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Canto VII: Batalla interruptus.

Cuando se levanta de recoger la moneda caída para el tabaco, al lado está la divinidad. Se observan. Se huelen desde la compostura. Menelao habla en la barra de ese bar de segunda donde vive gente de segunda y donde Paris es el apuesto chaval de los de primera. Pero es un buen tipo. Y drogadicto malsonante entre cocainómanos de alta alcurnia. Fracasado en el laberinto de los libros. Segundón rebelde que se relaciona a base de favores cuasi religiosos con los de peldaños más abajo. Helena lo petrifica, lo lleva al agujero negro que conduce a su universo paralelo y se quedan allí deleitando el saber soberbio de lo inescrutable. Es lo que en las pelis cuando se ponen a mirarse, pues lo mismo. Allí la gente fuma dentro. Paris enciende un cigarrillo que lo devuelva del éxtasis.
Menelao agarra por el cuello a alguien de la barra. Se envalentona con alcohol. Tumulto de gente. Voces, palabrotas. Parafernalia de machotes cabríos arremetiendo medio borrachuzos,parte del ciclo vital. Roce de dedos de diosa sobre labios de niñato en chándal jijopero.

Horas de espera indigestas. Patroclo mira a Aquiles. El gordo ríe leyendo. Fuera ruido de autos presuntuosos. Humo sabor a hachís.
– Algún día quiero ir de vacaciones a un sitio chulo- musita el joven. Al minuto no recuerda haberlo dicho. No obstante sigue- cuando “haiga” pelas, claro…

Aquiles encuentra divertido el contexto.
– Iremos a hincharnos de todo…

La cara de Patroclo reclama la cultura abismal de su héroe para localizar ese paradisíaco Gomorra.
– Existe un sitio donde te haces inmortal…
Calada para transportarse a tan deslumbrante lugar. Equivale a pregunta curiosa.
– Me refiero a la Laguna Estigia, mi madre me llevó allí y me hizo inmortal.Ojos rojizo de porrero. Aquiles ríe en la sutil ironía no apta para barrios supermercados de la Europa nocturna. Patroclo sueña con mujeres de ensueño, desnudas alrededor de su virilidad.

Noche de tormenta. O no. Cruz de luces entrando en fortín simulado de mansión. Coche caro, gente abollada dentro. Tumulto de guardianes que apestan a hampa.

Arriba, corriendo cortinas, Helena acierta a discernir otra noche en la pesadilla. Cansa que el supuesto amor la haga chocar siempre contra las puertas. Menelao ama a lo bestia. Se sabía mueble caro la diosa rubia. Hasta que un día el animal sepultado en coca descubrió la llave a su entrepierna en su fuerza bruta lóbrega. Efectos secundarios de un odio ensimismado en disfraces de codicia. Ruido de pasos acercándose a la escalera. El mensajero anuncia:
– Señora, ¡han malherido a su esposo!
La diosa rubia hace uso de artimañas féminas y coloca en su rostro máscara de preocupación.

Otra mujer asomada a la ventana. Andrómaca vigila desde la torre de marfil a un Héctor en derredor de sí despotricando al Iphone. Sus tetas de goma delatan ansiedad. El no saber cual mujer de otra época la enraíza en su semiesclavitud. El espejo exuberante de luz devuelve una belleza fantasmal.

Hacía mucho que no contemplaba el horizonte. Está limpio. Vacío de nubes. Se siente princesa custodiada bajo llave. Y sabe que jamás saltará al precipicio de enfrentarse a un marido drogadicto y manipulador. Jolgorio de hijo con compañeros de cole privado y criada regañando. La princesa agradece el ruido, asintiendo con la sonrisa de los ojos. Héctor, abajo, se ha esfumado.
Los brazos argénteos de Aquiles, hijo de Tetis, se compenetran hercúleos con el timón de la nave de casi 500 caballos. Los ojos del inmortal irradian un odio inusitado que su pócima agudiza. Atardecer en lontananza mientras recorre el trayecto insuperable desde su barrio de gitanos al fortín de Héctor. La venganza refuerza el placer de acelerar sabiéndose incurso en la muerte de Patroclo. Antes, desde un número desconocido ha cazado al cacique que balbuceaba suplicando. Estás muerto le anuncia al aprendiz de terrateniente. El bip, bip, bip le sirven para oír al coro griego en el capítulo final de tragedia.

