Publicado en Esmeraldas

Indulto

Quizás nos soñemos sin acné

y sea tan verdad todo, como Dios en todos los precipicios

de pago.

Quizás me quiera la otredad cuando la muerte, el aliento

le eche. Dios

no se presenta detrás de los anuncios,

y grabamos el episodio de la vida de nuevo.

Las tomas falsas del nosotros rezando

muertos de “estar-despiertos”, falsas tomas

son.

A veces Esme me resuelve el laberinto

de las sábanas no lógicas y el roncar de la existencia

es menos culpable.

¡Es tan hermoso amar en tiempos de nacionalimos

de banderas pajilleras! Esme

pide otra; la creación comienza de nuevo.

Mañana un sistema bueno nos negará el indulto.

Una guillotina, cabezas cortará.

La voz del amor que casi no se percibe,

se dará la mano en algún pase a publicidad.

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Impostora

El lugar será

un cuando inocente y nervioso,

unas manos con el verso

y la rima.

Dios existirá, tan de pronto

como las derrotas. El deseo

robará los relojes y su porción

de espera.

En erupción los volcanes,

sincronizados para escupir

olor a eterno.

El amor que pedirá repetir,

empachado de miedo a la ausencia.

Lunas llenas y neón de serie B.

El amanecer y que seas,

aún con ronquidos, un no

a la oscuridad normalizada,

al sofoco del aire que bosteza

cuando la melodía eructa

disonancias.

El lugar será la reencarnación

de lo vivido, muertos

el tiempo y el adjetivo;

el cuando un huracán

que nuestra boca sopla

arrasando las alhajas de la realidad

impostora.

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Cumples

No perciben nuestro marcial paso,

la majestuosidad de nuestros yoes

libres de banderas (son para quemar)

y adjetivos (son para acusar).

En este eterno cumpleaños

en que nos mata un poco la pesadilla,

celebramos las no efemérides

sobre serpentinas

y globos que el viento infló

gracias a nuestro no permiso.

Nadie nos echará de menos,

ocupados en poner punto

a las questions marks, en la negación

del caos que somos, en rescribir

el quijote conmigo de molino,

con los dos de Sancho.

Y el mar y el tiempo en verde,

verbos dormidos,

el virus que somos, la curiosidad

que mató al gato y al perro.

De la tarta surgen la danza,

el compás, el mar…el recuerdo

del nosotros que no seremos

cuando nos arrebaten Uno.

Sobre los tocacielos el florecer,

sobre la espera nuestro pasos,

en contante pirueta, con los ojos

llenos de cumples.

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Al mar que nos observa

Se asoma, cual niña

a la dimensión de los sórdidos adultos,

Sanlúcar al mar que nos observa.

Muros llenos de primavera en legañas,

la ciudad enseña sus lechosa ubres

y las aguas murmuran, lascivas.

Sabe el salitre dónde acaba

esta eternidad de sexo estentóreo,

dónde el futuro de los hombres
árabes,

dónde el orgasmo del cosmos andaluz.

El mar es un ojo, centinela

de todo lo por pasar. Sanlúcar

peina sus olas, lo amansa…

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Una vez

Envés de las hojas

tantas veces,

hoja del abismo

por escribir,

veces del envés

oculto al sol

escrito en miel

cínica. Tantas

veces yo,

tan pocas tú,

tan Dios, a veces,

el fin y su letra pequeña,

el cosmos en tus olas,

en tu dialecto árabe…

Tan poco a que aspirar

si no tú, una vez,

y soñar la regresión,

y que me desempolves

las pesadillas.

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Esme

Donde la eternidad

nos acaricie,

donde hasta la desnudez

sea un adjetivo redundante,

donde

los dónde se guarden

donde las arpas mudas,

donde mis ojos sean niñez

en tus amaneceres,

unos sanlúcares de cal

y primavera

abrazada al existir,

detendrán al tiempo y la muerte.

El cielo sabrá a verde,

verde pandemia

esmeralda cual perenne

calma del Guadalquivir.

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Huesudas manos

Vigilan las iglesias,

con la soberbia anquilosada de las monarquías.

La piedra amarillea el recuerdo;

unas niñas que serán mujeres

en las siestas del verano,

gritan su niñez, inocencias

de estuario. Las calles

fantasmales del invierno, cuyo

murmullo es ajusticiado

por la Sanlúcar inmisericorde,

silba a los barcos pesqueros.

En la calle Ancha rugen los comercios,

mujeres en flor queriendo ser primaveras,

aprendices de hombres noche

pasean su olor a acantilado,

feministas exultantes arrancan

los bigotes al sistema, una anciana

de ninguna parte mendiga

las monedas a judas invisibles.

El mar tatúa las almas mozárabes

de tangos preñados de luz.

Músicos callejeros mantienen

el compás hasta que la piedra duerme.

Sanlúcares de niñez salobre

traen sus huesudas manos

a mecer doñanas que acechaban

vigilantes.

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La piedra llamando

La piedra llamando musculosa,

arropada de mediodía.

Acechan parásitos vientos

en la gula de Historia moribunda.

Sanlúcar habla estentórea; el eco

de la tragedia flamenca se enraíza

en la cal

donde habitan fantasmas.

Unos guardianes del mar

suben con ojos tormenta. Huelen

las primaveras que bostezan

con sus manos salitres.

Noche presagia una gaviota,

y los pescaores del versículo

humilde asienten, con el saber

que nadie atrapó en los libros.

Atardece la piedra un sol lánguido;

las ramas de andaluces nómadas,

se sienten libres esclavizados

a los océanos inmortales.

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El Color que se derrama


Este Guadalquivir de párpados 

cerrados, entregado 

a reencarnarse en risa única

de críos. Bautizados de inocencia

en el juego de la vida, cae la tarde 

en sanlúcares tan blancos

como el Color que se derrama,

solsticios de la vida entrando

en la edad de las tragedias.

Unos barcos vienen desde donde

el tiempo no existe. En la Sevilla 

de los azahares que desnudan 

la magia, contarán  olvidos,

otras derrotas.

Saludamos a nuestros yoes 

de ayeres repetidos. Presagiamos 

la muerte del sol. 

El Guadalquivir  nos cierra los párpados.

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Dragones de siete cabezas

Unas olas encadenadas

a la noche de sanlúcares

que mueren.

Sobre las barcas llama

el destino, entonando

cantos de sirena. Un susurro,

quizás,

secará el Guadalquivir. Las arenas,

sumisas en adagio fúnebre,

invitan lascivas a dragones

de siete cabezas y diez cuernos.

La muerte nos seduce

con la noche excitada,

espléndida en mareas.

Unos barcos ajenos e inocentes

se adentran, penetrantes

cuales reos son, en el imperio

de la nada. Alumbran

el cielo la venganza y la vejez.

Canas viste el silencio del salitre.

El Guadalquivir se reencarna

en muerte que muere matando

el desamor.