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El sofá salmón (I)

No le faltaba razón a su mujer, Ana, cuando luego de un tedioso sábado de medir visual desde cualquier perspectiva digna del mejor Borges, se decidió por comprar el sofá salmón. Carlos dio un sí gesticular digno de cualquier diputado al que interrumpieran la siesta para una votación intrascendente, cual afirmativo había sido en su boda pero con más papada y una alopecia cabalgante en todas direcciones.

Había engordado desde que la crisis lo desterró a cursos de reinserción laboral para los que no había fondos. Una mezcla de tristeza y adicción por las series matinales se reflejaban a su parecer en los espejos que aparecían últimamente por todos sitios. Su mujer animaba lo mismo que una ventana a la pared de enfrente, pero mantenía el ímpetu que la llevaba a currar horas extras y aún así conservarse inmortal como una quinceañera a cualquier hora.

Una vez los operarios colocaron el nuevo sofá en el salón comedor, Carlos cayó en cuenta de su incomodidad. Prefirió no decir nada y acostumbrarse mientras deleitaba cualquier necedad en televisión y en medio de los comerciales visitaba las tierras de Jauja que habitaban en la nevera.
Ana no dijo ni encontró contrariedades, a pesar de lo mal que encajaba con el resto de mobiliario y lo fondón que él quedaba reclinado cual bacanal romana sobre el mismo. Quizás absorto en las preguntas que el rechazo social le obligaban a hacerse, las siguientes semanas mantuvieron un silencio demasiado profundo para una vida conyugal aún sin descendencia a los que hacer culpables de la mediocridad de los actos propios. Empezaron a verse más ruidosos los ronquidos, más desagradables los pelos en la ducha, los geles abiertos, las series sugeridas por el contrario eran basura televisiva…Sin lugar a dudas era una crisis de los cuarenta pero en la treintena, agravada por la sensación de envejecimiento prematuro del postrado Carlos, ameba teleadicta recostada en su sofá salmón.

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Enfrente de Dios

Miraba con ojos nerviosos a través del traje el humano. Sus movimientos torpes debido a la presión atmosférica de aquel planeta árido debían ser visto con comicidad por el imponente alienígena al que aún no había descubierto órganos de visión. Tan taciturno era aquella masa viscosa en su movilidad que lo sospechó desposeído de atributos como la risa o el llanto. Incluso, en un alarde de temeridad, supuso que no concebía a ningún ser humano como más allá de una insignificancia poco atractiva.
Sin apenas movimiento, el encuentro se alargaba con una eternidad soporífera para el cosmonauta. La masa hizo un giro inesperado y de alguna manera, activó un artefacto que parecía traducir los mensajes monosílabicos que se intercambiaban por gestos el humano y de pensamiento la masa en sí. 
– Mi nave me espera fuera de la atmósfera- amenazaba creyéndose protegido por su escafandra, a pesar del terror de su rostro.
El otro permaneció en el silencio que aparentaba ser normal en su relación circundante, transmitida cerebralmente acorde a los parámetros terrestres. El artefacto emitió una aproximación al inglés propia de lengua criolla:
– Llevar muerto un milenio. – entendió en la traducción-  También todos los demás. Tu cerebro recoge el adoctrinamiento que necesitar mi especie para acabar con tu planeta.  
El humano no entendía como aquello aparentaba ser tan real sí estaba muerto. Aunque, claro, jamás había estado muerto anteriormente ni sabía cuáles eran las sensaciones. En aquel preciso momento inmedible, fuera de la dimensión que pensaba real y no era, comprendió que siempre había sido así su no vida, un cerebro pequeño al que adoctrinarían diferentes amos hasta esta especie de prisión sin tiempos ni espacios reales, más allá de lo que permitían creer a su imaginación esclavizada.
Desechó por necia la idea de escapar o atacar a aquella masa informe. Quizás era aquello la misma sensación de estar enfrente de Dios…

