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Don Rafael

Pasará algún vecino de los que no tienen voz en las historias porque repiten impolutos el credo al uso, y echará una mirada de desprecio a modo de saludo al amoral don Rafael, vecino más lapidado del edificio. Quedará este fijo en el morir delos pasos hacia las alturas mientras fuma de un cigarro impasible.
Don Rafael fue Fali el menor de una familia de cuatro hermanos cuatro, tres hermanas mayores a las que servía de muñeco comandadas por la terrible pelirroja Rosario, que en el fondo era adorable y se meaba en la cama cuando había tormentas en aquella ciudad del norte, donde siempre llueve y hay brujas porque los castigó Dios por no rezar suficientes avemarías ni creer fervientemente en la gracia que Aquel otorgó al de las palomas cagonas a pies juntillas. Lo vestían de chica, le pintaban los labios, ponían pelucas y aquel se dejaba en vez de partir espinillas y tirar de los pelos a aquellas tres hermanas tres que le superaban en el escalafón del tiempo. La madre reía las ocurrencias mientras cosía para la calle, pero no así el padre, de bigote felpudo con cara y cuerpo osuno cuyo sueldo de operario no cualificado lo dejaban en desventaja para partirle la crisma al niño y evitar futuro amaneramiento. Pasan Mercedes y Pili, que pretende un hola sorpresivo pero como es un hombre solitario a las puertas de la tramoya viviente, se esconde tras la madre que saluda casi evasiva. 
El niño Fali no jugaba al fútbol y pintaba pájarillos en un cuaderno, que como en toda historia que acaba mal porque alguien invente que un Dios a su vez inventado no quiere que los niños maricas pinten el volar que a los demás se les niega, en algún momento oportuno algún compañero amaestrado con la doctrina de moda en tiempos de guerras civiles donde vencen nacionales porque los otros serían de Transilvania o peor, le rompen el cuaderno y le parten las narices y el niño Fali, amanerado pero buen hermano, llora porque le duelen los golpes y no sabe que hay que vengarse.Don Rafael acaba su fumar pausado y entra en el portal, oliendo a ciudad del norte y a olvido.

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Findes

El electricista ahora parece que pisa los escalones más firmes los findes, que seguro que la suegra tiene más cojones que la hija, va a decir María desde su observatorio privado y secretísimo que todo el mundo conoce y por eso muchos no devuelven buenos días cuando baja maquillada de achaques a hacer las compras, más por constatar sus cuasi científicas observaciones perennes porque ya su querida hija cristiana, al menos el día que la visita, que todo se está perdiendo a medida que el Generalísimo va marchitando esa vida castísima dedicada a las Españas, le trae todo en el coche de su marido, que es ingeniero o algo parecido y trabaja en una empresa norteamericana o alemana, que Mercedes y su hija tonta, pobrecita, le sirven de traductoras para con el resto de los tachados por diabólicos seres que habitan la casa de vecinos. No le preguntan a ella directamente porque son unos envidiosos que pierden la vida en el bar o viendo cosas impuras en la televisión, que hoy día todo va a estallar por los aires por mucho que ella se confiese varias veces al mes o incluso varias por semana.
Pues eso, que el hombre parecía irremediablemente perdido pero ha recuperado al fin la cordura y ya los viernes de madrugada el único ruido que perturba a este bloque de pisos bendecido por el ministerio de vivienda con unos metros de menos, es la queja de alguna chicharra señalando que antes hubo aquí tierras desnudas no mancilladas por el hombre.

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Sin tempo

Las escaleras que bajan a la realidad soportan los pasos arrítmicos del eletri. El niño Ángel tiene la puerta entreabierta de su cuarto, los cordones desatados. Tiene un secreto compartido con mamá acerca de sábanas que amanecen húmedas.

Es media tarde de sábado cualquiera. Dentro de poco vendrá Juan Luis, menudo e inocente en sus caracoles de once años y llamarán al timbre. Para entonces papá ya dormirá con la cabeza entre el váter y la bañera y si hay suerte, piernas encogidas para que su mamá cierre la puerta del baño y los ronquidos no hagan retumbar los cimientos del pisito. Huele a calle y cigarros en el recuerdo abigarrado de tonos ocres y televisores aún en blanco y negro.