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Canto VI: cocainómano y esposa

A Agamenón la soledad lo mastica. Se sienta en su sofá y ve televisión con subtítulos para no molestar. Está indigesto, sigue gordo. A veces aparece su país en pantalla.Desfigurados. La patria y él mismo. En este estercolero de país donde ha hecho carrera todo es droga. Como su barrio de nacimiento. Como en su drogadicta soledad cocainómana e insulsa vida de gánster. No es el Padrino como Menelao. Ni siquiera rico. Podría haber armado las lagunas de su mente en un orden adecuado para engañarse con recuerdos felices. Pero ha habido demasiada puta en su vacío. La soledad vuelve a la gente vaga. Ese Aquiles gitano tiene dos cojones gordísimos. No aguanta su rostro sereno e impávido. Es imposible leer su grado de miedo. Y los seres humanos tienen todos miedos. A él mismo le temen. Y él mismo tiene miedo a que dejen de tenerle miedo.Su envejecida mujer lo reclama para la cena en el día libre del servicio. Tonos a ginebra en la voz quemada.

¿De verdad no quieres más? No necesita contestar con palabras. Briseide mira al hombre y queda maravillada de los arrumacos de un ser humano. Ojos color alma. Alma grande. Aquiles es un impostor, narco para otros, poeta para ella, brasilera disfrazada de femme fatal. El gitano sigue comiendo. Se sabe cómico y se deja contemplar.
-Se había olvidado en mía cabeza- musita la prostituta. Al menos él parece esperar a que siga. Todo es trascendente.
– No recordaba que el amor era así – Ella se olvida que es puta poligonera. Él que es un gordo gitano esforzándose por agradar.
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Patroclo sale despedido por la luna delantera tras un violento choque con un semáforo. Su carro de mil batallas protagonizadas por su caro Aquiles queda reducido a metamorfosis de muerte. Sonidos sepulcrales. Envites de luces de policías que llegan e imaginan la colisión terrible. Problemas de ansiedad entre testigos fortuitos que vieron volar el cuerpo. Golpe de la mortalidad al caer contra la calzada acompañado de cristal en mil pedazos. En los bares cercanos anuncios de consumismo enfermizo. Quizás alguien que se
atreve a clamar con sorpresa ante un finado. Gente que quisiera que hubiera espejos que los reflejara radiantes.
Héctor despierta de un sobresalto. El fátum ha reclamado su trofeo. Andrómaca respira vio-lenta, casi ronca al otro lado de la cama. Algo ha pasado.

Salón comedor. Amplitud espacial. Muebles de paletos. Caros, pero de paletos. Somos casi una familia nobiliaria. Éso dice el abuelo. Y la arpía de la abuela, la muy puta. Andrómaca compite con las venus horteras que hay modo de refrito clásico en algún rincón. Espejo también en algún muro para contemplar sus tetas nuevas. A veces en el café el viejo chocho es atrapado mirándolas de reojo en ese reflejo hipócrita, visión de lo que se
quiere ocultar y ventanales grandes para que el vulgo que pase por aquellas tierras los admire en su olimpo privado.

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Canto V: Principalia narco

Puertas arrogantes bostezan poco a poco permitiendo al héroe gitano ser
engullido en su raudo corcel. Nuevamente lenguas de los confines de la Tierra hablan los
esbirros que desmontan la nave para obtener el oro herbóreo. Agamenón espera ya arriba y el rumano está a punto de hacer la entrada. Aquiles respira pausado, sintiéndose libre. Sus
indomables brazos ayudan a subir la mercancía mientras recuerda su cita con Briseide. Fue
un bocazas presumido haciendo alarde de saberse culto. Quizás la chica se aburriera. Pero
tenía un rostro sereno que transmitía extrañeza ante el intento de felicidad. No es hora de la
dicha, si no de la batalla. El ascensor se abre y entra en el ágora donde esperan el cliente
nuevo junto a Agamenón y la desconcertante por insólita presencia de Príamo. El linaje del
anciano cada vez más poderoso.

