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Piano

Era muy transitado el edificio donde María trabajaba vendiendo seguros en el trapecio de los despidos y las técnicas de venta. Había puertas opacas giratorias como las de las pelis hollywoodenses y un aire de sofisticación cool calcado a los carpantas hidalgos de los siglos del Imperio. 

Antonio la observaba desde la lejanía agazapado tras sus oscuras gafas de mercadillo y su barbas nuevas . Con la meticulosidad impropia de un hombre en venganza, supo en base a la observación prismáticos en mano, hasta qué días eran los de quedar con amigas y cuáles había dormido mal por el maquillaje aplicado en sus ojeras. 

María nunca mostró sentimiento alguno. Dijo sí a su relación con el ahora espía con la naturalidad con que vuelan los pájaros. Y mostraba su aparente felicidad sonriendo modestamente a las ingentes cantidades de flores que desfilaban delante de sus ojos callados. Ni siquiera mostró sorpresa cuando vio por vez primera el virtuosismo sobre el piano de aquellas manos que tocaban aún torpes su piel.

Aprendió, quizás en retardo resuelto en disonancia, a no ser una plácida melodía más dentro de aquel soñador de legañas perennes y decidió abandonar sus partituras con un calderón como despedida.

Uno de los días numerosos en que la vendedora de seguros salió pensando en él precisamente, Antonio, pistola en el bolsillo izquierdo, decidió abordarla y en un crescendo inigualable hacerla parte protagonista de la tragedia sinfónica. Notó hasta las notas del piano cayendo sobre su ser orquestado por las percepciones del Universo. La gente corría a ayudar en un incidente en la misma entrada y aprovechó el magnicida para perpetrar su acto vil.

María lo miró sin reconocerlo, absorta como iba en saber qué pasaba con la multitud que se agolpaba en círculos metros más allá. La llamó a grito pelado y no obtuvo respuesta. Antonio intentó sacar la pistola pero su mano parecía evaporarse, como la de un fantasma. Se dignó finalmente a volver a la realidad y vio claramente lo acontecido: en su camino presto a la ignominia del asesinato, unos obreros que subían un piano de cola en un bloque de pisos colindante gritaron al músico que quedaría sepultado bajo la mole inmensa, sordo por su ceguera a los sonidos externos. 

Todos las armonías del mundo salieron de aquellos acordes por tocar, en el preludio incierto de ser la muerte trastocada y suspendida de una partitura mal escrita.

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Clonados

Cuando todos cayeron dormidos tras 75 horas de combates , Jacques tuvo la mala suerte de tener el primer turno de guardia. Se atusó absurdamente el bigote y demostrose poca habilidad liando un cigarrillo tan escuálido como todo en aquella trinchera. 

No recordaba bien cómo era su vida de campesino allá por el sur, casi en la línea fronteriza. Pareciera a veces que había nacido con la casaca y los pies hundidos en el barro. Ni siquiera afrontaba con desesperación tener que echar de menos a su esposa y algún hijo delgado como su esperanza.

En la noche cerrada de aquel infierno solo había sordidez y ratas. Asomó su hirsuta cabeza y creyó divisar una luz en medio de la muerte. No daba crédito a tanta torpeza por parte enemiga y prefirió pensarlo una alucinación más de aquella fantasmagórica vida que le tocó en suerte.

El próximo vistazo que dedicara le llevaría a la oscuridad y a preguntarse acerca del porqué de aquella luminosidad casi religiosa hacia unos minutos . 

Presto seguiría a observar algún vestigio cuando divisó difusamente a un alemán deambulando a tientas. Totalmente ajeno a los peligros de la batalla, casi como venido de otra dimensión, pero con las inclemencias reflejadas en sus ropas, hacían sospechar que se había vuelto loco a causa del sufrir por el Káiser.

Jacques sintió compasión no sin antes advertir que no se trataba de algún truco para tomarlos por sorpresa. El alemán no daba síntomas de saber bien dónde se encontraba, y el francés salió a su encuentro ajeno a todas las consecuencias y sin darle mayor importancia a tan temeraria estupidez.

Unos metros más allá viose junto al soldado del ejército enemigo y se cruzaron miradas de sorpresa. Justo en ese preciso instante en que Jacques descubría la simetría de su clon en el soldado Otto, incluido el ridículo bigote y las mismas manchas de sangre en la chaqueta, éste, en su puesto de vigilancia de la parte germana, descubría al soldado Jacques deambulando perdido, descubriendo sorprendidos que ambos bandos tenían los mismos soldados clonados pues Dios se había cansado de crear vidas inéditas para tener que luego verlas morir. 

