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¿Yo?

¿Yo? No me atrevería, te lo juro por los niños… ¿Que una tal Alicia ha llama-

do preguntando por mí? Sería vendiendo algo, ¿no?… Y tú, ¿para qué coges

mi teléfono a todo esto? Estás siempre con lo mismo, joder, así no llegamos

a ningún sitio…Yo jamás te he engañado. Pasó lo de aquella secretaria y me

perdonaste, además hace un siglo ya de aquello, ¿o no? No sé qué hacer ya

para demostrarte que no llevas la razón… ¿Ya empiezas con lo de la rubia del

coche aquélla? La recogí haciendo auto-stop, y me vio esa amiga tuya en la

autovía…esto ya de verdad que no puede ser, hija… ¿Con tu madre? Si no

sabes hacer nada, ¡por favor ya! En fin, haz lo que te plazca, ¡los niños se

quedan conmigo! No, no…eso no te lo crees ni soñando…

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A priori

Nos quedaba casi meses para afrontar al señor Kant, aunque una eternidad para entenderlo (o mejor presumir de tan osada empresa) a los que nos quedábamos de vacaciones en la ciudad en los meses del verano casi infierno del sur (vencerá). Nosotros seguíamos contando el número de masturbaciones como proesas propias de dioses olímpicos, que no judeocristianas, y aspirábamos al amor desmedido de cualquier mujer desnuda en nuestras hiperrealistas adolescencias barbilampiñas libre todavía del cainismo propio de tan marianos lares. Sevilla no duerme en verano, está en una duermevela constante de fuego y chicharras que achicharran con su canto monosilábico a los parroquianos. No hay perdón posible ni para béticos ni sevillitas, todos a la espera de los torneos de verano donde reirnos de las goleadas ingeridas por el contrario en una guasa que ya quisieran saber imitar las pelis jolibudenses.

Luego llegó el curso anterior a la universitario mundo donde ya cada cual empezó (dicen) a razonar por sí solo, a analizar en los grandes saberes humanos y no divinos, y a seguir quedando con los colegas a seguir matándonos de alcohol y primeras drogas y primeras amigas serias que nos besaban como en las pelis y a alguno volvía gilipollas del todo. Kant era uno de esos que nadie entendía, ni analizaba pero quedaba bien aquello del “a priori” cuando hablabas delante de tu papá obrero y tu madre esclava limpia escaleras de señoritos andaluces de caballo y Gran Poder que no entendían pero ni preguntaban henchidos de orgullo ante la prueba de que los socialistas habían traido la cultura a las clases pobres. Luego nos poblamos de barba y “a posteriori” de canas, y vimos en perspectiva la falta que hacen los “a priori” y abrir paréntesis para explicarlo casi todo y que nadie te engañe en este valle de lágrimas ( musho Beti…)

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Felicidad hipotecada

Las adolescentes del fondo irradian luz en su algarabía contagiosa. Hablan

con desparpajo estentóreo sobre sexo. Es tema tabú en las mentes nacional-

católicas de sus mamás y sus abuelas. Quizás ahí radica la feroz sensualidad

fémina y su arrojo. Un aprendiz de escritor las descuartiza bajo prismas dife-

rentes, y les inventa vidas azarosas donde salen bien paradas. Es un escritor

mediocre. Otro, abonado a un café ya frío, mira la tele. No tiene edad, se ase-

meja a cualquier ser sin infancia de bares desconchados. España cuela otro

golazo. El barman no lo celebra. Se limita a sonreír a quienes le confirman su

alegría en caras de supuesta felicidad hipotecada.

 

 

 

Foto de Rawpixel

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Chats

Los perdedores vamos deprisa a buscar la redención entre los pecados que vamos cometiendo en nuestro deambular diario, diríase que casi somo el jesús con la cruz acuestas y el judas que llora en el desconsuelo de acabar sus días sin perdón posible al mismo tiempo. Van creciendo los hijos,no vives en esa gran ciudad como la de las pelis espectaculares que nadie ha visto pero que disfrutas
porque para eso cada vez aceptas mejor la inmensa soledad que te rodea, los niños de las narices se quedan en casa de un amigo y te sientas otra vez a repasar de nuevo todos los fallos que dice tu ex que cometes como padre, asesino en serie y también dictador o manson de una secta que los mata a todos en el último episodio. En el curro dice un colega también extraditado al desconcierto
que hay una web nueva que no cobran por chatear con tías, que allí es más fácil conocer a alguien,se le va la mano con la tristeza embadurnada de guiski y añade que no es para follar como en otras.