Héctor odia la gran urbe. Está en hotel de siempre. Tenía feria agrícola en el norte, había dicho. Por la ventana ataca un vendaval de ruidos ininteligibles. Es como cuando habla con esos prepotentes. Se creen que mandan por salir en la tele. No parecen entender que son marionetas rellenas de golosinas.
Auricular del deseo:
– Mándame a Iris.
Mirada embalsamada al televisor. Retazos de peli. Bazofia de acción americana.
Anochece sin casi avisar. La tenue luz en la mesita ensordece cuando nudillos de mujer gol-
pean la puerta. Un varonil Héctor abre. Iris fabulosa, enfundada en traje fucsia. Héctor pregunta con los ojos.
– Los de arriba ya sabes cómo son. Hay elecciones y quieren carnaza- declara
taxativa, abandonando el abrigo a su suerte.
El amanecer es una sensación reconfortante. Aquiles da caladas asíncronas con su brazo apoyado en la ventanilla del auto. Confusión de recuerdos. Sabor en su lengua al
café de hace diez minutos. Las putas van apareciendo en el polígono. Escenario de vida
salvaje y mordaz. Hay negratas casi sepultados del oro en sus torsos semidesnudos. Cuando
iba a la Facultad era divertido salir de juerga con el facha de Héctor. Estudiaba ingeniería y el
vicio era sustancia en él. Vendía sin consideración en las fiestas. Cuando aquella noche lo
increparon y sacaron navajas los dos gilipollas que se atrevieron comprobaron la fuerza
descomunal de un Aquiles criado en el acantilado de la vida. Héctor temblaba, dio las gracias
regalándole un speed. Cuando despertó a la tarde siguiente con pijama de resaca creyó
haberlo soñado. Supuso que el espejo del armario de donde sacaba los disfraces de ser
superior le devolvería las respuestas.

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Canto IV

Briseide no habla español bien. Ella es zamba y estrellas. Cuerpo enjuto,
bien proporcionado. Oye las palabras de Aquiles y le saben a magia. Hombre guapo. Hombre bueno. La llama por su nombre. Le hace recordar que es persona. Que no es un coño maquillado solamente. Una vez le pagó y la llevó al cine. Peli rara. Aquiles se emocionó. No recordaba que los hombres son seres humanos. De donde ella viene las mujeres son esclavas. O limpian o follan.O ambas cosas.

patrocloRecién afeitado. Patroclo atisba entre neblinas de vapor la eterna juventud.
El espejo guiña orgulloso. Se alimentaba sin ganas y Héctor le ha servido el suculento postre. Le ha llamado para encargarle un trabajo, bueno, aunque se piensa que es Aquiles, que se va a enterar y va a estar feliz de que no es un cero a la izquierda. Héctor dio instrucciones . Patroclo irá en coche, sin dar el cante. Ha ido antes allí, no hay problema. Es un tío legal, lo va a hacer bien. No te preocupes, Héctor.

La mafia china es como un huracán que soplara en contrarias direcciones.
Los italianos en cambio mueven sus mercancías respetando las reglas y rinden cuentas a loss dioses del Olimpo. Ulises siempre convence a todas las tribus que acuden prestas a descuartizarse mutuamente por el elixir que emana de tan suculento botín. Las armas y los poseedores de éstas deben guardar silencio de exánimes para que el consenso haga presencia y en el reparto de ganancias las manos del Zeus que mueve el Cosmos apenas se alteren y las órbitas celestes sigan su curso por siempre. Ulises es respetado por todos en esas reuniones tribales donde su cetro acaba con trifulcas infantiles. Agamenón es también gran jefezuelo, venido de fuera. Arenga a todos en la lucha que los mantiene eternamente ricos para que puedan seguir con la gula de mansiones, ropa de señores y cochazos de alta gama. En ninguna mansión hay un solo libro. Ulises es jefe de policía a punto de jubilarse. Agamenón, Menelao y tantos otros seres sin infancia. En conjunto, sudan hedor de dinero criminal en la creencia de ser el perfume que les traerá el abrazo del amor. Héctor y Príamo son ventrílocuos que dan de comer a cientos de familias en zonas paupérrimas al sur del mundo, donde empacha comer tesoros.