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Nueva cocaína

Ciertamente la mediocridad de un escrito dado adolece de poder ser ocultada con dosis justas de grandilocuencia y subordinación por doquier. Andaba con tal praxis el aspirante al aplauso de los grandes críticos de la capital, Don Alfredo López, reconocido pelmazo de provincias cuyas virtudes literarias consistían en carecer de ellas todas, pero no a la suerte de escritores de poca monta o de escaso estilo o vocación equívoca, sino más bien con la misma carencia de pensamiento propio observable entre seguidores acérrimos de cualquier grupo político amante de mitomanías falsamente milenarias o endiosadísimos futbolistas de un equipo de moda.
De esta guisa intelectualoide no podía más que salir un postmodernista panfleto pop que hiciera gozar a enfocados personajes subliminales de la telebazofia de sobremesa, soporífera en su aberración de preferencia por los gritadores más soeces en conseguir sacar el aplauso de telesclavos.
Así, una buena dosis de engaño en el producto, base de cualquier elemento vendible del capitalismo a lo largo de su historia curricular, y con una truculenta historia de personajes mal trazados, vacíos diálogos y una trama folletinesca, el libro, con la inestimable ayuda de un escritor “negro” que fue suculentamente pagado y que no pudo hacer mucho por hacer de aquellos ingredientes un plato gourmet, fue un éxito de ventas previo elogio de especialistas críticos en la novela. Ni que decir tiene que los contrarios pusieron el grito en el cielo en periódicos digitales de insustanciales visitas y webs con muy poca credibilidad por su virulento ataque a la sociedad normalizada. 
Se aceptó como válida la fórmula, el éxito fue masivo con ventas no solo en papel, también en medios digitales y de ahí se creó escuela y lo zafío y estúpido pasaron a ser la última moda hípster que había que aceptar sí o sí a través del embudo contemporáneo. La literatura fue reflejo de lo que acontecía en la sociedad y nada, a vender mucho y deprisa como norma trascendental de aquella nueva forma de hacer dinero.
Los niños en sus libros escolares recibían el adoctrinamiento con ejemplarizantes fragmentos de aquella literatura vacua e infantiloide sacada de lo más profundo de la idiotez, en consonancia con el desmedido uso de la tecnología y otros desaciertos de la época.
Ya habían conseguido reggaeton y ahora libros de autoayuda y poesía de mierda. Juego de Tronos como nueva cocaína. Solo quedaba instalar cámaras.

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Esteticismo narcisista

Cuando Dorian Gray se tambaleó tras esnifar otra en el servicio del cuarto de invitados, tuvo un arrebato de realidad, y puesto que hasta los que disfrazan su animalidad con dosis de perfume esteticista son caínes, fue a buscar su próxima víctima entre las invitadas a aquella conferencia sobre Globalización y Feminismo celebrada en aquel instante en el babilónico jardín de su mansión.

El ego en estos personajes acostumbrados a ser centro de atención en programas de sobremesa y portadas en revistas de dudosa cualidad estilística o de contenido es paralela a su fortuna, y antes de elegir cuidadosamente a su rea  en consonancia a un protocolo cadencioso y decadente, fue escaleras arriba a contemplar la horrible imagen de su culpabilidad.

Quizás por lo intempestivo de la hora, quizás como última lección moral o lo mismo por mero hobby vengativo, al cruzar la puerta hacia su secreto insoslayable, Dorian alcanzó al fin su propia mentira: lo que el creía cuadro era un espejo donde reflejaba sus miserias humanas, toda vez que los más creíbles espejos inanimados del espectacular habitáculo reflejaban lo que se quería ver, como casi siempre ocurre. Ni siquiera el reflejado pudo ser menos egocéntrico que el reflejando, ya que ocultar por más tiempo la pantomima hubiera resultado un equívoco acto de misericordia.

Luego comprendió que todos sus lealtades le siguieron viendo joven y dandy a raíz de los beneficios pecuniarios obtenidos. Miró a su siames a los ojos dantescos y descubrió cierta dosis cómica en la arrogancia de aquél yo. El esteticismo haría que la traición a su persona se convirtiera en la nueva arma de Dorian, y como si nada hubiera alterado sus planes, bajó a acometer su infamia por el puro placer narcisista de su rancio abolengo.

Falta de empatía lo llamaron los psiquiatras cuando ya la egocentría se arremolinó en torno al error de pretender asesinarse a sí mismo, pues no encontrara víctima más acorde a su maldad de clase, sexo y moral.

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Piano

Era muy transitado el edificio donde María trabajaba vendiendo seguros en el trapecio de los despidos y las técnicas de venta. Había puertas opacas giratorias como las de las pelis hollywoodenses y un aire de sofisticación cool calcado a los carpantas hidalgos de los siglos del Imperio. 

Antonio la observaba desde la lejanía agazapado tras sus oscuras gafas de mercadillo y su barbas nuevas . Con la meticulosidad impropia de un hombre en venganza, supo en base a la observación prismáticos en mano, hasta qué días eran los de quedar con amigas y cuáles había dormido mal por el maquillaje aplicado en sus ojeras. 

María nunca mostró sentimiento alguno. Dijo sí a su relación con el ahora espía con la naturalidad con que vuelan los pájaros. Y mostraba su aparente felicidad sonriendo modestamente a las ingentes cantidades de flores que desfilaban delante de sus ojos callados. Ni siquiera mostró sorpresa cuando vio por vez primera el virtuosismo sobre el piano de aquellas manos que tocaban aún torpes su piel.

Aprendió, quizás en retardo resuelto en disonancia, a no ser una plácida melodía más dentro de aquel soñador de legañas perennes y decidió abandonar sus partituras con un calderón como despedida.

