Publicado en Escritos, La voz de tus infiernos, Sin categoría

Logística

Ya a estas horas después de la cena, Mario muere un poco y recuerda ese fatídico accidente. Se ve en las vueltas de campana, cada día en nuevas perspectivas, casi huele las ruedas frenando sobre el asfalto, un insignificante microsegundo en que divisó al coche a esquivar. Las enfermeras le hablan pausado y amables siempre, aguantando su mal carácter y su olor a tabaco que no logra dar pista de dónde demonios sucumbe a la tentación cuando está prohibido en toda la sala y expresamente para familiares lejanos que le visitan cada vez con menos frecuencia.

Mario despertó del coma medio año después. Sin familia real,aparentemente soltero y sin papeles pues el coche era robado y se calcinó junto a la documentación de aquella ameba humana que la policía casi había olvidado. Musitó un número de teléfono y una enfermera que vio en él a un hombre demasiado solo le llamó con la dulzura de una hija perdida que encuentra a su paternal referente, comprobando para el hospitalizado que no existía ya tal línea. Él habló de Sara, pero había una mujer que se llamaba Alicia o quizás Juana y que mandó callar a sus hijos en plena batalla de tarde de viernes una y otra vez cuando probó diferentes permutaciones del dichoso número. Él en sueños la veía, le acariciaba los pechos que parecía conocer de memoria y recorría los momentos en explosión fotográfica.

Cuando la vida parecía haber pasado la ITV, se despidió del personal sanitario, cumplió unos meses de ayudas sociales y con paso torpe se dirigió a esclarecer los recuerdos. Alcanzó la dirección que soñaba y que tenía los mismos árboles, los mismos parques, las mismas tiendas abiertas. Al sonar el timbre una mujer a la que pensaba haber besado los ojos marrones lo recibió con sorpresa y se excusó por no conocerlo. Mario supo que era su mujer en alguna parte de su memoria e inclusive sabía que tenía un lunar grande en el cachete izquierdo del pompis. La mujer, quizás Alicia, amenazó con llamar a la autoridad y le cerró la puerta a investigar más a fondo.

En el asilo donde rememora su fatídico accidente todo sigue igual de ambiguo, en niebla constante y con la certeza inexcusable de conocer a aquella Sara. Mario de súbito sufre un infarto cerebral, se estremece, se desploma en su silla de los anocheceres. Despierta y Sara lo está esperando y ambos comprenden todo. Estuvo tan cerca de pasar la frontera de la vida que confundió una vida pasada con la actual. En aquélla, fueron marido y mujer tuvieron un hijo, y él besaba los pechos de su esposa y conversaba con ella atento a sus ojos oscuros. La muerte tuvo una especie de cortocircuito y abandonó a ambos en otras vidas reencarnadas, con los mismos cuerpos y los mismos lugares. Un problema de logística mortal…

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Golpea la muerte

Golpea la muerte.

Los castillos de naipes,

con susurros poderosos,

caen al agujero

de lo que quizá no ha sido.

El amor a ti ya sin ti,

masturbando la podredumbre

de recuerdos distorsionados.

Me aburrí

de la partida, y las tareas

domésticas del paraíso

porque tenía los comodines

escondidos en mi orgullo,

soberbio como emperador

que se apoderara

del futuro bien trazado.

Golpea la muerte

y eres tú, dentada

de desprecios elitistas

ante mi mendicidad

ensuciada de versos muertos.

La pulcritud,

adelantando por la derecha

a nuestros empachos de amor,

ha ganado y asesinado

a la eternidad.

 

Foto de Simonwijers

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En todas partes

Los árboles que no callan

entre autopistas al mar, y los abriles

en el metro al averno

ante un desamor manchado

de prosa.

Tú en todas partes

en que te respiro,

con fuerza

de primavera insultante.

Las tiendas van cerrando;

el alba murió hace ya unos versos.

Intentos de bohemia

mientras amaso

los versos que hagan

al fin, omnipresente tu voz.