Helena se despierta. La inmensa habitación la contempla en su turbador regreso. Menelao no está. Corre las cortinas. El sol le tiene envidia y se oculta. Nublado pasajero.Su camisón sedoso deja entrever un cuerpo escultural que cubre un alma nunca satisfecha. Recuerdos de cuando dejó de ser virgen. El espejismo de la memoria devuelven una sonrisa ya lapidada de niña, cuando un padre borracho le pasaba la lengua por la espalda. Repentinamente le viene la imagen de ese joven que vio otra vez en la boda, y su alma en descontrol ruboriza sus mejillas divinas.

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Canto III: Los colegas y Helena la zorra

Héctor el taciturno pierde los estribos. Golpea la mesa con el puño. Gemelo dorado y Rólex en su muñeca hercúlea. Ceño fruncido. La limpiadora intenta pasar desapercibida disimulando ser un objeto más del escueto despacho.
Paris al fin al otro lado, en su mundo paralelo.
– ¿Hola?
Respirar nauseabundo de un Héctor encocado.

  • Noestabaelmovilconvolumenymeacabodedarcuenta…

Voz de ultratumba. Dolor de mandíbula. Sensación de sueño en tres dimensiones. Héctor comprende y renuncia. Va a empalar a ese niñato marica cualquier día. Así jode también a la vieja que comparten ambos como madre.

Aquiles el de los pies ligeros paseaba con orgullo su cuerpo de gitano por
los pasillos de la Facultad como si repitiera la acción desde el principio de los tiempos. Joven,formidable, nervioso a ratos ante féminas imposibles para otros rivales. Cargaba con su corpórea extravagancia y su deseo de ser fusionado por la poesía de los clásicos. El saber pareciera blanquear su tez ennegrecida. Pelo corto y renuncia a su bagaje en un disimulador disfraz que subrayaba su belleza deslumbradora. En las candelas de las noches gitanas del perenne verano sumergía a los presentes en las profundidades de la vida con exhortaciones de
tonos místicos. Como su raza, como su extirpe. Y el precio a tanta seguridad venía de sus infiernos. Se confesaba ante el espejo de piso de estudiante. Decía: gitano. Y el espejo contestaba: narco. Y si el decía: narco, el espejo contestaba: gitano. En la cama de amar tantas mujeres comenzó a pensarse obeso punto fluorescente inmune al desprecio de los puntos invisibles del Cosmos.

Príamo parecía envejecer antes que el tiempo. Tez rosada. Surcos subrayados, soportes vivos del blanquecino deambular de su melena corta, balcones de su
señorial refugio desde donde quisiera arengar a la tropa. Perdidos del desgaste entre libros de Derecho, el reyezuelo terrateniente lidiaba contra sus hijos. Pero el Imperio había tomado nuevos amaneceres como estandarte. En los falseados libros de cuentas Héctor era actor y director. Jamás se atrevió a a dirigirle un reproche porque comprendió en su solsticio nevado que no debía haber juventud sin la extrema velocidad del vértigo.
Llaman. Su inaudible tono pasa inadvertido. Entra Héctor, general de soldados de ultratumba. Gomina, buen olor. Inmortalidad de hombre de hechos. Mirada silenciosa e impaciente que respetan sus canas.

  • Hecho- masculla impertérrito al joven.
    Sonrisas. Héctor sintiéndose señor de mil destinos. El anciano es sinfonía, consonante con la dicha del cetro de poder.

