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Fantasmas en un tren

Se me ha acercado con la urgencia de la timidez por salvar el presente. No quería dinero, ni siquiera olía excesivamente mal. Solo necesitaba ir detrás de mí en el torno de entrada al tren. Estos otoños despiertan el lado melancólico de golpe, lo vuelven a uno especialmente empático con las causas perdidas. No suelo viajar sin automóvil, pero el tráfico a esas horas en la ciudad es pétreo, adaptado a la piel por que se circula, y me he decidido por una opción más lógica para no acudir tarde a mi cita con tan importante cliente. Tampoco debo resaltar mucho mis perdidas dotes de filántropo, solo habrá pretendido el muchacho ser amable en su camino al matadero, yo en cambio tengo un destino menos trágico, aunque también más gris por su normalidad.

Le he incluso dado un par de monedas sueltas que vagaban por mis bolsillos. En algún momento el sol que iba cayendo le ha alumbrado el rostro mientras divagaba y he visto la negritud de sus dientes, quizás una barrera defensiva atacada por la heroína y algún desamor que lo arrojaría al pozo que no tenía agua, a golpearse y no recordar el color de los cielos más azules; también en su barba huracaneada y sus ojos lúcidos tras regresar a este simulacro momentáneo de amistad. Ha estado al parecer en la cárcel, por una chiquillada de cocaína en el sitio equivocado, ha sacado pecho de su inglés mezcla de Gadir y el Peñón, y de sus logros para acceder a la Universidad. Le he ahorrado los detalles de las lindezas que hace uno luego por tener un curro y permanecer atrapado
pagando las letras de la vida de los que se afeitan. Seguramente no me habría escuchado. Dice que va a una ciudad más allá de León, siempre al Norte, como las brújulas, y le he correspondido con la sonrisa que se da a las causas perdidas que se descubren con la edad. Me he bajado en la parada anterior a la suya, deseándole éxito en tan noble empresa y con un poco de recelo al estrecharle la mano.

Apeado ya del vagón, he cogido las escaleras mecánicas sin volver la vista. El joven debe haber sido un fantasma de mi juventud, que vino solo a saludar y explicarme lo bien que van las cosas al otro lado de la opción correcta. Quizás fue él quien sintió lástima del hombre que vio, un esclavo vendido a sí mismo al precio de la condescendencia respecto a los que pensamos más débiles.

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Concha

Concha es obesa y benigna. Tiene un aspecto como las ancianas de las pelis
en blanco y negro. Sonríe a pesar de lo de su hijo, el que se fue a la mili y volvió enganchado. Durante semanas fue la comidilla del barrio hasta que pasó
lo de la chica de Cosme, embarazada a los 14. Concha fue madre a los 16. Ella
sabe que los hijos son bendición. Ahora va a sacar dinero de la cuenta de su
marido. El banco es la iglesia de la anciana cuando necesita redimirse. No sabe explicarlo. En su lenguaje de mujer sin estudios es como si los pecados de
la humanidad le pagaran una bula a ella a través del dinero. Espera angustiada
que no la cojan: su pobre marido murió hace seis meses. No ha podido o no
ha sabido desvelarlo. Su hijo el que se fue a la mili lucha una guerra muy costosa y se hace necesaria mucha heroína para mantenerlo en paz.

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Manué

La jauría en sábado. Van llamando a la puerta intermitentemente. Manué es

un experto en el negocio. Lo vivió toda la vida en casa y sigue la tradición

familiar. Todos quieren de la buena y él vende de la buena, es su táctica.

Compra coca base en donde su primo el de la capital y luego la mezcla. Todo

calidad para llenar el pisito de paroxismo barroco en los cuadros, en las

lámparas…Hoy cierran tarde. Mientras, él y su mujer ven telebasura hasta

altas horas. Tiene hijas adolescentes que ya salen tardísimo. No quieren que

se droguen. En la tele hablan barbaridades que asustan de lo que hace la

juventud.

Hoy redada a medianoche. Se lo llevarán detenido. Luego vuelve. Nunca

tiene cantidad importante aquí. Los policías acaban su servicio y se van a

sus casas. El estrés los casi obliga a mirar telebasura para olvidar.

