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Êpperança

Luis no se acostumbra a que el sol le despierte. Ya no hay redes que revisar, ni su hijo Antonio, el abogado, le permitía en los últimos años ser un verdadero pescador, los dolores eran demasiado agudos, y la artrosis no perdona.

La cama es demasiado grande desde que a su mujer se la ha llevado su hija Ana. Tiene algo grave pero a él se lo ocultan todo y solo le reprochan las copitas que se bebe en el bar de Mari. El médico le habla con paciencia de padre, y a le agrada que le traten tal como ha tratado él siempre a todo el mundo. Tiene manos de mujer el doctor, pero sabe más que el Briján, y cuando lo mira fijamente baja este los ojos.

Luis cuando empezaron aquellos señores de la tele a decir que no se podía pescar, sintió miedo. Tenía al niño en Cádiz
y hacía falta mucho para mantener a un universitario en aquellos albores de la democracia. Llegó un día Rafa, que siempre andaba trapicheando , y leyó la preocupación en el rostro de su amigo.
_ ¡A ti te paça argo, compadre, no me engañê!

Esa misma noche Luis supo lo que era el contrabando. Su mujer lo abroncó porque pensaba que venía de beber con la chusma con que quedaba en las tascas. Luis se calló por primera vez en su vida
y se sintió sucio por llevar dinero a casa que no había sudado honradamente. Al día siguiente, cuando su mujer lo hacía en el bar y mandó a Ana en su búsqueda, comprendió el arrojo de su marido y se sintió orgullosa. Luis los quería como quieren las personas puras de verdad.

Ana también era una niña muy lista. Se le veía siempre leyendo, y como Luis no puso ni la menor pega, porque quería que los dos fueran personas entendidas y capaces de comprender lo que decían en los telediarios, redobló sus ganas de luchar por ellos, aunque fuera entre la niebla y el disimulo.

Una noche la cosa no salió del todo bien y la guardia civil los esperaba en la playa parapetados tras las barcas varadas desde hacía meses. Los llevaron a comisaría y como Luis era indomable, le pegaron en las costillas y le partieron dos a patadas. Eran dos hombres jóvenes, como él entonces, pero ancianos franquistas avocados a desaparecer con la fuerza de la democracia esperanzadora. Lo obligaron a beber ginebra y lo dejaron en la esquina de la calle donde vivía, para que el tono de tragedia del flamenco escuchado por el barrio lo convirtiera en miedo. Luis solo pidió que los suyos no sufrieran más por su culpa y se mantuvo firme para no caer en el dinero fácil.

Su mujer dicen que tiene algo grave y le quedan unos meses. Luis ha asumido el vivir en la soledad con que sus huesos se recuperaron. Sus hijos tienen casa en buen sitio en Sevilla , curran con traje y hablan con acento de allí. No se puede sentir más orgulloso de haber servido para verlos triunfar en la vida.

Está hablando consigo mismo en el bar de Mari. Hoy no apareció Rafa, y el resto guarda silencio viendo el partido del Madrid en Champions. El viejo pescador nunca entendió que se pudiera ser de un equipo que casi siempre gana, eso no es fútbol de verdad como el Cádî.

Sale a gusto, un poco borracho, pero contento de no tener que discutir. Se lamenta de haber sonreído por estar solo. Un poco más adelante ve las luces encendidas de un coche patrulla de picoletos. Arrancado, con las puertas abiertas y dos agentes encañonando a Rafa sobre el capó de su destartalado coche de buscavidas. Luis reconoce a sus agresores veinte años atrás, son escoria, gente sin alma, uniformados abusando del poder que representan. Se monta en el coche, y con el mismo nerviosismo que tuvo aquella primera noche en la playa, enciende las largas. Los agentes miran y uno le apunta. Luis quiere creer que lo reconocen cuando los atropella con toda la ira que lleva acumulada en su alma de pescador.

Llorando, y habiéndose meado encima, Luis mira a través del cristal hecho añicos. Rafa se aproxima corriendo con dificultad.

_ ¡Bámonô, Luîh, por lo que mâh quierâ, o êttamô muertô! _ exclama.