Se van a oír voces en calderón. Armonías desafinadas de gente que tensa demasiado los acordes y olvida el tempo. El eletri ha traído dulces para que se los coma su hijo, que está en contra de él porque su mujer es una bruja, y el un hijo de su putísima madre porque la ópera sigue un libreto demasiado improvisado, y las aguas de los diluvios nunca se sabe…la mujer es menuda y casi analfabeta, pero Gilda a abofeteado a Glenn Ford en Gilda y ella lo vio anoche a solas en la tele que parpadea y no se va a comprar ninguno hasta que él lo diga que es el que trae los dineros y el anarquismo no tiene que ver con quien mande puertas adentro.

El niño casi bosteza y cuando oye ronquidos a lo lejos, sale al pasillo, ve restos de merengue brillando sobre la paredes empapeladas de soberbia y caos, y el papá no lo sabe, pero el niño Ángel coge con sus deditos restos de la metralla endulzada y cuando Juan Luis llama con sus nudillos apenas esbozados casi a traición, su amigo gordito y que se peina con la raya en medio, le ofrece algo que está muy bueno y los dos bajan a la realidad a jugar un partido sin reglas y sin tempo, como en el mundo absurdo de los adultos…

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A toca teja

Víctor últimamente viene más tarde. «Hay obras por toda la avenida» se disculpa con malos modos, como enfadado ante la duda»¡a ver si me voy a tener que quedar en casa de mi madre!» Y ella ya se muerde el labio y él lo sabe pero sigue porque los tiempos muertos no son su fuerte.
Al siguiente día ella compra un sofá con los pequeños ahorros que solo una mujer puede hilvanar. «Por la tarde lo llevan, señora», dice la dependienta secretaria limpiadora que le atiende en la nueva tienda no lejos del centro. Alicia ha practicado para firmar, y sabe que le hace falta consultarlo con su maridito, pero a los cara de niño no se les pregunta nada, en las tiendas llevando efectivo y pagando a toca teja, aceptan venderte al diablo si tal cosa fuera posible. Ella va a atender bien a los mozos de las mudanzas, les ofrece café y uno de los dos le acepta agua como recompensa a la hazaña de subir tan arriba. Víctor se da cuenta de puro milagro, es hombre de todos modos, y musita un «me gusta, ¡queda bien, se ve cómodo!» demasiado fingido. Alicia no le da importancia. Víctor esta vez se muerde el labio por dentro.