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De repente

Te has callado de repente,

con el aliento oliendo a tormenta;

el calor estrujando a las chicharras,

los pájaros desperezados al sol

tras trinos aún perezosos.

Recuerdos de tu voz:

en las noches de grillos,

nerviosos en las aceras

de la vida,

en el éxtasis

de ser mía enterrados

bajo sábanas imperiales

de un blanco sin mácula.

la bondad de tus silencios,

como el David más sabio,

equilibra las reencarnaciones

en nuestros sueños coloridos

de perennes veranos.

Amo, luego existo.

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La voz de tus infiernos

Han llegado en uno de nuestros silencios perennes sin Luna.

Robaron la lengua a tu eco tartamudo.

Desvestías la armadura herrumbrosa.

Te pillaron in fraganti esculpida de inviernos.

La memoria a veces con cacofonías me invade

arropando los poemas.

Hay horizontes debajo de las mantas,

ocasos resucitando rocíos en stand-bye.

Dios se aburre de ser sin ser aclamado.

En la esperanza del frigo guardaba

la voz de tus infiernos, enfriando

mi herida de viento lunar.

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En blanco

Me pensaba perdido en las páginas

en blanco. El roce del papel

esquivando en ruidos mínimos

los intentos de construir felicidad

quedan;

yo ya no soy yo.

Intento ser tu baño

de sonrisas en la pila bautismal

azul, y el mar hipnótico

que moja mis sueños.

La quietud es tan real…

Camino por tus recuerdos

abofeteado por el azahar marchito

y el jazmín indómito.

La pubertad nos grita

las mañanas desperdiciadas

en soledad;

Sin tu frágil voz, se difuminan

aburridas de contemplarnos.

Hay retazos de alegría

tumbados al sol

que pretendimos ser.

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Sinfonía de espejos

Acuchillé la voz que daba

notas a mi sinfonía

vital de espejos.

Soy ahora viento

de luna, habitáculo

de muertes asustadizas aún.

Un grito de tu voz

embalsamado en mi ausencia,

octavas más allá de los infiernos

queda.

Y los adjetivos pudriéndose

tendidos a secar

en este limbo,

el de la realidad con caries

que agria mis pesadillas.

Tiempo de olvido;

espacio sin pentagramas.

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Protocolo

La paz aletargada en el cajón del olvido,

los adioses envueltos en muerte,

el interior hueco de lo que era importante,

el empacho de la angustia sabor miel,

los ruidos de fondo en la pesadilla,

el protocolo y la falsa apariencia,

los deseos entumecidos en el frío del fin…

todos

se han ido

con quien fui en vidas anteriores a ti,

sonoridad cósmica

de infiernos abra(z)(s)adores.

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Gritamos

La añoranza se encaramaba al otro lado

de mis abismos obsoletos.

Hablaba sola, y siempre me superaba por una

copa o dos universos de ventaja.

Caía sorda en las estridencias

a posteriori, pero con resaca barría los te quiero,

abandonada a la vergüenza parásita. No sé

cuándo entabló conversación, cuándo hipnotizó

mis sueños, cuando me obligó a hilvanar

las afrentas que manejaban mi yo, marioneta

rota enjabonada en charcos de nubes sumisas.

El infierno me dio voz cabizbaja y azucarada,

en busca de tu voz. La añoranza entre bambalinas,

sutil como la mala leche, me obligaba a la sonrisa

que paría rosas de espinas agridulces. Gritamos;

el silencio nos sepultó…

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Pulir

He pulido el cielo de mi casa,

la de las puertas abiertas

al color en los poemas.

Te colaste en uno

de esos sueños

que cuesta recordar.

Vivimos

mirando yo a las nubes,

quizás tú a que se duerma

mi ángel de la guarda.

A veces las tormentas,

otras el sofoco del sol

no encontrado,

otras la nieve en los versos,

el amor en las respuestas

negadas a la vida.

Cierro las puertas,

el alma al cuerpo,

el cuerpo al acto.

Me supongo matando

la ansiedad de mi casa

nublada en la noche

sin ti,y sin credo.