Publicado en Poemas

Desembocadura

En la desembocadura

de todo mi sangrar hay un grito,

un segundo donde se esconden

todos los asesinandos,

las amapolas que no evité pisar.

Aprenderé a andar sobre los muertos

caducados. Las gaviotas

del futuro tendrán dientes

con el ojo de Polifemo,

y mil orillas donde moriré

tantas veces como nazca

la indiferencia que me bosteza.

En mi anochecer hay

horizontes leprosos, un espejo

que mira asustado su destino,

un gato con las vidas inundadas

de calles que rumian

y Dios con mondadientes.

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Con el blues en penumbra

Hay un bar con el blues en penumbra

en todas las pieles que mudé.

En todos hay un almanaque

con años que ya no sirven

y una mujer

asomando a la realidad de hombres lobos.

Hay olor a engañados

con el truco de ser felices,

un niño que es nieto del que se llevaron

una noche cuando los nacionales

miraban con la muerte y una cruz

aniquiladora. Hay también un televisor

que presume de las gestas del Madrid,

una radio envuelta en cortinas de tabaco,

una niña que nunca me mira

dentro de mi inocencia, un cromo

de Arconada, el ABC del fascismo

abierto a pescar incautos,

el ruido que tapa las cadencias del blues.

Yo soy el del fondo, allí donde

se ha fundido la bombilla.

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Descartes

El del espejo es más real.

La noche se manifiesta

cuando cierras ojos a la luz.

Los caminos se multiplican

cada vez que quieras aparcar.

Los mares tienen naufragios

e islas desiertas hipotecadas.

El del espejo hace el saludo fascista.

Te coge con desgana, esta vez.

Hay que gente que vuelve a la niñez

a quitar el bocadillo al empollón

de la clase.

El del espejo hace la ecuación

de Cuarto Reich. Su padre

habla con el director pecoso

y lo aprueban. Tú tienes envidia.

Llama Descartes a la puerta,

te escondes. La verdad asusta.

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Bañera

En el mar de mi bañera

se bañan todos mis yos. Casi

ninguno pone impedimento

a dejar impolutos el cinismo

y la mentira. El único

que inventa excusas

es mi yo asesino, con la ropa

manchada de las veces

que disparé a quemarropa.

En el mar de mi bañera,

a punto de sal,

a veces ahogo mis sombras.

A veces el futuro nada a crol.

A veces hay diluvios

en el mirar bisiesto

de mis sequías y flores musculadas.

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Lola “La Corneta”

El pasillo de las brasas, azuzando

la niñez de alfombra voladora,

me llevan a la puerta macilenta,

celeste andaluz cielo

de Lola “La Corneta”. Pedro

me espera para explorar los mundos

de la infancia, diluvios de risa

por el verano exuberante

en sillas de near. Panziverdes

mecidos por la noche que vigila

nos contemplan recogedores

de grillos, botánicos absortos

con el reloj parado en la inocencia.

Se repiten esos sábados

de onzas de Curro Jiménez y pan,

engullimos felices como

la edad adulta nos engulle,

frente a la partitura de las notas justas,

los acordes mayores que aún Paqui sabía;

Valle que hace de princesa

en algún juego de luciérnaga tarde,

la pelota hinchada apenas,

implorando atención. Lola

que ríe con el compás armonizado

de críos de ojos puros.

Me desvanezco con el olor

a siesta y el gol que Pedro

me dejaba marcar. Joaquín

y José, Pili, Loli…

Me despido y me saludan

con el hasta luego de gente

que sabe ser cosmos.

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Los otros yos

He aquí al poeta

aprendiz de vida, llegando

a donde los otros yos

encuentran difícil respirar

del colorido, donde palabras

acarician la memoria moribunda,

la perspectiva saluda agazapada.

He aquí al desnudo cuerpo

sin género, al escultor

de la caricia de los mares, el ojo

atormentado de ser sol

sobre recalcitrante prosa, manos

de la noche eternizada de caderas.