En el bus el electricista que vive en el ensanche, donde sus hermanos le preguntan una y otra vez que qué se le ha perdido allí luego de toda una vida en el centro, que era anarquista y luego se casó porque su madre una vez de niño le espetó que no sería nada en la vida, igual que su puñetero padre, que estaba en la cárcel por comunista hasta que el Generalísimo abandonara aquella santa ciudad poblada de fantasmas de una guerra tabú, habla consigo mismo a la par que cede el asiento con un chicle fosilizado a una mujer muy embarazada. Anoche Alicia le soltó que pasaba muchas horas sola y que iba a buscar curro, que tenía experiencia en fábricas, que si se pensaba que solo había ido al campo, que si no podían disponer de más dinero para amueblar de una vez el pisito. Y entonces él se levantó y le dio una patada al sofá nuevo y le metió el pie dentro. Alicia sintió aquella patada como que le golpearan los ovarios y se los aplastaran. Y Víctor intentó musitar una disculpa o pedir perdón; lo malo es que nadie, durante todo el hambre que había pasado y que se le asomaba en las pesadillas cuando se indigestaba de gazpacho por la noche, ni luego cuando rendía eficiente porque los nervios iban más deprisa que los pasos de los demás, nadie le había enseñado cómo se hacían aquellas cosas, porque el franquismo no conquistaba en la comisaría llena de grises donde le patearon el bajo vientre y los testículos alguna vez de la que no quiere acordarse; lo hacía en los buenos días de los vecinos, en no saber traducir las letras de los Rolling o en no tener ni idea de quien era el mequetrefe de Hemingway o como quiera que se llamara ese tipo que no existía más que entre los que vinieron a hacer fotos por el centro, a beber sangría y comer paella con calcetines de colorines y sandalias.
Habla tanto consigo mismo que se apea más tarde de la cuenta, mientras va mirando el trenzado eléctrico de las nuevas calles por donde, a lo mejor, van a dar sus hijos los primeros pasitos. Quiere un mundo mejor, que cuando lo de Kennedy a Víctor lo pilló en la costa instalando un hotel con otra antigua empresa. Los compañeros al mediodía se piraban a la costa y él les recriminan que el trabajo había que acabarlo y volverse, porque a él todo lo que no oliera a ciudad, le parecía muy raro y finalmente, con la cara de niño que gastaba, nadie le tomaba en serio, máxime con su juventud y delgadez, no daba la talla para jefe y menos para encargado.
Pues alguien llegó y soltó: «Electri, marchaos para vuestra tierra que se va a liar la de Jesucristo». Tan serio y afectado sonó aquel hombre, fontanero de profesión, que el joven electricista dejó la acometida de 2.5 mm cuadrados y se fue a buscar un teléfono desde el que llamar a casa. «Lo están dando por la tele» explicó la voz de su padre, comunista y enchufado bedel que conocía a alguien gordo en el ayuntamiento. «Te vienes pero ya para casa, que tu madre está que no vive llamando a todos».
Los 7 hermanos, que la mitad ya habían volado del nido paterno, se abrazaron todos en la sapiencia de que al mundo le quedaban dos telediarios mal contados porque seguro que había sido un ruso espía o un cubano castrista. Víctor bajó a un vecino de su misma religiosidad, es decir, ninguna, por hacerse el interesante y presumir de masonería de la que se permite a los desgraciados obreros y el otro le hizo caso mientras se acababa el puchero de su mujer y luego lo invitó a salir porque se disponía a marcharse al turno nocturno en la fábrica.
Aquello le reconfortó el ánimo mientras se acercaba al bloque de pisos para pobres y tras abrir, dar unas sentidas buenas tardes a dos señoras posiblemente nuevas vecinas o de visita, al vecino agrio de la planta baja, subió las escaleras con el ímpetu de las cosas bien hechas. Al entrar en casa, el sofá lucía un casi invisible zurcido. Su esposa devolvió el buenas tardes que sonó a armisticio para encarar la entrada de la primavera y el obrero especialista sintió en las entrañas el instinto animal que no casaba con religión ni generales vencidos por el tiempo saludando desde El Pardo.

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Alicia

Alicia cuando se casó y se fue a la ciudad donde la gente no se da los buenos días ni se sabe los nombres de todos los vecinos del bloque, ya había vivido allí varios años, pero como sirvienta en una urbanización de gente que habla idiomas y va a París y se trae souvenires de la torre esa famosa que sale en las películas en blanco y negro y los niños la quieren a una más que a su madre, gacela estilizada y rubia de bote, porque para eso les prepara los mejores bocatas del mundo y les guarda el secreto de la pelea en el  patio, bajo amenaza del cura franquista tardío, como los estilos arquitectónicos y los novios que dudan.Total, que ni sabía cómo era nada más allá de las excursiones domingueras donde hacía de hada madrina de la prole inmensa de aquellos adoradores del ombligo patrio y en recompensa aprendió a juntar algunas palabras de las cartillas de primaria y a firmar con cierto estilo que casaba con la moda de las mechas y el hippismo que el régimen permitió para no dejar descarriarse a tanta oveja adoradora de los pelusos aquellos de Liverpool.
Alicia sentía pánico por las enaguas y las combinaciones que vestían algunas, traídas de la herencia maternas, que una mujer decente no lleva las piernas al aire   llamando a los machos ni hay que imitar a esas guarras suecas con esos bikinis que vienen para que la economía crezca, ¡que si no! Mejor fumar aunque se tosa, y beber algún licor en casa, aunque sea a solas, porque hay que ser decente pero los tiempos están cambiando, que ella no sabe ni sabrá quién es Bob Dylan ni se tiene por qué fiar de ningún judío hippie ni de Minessota, pero que las letras de las canciones deben ser reflejo de la vida, por muy zigzagueante que sea.
Luego los niños crecieron, a su hermana le hacía falta ayuda. La verdad es que no saber quiénes eran los que pasaban mes a mes bajo la ventana de la cocina, fue un verdadero y cruel calvario.
Llegó al pueblo donde el hambre le ganó la partida a la infancia y se sintió libre porque vestía vaqueros como lo chicos y a veces fumaba cuando miraban todos sus prendas al estilo de las famosas de la tele. 