Boda. Lugar de banquete. Camareros mal pagados que sonríen. Mujeres
disfrazadas de avestruz. Sombreros carnavalescos. Hombres grises y resacosos. Paris con una amiga. Le soba la pierna. Mirar nervioso de gente de aldea. Cruce
cómplice de cocainómanos medianamente puestos. Brindis por los novios. Gente en coro de pie gritando buenas nuevas.En un otear en busca de camellos Paris se reencarna en esclavo de la diosa. Helena sempiterna. Sonrisa ruborizada y ojos a la nada. Vuelta a la boda, como pollos engordando.
Retraso en el menú. Vacío existencial que que conduce al servicio. Tres lonchas en la cisterna.
– ¡La he visto, tío, está aquí!
Inspiración. Agujero negro atravesado.
– ???
– ¡La que te dije, joder, me he enamorado!
Fuera entonan himnos futboleros. La coca tiene presencia.
– ¡A ver si esta es la buena, Paris!
Mohín de mandíbulas con ojos.

Menelao era un aprendiz de chico malo. En su obra de teatro personal
hubiera quedado desenfocado en un lateral sin tanta mala leche. Y aprendió retroalimentado de esta circunstancia a permanecer taciturno y al acecho. Era un aprendiz de muchas cosas a la vez que descubría el placer de parecer poderoso. Y vivía, pareciera, ensayando su rictus de ser astuto. Amaba a Brando. Lo imitaba. Quería ser el Padrino. Llovía siempre en su ciudad igual a todas las ciudades de todos esos países centroeuropeos mitad nublados y mitad mitológicos. Su barrio era escuela de la vida subsidiada y poblada de mujeres patriarcales y hombres alcoholizados de muerte.
Entonces, en un prostíbulo, apareció el ángel rubio. Se llamaba Helena, diosa del Este. Como no había aprendido a amar la colmó a base de ofrendas. Ella había vivido buceando en mares de gargajos y en su nuevo vestuario de señora creyó encontrar aire. Menelao tenía un hermano, Agamenón, que movía hilos. Sin preguntas. Sin ánimo a las respuestas. Un par de heridos, quizás un cuerpo sin alma en un canal y Helena, por fin, durmió durante las noches.
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Canto II: El no sueño y Agamenón

Piso macilento de extrarradio. Cochazos van y vienen. Flamenquito
basura que se acerca y aleja. Alguna gitana acorazada por delantal manchado vocifera con vecinas. Risas. Felicidad entre jeringuillas abandonadas. Umbral de piso de Patroclo. Aquiles abre. Restos de infelicidad. Desde dentro alguien habla en la caja tonta. Olor nauseabundo a marihuana. Neblina. Restos de infelicidad, pero no de piso de soltero alcoholizado. Patroclo tirado sobre la mesa. Cuerpo y mente en la derrota de restos de infelicidad.

Polígono. Putas babeantes. Basofia alrededor de contenedores. Olor a óxido. Puertas cerradas y oscuridad acercándose. En su caballo alado, Aquiles aparcando en doble fila. Fosas nasales acicaladas en el retrovisor donde no cabe la papada de gordo. Ritmo trepidante en el interior. Rumanos con mala hostia junto a negros azabaches con acentos vomitivos. Ropa deportiva cara. Coches caros y cocacamión. Agamenón en una esquina en círculos ordenando desde móvil. Mueve mandíbula nervioso. Debe de ser holandés o alemán.
En inglés, le grita al conductor del trailer. Desde dentro la droga con su extenuante olor.
– 20 kilos dijo Héctor; ahora te lo colocan, Aquiles. Tranquilo. Es hierba.
Mirada de pupilas espantadas. Aquiles evita contacto visual. Entrega las llaves a un negro y en silencio se dirige a la cocina por café. Rutina. Con las puertas cerradas la nave industrial parece infranqueable. Dos esclavos colocan todo fieles a la cadena fabril.

Héctor era muy madrero. Más bien buscaba una madre. La suya propia era demasiado bruja. Caía en las redes de Andrómaca con solo enseñarle las bragas. A
ella le ponía aquel potrillo que se pensaba bronco e indócil. Iba siempre arregladito el muy paleto. Engominado, acento imposible, camisas como la de su padre…Guardaba su secreto de aprendiz de machote demasiado rápido. Tenía buena lengua después de todo. Era demasiado fácil. Como mujer solamente hipotecar la entrepierna a aquella lenguita y ya. ¿Hablar? ¿Para, y de qué?Del tiempo, que si qué malo es no sé quién jugando a la pelota, que si vamos a la playa este finde…Luego venía bien ser invitada siempre, había más dinero entre semana
para acudir a conciertos en la capital y descansar en casa en horas de clase. Total, aquellos carcas catedráticos resultaban patéticos con sus ademanes pseudoprogres y su lenguaje anquilosado.