Los historiadores se sorprenderían décadas después de la similitud de las bajas en todos los ejércitos en contienda. Jacques y Otto murieron a la vez sin tiempo a avisar a sus compañeros compatriotas. Los gobiernos de sendos países siguieron, como hasta ahora, disfrutando del doble destino trágico de la vida repetida en dos cuerpos diferentes…

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Sin rostro

En medio de la pista un padre sin rostro se ríe. Luis se ha meado encima. Sus manitas de colegial no abarcan a tapar la mancha de la vergüenza. El gintonic moja sus sandalias. No está de servicio. Mejor, si no, cogía la pistola y disparaba un tiro en esa asquerosa boca que lo humilla.

Los aldeanos se apartan. Saben que es picoleto. Aquí se conocen todos. En medio de la música su madre lo acaricia. Lleva barba de varios días. La mujer recrimina sus pintas. Perdóname, mamá, le dice, y trastabillea cayendo sobre alguien que lo arroja violentamente contra el suelo. Un borracho más con una borrachera más en mitad de su laberinto. 

Despertará y los amigos del cole estarán jugando al fútbol con sus padres. Ellos no se deben mear en la cama, ni en las borracheras.

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Hasta que nos muramos

No entiendo qué te pasó por la cabeza las veces que me diste falsa esperanza, ni tampoco porque hay que intentar herir a quien dices haber querido tanto.
Supongo que por los mismos motivos que me llevaron a insultarte y a sufrir de celos porque mi vida te la entregué entera y la crisis me ha dejado fuera de juego. Me jode mucho que precisamente cuando nos queríamos más tuve que volver al Infierno. No sé cómo superar esa etapa de mi vida. Aún tengo pesadillas con ello.Si hubiera ido a verte no creo que te hubieras resistido al amor. Yo tampoco. Pero la que me recogió ardiendo ya en el Purgatorio fue otra persona. Lo mismo que pasó con tu mirada, yo la destrocé y otra alma te la devolvió. Así de fácil….Acabamos tan sin respuestas que tendremos que vivir con ello hasta que nos muramos. Y es aterrador en serio, por mucho que animes a seguir, por mucho que te anime yo a ti, por mucho que nos enamoremos de otras personas muchísimo mejores que nosotros…

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Ana y Carlos

Carlos es un payaso que curra en un circo. Esta noche va a actuar en mi pueblo junto a Ana, su mujer, una fantástica trapecista.

Mis amigos y yo estamos viendo cómo montan la carpa en una esplanada. Carlos y Ana tienen un hijo de 8 años, nuestra edad. Se llama Pepe y es muy simpático y buena gente como su papá y mamá. Le digo que me llamo Naima y lo invitamos a jugar al fútbol con nosotros. Mientras, los mayores siguen montando la carpa.

Pepe se sabe muchos chistes y anécdotas del mundo en el que vive. Todos reímos a carcajadas. También es muy ágil y se pone de portero durante el partido.

De pronto, de una fuerte patada al balón, uno de mis colegas lanza la pelota tan fuerte que acaba atrapada en la copa de un árbol.

-¡Tranquilos, amigos! ¡Yo subiré a por ella!- dice Pepe mientras empieza a subir por el tronco hacia la cima.

Cuando va a llegar a la pelota, se cae desde arriba y empieza a gritar de dolor. No sabemos qué hacer y algunos corremos a decírselo a sus papás. Carlos pone cara de preocupación y pena. Vemos a una triste Ana coger su móvil para llamar a una ambulancia. La gente del circo no solamente se ríe y lo pasa bien.

Nosotros al final estamos preocupados y no nos apetece ir a la función de por la noche. Luego nos enteramos que han suspendido la función para acompañar a Pepe al hospital.

Al día siguiente es lunes. Le contamos a nuestra maestra Macarena lo que ha pasado y ella organiza con nuestros papás y mamás para ir a ver a Pepe después de clase. Nos comunican que Pepe está descansando en su caravana tras escayolarle la pierna en el hospital. 

Cuando llega la tarde y entramos en la caravana donde vive, está en su camita despierto, aunque un poco serio porque no se puede mover con su pierna rota. No sabemos muy bien qué decirle para hacerle sonreír.

Pero en el circo todo puede ser magia. Carlos el payaso entra disfrazado y hace su show para Pepe y sus nuevos amiguitos. Cuando acaba todos estamos muertos de risa incluido su hijo. Entonces entra Ana vestida de trapecista y nos deja a todos asombrados con su número de circo. Al final estamos todos muy felices porque Pepe sonríe de nuevo y hemos podido ver parte del espectáculo.