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Ángel, el Lobo (II)

Los jefes mueven hilos. Los hilos ocultan favores ancestrales que ocultan a su vez codicia y corrupción. La aprendiz de periodista que soy se encamina, cual pago de alguna cuenta pendiente, a un segundo encuentro con Lobo. Más allá del mito y las penumbras donde un enjuto psicópata posaba sus manos sobre un tablero insípido de color olvidable, aún no he sabido leer su culpabilidad.
Me reciben otros celadores, otros hombres al acecho de mis caderas, poseedores por autonomasia de un mundo donde el pecado es digerible porque lo piensan débil. Entro al pasillo donde me temblaran las piernas, hoy más firmes al reconocer esta tierra de nadie, esta separación del bien y el mal.

Va a estar allí, unos ojos azules donde una mujer poco agraciada de un lugar anónimo tendría que ahogarse entre las campanas de iglesias de hálito enfermizo y salves a un general lugarteniente de la Historia cuando la esculpen los que crucificaron al Altísimo con sus risas de color. Diez pasos separan a este vetusto fantasma que carraspea con la sorna de los hombres en paz y mesa sus manos con la sabiduría de la muerte circundante. Brillan estas tinieblas como el amanecer que pretendo desprender con mi presencia. Lobo me ha olido, creo que sabe que usaré trucos que no necesité aprender.

Conoció a su esposa y la anuló con la largura de las sombras de todas sus resurrecciones. La doncella de 19 abriles pertenecía a la iglesia donde Ángel alimentaba aquel cuerpo multiplicado de costillas y huesos partidos a base de ayunos inexorables y negación del destino que le escribiera el Poder Celestial. El Lobo se amansó, hasta lograría convencer al padre de la que iba a ser su esposa en aquella tierra movediza donde los pasos se hundían si no se rezaba en voz en grito. Demasiados ojos, a mi parecer, hacían perenne guardia para purgar y relucir a los buenos ciudadanos de ropa ancha y dientes holgazanes.

Pregunto y me contempla como si fuera a perder el color de la maldad. Los porqués no tienen cabida en su mente. Ni siquiera parece acertar a recordar el cómo. Quizás entienda demasiado inquisidoras mis enumeraciones de un pasado invisible. Quizás ni siquiera sepa si todo esto es parte de un sueño perenne. Quizás debe inventar este encuentro carcelario desde siempre, desde que en alguna trinchera degollara a un hombre atrapado por sus pueriles ideas de un nuevo amanecer y lo viera desangrarse al compás del estruendo de las balas silibinas que no alcanzo a medir desde mi experiencia socialdemócrata.

Sabe que el tiempo se me acaba. Sonríe, o eso intuyo en su rostro de cicatrices anárquicas. Nunca fuma, no dirige su azul a los hombres que le sirven de lazarillos. Fija sus ojos en mis ingenua mortalidad. No habla, carraspea mientras se pierde tras los barrotes. Otra oportunidad perdida para mí, no ganada para él porque no se rige por el maniqueísmo del mundo de los de afuera.

