Publicado en Bienvenida a las armas

Caímos

Caímos en la trampa a sabiendas,

por océanos de saldo buceamos

y los sueños que paren las estrellas

creímos vislumbrarlos en los salmos.

Caímos en la senda del disparo

a bocajarro con tildes en lo oscuro,

y los muertos con hipo despertaron

sacando fusilados de los muros.

Caímos en la recta de las curvas,

derivadas de un ayer imperativo,

un sol que arrima, sutil, la bravura,

del canto asesino, exhortativo.

Caímos en el fin de los fantasmas

de rumbo ignorante y hedor negro,

en sonrisas que exigen besos a la nada,

en el morir de pie cayendo al agujero.

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En la Corte

En la Corte habitan sombras

que en las esquinas mean,

que en las cortinas polutan,

que al guapo pueblo bizquean.

En la Corte el Ibex ronca

del culpable sueño obrero,

y blasfema porque es horca

del vasallo fiel del miedo.

En la Corte de anchas mangas,

las cartas las truca el conserje,

y el reino al currela ladra,

lapidado por hereje.

En la Corte pesoísta,

jueces frótanse los falos,

calidad con buenas vistas

al mar donde nos pee el caos.

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Aire y cielo

Un guiño del mar,

la muerte asiente,

disonante noche

de aullidos; inmensidad.

Fútil emboscada,

el horror ciego,

hundida barca,

achicar del miedo.

¡Mira, niño mío

un destino borracho!

¡Estaremos a salvo

cuando olamos a lirios!

(Tenemos muchas ganas,

de andar sobre las aguas,

muchas ganas tenemos

de saber a aire y cielo.)

Un fruncir del mar,

el mal encocado,

legañas de sal,

amores ahogados.

Sordo pentagrama,

la corbata evita

rotos en la tonada

que la sombra aviva.

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Amor izquierdo

Un destino de segunda mano,

las mentiras de siempre,

un volcán respirando fiebre,

un amor a los dados.

Sobre la derrota, un rezo,

bajo el mar, el papel del barco,

encima el peso del cielo,

tras el reloj, sino amargo.

Hora con el espejo;

acné y ardor de caminante.

Pájaros malsonantes,

y un horizonte añejo.

Un destino de huérfana venta,

un amor de corbata,

un final feliz de tonada

fácil, ecuaciones quedas.

Sobre la memoria, eco

de visita, el regazo salobre,

bajo y encima y por dentro,

aritméticas del hombre.

Hora con el reflejo

del nadie, amor izquierdo.

Cazadores miopes,

el roncar del yo que os quiere…

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James Dean

La velocidad de James Dean

en el salón de tu casa,

vendaval de amargor feliz

y luego la cárcel de nada.

La quietud del guepardo

al acecho, carne de hada

en pupilas de diablo,

mandíbulas armadas.

Nariz huracán, primavera

en la noche, secuestro

del rebelde libre de sendas,

el adjetivo que faltó al no sueño.

Al Este del Edén, rumiante

del día en últimos adioses,

compás huérfano de amante,

piratas morreando a la noche.

¡Tan gigante jungla tartamuda,

que el mar busca en la fosa

del silencio! La risa desnuda

su artificio, amanecer que solloza…

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Hora de la siesta

Este aquí tiene el ceño tan fruncido.

La calma del verano encañona

los relojes culpables.

Sutiles coches de reguetón,

a la duermevela alertan,

se ajusticia con ponzoña de irrealidad.

Este aquí mira con la absolutez

de los infinitivos. Un silencio

de redonda vomita en los compases,

improvisan los pájaros invisibles

sobre acordes de imposibles

tensiones. Un niño naufraga

en brazos maternales, el mar

se despereza luego de ahogarte;

pone máscaras la muerte

a los reos. Gira el mundo,

ocultando su fragancia

al olfato de Dios.

Este aquí arrincona la niñez

y le regala oscuridad.

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Barba crecida

Primaveras

de barba crecida y olvido

paren dientes

que muerdan el amanecer

del amor de dos mitades.

Se patea al Uno;

en baberos de rabia,

tsunamis de Rosario edulcorados

vigilan con Dios en el gatillo.

El amor se desvanece en la voz

y sus ecos paridores de prosa.

¡Cuánto rostro encarado al sol,

ciegos deja los versos, raídas

las manos que tu ser moldean,

a los cuerpos vuelve piedra!

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Pain in the neck

Enésimo parte de guerra:

turistas kamikazes

devoran arena de playa

mientras se estriñe el tiempo atmosférico.

Fosilizadas mascarillas

rostros sin emoción recubren,

(todo rictus es un acto social),

y la mala leche erupciona

sus primeros dientes de ídem.

Se oye desprecio a la noche,

carcajadas que cabalgan apocalípticas

arrasando el alcohol de Mercadonas

y bochorno claustrofóbico.

El virus ha sido visto

juntando crema a doncellas casaderas

y saltándose semáforos en rojo.

Unos políticos de derechísimo olvido

a cantar cara al sol arengan,

cegando así la visión de las respuestas.

Usted no ha sido fichado por el Manchester United.

El virus por el equipo de la muerte,

como cizaña pain in the neck.

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Samuel

Les taparon los ojos a Dios.

Los magistrados del Juicio Final

empezaron a descomponerse.

Abrieron las ventanas del infierno.

Un frío gélido con aliento a alcohol

se abrigó con la muerte.

Ritmos de videojuego, en el atrás

de la pesadilla, al universo

dejaron con el destino en la boca.

Golpes sin adjetivos en el mar

de la antesala, colmillos en la flor

marchita, quizá un brazo en alto,

el empacho de la aurora.

Un show de teleodio, el terror

blanqueado de invisibles jaurías

robó al amor la cartera

«¡Maricón, maricón, maricón…!»

el eco repetía a eternos beats

por asesinato. La mierda

aplaudió su perfume, vil

cual vía crucis de rabiosos perros.

La oscuridad lanza su galletita,

el periodista menea su colita,

Samuel apostó su vida al negro.

Salió rojo sangre, y los amasadores

de odio alimentan tu ceguera

mientras adiestran tu hambre.