El hijo de Peleo acomoda el asiento de nuevo al volumen de su panza oronda. Mirada enfermiza a sus fosas nasales que no evitan el hedor herbóreo y la nave
arranca flanqueada por el cabronazo de Agamenón y un puto rumano detrás. Los confines de la noche y las tinieblas se surcan desde la nave colosal atento sólo al móvil que descansa al lado de su corazón indómito.
Héctor desde su olímpico hogar implora a Príamo una llamada a los de arriba para asegurar el éxito de la empresa en marcha. Fuera remordimientos y moralidad. Aquiles es vigilado desde todas partes mientras impávido y temerario coloca sus argénteas manos sobre el timón de su destino heroico. Héctor es poco a poco el capitalista con más poder en el podrido imperio.

Bar. Música mala de fondo. Rostro de hijo de perra culto. Las canas esconden nerviosismo. Sintomáticamente es observado a ratos. Café solo, humeante. Bebe con moderación. Entra un forastero. El barman señala al viejo abogado con rictus indiferente. Nota el miedo en el joven.
– ¿Usted es Pgíamó?
Acento francés. El anciano asiente con la cabeza.
– ¿Podemós hablar en privadó?
Se levanta Príamo. Toma dirección a una puerta. Movimientos maquinales. Muy estudiados. Nadie mira, futboladictos de la enorme pantalla. Ruido de billar asincopado.

De niño Patroclo era enclenque. Recuerda a su querido Aquiles. Deslumbrante. Imponente. Nadie le hacía sombra. Poderoso gitano. Envidia del último curso.
Patroclo no tenía problemas. Los payos no le decían gitano como a los otros. Aquiles era terrible en la venganza. Había algo en él que le hacía líder descomunal. Atlético, fuerte. Y listo y solitario. Era el amo el tío, recuerda Patroclo sintiéndose protagonista de su propia poca fe en sí mismo. Hay que empezar a hacer algo. Aquiles se sentirá orgulloso.

Las fogatas iluminan la noche en el descampado donde acaba la ciudad.
Entre los pisos hay ganas de fiesta, y las litronas y el vino acompañan la barbacoa que regala el bueno de Aquiles. El héroe sonríe. Mujeres mayores le hablan agradecidas mientras el jolgorio y la algarabía del flamenco en éxtasis se desperezan. Las palmas ensalzan al Dios Todopoderoso entre los chiquillos que medio desnudos dan rienda a la imaginación inocente aún. Tetis, madre de Aquiles acude presta a su retoño al sentirlo pensativo.

  • ¡Hijo!¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas…
    Peleo con sombrero de calé anciano se apoya en un dubitativo bastón que hace mucho abandonó el liderazgo. Se acerca parsimonioso a su descendiente. La madre continúa sabia.
  • ¡Ay, hijo mío! ¿Por qué no te he criado, si en hora aciaga te di la luz?¡Ojalá hubieras seguido tus estudios, ya que tu vida entre los payos ha de ser de no larga duración!
    Aquiles habla con los ojos. No necesita palabras para mostrar su corazón desgarrado. Arropado y oculto por la música, cuenta cómo conoció a Briseide, brasileña prostituta que no se rió de su obesidad. Cree que Agamenón se ha encargado de eliminarla para así mantenerlo firme y sin fisuras en los negocios sin retorno. El hijo de Peleo mira al frente con ojos de mar, la ira adueñándose de su calma. En la nave, su pistola escondida está presta a despertar del letargo.
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Canto I: la coca y la muerte

Calle céntrica. Cualquier ciudad. Nubes de otoño. Quizás alguna llovizna. Alguna
puta demacrada alumbrada por el amanecer grisáceo. Los comercios se desperezan poco a poco. Alguna radio narra sus verdades del día. Hedor a café y autómatas esperando bus. De pronto sirenas. Colorido de lo que se supone un automóvil. Policías persiguiendo. Rugir de novedad. Gente agolpada en cristaleras de bares. Deseo callado de poder ser el delincuente. Más sirenas. Alguna vieja solitaria atiborra el pensamiento con salir guapa en las noticias, inventando haber visto algo. Náuseas de cigarro matinal y sabor a anís. Luego silencio. Coros de tragedia griega alimentando el fátum.

