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Football

Yo de niño quería ser futbolista; 
vino la realidad y me partió las dos  piernas, 
por si acaso aprendía a manejar
la menos buena. Luego quise ser Ícaro, 
y Zeus se me me meó en las alas 
y mamá 
vino y las tiró a la basura porque 
así no se sale a la calle. 
Luego mamá, por si acaso había otra guerra, 
fue al mercado a comprar besos y abrazos
muy temprano, cuando casi todos sueñan 
todavía. Yo me piré cuando dieron las doce, 
porque soy un poco Cenicienta, 
a preparar cómo matar al príncipe 
de todos los putos cuentos. 
Disfruto a ratos pintando los barrotes
de mi libertad con colores de moda. 
A mamá se le cayó el alma en una alcatarilla,
camino al mercado donde dan
liebre por gato. 

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Trastero

Restos de metralla

sobre la incertidumbre de los umbrales.

El desamor mató mi ser a quemarropa

y mi gravedad se esparció sobre

los bancos en que te inventé,

sobre las barras de bar

en que lloré las burlas de tu fantasma,

en la estación de tren atestada de asesinos,

en las olas que erosionaron mejor

la memoria,

en el link de YouTube que siempre

daba error.

Tengo el trastero hasta arriba

de cruces. El fin cambia en este cover:

no voy a resucitar.

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No se puede

¿Oís el lamento del planeta herido,

el sollozar de los animales

guarecidos de vuestra ceguera?

¿Notáis la lluvia sobre vuestro

fuego incandescente, la venganza

del mar donde orinasteis

la felicidad de tabernas?

Esta quietud de chicharras,

claxones en el caos de los ricos,

es el fin vuelto de espaldas,

la guadaña en falsos paraísos.

“Me crucificaré para morir por mí mismo”

clamas frente a la resurrección de las olas.

El mar no es la pandemia, tú el naufragar enemigo,

un Ícaro ingenuo entregando alas a la derrota.

No se puede ahogar cuando eres barco.

No se puede ordenar cuando eres caos.

No se puede florecer cuando eres invierno.

No se puede responder cuando eres el eco.

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Manual de uso

Falta el manual de uso

y tengo el corazón desmontado

por estos versos fríos.

Busqué

en la brusquedad del otoño,

en los prospectos de la esperanza,

en la melodía que no se toca,

en Dylan, por supuesto,

en las palabras a medias,

en el hueco del ascensor

al Cielo, en las parábolas de Messi,

en el cuadro ladeado de mi vida.

Tendré que tirar las piezas

al cajón del olvido,

donde me desprendo

de todo lo que ya no sirve para casi nada.

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El eco de mis miedos

Caminar por la piedra tatuada

al existir

y ver las cicatrices

con estos ojos llenos de canas,

casi cegados ya

a la eterna juventud y su ambrosía.

Los báculos, ahora de nuevos materiales

u otrora castigo del mismo tiempo,

son bofetadas de la derrota.

Aprendo a no tener necesidad

de decir adiós,

nadie me reclama, más que el eco

de mis miedos de niño

respondiendo a emboscadas del amor.

Envejecer consiste en saber al fin

que en la tormenta que nos mira

sin cronos, desaparecen la ciudad,

los campos, Dios…

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Otra vez

Otra vez un aquí

de preguntas retóricas

y pentagramas vacíos.

En la calle que me toca inventar

es donde el virus

ha encañonado a mis imposibles.

Otra vez un aquí de risa fácil

ante mis chistes

para imbéciles. Voy a morir

un poco

en cada aquí que pensamos

el hermanamiento final,

el principio del abrazo,

los credos sin letra pequeña.

Me siento observado por un allí

tímido y vestido de círculo.

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33

Llevo haciéndome el vivo 33 años.

Imito bien el respirar,

alguna vez una sonrisa no muy pronunciada.

Rara avis me consideran los cicerones

de rala cultura más allá de bíblicas efemérides

y adivina futuros a posteriori. De esos

están las españas patrañeras

a rebosar. 33 años

orgulloso de apestar el aire

que creéis privativo de las élites.

¿Oís este silencio

luego de vuestro gritar fútil?

Es la venganza del planeta,

donde descansamos los no vivos.

Llevo haciéndome el ciego y el sordo

desde la obligación a ver vuestra armonía,

a oír vuestra creación, nacida adulta

y vestida, susceptible de disparar

a quienes, como yo,

huelan demasiado a color muerto.

33 años es demasiado tiempo,

y a mí no me engañáis con un ataúd

más cómodo,

por si no sale lo de la resurrección. Os voy

a vomitar versículos hasta que sepulten

la plusvalía y se asfixien

vuestras manos de Judas,

contemplándome crucificado.

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Guerra aletargada

Hace tanto que Blas de Otero

nos dio todos los versos,

que se pudrieron los amaneceres

en los ojos que merece

un pueblo tartamudo al declamar.

Fue un mal entendido. El hombre

nunca ha estado en paz,

más bien en luto por el pobre

que murió censurando el frío

del invierno, la sonrisa mellada

de los veraniegos niños,

la felicidad enlatada

vendida al por mayor.

La guerra aletargada no es menos

guerra porque nos salve Dios,

ni el grito más fuerte por el eco…

Blas existió, quizás el hombre no.

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¿Por qué…?

¿Por qué la muerte,

cual muerte,

no mata al hambre

en vez de decorarla con moscas?

¿Por qué la tormenta,

si tormenta siempre,

a los ojos secos de la tarde

no los inunda de aurora?

¿Por qué el invierno,

si invernal solo a veces,

al murmurar de la sangre

no planta bocas de amapolas?

¿Por qué el silencio,

si silencio que hiere,

no para antes del desastre

del réquiem ante el rompeolas?