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Parque

La señora oronda se sienta a diario enfrente de mí en el parque. Nunca hay
saludos, se limita a la compostura de su camiseta, disimulando lo que creerá
error. Los niños sí, rompen el hielo en su griterío belicoso en la entrada a una
nueva aventura en sus diminutas vidas. Luego entran en turnos repetidos la
misma gente por orden: el señor que come pipas compulsivamente, al cual le invento una vida de doble moral para reírme en mis arrabales literarios, las
chismosillas cuya presencia llena ingente cantidad de literatura española, la
anciana medio falangista que mira desabrida las ropas de las adolescentes, la
paraguaya que canturrea en guaraní y me mira lasciva casi sin poder disimular. De vez en cuando alguna mamá riñe a su retoño en tonos inquisitoriales
y vuelta a la realidad en coros apasionadísimos. La paraguaya se contonea
ante mi presencia, o eso me invento yo, mientras guapsapea intermitente…
Los niños ponen la atmósfera de candidez, los mayores jugamos a la enre-
vesada empresa de la puerilidad adulta.

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Hammurabi

Apenas se oía nada en las atracciones entre el reggaeton que rugía. Al menos es lo que explicara el informe policial, el que inopinadamente fue a caer en manos del anarcoperiodistilla que fusiló a los cinco violadores en su acidez preñada de improperios y sus noches de caza auspiciada por el alcohol y la coca. La chica debía tener sobre veinte años, en la medianía de alguna carrera universitaria humanista que no humanizadora por el estado de shock en que fue encontrada, y era guapa a imagen de la mejor versión de la Venus diosa griega, esta última desconocida para la capacidad clásica de los acusados, pero no para su animalidad inmisericorde. La chica no los recordaba por el rostro. Al menos eso emitió en aquella pantomima judicial de murallas burocráticas, donde la plebe insultó hasta la extenuación a los reos y se dejó suavizar basándose en los atributos naturales de la joven para exculpar al que era hijo de alguien de arriba de entre los que todos hubieran mutilado. Luego vino el verdadero juicio basado en algo que se omitió en la tragedia televisada para no teñir de racismo el maravilloso hecho de que una gitana, la víctima, fuera estudiante en pos de un Grado en la Universidad. Son conocidos los datos de la salvaje venganza posterior, que llegó desde la niebla orquestada por el ojo por ojo mesopotámico y que se perdió en procesos interminables con el añadido del aplauso unánime que todos callaban de cara a la prensa. “Lo de siglo XXI es más para la tecnología. Las pasiones se defienden desde el principio de los tiempos, porque no hay nada más humano que la venganza animal” escribió el anarcoperiodistilla desterrado por motivos de altas esferas a artículo de humanismo en páginas interiores que él creyó un triunfo y que no iba a leer casi nadie y menos la aterrorizada gitana y su desgarro interior.

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Mi hija

Todo está bajo control. Mi hija tendrá la mejor boda que se recuerde, como

corresponde a su posición. Yo hubiera querido a Andrés, más guapo, pero

hay que hacer vínculos con los Gutiérrez y solamente quedaba libre este Feli-

pe. Mi marido lo agradece. Se le ve feliz, apenas tiene un segundo para hablar

conmigo, está como loco preparando ese proyecto junto al papá de mi yerno.

No parece muy listo el chaval. Mi hija es frágil pero con un poco de ayuda lo

sabrá conducir como le apetezca. Las mujeres tenemos que sacar a los hijos

adelante, continuar la estirpe y manejar los negocios a nuestro modo. Aún

recuerdo el ridículo que me hizo pasar el padre de mis hijos cuando se des-

cubrieron sus líos con aquella administrativa. No le he permitido más salidas

de tono. Una cosa es pellizcar el trasero al servicio en casa y otra cosa el es-

carnio público, no hace bien a los negocios. Yo misma lo hubiera hecho con

el jardinero joven si hubiera tenido agallas. No he sabido mostrarme, una se

ve vieja aunque los jóvenes tiren piropos cuando paso frente a ellos por el

instituto. Hasta notaba la humedad en la entrepierna al desearlo. Pero una no

es libre. Es el precio a pagar por ser madre y rica.

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Pizza

Tiene que acordarse de tirar esa caja de la pizza de al mediodía. Laura y los niños están ya en el pueblo, luego les dará las buenas noches. Ésto del contrato hasta fin de obra lo tiene maniatado completamente, aunque peor ha sido la tirantez en casa tanto tiempo en paro. Cenar alguna cosilla, duchar y llamar. ¿O llama, ducha y cena? Da lo mismo siempre que no le echen en cara que se ha olvidado.