He aquí convertido en levitar

de los fantasmas efímeros

y la evolución de los dantescos

agujeros en la piel de la llama.

Centinela del tiempo adusto,

guardián de los labios ciegos,

espada en la aurora bañada,

yo asumiendo ser abrazo

que abarque universos apenas

moldeados, del instante deudores,

de la juventud, la sangre.

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Me subí al bus

Me subí al bus

que lleva a ningún lado,

con los vasos del Burguer moribundos,

y restos de guerra adolescente

manchando la moral

(falsa como todo lo impuesto),

de grisáceos fantasmas

que mueren en la siguiente parada.

Obviamente no pago billete,

me cuelo como haré

en el paraíso de la religión de moda,

mártir al menos el día de canonización,

y viajo sin respetar embarazadas

o ancianos sin memoria.

Mis auriculares dejan asomar

la arenga de millonarios

cantantes asustados del verso,

fumo del enfado de los presentes,

y dejo entrever deseos lascivos

a doncellas ceñidas de reggaeton

e impostura que cruzan por las ventanas.

Me subí y seguiré subiendo

porque los rumbos premeditados y en cruz,

las vacaciones en todo incluido,

los partidos ganados sin bajar del bus,

las horas a evitar el tráfico que insulta,

los partes meteorológicos repetidos,

y la espera a la muerte puntual,

no van conmigo.

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Almas tendidas

Ella quería saber si Pi

era tan infinito como dicen.

Él escribía lo que dejaba el corrector.

Se amaron con la soledad

de los perros sin olfato.

Él era listo porque lo decía el rugir

de motor de las revistas. Ella

era tan guapa como la pubertad

de los poemas malos.

Una redada. Un chivatazo. Algo que sacar

en los noticieros. Él se acuerda 

a veces de que tocó la primavera. 

Ella se casó con un aspirante a todo,

que a veces le escribe poemas, 

con rima y metáforas robadas

a sabinos cansautores.

Sus almas se quedaron tendidas

en algún lugar al sur de las puestas de sol.

Se secaron y se murieron como la verdad

en las historias demasiado felices.

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Mi entierro

Vendrán a mi entierro,

a decir un hasta luego impostado,

los que viven con las puertas cerradas,

los que privatizan los árboles,

los que imponen partitura al jazz

de los matinales

pájaros, los que maquillan

las noticias con antirealidad,

los que sospechan de la lengua

que no hablan, los que fuman

dentro de los corazones partidos,

los que están todo el rato

cometiendo penalties estúpidos,

los que presumen de patria dentada de bandera,

los que sacan tanto por ciento al amor,

los yoes que se libraron de mí…

Vendrán a mi entierro

acomodados a las preguntas retóricas,

sumergidos en su mortalidad

maltratada,

y llorarán por dentro como los acantilados

de vértigo revestidos.

Los olmos serán testigos mudos,

y yo pareceré sonreír con la repugnancia

propia de los que mataron 

cualquier regla moral.

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Inventario

En este inventario

de cadáveres esparcidos

obstruyendo

las salidas, hay pétalos

que arranqué a primaveras

cuando se maquillaban de mujer.

Hay también olas enjauladas

con la soberbia mutilada

por mi cobardía, soles repetidos

del atardecer que me pilló 

currando o en un atasco.

Hay una foto de mi fantasma,

la que rompiste

porque no encontrabas normal

ser invisible, la caja de Pandora

con marcas de las veces que la abrí,

mis venganzas haciendo burla,

tu cuerpo en algún instante,

abrazos amputados en posición

fetal, yo en varias resurrecciones

de prueba.

Lo que no aparece

es el nosotros cuando nos quisimos.

Supongo que mi yo lógico

buscará una solución de mierda

para todo. He encontrado

los ambientadores sin piernas

para huir del hedor

de mis asesinados.