Ojalá todos los niños del mundo pudieran ser felices como nosotros este lunes.

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Julito (V)

Julito tiene una pesadilla y se despierta de un sobresalto. No sabe si se le ha escapado algún grito. Los superhéroes de los dibujos también tienen miedo a veces, pero no llaman a mamá. Él sabe que para ser uno de ellos tiene que ser valiente. Piensa en sus amigos del cole, en qué pensaría María y se intenta dormir luego de revisar bajo la cama y solo ver sus zapatillas nuevas. 
La abuela le dice a veces que no vea tanto dibujo de monstruos, pero como se duerme aunque luego lo niegue, aprovecha él para fardar en el cole. Se siente importante cuando el resto lo mira contando de qué van, porque todos tienen papás y/o mamás que prohíben ver dibujos de niños mayores y a todos les pica la curiosidad. Seguro que María estará encantada y podrá darle un beso en la mejilla. En la boca ha leído en un cuento que le regaló la novia de papá que te conviertes en rana o algo así.

Se pone un poco triste porque ese cuento se lo quitó de las manos mamá cuando supo de quién venía. Julito se quedó quieto e inmóvil en la silla del salón. Luego volvió ella y se lo devolvió dándole muchos besos. Él tuvo una sensación de que mamá ya no era maga, y que él sabría quién era el monstruo que se la había robado y la recuperaría para ella. El cuento lo esconde en su baúl secreto para que mamá no se vaya a su cuarto a llorar. El piso es pequeño y se oye todo.

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El hombre electrónico (III)

Manolo el cabo casi no cabe en el asiento de copiloto. A su lado va cualquier guardia que había disponible y que no es muy hablador. El grueso acompañante lo mira de soslayo.
-¡Ha muerto un pez gordo en Acepa!
Tiempo de reacción del conductor impasible. Sigue sin decir nada escondido en sus gafas oscuras.
El otro continúa.
-Lo han encontrado decapitado en medio de olivos de su propiedad ¡Es inaudito un crimen en estas tierras, no recuerdo que haya habido algo así por aquí en la vida!
Manolo pregunta por un cigarrillo. Lleva 18 meses sin caer. Su compañero en el Cuerpo solo abre la ventanilla. La radio está encendida. Pronto para que nadie dé noticia alguna. Sigue de fondo, tan poco animada como el de las cuidadas manos sobre el volante. La mano derecha tiene uñas de tocador de flamenco. Manolo siempre quiso saber aunque fuera unos acordes.

No sigah con lo de mi padre, Pablo, eh un padre, zolamente eso, no hay que darle tantah vueltah a lah cosah, ¿zabeh?¿Y qué zi te ha despreciao?¿Lo h’esho yo acazo? Eh ya mu’ mayor y ziempre ha tenío que hacé también de madre, un’ombre como é, que no’staba’ducao’n la ciudá y ziempre con suh laboreh del campo…Ya, ya empiezah con lo de que éh un casique, ¡pues yo zoy zu’ija y siempre zerá’zí por musho que desprecieh el dinero!¡No creo que tenga también culpa de ezo! Ya sabíah que era mi padre anteh de que zaliéramoh, anteh de que tuh padreh y tuh hermanoh oh fuéraih a la capital, bahtante aguanto con ehtá ziempre zola ha’ta que tieneh libre y vieneh a verme, ¿no te parece? Lah cosah son de momento así, también he sufrío yo en mih carneh séh hija única y que te culpen con suh miradah porque mi santa madre muriera en el parto. Sabeh que no todoh somoh unoh fascistah redomadoh ni queremoh que todo siga iguá ¡No t’abría azeh’tao en mi vida ni tú a mí! ¡Te poneh pesadísimo con todo eso, Pablo, cariño! Ademáh, ya sabeh lo que’stoy pasando’n la rezidensia, lah monjah son unah cabronah, eh como’htáh en el ejérzito o argo peó…

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El hombre electrónico (II)

Rostros abofeteados por un sol de justicia. Los hombres fuman dentro del bar. Ninguna mujer. Ruido ensordecedor de comentaristas deportivos en pantalla. Niños que entran o salen en frenéticas carreras que a nadie inmuta. Maquilla el ambiente alguna adolescente que entra a pedir dinero a alguno de los presentes. El partido está a punto de comenzar. Por las ventanas se vigila a la gente que pasa por la plazuela del ayuntamiento. Aparecen los primeros cubalibres. El resto bebe cerveza en vasos abandonados anárquicamente sobre la barra. Aceitunas huérfanas en platillos. Se habla de cacería o se cuentan chistes verdes. Acento andaluz opaco.