Uno de los días numerosos en que la vendedora de seguros salió pensando en él precisamente, Antonio, pistola en el bolsillo izquierdo, decidió abordarla y en un crescendo inigualable hacerla parte protagonista de la tragedia sinfónica. Notó hasta las notas del piano cayendo sobre su ser orquestado por las percepciones del Universo. La gente corría a ayudar en un incidente en la misma entrada y aprovechó el magnicida para perpetrar su acto vil.

María lo miró sin reconocerlo, absorta como iba en saber qué pasaba con la multitud que se agolpaba en círculos metros más allá. La llamó a grito pelado y no obtuvo respuesta. Antonio intentó sacar la pistola pero su mano parecía evaporarse, como la de un fantasma. Se dignó finalmente a volver a la realidad y vio claramente lo acontecido: en su camino presto a la ignominia del asesinato, unos obreros que subían un piano de cola en un bloque de pisos colindante gritaron al músico que quedaría sepultado bajo la mole inmensa, sordo por su ceguera a los sonidos externos. 

Todos las armonías del mundo salieron de aquellos acordes por tocar, en el preludio incierto de ser la muerte trastocada y suspendida de una partitura mal escrita.

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Clonados

Cuando todos cayeron dormidos tras 75 horas de combates , Jacques tuvo la mala suerte de tener el primer turno de guardia. Se atusó absurdamente el bigote y demostrose poca habilidad liando un cigarrillo tan escuálido como todo en aquella trinchera. 

No recordaba bien cómo era su vida de campesino allá por el sur, casi en la línea fronteriza. Pareciera a veces que había nacido con la casaca y los pies hundidos en el barro. Ni siquiera afrontaba con desesperación tener que echar de menos a su esposa y algún hijo delgado como su esperanza.

En la noche cerrada de aquel infierno solo había sordidez y ratas. Asomó su hirsuta cabeza y creyó divisar una luz en medio de la muerte. No daba crédito a tanta torpeza por parte enemiga y prefirió pensarlo una alucinación más de aquella fantasmagórica vida que le tocó en suerte.

El próximo vistazo que dedicara le llevaría a la oscuridad y a preguntarse acerca del porqué de aquella luminosidad casi religiosa hacia unos minutos . 

Presto seguiría a observar algún vestigio cuando divisó difusamente a un alemán deambulando a tientas. Totalmente ajeno a los peligros de la batalla, casi como venido de otra dimensión, pero con las inclemencias reflejadas en sus ropas, hacían sospechar que se había vuelto loco a causa del sufrir por el Káiser.

Jacques sintió compasión no sin antes advertir que no se trataba de algún truco para tomarlos por sorpresa. El alemán no daba síntomas de saber bien dónde se encontraba, y el francés salió a su encuentro ajeno a todas las consecuencias y sin darle mayor importancia a tan temeraria estupidez.

Unos metros más allá viose junto al soldado del ejército enemigo y se cruzaron miradas de sorpresa. Justo en ese preciso instante en que Jacques descubría la simetría de su clon en el soldado Otto, incluido el ridículo bigote y las mismas manchas de sangre en la chaqueta, éste, en su puesto de vigilancia de la parte germana, descubría al soldado Jacques deambulando perdido, descubriendo sorprendidos que ambos bandos tenían los mismos soldados clonados pues Dios se había cansado de crear vidas inéditas para tener que luego verlas morir. 

Los historiadores se sorprenderían décadas después de la similitud de las bajas en todos los ejércitos en contienda. Jacques y Otto murieron a la vez sin tiempo a avisar a sus compañeros compatriotas. Los gobiernos de sendos países siguieron, como hasta ahora, disfrutando del doble destino trágico de la vida repetida en dos cuerpos diferentes…

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Sin rostro

En medio de la pista un padre sin rostro se ríe. Luis se ha meado encima. Sus manitas de colegial no abarcan a tapar la mancha de la vergüenza. El gintonic moja sus sandalias. No está de servicio. Mejor, si no, cogía la pistola y disparaba un tiro en esa asquerosa boca que lo humilla.

Los aldeanos se apartan. Saben que es picoleto. Aquí se conocen todos. En medio de la música su madre lo acaricia. Lleva barba de varios días. La mujer recrimina sus pintas. Perdóname, mamá, le dice, y trastabillea cayendo sobre alguien que lo arroja violentamente contra el suelo. Un borracho más con una borrachera más en mitad de su laberinto. 

Despertará y los amigos del cole estarán jugando al fútbol con sus padres. Ellos no se deben mear en la cama, ni en las borracheras.

