Publicado en Naima

Eco de mi caminar

Eco de mi caminar eres,

Naima,

la sonrisa de Coltrane

hecha niñez. Mis pasos

de gigante

sobrevuelan maremotos

y lascivas muertes que besan

mis espaldas.

¡No cierres el alba, espejo mío,

no quiero ser niebla,

ni noche de silencio de redonda,

ni cristal en un mundo de martillos!

Eco de mi caminar eres.

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Amor salobre

¡Ven, Naima,

desempolvemos al unísono

las olas de este mar! Las barquitas

cuentan secretos

de sirenas y de los hombres aire.

Sobre Doñana hay una sinfonía

que espera tu batuta,

un cielo azul desenvuelto para tus ojos.

El verano de terciopelo

nos arropa, las gaviotas vigilan

los barcos de los fantasmas;

¡Ven, Naima, llave

del amor salobre de la niñez!

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Niñez abierta

Somos cometas.

Somos el viento que agita

nuestro volar, la prisa

de la niñez abierta

a fabular molinos con gigantes

atiborrados de no egoísmo,

los que encienden la noche

para amiguitos con miedo.

Los puntos de las preguntas,

los paréntesis de las dudas.

Somos Naima y su papá

con capa raída de héroe,

la comba, la ternura de la suerte,

el armisticio azul del mar.

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Soy, luego…

El patinar de las primaveras amanecidas de repente,

consagradas a rodar sobre mis cimientos atardecidos.

La flor que sin saber, mira al otro lado ante tropiezos

de mi rural ser. La ciudad ha resfriado las calles,

llenas de hambrientos despojos.

Me saludan los riachuelos, las margaritas torneadas 

con luz de sinfonías. Un fantasma

con mis cicatrices gemelas dirige el esplendor de los crescendos.

Soy, luego Naima.

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Si no existieras

Si no existieras, Naima,

no habría aire 

en mi vuelo. Se secarían

los sueños y robarían las alfombras

mágicas que usamos

en las noches empachadas de estrellas.

Si no existieras, Naima,

todo sería ángulo y balas

apuntando al iris de mis ojos tuyos.

Resucitarían

el infierno más adulto, el tifón

con agujeros de nuestro yo cometa,

el hacha que amputa

nuestro amor de diez dedos.

Si no existieras, Naima, sería

el mar encabritado del cuadro en el museo,

la huelga desconvocada,

las nubes que no se atreven a llover,

una costilla inservible, un universo

finito…

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Un verbo

Me pregunta Naima qué es un verbo.

Acongojado quedo,

en la quietud del convicto que robó

todo el amor al infinito

y en blanco y negro vive. Un verbo

es ser padre,

y no dormir porque la pesadilla

se disfraza de rimbombantes adjetivos.

Un verbo es amasar mis vidas todas

y que salgas tú con el sabor

de las olas arrastrándome

al aliento de la aurora.

Un verbo es el guardián 

en que me transforma el instinto,

cuando al abismo

le da por arrasar el mar que se secaba 

reflejado en nuestro reflejo…

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Mareas

Encallado el barco.

Naima en mareas bajas.

Olas tartamudas rompen nuestro abrazo.

Mi yo acebuche clama

en distorsiones de árbol 

a las cascadas de espejismo y judas.

El alba

hace girar la rueca

de la duda. Naima en marea alta.

Unos jinetes sin alma

pasan a cuchillo las lenguas

que hablan 

en verso. Naima se hace adulta.

Mis anclas mohosas 

se maquillan de sombra.

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Trinidad

Esta trinidad naciendo

en las arenas. 

Esta madreselva 

que la piedra ningunea.

Esta aurora, color

de mi presente,

pasado en deseo,

futuro en mi ocaso

armonizado, niñez

llamando a mi explosión

de verso abrupto;

abruptos sinsabores,

los parques incorruptos,

las hadas y los árboles…

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Si…

Si caes al precipicio, Naima,

yo soy precipicio mullido, si arde

tu jugar, yo soy agua,

el viento de Pandoras al rescate,

si lloras,

soy pañuelo y florecer.

Si creces,

soy castillo derruido, torre

en escombros que jamás

sean cárcel…

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Adjetivos fanáticos

La enfermedad del tiempo

traes en tu esplendor, más allá

de adjetivos fanáticos, más allá

de mi orgullo, más allá de las costillas

ahogadas en diluvios.

Miras mi ver de padre invisible.

El olor del viento

que nos decora la piel soplas.

Resucitaré de los infernales

días repetidos al día primero,

aquél en que abriste los ojos

de mi existir…