Casa de Patroclo. El puto gordo dormido. Como siempre, piensa Héctor. Restos de pizzas baratas. Folletos de partidos romanticones. Héctor suda, la línea ha hecho mella, sabor que baja corpulento hasta el estómago. No hay donde sentarse. ¡Putos gitanos guarros! Restos de tabaco alrededor de caja tonta que narra porquerías de cuatro aprendices de puta en minifalda. Patroclo absorto. Acné juvenil. Pareciera que se fuera a masturbar en cualquier momento. Mesa preñadísima de vasos sucios y periódicos gratuitos. Cola sin gas abierta, tótem a la vagancia extrema.

Cuerpo de mujer escultural entre embozos. Habitación rural de mucho dinero. Entre rendijas de persiana sol persistente y pesado, inmune al sopor del interior. Héctor sentado en el borde de la cama. Abismos en su cansancio. Mirar sin ver hacia los pechos de Andrómaca. Ya no sacian su sed. Lo de anoche fue para olvidar, otro gatillazo. Las erecciones no son como en otras épocas. Ni las ganas. Ni la premura. A veces la arrogancia da risa ante el espejo donde la mujer se disfraza de femme fatal. Debe de haber quedado algo en el bolsillo de la chaqueta. Cual espantapájaros permanece sobre silla solitaria. En breve llorará el niño. Ya acudirá la sirvienta. Seguro que es otra putita comunista. ¡Pero tiene ese culo tan prieto al tacto de su mano!

Un Aquiles majestuoso en su inmortal belleza se lanza temerario al fragor de la batalla. A través del mensaje explícito de los dioses del Olimpo que miman su destino, el héroe pone en marcha sus artes bélicas cabalgando hacia los infiernos tenebrosos. Teléfono chino. Manos embadurnadas en pizza o burguer. ¡ Cagon dios la mierda ésta, su primo! Por fin contacto.
– ¿Has salido ya, Aquiles? ¡Te esperan para el encargo!
La voz permanece a la espera. Sonidos de silencio sepulcral.
– Perdón, tié el altavoz cascao…Sí, hace ya media horilla má(j) o meno(j). Voy de camino.
-¿En el bemeuve?
¡Sí, claro! ¡No problem!
¡Gitano flipao!
Cuelgan. Patroclo se mira tras hacer de héroe en el espejo del fondo del pasillo. Ha quedado bien haciendo de Aquiles. Recuerda cuando colgó ese espejo “ para que parezca má(j) grande el piso, cari” dijo la muy guarra. Aquiles dice siempre no sé qué de héroes clásicos y espejos y esperpentos y averigua si se lo ha inventado. Se chupa los dedos. Teletienda anunciando cuchillos.

Gusta más en las pelis, fumas unos pitillos y lo vives. Parece que vas tú en el coche,
y como sea en casa del gordo con el jomcinema ya flipas. Aquí tiemblas las piernas. Y me
estoy meando, ¡cagon tó! ¡Uffff, ahora parece que huele hasta más la marihuana de los
cojones!

Otra vez a casa de los abuelos. La discusión ha tomado protagonismo todo el desayuno. Andrómaca parecía una puta con esas tetas de mentira. Héctor saborea el café frío ya. Portazo en segunda planta. Parece que le quisiera meter la silicona al abuelo Príamo por la boca y asfixiarlo. Está chocheando el viejo. Ya sólo ve problemas por todos sitios. Y la abuela seguro que se quiere poner tetas también, la muy arpía. Por la ventana de la hercúlea cocina se ve al hijo diciendo adiós, rumbo al cole. Hay que revisar la cosecha. Héctor de pie localizando al gitano.