Luis entiende en ese momento toda la grandeza de su vida. Delante del mejor amigo que hombre pueda tener, exhorta:

_ ¡No, Rafa, muertô êttán eyô, noçotrô tenemô êpperança!

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La dimensión de los vivos

Desde que supimos la inminencia del fin, hay muertos por todas partes. La alta política intentó ocultar por todos los medios el hecho de que el planeta se extinguía, pero en webs de organizaciones de ultra izquierda, científicos de toda índole alarmaron con la cruel verdad. Entonces fue cuando empezaron a darse los primeros casos: primero mujeres que vengaban sus muertes, asesinadas sin que sus maridos culpables hubieran pagado con creces su crueldad, luego víctimas de las guerras que llegaban y hacían desaparecer a los que habían generado el conflicto para enriquecerse, luego hasta personas muertas cuyo amor no fue correspondido. A pesar de los trajes espaciales que se diseñaron, no para salvar vidas realmente, más bien para mantener el vertiginoso ritmo de la economía mundial, los muertos sabían reconocer a quienes en el pasado habían causado un daño irreparable en sus míseras vidas. No encontrábamos explicación lógica de facto, porque aun con la fehaciente prueba de que la muerte y la vida coexisten en mundos superpuestos, nos agarramos con desesperación a una racionalidad fría, capaz de desarrollar una solución viable a nuestro fin como especie. Entiendo que desde la perspectiva de los humanoides de las colonias mi relato pueda resultar exagerado e incluso inverosímil. Pasó hace relativamente poco, aunque a lo peor hace demasiado desde el prisma de Marte donde ahora habitan ustedes.

Hubo muchos que abandonaron sus trabajos, gente que incluso pensaba que todo era una mentira orquestada para que consumiéramos aquellos caros trajes y salían a la calle desnudos con la consecuente muerte por asfixia. Otros dejaron de pagar hipotecas, se dejaron de comprar acciones o vender y los gobiernos se volvieron más férreos, dictaduras de signo capitalista para frenar las consecuencias desastrosas sobre la economía mundial.

Los muertos hacían desaparecer a sus presas con total impunidad. No hubo lugar a lo largo de la Tierra donde las leyes pudieran proceder en contra de los crímenes, puesto que era de recibo permanecer en estado orgánico, es decir, ser viviente, para que los fiscales actuaran. El vacío legal no era sino parte indisoluble de la anormalidad instaurada como parte de nuestro quehacer diario.

Yo nunca fui un ejemplo a seguir en cuanto a moralidad o rectitud en mis acciones. En cualquier caso temí que alguna novia fugaz a la que traicionara en algún momento de mi tormentosa juventud en pos de llegar a poderoso empresario, a alguien a quien engañara para enriquecerme, quizás incluso un desaire al responder en alguna reunión de empresa, pudiera venir a acabar conmigo.

Aquel día por la mañana me sentí especialmente observado. La camarera, una muchacha de facciones bellísimas, tenía un rictus muy serio cuando me tomó nota. Al servirme el café me reafirmé en que no era una profesional. En una cafetería del centro podrían haber tenido a cualquiera con más experiencia y algo en ella no cuadraba.
Entre el bullicio de la hora del desayuno, las copas de los perdedores y los cigarrillos que consumían pulmones de obreros disfrazados de oficinistas hípsters, me escabullí sin pagar mi consumición mínima. Me dio terror que la pobre mujer fuera alguien del pasado en busca de revancha.
Mientras me alejaba en dirección a mi oficina casi encontré cómica la absurda situación, pues ni siquiera me resultó familiar su aspecto físico, y créanme que me hubiese acordado de tan agraciada fisonomía. Reí entre la gente que pasaba, tan ruidoso que algunos me miraron a través de las escafandras. Seguía mi corto trayecto cuando divisé a alguien que vigilante en la puerta principal del edificio donde tenía sede mi empresa. Me paralizó el miedo. El traje dirigió el campo de visión del casco vengativo hacia mí y aunque tardé en reaccionar, empecé a correr en dirección contraria.

Poco a poco, donde ya por mucho que mirara atrás pude ver rastro alguno de la supuesta muerta, intenté recuperar el resuello andando por un callejón poco transitado. Mientras respiraba pausadamente , pisé algo que me hizo resbalar y golpearme la cabeza. Perdí el conocimiento y cuando de un sobresalto desperté, me encontré solo, casi a punto de agotar la batería de oxígeno de mi traje. Al menos no había presencia alguna de la camarera y aquello me hizo sentir alivio.