Te abres cuenta entre el tedio de contar las birras que viajan al amanecer y la constancia de los que no creen pero hay que buscar sentido a todo este sinsentido de calcetines olvidados debajo de la cama y platos con restos apilados como sorpresa diaria al regresar de eso que llaman vida, y ves
mujeres allí con la mirada de lo que no es real pero debió ser algún día, con perfiles falsos o quizás desearían ellas que fueran reales, con pechos en lugar de rostros algunas, con la pena del destierro a la tierra oscura otras, con lascivia y buen rollito muchas que no saben mentir bien, y todas en resumen arrinconadas en la virtualidad de la incertidumbre. Una al azar, otra, quizás más de un qué tal insípido, la mirada al reloj, el chat que no funciona, y a dormir. Y luego te descubres pensando en una, con la irracionalidad de los mitos, con la fuerza de lo que debe importar, con el ansia de los niños ante los regalos inesperados, y no quieres hablar de esperanza, menos aún de amor y por
una instante adquieres la madurez de las mujeres para llegar a la conclusión de que no hay que etiquetarlo todo. Se llama vivir, y es una categoría reservada a los seres que adquieren la sustancia de los sueños.

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Pueblecito

En el pueblecito donde Pepe pasa las vacaciones ha conseguido el buenos días ritual gracias al esguince de su hijo Pablo. La sala de espera es un purgatorio para que las chismosillas autóctonas tomen nota de su vida de divorciado, qué pena con lo atractivo que es, ya llegará el amor a su puerta.
Pepe se pregunta como la gente sobrevive por aquí. Las respuestas son tan ambiguas como el flamenco portuario de estas zonas costeras, azules y casi bizantinas en el uso del andaluz. Los paisajes molan mazo, dice Pablito cabalgando sobre sus muletas y sus eses líquidas que provocan las risas en las aprendices exultantes de mujeres.
Pepe sonríe al recordar su adolescencia de madrileño, como cónsul en cualquier parte del país haciendo alarde de una supuesta superioridad cuasi romana. Eran tiempos del Caudillo todavía, cuando todo era en blanco y negro y se iba en tropel a celebrar los milagros del santo del lugar como es instintivo comer o asearse. En su curro de administración también hay cosas que recordar, preguntas que mejor no hacer, gente que necesita cierto ritual para establecer un buenos días o un café, sí, gracias. Sentados entre la multitud de un chiringuito, riñendo a Pablo por su desaliño al vestir o por su poco cuidado al usar las muletas, de repente una lancha entra tierra adentro, gente que yacía tendida en la arena corre casi más rápida que el ojo a descargar paquetes como ritual de buenos días y tener con qué pagar los coches lujosos que se ven por las calles del pueblo, donde todos saben las respuestas que no facilitar al foráneo.
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Interior de autobús

El interior del autobús media distancia es ese en que la gente busca una especie de paz interior como ajenos al mundo circundante. Anacoretas en transición a un espacio que no importara más allá del rictus que forme en nuestras mentes. De vez en cuando hay un acercamiento asustadizo a la persona de al lado, alguien cuyo cuerpo soporta los vaivenes vitales de un desconcertante universo en regresión.
Es curioso el análisis casi popperiano de los más adultos a la juventud desaliñada y ajena a los tiempos más oscuros de la dictadura que mastica chicle al ritmo caliente del reggaeton de moda. También las barbas casi hipster de cuarentón que se quedó a medio camino de contacto con eso que llaman felicidad y que atiborra su espejismo con libros muy indigestos para el lector de bestsellers. Damiselas en el bálsamo del desamor obviamente haylas desparramadas contra ventanillas al paisaje abigarrados a sus ojos. Para acabar de rematar el bodegón un rapado militar que impresiona su ego contando historias sobre países en que jamás va a  poner un pie y que aburren a la chica de gafas que pretendía empezar un viaje kafkiano en el libro que descansa en sus piernas. El conductor se encomienda a un dios al que no recurre mucho y piensa en un hipotético accidente donde saldría la última vez en que consumió cocaína.
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Luis

¡Qué rápido pasa un año! Otra vez la piscina a rebosar, las toallas anárqui-

cas por el césped, las mujeres observadas con recelo. Luis, el socorrista, ha

conseguido que le contraten este verano también. Lo de estudiar Bellas Artes

le mantiene despierta la ilusión, París o Londres en la meta de los sueños.