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Ángel, el lobo (I)

Cuando los barrotes pasan delante de mis ojos estoy nerviosa. Es mi primera vez con El Lobo y no soy precisamente Clarice. Me va a notar la excitación, me va a mirar los pechos como hacen todos y no me voy a quejar porque es la entrevista que cambie mi carrera. Quizás dentro de unos meses alguien hará como que le importan estas primeras impresiones: todo se resume a una chica de provincias intentando trepar por un mundo destinado a tíos con muy mala leche, y hará ese alguien que parezca que le importe porque este feminismo que no va más allá de las páginas de interior, una columna que nadie va a leer en lo que las bulas papales es en tiempos del medioevo, todo disimulo y moral intachable.
El Lobo va a estar sentado con sus cadenas y dos agentes vigilando a menos de diez pasos. Quisiera más intimidad para desnudar sus recuerdos, entender por qué mató y descuartizó a su esposa, entender sus más bajos instintos. Creo que acertaré llevando estos cosméticos casi borrosos que me hacen parecer más boba. En todo caso las medidas de seguridad intimidan a los visitantes, he hablado con periodistas y abogados que aún no superan la experiencia.
El Lobo me va a hablar de batallas y como soñaba con sangre en las manos. Me va a decir que eran muchos los lobos tras la guerra, deambulando por aquellos lares de caínes con la culpa metida en las sacas mientras huían de sus propios aullidos. Abrieron las amapolas y seguían yertos en el diciembre de las tumbas sin dueño.

Él llegó a aquel pueblo anónimo de la inmensa Castilla llamándose Ángel. La nueva realidad tras unos vinos en las penumbras de la tasca única donde los hombres encontraban redención luego de matarse los unos a los otros durante un eterno trienio y olvidarlo todo, de súbito, porque la victoria amansó a las alimañas que todo ser oculta a Dios, fueron escenario omnisciente para que los aldeanos vieran caer su cuerpo sobre cigarrillos y escupitajos. Me lo va a explicar con su acento afectado de crimen y fronteras con el país luso, en un blanco y negro tenebroso que no han superado los perdedores de la guerra que hoy en día tratamos de ignorar. Quizás yo bajaré la mirada para que me note nerviosa, quizás él descubra mis trucos y ría como deben hacer los lobos una vez acorralan a sus inminentes trofeos.
El reloj, me sobornará con tiempo para balbucear ante la culpabilidad que me lee Ángel. Tendrá las manos cruzadas sobre la mesa, tendrá la sensación de haber vivido todas las inquietudes de las víctimas contemplando la pared de enfrente, y sonreirá con la amargura de quienes saben el principio y el fin. A mitad de mi logro buceando entre lo dantesco él habrá triunfado porque yo aún no habré aprendido a buscar a ciegas y el será la oscuridad, con mis pechos mancillados por su lascivia de viejo licántropo.

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Víctor

Víctor se mira en el espejo único del cuartito de aseo vecinal. Tiene 10 años, pelo rapado al cero para evitar piojos, pantalón con dobladillo por lo alto de las rodillas. Su madre le grita desde el exterior. Se frota el último cardenal, el fútbol es un deporte al que hay que echarle huevos. Juega de defensa, y da igual que sea bajito y enclenque, en su área no pasa ni Cristo. El entrenador está contento y siempre le pone en los minutos finales. Cuando su papá comunista viene, aplaude con sus tres hermanos mayores, a los que nombra ahora para saber que existen en algún lado de la ciudad. Los días en que papá se ausenta es que va a venir el Caudillo a que todos se dejen acariciar el lomo.
En el colegio los niños ricos entran por la puerta principal y los hijos de los culpables que arderán en el infierno por la de servicio. Las imágenes son en blanco y negro del No-Do y huelen a hambre y cabezas llenas de pedradas.
Víctor es muy aplicado y saca muchos dieces, pero un seis en aseo, porque al maestro franquista con gafas de ojos turbios le dan asco las uñas negras y aborrece los rotos en los pantalones que viste la España que trabaja por mucha dictadura que se precie. Miguelito, el hermano del futuro electricista, es más fuerte y zurra al que le diga empollón a su hermano.
Víctor se cree con derecho a más golosinas cuando saca un diez y se gana algún sopapo extra por parte de la mamá que hacen reír a su hermano, que tuvo sarampión o algo parecido y están en el mismo curso porque perdió todo el año. Se sientan atrás, uno ajusticia y el otro le dice las respuestas de álgebra a los que sueñan despiertos y no se enteran. A las 5 los niños vuelven a casa, los ricos que sacan un 6 o menos por la puerta de los vencedores, Víctor por la puerta de los que aún no ha dado tiempo a hacer desaparecer.

