Publicado en Naima

Te llevaré el mar

Te llevaré el mar

asido de mis camaleónicos versos,

niña que asesinó por mí

los relojes. Te regalaré

las mismas olas

que arrastraron nuestra risa,

las auroras del cuento sin fin.

Te naceré para que gatees

en mi no tiempo,

niña de aire,

brújula en este lado del paraíso.

Te llevaré el mar para que salves

náufragos,

para que seas naufragio

en la mediocridad, mi faro,

el adagio

cuando la muerte quiera allegro.

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Condenado

Me condenaron al tiempo,

quizás a la calma de los días sedados.

Un espejo me persigue

escupiendo canas en mi pueril

cadencia.

Sé que debe de haber formas

de andar por los mares azucarados,

de no hipotecarse las sonrisas,

de nadar sin salpicar a los ahogados.

Pregunto a quien me imita

recordándome los appointments

con fabricantes de alas y vendedores

de la verdad en fascículos. Es muy cruel

llevar reloj y tomar pastillas

contra la niñez

y ser inmune a la oscuridad.

Publicado en Poemas

El Cuartillo

Los partidos de “El Cuartillo”

con “Elio” y Pedro ” el de la Corneta”

eran la niñez en chocolate

y rodillas acolchadas de inocencia.

Hasta la hora de clase

un estadio entero aplaudía las gestas

en el campo sembrado de piedras taciturnas.

Alguna niña se apuntaba con sus coletas 

y manitas menudas. Jugábamos 

empachados de risas, con el cielo más azul

y las caries de la vida adulta adormecidas.

Algún verso latente se me escapó 

al entonces amor de mis vidas en pantalón corto.

Gritaba alguna madre la hora de cambiar al nosotros

escolar; entre

el campo que observaba peinando

la infancia con monstruos y brujos

de un ojo solo, algunas cabras cruzaban,

mirándonos cómplices. Soñaba 

con colar el gol absoluto,

ser Ulises 31, también Enid Blyton

y que Georgina me diera las gracias

por llamarle George.

Algún perro ladraba todo el rato por la muerte

de un vecino. Unas latas volaban

alrededor de los fantasmas

que nos acariciaban…

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Ángeles

Hablamos de una época

en que fuimos ángeles con tarjeta de residencia.

Nos salían pétalos por las mañanas

del solsticio encaramado 

a ojear al amor en las trincheras

de enfrente. Dolía

el sol reflejado soberbio 

en el asfalto y discutíamos las tendencias

de la vanguardia lejana. Nos peinábamos

las alas con la ingenuidad

del becario que aprobó la niñez,

y en los primeros precipicios

los accidentes del volar sin control

ni cruz. Recuerdo

la quevediana sorna ante lo soez

de las españas eternizadas.También

nuestros libros de culto enterrados

hasta el resucitar de septiembre.

Luego, lo habitual,

un hueco en la memoria, alguno

de la pandilla en la ruleta rusa de los esponsales

y coincidir a charlar de los años perdidos

creciendo a toda velocidad, 

de los hijos haciendo de nosotros

acordes al adoctrinamiento de moda,

quizás por el alcohol contar un chiste verde,

convertidos ya irreverentes en nuestros padres,

señal inequívoca de qué nos echó del Cielo.

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Mareas

Encallado el barco.

Naima en mareas bajas.

Olas tartamudas rompen nuestro abrazo.

Mi yo acebuche clama

en distorsiones de árbol 

a las cascadas de espejismo y judas.

El alba

hace girar la rueca

de la duda. Naima en marea alta.

Unos jinetes sin alma

pasan a cuchillo las lenguas

que hablan 

en verso. Naima se hace adulta.

Mis anclas mohosas 

se maquillan de sombra.

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Plaza de la niñez

Me he sentado 

en el regazo de mis recuerdos.

A veces

demasiado aterciopelados del no usar,

otras empolvados bajo el yugo sin escrúpulos

del tiempo incólume y manco.

Me he sentado con la invisibilidad

de mi edad adulta, en la plaza

del ayuntamiento taciturno, los quioscos

asomados a cazar infancias,

los naranjos adormecidos

vestidos de primavera protectora. En “La Parrala”

goles de Butrageño, humo de cigarros

ochenteros, niños a la piola 

contra el muro blanquecino del mercado de abastos,

fútbol de naranjas con Aguadulce 

como césped. El reloj de la plaza tardaría aún

en medir el crescendo de la tarde de domingos.

Mi yo niño me mira unos segundos; 

se funde luego en el rojo y blanco

de las lozas del pueblo.

En el reflejo del anochecer

no encuentro aliado: soy el fantasma,

la nota discordante en la armonía.

Vivíamos en sueños de pajarillos

cantores, con los ojos llenos aún

de casas caleadas. Me despide

el pasado. Marcho con los pies

hablantes

y mi ser revestido de inmortalidad…

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Evaristo

La vida armonizada por las chicharras

de la siesta. Caleadas casas

sonoras del verano seco. Aguadulce

meciéndose en la ruleta del destino.

El ángel de la guarda que cabeceó,

dormitando melodías. Un tren 

roncó

con la velocidad de la noche.

Evaristo se fue a donde es ninguna parte,

polizón trágico en dados trucados

por la muerte rala. Enmudecimos

y flotamos ahogados en el silencio.

Evaristo fue eco, manos

de la reencarnación de la música.

Nos hicimos grises aquel verano.

Arco iris nos mandó Evaristo

y nos coloreó de jazmín y azucena,

marchitó las amapolas de las vías

a la eternidad insondable…

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Nogales

En la calle “enmedio” 

de mi niñez eterna huele a dulces

de Arcadio Nogales. La tita Natalia

nos hacía de hada madrina,

el sonreír glotón vislumbraba

el calor del horno afable, las cremas

que maquillaran la vida en azúcar

y abrazos de la gente que aún se hablaba.

La casa enorme, el pelo blanco del patriarca,

la tita regalando en estraperlo,

la risa de su mamá ante el alboroto

de aquellas celebraciones

al compás del estar vivo. Los almanaques 

de santos y vírgenes que observaban

nuestros secretos. Voy,

ahora que la realidad es más insomne,

con los ojos mudos y las manos

ahogadas a que me hablen los pasteles,

a tierra firme, en la dimensión

de la gente que dulcificaba

destinos errantes en tonalidad mayor…

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Si…

Si caes al precipicio, Naima,

yo soy precipicio mullido, si arde

tu jugar, yo soy agua,

el viento de Pandoras al rescate,

si lloras,

soy pañuelo y florecer.

Si creces,

soy castillo derruido, torre

en escombros que jamás

sean cárcel…

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El Salao

Nuestro era 

el puente sobre “el Salao”.

Un mundo que los aprendices del vivir

decorábamos de misterio y fantasmas,

dormitaba entre los juncos, acechaba

entre las piedras muertas. Y la algarabía

de mosqueteros descendía en los veranos

a encontrar el santo grial tras la piscina.

Ímpetu romano, al frente,

las guasas infinitas de las rodillas

aún no dobladas, los jilgueros

cuales ángeles en guarda,

el río impío, nuestros yoes

multiplicados en la pandilla invencible…

El horizonte andalusí observando

la adolescencia al galope

de la risa contagiosa, el solsticio

amarillento en los terrones moribundos.

El agua imperturbable, siempre el agua,

desde los primeros homínidos

que habitaban nuestro ansia

de aventura, nuestras vidas consagrando

más paisajes, en el Aguadulce

aletargado, de la tarde

prisionero, de las pupilas el recuerdo…