Hay una mujer escuálida y frágil a la que retrata en su pequeño apartamento,

de memoria. Viene a las mismas horas con su séquito de amigas; ya le inven-

ta él otras luces sobre su cuerpecito, otra tez que refleje esperanza. Ella

permanece ajena en su atención a las risas, los chismes, da muestra de estar

viva rara vez. Luis no tiene claro si se ha enamorado de la dama que pinta

arropando su previsible ausencia, ese sexto sentido que descubre en ella de

los que están próximos a la muerte. Un día, sin más, deja de venir. La aban-

dona en sus cuadros como venganza. Al menos en la piscina no se ha

ahogado.

 

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La Colmena

Lo de ensayar el discurso ante el espejo es de la peli de La Colmena, porque

el libro realmente no lo ha leído. Es más, se sabe muchos de oídas que luego

estructurará a base de wiki. Ha empezado con buen pie en esto de escribir.

Cuando recibió el email pensó en una broma, mas luego lo han llamado felici-

tándolo gente de estudios y todo. Ha ensayado ya varios comienzos. Frases

lapidarias con guiños a lo mejor de la literatura grecorromana, que en realidad

dan fuerza y empaque mejor que a autores contemporáneos no bien vistos

por pasados izquierdosos. El perfil de hombre sensible de formación cultivada

lleva siglos subrayándolo con sus cómicos ademanes decadentistas. Mamá lo

llama para la cena. Siempre a horas crepusculares recuerda a la novia que

tuvo del pueblo de al lado. Sueña puerilmente en impresionarla con la foto del

periódico, con alguna reseña en webs que nadie va a visitar…El Jurado estará

constituido por perdedores atentos al abordaje de la vida desde posturas im-

posibles de sostener. Descubrirá el sabor insípido contando la suma de dine-

ro del premio. No va a recibir la respuesta a las preguntas que se harían per-

sonajes bien caracterizados.

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Juana

Entierro de la tía Juana. Los del pueblo vienes asustadizos, indigestos en

estos velatorios tan fríos de la ciudad, donde se marcha la gente a dormir en

vez de permanecer cuales caballeros medievales junto a las armas del honor.

Los jóvenes de la urbe pasan besando más introvertidos a priori, menos atentos

al mobiliario y casi a los que muestran su dolor desparramados por la

sala. Los de pueblo miran todo con curiosidad pueril casi, a veces críticos.

Pero al final hablan el mismo lenguaje tecnológico con que cubren sus vidas

de irrealidad virtual ambos grupos. Los mayores se asemejan más. La city no

ha cambiado la añoranza, alguno del pueblo intenta imitarlos sin conseguir

ocultar la rudeza campestre. En general se saludan casi en las contadas

ocasiones de obituarios, bodas o bautizos. Lejanos y ajenos a las redes de eso

raro del internet deambulan por estos acontecimientos con mejor empaque.

La dicotomía pueblo-ciudad, vida-muerte, día-noche se refuerzan en torno al

entierro de Juana. Todos marchan sin apreciar que son más sabios tras el

funeral observados por otra gente que corre la misma suerte al día posterior,

ciclo de dimensión insondable.

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Fotogramas del vertedero

Hace como que ojea el manuscrito. Apuestas a que va decir algo ilusionante

para mantener mi ego de escritor novel con expectativas. Estos editores usan

trucos tan antiguos como la escritura. Llama la atención su pinta impropia a

ratones de biblioteca, su cara gorda delatora de hombre de negocios y no de

libros. Viste con clase que contrasta con mi desharrapada existencia. Debe de

estar acostumbrado a aprendices en las últimas como yo, no se inmuta de mi

barba mendiga ni mis manchas mal disimuladas. No está mal del todo, joven.

Tendríamos que pulirlo para hacerlo más comercial. Ya, se trata de literatura.

Exacto, pero esto es un negocio familiar que depende básicamente de las

ventas, no sé si me entiende, señor…Jacobo me llamo. Sí, quiero conservar

el título de Fotogramas del vertedero. Sí, muy visual, dice en su sarcasmo

personalizado, no sé, tendríamos que discutirlo. Me marcho tras la derrota

con la timidez de un buenas tardes. Resulta que los libros de microrrelatos

se cocinan en entrevistas de trabajo sin sueldo. Haremos un tratado de prin-

cesitas a las que les entregan los principitos el corazón en iconos virtuales,

todo muy contemporáneo y endulzado. La próxima me leo mejor 50 sombras

de Grey, que parece que me hace falta que se me pegue algo.