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Hasta que nos muramos

No entiendo qué te pasó por la cabeza las veces que me diste falsa esperanza, ni tampoco porque hay que intentar herir a quien dices haber querido tanto.
Supongo que por los mismos motivos que me llevaron a insultarte y a sufrir de celos porque mi vida te la entregué entera y la crisis me ha dejado fuera de juego. Me jode mucho que precisamente cuando nos queríamos más tuve que volver al Infierno. No sé cómo superar esa etapa de mi vida. Aún tengo pesadillas con ello.Si hubiera ido a verte no creo que te hubieras resistido al amor. Yo tampoco. Pero la que me recogió ardiendo ya en el Purgatorio fue otra persona. Lo mismo que pasó con tu mirada, yo la destrocé y otra alma te la devolvió. Así de fácil….Acabamos tan sin respuestas que tendremos que vivir con ello hasta que nos muramos. Y es aterrador en serio, por mucho que animes a seguir, por mucho que te anime yo a ti, por mucho que nos enamoremos de otras personas muchísimo mejores que nosotros…

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Ana y Carlos

Carlos es un payaso que curra en un circo. Esta noche va a actuar en mi pueblo junto a Ana, su mujer, una fantástica trapecista.

Mis amigos y yo estamos viendo cómo montan la carpa en una esplanada. Carlos y Ana tienen un hijo de 8 años, nuestra edad. Se llama Pepe y es muy simpático y buena gente como su papá y mamá. Le digo que me llamo Naima y lo invitamos a jugar al fútbol con nosotros. Mientras, los mayores siguen montando la carpa.

Pepe se sabe muchos chistes y anécdotas del mundo en el que vive. Todos reímos a carcajadas. También es muy ágil y se pone de portero durante el partido.

De pronto, de una fuerte patada al balón, uno de mis colegas lanza la pelota tan fuerte que acaba atrapada en la copa de un árbol.

-¡Tranquilos, amigos! ¡Yo subiré a por ella!- dice Pepe mientras empieza a subir por el tronco hacia la cima.

Cuando va a llegar a la pelota, se cae desde arriba y empieza a gritar de dolor. No sabemos qué hacer y algunos corremos a decírselo a sus papás. Carlos pone cara de preocupación y pena. Vemos a una triste Ana coger su móvil para llamar a una ambulancia. La gente del circo no solamente se ríe y lo pasa bien.

Nosotros al final estamos preocupados y no nos apetece ir a la función de por la noche. Luego nos enteramos que han suspendido la función para acompañar a Pepe al hospital.

Al día siguiente es lunes. Le contamos a nuestra maestra Macarena lo que ha pasado y ella organiza con nuestros papás y mamás para ir a ver a Pepe después de clase. Nos comunican que Pepe está descansando en su caravana tras escayolarle la pierna en el hospital. 

Cuando llega la tarde y entramos en la caravana donde vive, está en su camita despierto, aunque un poco serio porque no se puede mover con su pierna rota. No sabemos muy bien qué decirle para hacerle sonreír.

Pero en el circo todo puede ser magia. Carlos el payaso entra disfrazado y hace su show para Pepe y sus nuevos amiguitos. Cuando acaba todos estamos muertos de risa incluido su hijo. Entonces entra Ana vestida de trapecista y nos deja a todos asombrados con su número de circo. Al final estamos todos muy felices porque Pepe sonríe de nuevo y hemos podido ver parte del espectáculo.

Ojalá todos los niños del mundo pudieran ser felices como nosotros este lunes.

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Julito (V)

Julito tiene una pesadilla y se despierta de un sobresalto. No sabe si se le ha escapado algún grito. Los superhéroes de los dibujos también tienen miedo a veces, pero no llaman a mamá. Él sabe que para ser uno de ellos tiene que ser valiente. Piensa en sus amigos del cole, en qué pensaría María y se intenta dormir luego de revisar bajo la cama y solo ver sus zapatillas nuevas. 
La abuela le dice a veces que no vea tanto dibujo de monstruos, pero como se duerme aunque luego lo niegue, aprovecha él para fardar en el cole. Se siente importante cuando el resto lo mira contando de qué van, porque todos tienen papás y/o mamás que prohíben ver dibujos de niños mayores y a todos les pica la curiosidad. Seguro que María estará encantada y podrá darle un beso en la mejilla. En la boca ha leído en un cuento que le regaló la novia de papá que te conviertes en rana o algo así.

Se pone un poco triste porque ese cuento se lo quitó de las manos mamá cuando supo de quién venía. Julito se quedó quieto e inmóvil en la silla del salón. Luego volvió ella y se lo devolvió dándole muchos besos. Él tuvo una sensación de que mamá ya no era maga, y que él sabría quién era el monstruo que se la había robado y la recuperaría para ella. El cuento lo esconde en su baúl secreto para que mamá no se vaya a su cuarto a llorar. El piso es pequeño y se oye todo.