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Gilipuertas

Cenicienta se desmayó sobre las escaleras que había limpiado hasta hacer relucir en el que pensaba el día más importante de su vida, cuando una de sus dos hermanastras, fea como el dolor del parto, tuvo la suerte de ser agraciada con el pie idóneo para el zapato de cristal perdido. Así lo constataron el enviado de su majestad y el paje, testigos del acontecimiento que llevaría al príncipe al matrimonio. La hada madrina pertenecía a una logia masónica y querían sus miembros acabar con el sistema monárquico, luego usó toda la magia posible en su empeño por la consecución de sus ideales, a sabiendas de que hacía un gran favor a Cenicienta pues el príncipe era un gilipuertas de mucho cuidado.

Más tarde Disney supo de la historia oyéndola de no sé quién y cambio el final porque ya se sabe lo que le molaba ser también un gilipuertas.

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Bus driver

El conductor creo que nació con ceño fruncido. Debe de llevar desde siempre acomodando maletas a los deseos de niñatas pijas y caballeros sin pasado loable. Ya hace mucho que no mira cuando suben pasajeros en tromba, porque seguramente no le importe que la gente se cuele o no, tampoco atiende a los energúmenos que protestan por su número de asiento incluso cuando el cambio les beneficiaría.
Tiene, en conjunto, toda una serie de lógicas aplastantes guardadas para el día antes del Juicio Final, y varios bestsellers en su cabeza que todavía necesitan ser repensados antes de iniciarse en los vericuetos de la gran literatura.

Por lo que cuenta cuando paramos en mitad de ningún lugar, en una de esas estaciones de servicio que le ayudan a llegar a fin de mes ahora que ha amueblado todo su piso de soltero inescrutable, no cree mucho en casi nada, todo le parece insulso y falto de motivación la mayoría de las veces. Le mola el jazz clásico, que pone bajito en discos de Coltrane o Gillespie cuando sabe que todos opinan, evitando los programas de debate político ahora que la cosa está tan tensa. Fuma con parsimonia, diríase que le gustaría seguir usándome de confesor, mas no se atreverá a pedirlo ni realmente posee el suficiente tiempo para mostrar los colores de su biografía.
Conduce como la gente que se siente observada y casi lo hace de memoria; diríase que disfruta, y así esconde sus secretos personajes en diálogos que va moldeando mientras el bus se acerca a la capital. Alguien le reclama que el aire acondicionado no funciona en su fila y él no se sobresalta luego de haber ensayado diferentes fórmulas a modo de respuesta durante años.

Yo duermo después de haber visto a este perdedor con el que me identifico. La noche tras acabar los parciales fue intensa y apenas he pegado ojo. Ha valido la pena coincidir con un personaje que valdría en uno de mis postmodernistas poemas, tanto que no me atreví a darle la dirección del blog. Cuando me despido en la estación no hay ninguna sonrisa en su cara de misántropo que ha vivido ya varias veces. Me inventaré, para endulzar la soledad que empieza a hacer acto de presencia en mi vida adulta, que dice adiós con su mano justo antes de hacerme salir de su campo visual.

Unos meses más tarde, mientras pienso quizás en un enésimo amor que me jugó a los dados y perdió, las noticias abren con un conductor ebrio que ha dado positivo en el control de cocaína. Quiero reconocer a mi conductor, quiero inventar que el perdedor que habitaba en él va a vivir la vida de un personaje literario, quiero pensar que voy a visitarle en la cárcel y crear juntos un final adecuado para que un escritor con pluma burguesa y firme nos haga nacer en un final medianamente feliz…