En las noticias sale un barco lleno de apátridas como el de todas las noches. Son otra gente porque lo dicen, pero parecen repetidos. ¿Quién sabe si no son las mismas imágenes repetidas día tras día? En fin, bastantes problemas tiene ya en la relación sin rumbo que ha entablado con su mujer. Tiene insomnio ante el temor de que le dé jaque-mate cuando se duerma. Ha echado una cabezadita. En la tele dan el partido, se le había olvidado. Ya no salen ésos del barco, era amargante. Ahora llamará en el descanso. Tampoco hace falta correr, se vieron esta mañana.

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Paula

Paula recibe muchos casos de violencia de género últimamente en el despachito que le han dado en el consistorio. La Andalucía profunda recuerda a esas pelis de negros americanos plagadas de blues que veía acompañando a papá en la acomodada casa de la aldea. Se sentía un poco culpable de ser rica y se empeñó en seguir estudios “para ayudar a la gente necesitada”. No pusieron ambos progenitores objeción, como siempre hacían, y la dejaron desarrollarse. Hoy esta gitana que le suplicó milagros en su destartalada vida le ha besado la mano. La verdad es que debiera adaptar el atuendo en horarios decurro, parece una virreina. Así alguien la ha mirado desde su abismo de heroína con desprecio colosal. En líneas generales se siente feliz de currar en este sitio, no racistas, se hacen logros por las libertades de la mujer; ella intenta consolar sus iras personales ayudando a toda esta gente necesitada de amor. Al salir a coger el coche rumbo a casa un hombre acusado de maltrato la ha increpado y de una torta la ha tirado hacia atrás provocando mucho revuelo. Sólo recuerda que era de raza gitana. Y que cuando se acercaba agarró más fuerte el bolso.

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Maltrato

Te va a llamar maricón otra vez y humillarte por no tener trabajo. Estás resacoso, tienes la excusa de no saber cómo librarte de las garras de la crisis
omnipresente y la soledad que te arroja por la borda a ahogarte en alcohol.
Ella debe de estar desesperada de navegar y no atracar en el puerto del amor
o del cariño. El crío no te deja verlo, sólo lo oyes llorar cuando discutís en el descansillo de vuestros rencores. En casa de tu madre te presionan para denunciar, porque ésto es la guerra sin trincheras. Las armas son más poderosas y más dañinas. No has sabido mantener el tipo y das un golpe a quien representa el bozal de tu perra existencia. Guardia, esposas, fotos del asesino ya casi en acto. La juez parece aceptar tus miserias. Te deja ir con orden de alejamiento, estigmatizado con la cruz de la culpabilidad que te va a hacer morir y no resucitar. Éso sólo pasa en las religiones y en las películas.

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Él

He llamado al telefonillo diez veces lo menos. Este tío seguro que está con

otra. Intuía que era un cerdo, han sido ya demasiadas excusas mientras yo me

mataba a currar en la oficina aguantando al baboso de Julián, otro que tal

baila. Son todos iguales, tiene razón Lola cuando me dice que pase de todos,

que me hinche a follar y hala, a dormir a tu puta casa. Yo antes no era así. Era

normal, como cualquier mujer de las que va a llevar los niños al fútbol, cole,

catequesis. Me empezó a fallar en cuanto llegamos al barrio. Cada vez traba-

jaba más lejos, hacía horas en la empresa, se quedaba a dormir y ni regresaba

en finde. Y yo con los niños solita, con mis padres advirtiendo. Luego cuando

está aquí llega a deshoras, y habla con gente cuando me piensa dormida, el

muy asqueroso. Creerá que la felicidad es llenar la cuenta de dinero y que

todo está permitido entonces. Voy a subir en cuanto recupere las llaves, las

dejé en casa de mamá y lo voy a echar a la puta calle, se acabaron las

contemplaciones, no te digo…

Conducir por inercia, es como el vivir a diario, parte indivisible de un todo

que muy pocos tenemos al alcance. El qué pasa materno, nada, olvidé las lla-

ves, venga, mañana te traigo los niños, chao. Vuelta al ruedo entrando a matar

ya muerta de miedo a la muerte. Cuando llego hay policías, ambulancias. Dos

vecinos me dan aviso con sus caras de malos sucesos. Subo pensando en

suicidios, en pertenencia a grupo terrorista y doble vida, en no saber si la

pesadilla viene ahora, si estoy inmersa en ella despierta o dormida, si real-

mente la cerda adúltera soy yo y él quien sube casi empujando el ascensor

con el pensamiento, si la vida es sueño parecido a la realidad o qué puede

saber una pobre secretaria que curra doble y cobra por media jornada…