Mitad de partido. La gente se agolpa de nuevo al mostrador. Detractores y simpatizantes de los equipos en lucha se agreden a voces. Risas. Camaradería. Adolescente reggaetonero con gorra en manos entra con cara de muerte. El bullicio acicala sus nuevas al oído de su padre, viejo con cigarrillo en ristre y capataz marcial en el tajo. Los dos salen no sin miradas cómplices con algunos presentes.
El partido en su segunda parte. Algunos corren calle arriba aún achispados por la cerveza. El resto ha descendido el volumen de su perorata de sábado y solo los periodistas deportivos se oyen de fondo en el sepulcral desconcierto. Como geranios de los balcones, los rostros bronceados asoman curiosos.

Casa cuartel de cabeza de partido comarcal. Aúllan perros por calles contiguas. El cabo que pelea con el ratón del ordenador es entrado en canas y carnes. Viste bigotes clónico de guardia civil de antiguo régimen. Un compañero más joven entra en oficina donde dos acusados por violencia de género esperan. Otro guardia vigila próximo a ellos. La impresora en potencia.
-¡Manolo, una llamada para usted! -exclama el intruso guardia- ¡Es importante!
Manolo el cabo se levanta con la rapidez que le permiten sus kilos de hombre que ha pasado los sesenta inviernos.Manolo se dirige a la llamada de quién coño será el que telefonea. El joven es observado por los presuntos maltratadores. El joven los observa a su vez mientras acaba de reconocer la impresora en pantalla. Otros civiles rondan fuera discutiendo amigables de fútbol.
Manolo vuelve y saca al joven con un gesto. Mueve los labios a través de los cristales de la puerta. Los dos esposados no saben leerlos y especulan. Añora uno un cigarrillo. Ambos son tan culpables como el sistema donde los han nacido.

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El hombre electrónico (I)

Sindicato de izquierdas. Desconchados en las paredes. También pósters varios y obreros que charlan animados. Al día siguiente hay presentación de libro y ultiman detalles. Mientras, beben cervezas y fuman. Algunos olvidaron las causas perdidas pero se dejan llevar,por el ímpetu de los jóvenes. Radio ensordecedora que recibe los insultos de los presentes.

Fuera para un coche cualquiera. Hace ruido de viejo. Miradas cómplices que hablan. Uno sale, apenas un chaval. Se dirige al auto que baja ventanilla de conductor. El chico espera mirando al interior.
– ¡Andaos con cuidao, Migue! Van a por ustedes a jierro! Van a mandá gente de Madrí pacá…

Marcha atrás y se esfuma el intruso. La gente aquí habla con los ojos definitivamente.

Alicia es guapa. Toda la estirpe de terratenientes cuyos apellidos lleva ha tenido mujeres bellísimas y hombres borrachos y violentos. La belleza es un atributo más. A ella solo le ha servido para que su inquisidor padre no le permita haber disfrutado casi del abandono de la niñez. Quiere pensar que con mamá viva habría sido diferente. Sabe en su interior que no. Ella no recuerda y se siente culpable por no poder hacerlo. Mira las fotos que la criada le guardó cuando su padre destrozado obligó a eliminar vestigios del pasado a su forma. Ve a una extraña. Una mujer de cristal con sonrisa de buen ángel.

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Grandes gestos

Se despidió sin grandes gestos, en un armisticio no celebrado. Ella se sintió tan derrota como si alguien pudiera haber vencido y ya entonces buscó un bálsamo en las pequeñas cosas de la resurrección forzada. Él se quedó en el punto de olvidar nombres y lugares de recuerdos que miraban con ojos asesinos y profirió todas las amenazas de muerte que pudo concebir desde su desquicio al borde del acantilado.

Ella no supo cuando, mendigando por algún lugar de la tristeza, él había resbalado en una dimensión etílica propia de desenamorados terminales y golpeó su cabeza contra su propio reflejo. Se partió el mismo cuello que ella había dejado a expensas del patíbulo y alguien identificó el cadáver que habíase despedido con veneno en las maldiciones hacia su antiguo amor vital.
No sintió ella ni siquiera un mínimo afecto cuando se enteró años más tarde. Era como no haberle conocido en esta vida y se limitó a sentir una lastima impuesta básicamente por respeto al anónimo mensajero que la contemplaba esperando al menos una lágrima que no llegó.

Anciana y moribunda en el lecho de muerte se encontró años más tarde. A pesar de la sedación, supo distinguir entre los vaivenes de los sueños como aquél amor abortado de juventud se acercaba y le clavaba un cuchillo en medio del alma. Los presentes alrededor de la cama oyeron un último suspiro que sonó a sorpresa.