Control de tráfico. Aquiles conduce impaciente. Un agente le señala el arcén. Se aparta el gitano inmortal a un lado. Luces de emergencia.
– ¡Ey, Aquiles! ¿Qué pasa, hombre?
Rostro cansado de un tal López. Palmaditas de amistad impuesta.
– ¿No llevas nada, amigo? Con esta calor hasta la noche…
Mirada furtiva que atraviesa hombres. Aquiles disfraza su boca cariada con la defensa de la sonrisa.

– ¡No, mi arma! ¡Tá la cosa regulá! A vé si a la vuerta te traigo argo bueno, no viá tardá!
Pupilas brillantes. La pareja menea las mandíbulas. Uno va puestísimo.
-¡Vale, amigo! ¡Y ten cuidado, hay muchos controles hoy y con este carro das mucho
el cante!
Aquiles arranca. Ve como los hijos de perra comepollas se hacen diminutos en el retrovisor. Bajo su asiento la pipa permanece aletargada.

Andrómaca era tan frágil. Los bajos sonaban espléndidos. Te golpeaban el bajo vientre. Veía al tonto de Héctor en la pista disfrazado de colores cambiantes. El guardembrá hacía maravillas. Y a algún zorrón le había escuchado los gustos del riquito del pueblo. El padre era abogado. Ella quería follar dinero. Cara de sumisa y tímida. Luego sus pecas y el acné lo cambiaría por visones en el armario conyugal. El sí en el altar de un dios en quien no creía mucho era su venganza. Su humedad en la entrepierna se tragaría el falo de aquel tonto. En la clase Aquiles era el empollón; Héctor estudiaba para ser aprendiz. Aquél era pobre, éste tenía dinero…¡perfecto!

Aquiles siempre tiene respuestas. Dice cosas guapas, las debe leer en esos libros. Es muy zorro. Las lee y los esconde, para que nadie sepa de dónde las saca. En las fotos está fuerte, de cuando se cuidaba. Ahora sólo ronca, come y al tema. En fin, no parece que le preocupe mucho estar en forma. Patroclo busca en el cenicero alguna chusta. Versión patética de Gran Hermano en pantalla. Una tetuda impresionante arranca aplausos con su gilipollez. Aparta unas cajas vacías de comida basura Patroclo y se siente importante ojeando un libro que no comprende.

En el cole el gitano era un portento. En deportes el no va más. En el resto también. Daba grima su piel tostada y su voz de mierda recitando poemas de memoria. Ropa de mercadillo. Pero era el puto amo. Y ayudaba a los demás. Héctor, el cachas segundón. Guapo, deslumbrante, pero por debajo de Aquiles, en aquella clase caliente y apestosa de ventanales enormes a la nada. El riquito del pueblo iba para humanizar su ego. Todavía pizarra verde. Y tizas. Un cristo igual que el de las demás clases. Te acercabas y no tenía cara. Cuando había exámenes mirabas y era prodigioso ver al gitano. El resto o copiaba u
observantes en busca de auxilio. Héctor soñaba con ser el del diez. Y sobre todo que Aquiles fuera el del seis y medio.

After. Paris baila. Éxtasis paranoico. Trecientos beats de compás autómata. Rostros desvencijados. Copas mediadas. Botellas de agua anárquicas por todas partes. Se ven algunos trasnochados maduritos. Anfetas. Sonido abrumador que se mastica. Ganas de mear. Cola de servicio. Degradación colora asfixiante. En el pasillo de súbito la dulzura. Rubia deslumbrante. Perenne sonrisa. Venus de discoteca. Ojos color alma. Azules.
– ¿Cómo te llamas? No te he visto nunca por aquí.
Sorpresa agradable ante el trato del mortal. La diosa en flor.
– Helena.

Aquiles el de los pies ligeros es sorprendido desenvainando su arma homicida, aquélla que lo hará inmortal en su viaje a la dura batalla. Una vez el polvo blanco, pócima infalible en la espera atenta, penetra en las fosas nasales del héroe, guarda su poder mágico en algún lugar de la nave nodriza. Como apaciguado por Palas Atenea en su ira terrible espera a una perdida en su teléfono móvil. La nave presta al arranque moviéndose guiada por los dioses olímpicos del polígono industrial.