lleva a ningún lado,

con los vasos del Burguer moribundos,

y restos de guerra adolescente

manchando la moral

(falsa como todo lo impuesto),

de grisáceos fantasmas

que mueren en la siguiente parada.

Obviamente no pago billete,

me cuelo como haré

en el paraíso de la religión de moda,

mártir al menos el día de canonización,

y viajo sin respetar embarazadas

o ancianos sin memoria.

Mis auriculares dejan asomar

la arenga de millonarios

cantantes asustados del verso,

fumo del enfado de los presentes,

y dejo entrever deseos lascivos

a doncellas ceñidas de reggaeton

e impostura que cruzan por las ventanas.

Me subí y seguiré subiendo

porque los rumbos premeditados y en cruz,

las vacaciones en todo incluido,

los partidos ganados sin bajar del bus,

las horas a evitar el tráfico que insulta,

los partes meteorológicos repetidos,

y la espera a la muerte puntual,

no van conmigo.

Publicado en Bienvenida a las armas

Pasaportes

Dejaremos pasar

a todos los que sueñen

sin sentido. Luego a los poetas

que no necesiten espejo ni ego.

Más tarde nos uniremos

a los que tiran fronteras

en sus acordes. Los genios

de las lámparas más bolladas,

los vientos que borren el amor rancio,

las tormentas silenciosas,

los cuentacuentos, las mamás

con regazo de recambio,

los indicios del beso, los abrazos

de cualquier talla, yo en día

de resurrección.

Dejaremos pasar a todo

el que tenga esperanza.

Veréis, por muchas noches

que arroje la corbata enojada,

con la luz del fuego infernal

donde ardan los pasaportes.

Publicado en Bienvenida a las armas

15-M

El 15-M
salieron a la vida manos con manicura
hecha. También manos cortadas
y amapolas mustias,
la mujer de la limpieza,
el gilipollas quita esperanzas
de alguna sucursal,
yo creyéndome decimonónico
y barricada del París sangriento.
Salimos en la tele. Nos hicimos
unos selfies y rapamos la cabeza
a la caspa. 
Salieron juglares de debajo
del asfalto y del cesto de la ropa por lavar.
¡Éramos tan cool! ¡Éramos tan revolución
como en las americanadas
que nadie ve! 
El poder se puso nervioso.
No hicieron gran cosa: nos dejaron
evolucionar. Fin.
Epílogo:
El 15-M, ¡qué tiempos aquellos!
Yo también estuve, derramándome
como la noche sobre las plazas 
donde crece el aburrimiento.
Águilas nacen en las bocas de la mentira. 

Publicado en Escritos

El sofá salmón (III)

Hacia la tarde no pudo despegarse del sofá. Carlos lo achacó a un amago de infarto, a los kilos que pesaban mucho más desde que Ana lo había dejado. Cerró los ojos e intentó no alarmarse. Cuando horas después se despertó sobresaltado sus piernas no tenían vellos. El salmón del sofá y sus extremidades eran el mismo. 

Ana regresó dos semanas más tarde. Entró temerosa de otro encontronazo, pero en el salón solo estaban el sofá y la tele encendida. Olía fatal en el fregadero, seguramente de restos podridos de comida basura. Quizás Carlos había decidido largarse también, pero conociéndolo como lo conocía desechó rápidamente tal idea. 

Esperó tendida en la cama a que apareciese. Con sueño atrasado de noches en vela consiguió dormir unas horas, hasta que gritos lejanos de auxilio la sobresaltaron. Parecían venir del salón donde su marido hipotecaba su juventud mientras veía estupideces en la caja tonta. Allí no había nadie. 

Días después llamó a la policía. O Carlos era un bastardo sin corazón, cosa impensable para ella, o le había sucedido algo mientras salía a comprar sus adictivas bazofias. No encontraron nada. Salió en televisión. Recolectaron dinero en un número de cuenta. Las hipótesis apuntaban a que quizás se había muerto de un ataque cardíaco y caído a algún lugar desconocido, a lo peor inhóspito . El olor de su cuerpo en descomposición no tardaría en alarmar al vecindario. 

Ana se quedó en casa de sus padres de nuevo mientras la policía vigilaba la entrada de la casa. Meses más tarde abandonaron tan extraña búsqueda: no faltaba dinero en sus cuentas, no encontraron cuerpo, nadie había visto a un gordo aquejado de alopecia por ningún lado. 

Tocaba regresar al mundo real. Ana entró en el piso. Cenó algo rápido en la cocina. Sus padres y amigos la agotaron a preguntas en el teléfono. Se sentó en el salón, tal como su marido solía hacer. La mujer de Carlos notó como el sofá , incómodo asiento donde los hubiera,  pedía ayuda. Descubrió en la lejana voz, mientras el terror se apoderaba de su ser, el timbre chillón de su orondo marido.