No llamé a nadie a recogerme. Me dirigí al metro y viajé unas paradas y me dispuse a salir unas cuantas estaciones antes de casa con el fin de despejar cualquier duda acerca de que la camarera me acechara de algún modo. Ya en la superficie vi un traje de color diferente al gris plata del resto. Supe sin pestañear que era un antiguo compañero de instituto, el cual me había aterrorizado durante toda la adolescencia. Supe, sin saber el porqué, su dirección, y sentí deseos de que llegara el día siguiente. Sabía instintivamente que le iba a ver.

Ya en casa, me quité el traje y en la desnudez toqué mi brazo, mi frente, mis pectorales… definitivamente estaba helado. La camarera a la cual había condenado con mi egoísmo al olvido, consiguió venganza: yo estaba absolutamente muerto. Empezaba mi arrastrar por la dimensión de los vivos en busca de los que me habían humillado.

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El espejo del futuro

Corrieron persiguiendo al indigente hasta las afueras del polígono industrial. Eran seis, dos menores para entrar en prisión. Solamente habían visto el bulto tendido en el suelo, guareciéndose del aliento frío de la madrugada y sacaron los colmillos como ante la visión de la luna llena. Imitaron el ladrido de un perro asustado. Se rieron alabando la maldad monstruosa de patear su cuerpo invisible y tirarlo en algún contenedor.

Se separaron dos manzanas más arriba, exhaustos de la ingesta de alcohol en el festival punk pero a la vez fornidos por el speed. Se dispusieron a cercar a la presa y marcharon alrededor de un abandonado edificio cada dos en una dirección. El otro dúo entraba por las ventanas de la pared en bruto con la felicidad maquiavélicas de los depredadores.

El pobre marchaba escaleras arriba hacia la segunda planta. Cuando la pareja lo contempló de rodillas en el suelo, tapando su cabeza con los brazos de aquel abrigo erosionado por las inclemencias de la vida, rieron psicópatas llamando a sus violentos cómplices.

El mendigo respiraba acelerado. Quitó sus brazos de la cabeza y los miró con los mismos ojos claros que sus dos captores. Una esvástica tatuada en el cuello dejó anonanados a los jóvenes fascistas. El mendicante parecía pedir piedad, avergonzado de su situación. Los skinheads dudaron unos segundos, mas luego lo patearon con mayor ira que a otros, queriendo borrar el espejo del futuro que les hacía tal cruel burla.

Luego un contenedor, un camión de la basura que se tragaba las inmundicias de la sociedad, y el menesteroso fue tan invisible como el fascismo que respiramos…

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La droguería

Lucas siempre cierra la droguería más tarde de lo habitual. Se queda haciendo caja, colocando productos nuevos, dicen que pegándose un par de lingotazos a palo seco, y que de ahí viene su hablar casi cansino e ininteligible.
Todos le achacan en la aldea que curra para que sus sobrinos dilapiden sus ahorros en cuanto Lucas cierre los ojos. Él refunfuña y dice que no es para tanto, pero en el fondo maldice no haber tenido hijos. Se acuerda entonces de Mercedes, que murió de tuberculosis a los seis meses de novios y se pone triste.

Es noche de lluvia entre semana, no hay un solo alma por las calles, desiertas a excepción del incesante tintinear de las gotas escupidas por las canales. Lucas observa que de repente, hay un extraño acercándose hacia su establecimiento. Lucas ya es mayor para asustarse de nada y sale al encuentro de la empapada figura.

  • ¡Hola, está cerrado ya!- musita – Pero no es usted de por aquí,¿verdad? Dígame en qué puedo servirle de ayuda.

El extraño viste un chubasquero oscuro. Se quita la capucha y resulta ser una mujer joven. Hay poca luz y Lucas no lleva gafas.

  • He venido al fin por ti, Lucas. – La voz habla pausada, sin tiempos ni sobresaltos terrenales.- Tardé mucho en aprender a volver, pero eso ya no va a importar.

En el tiempo de los hombres, Lucas requiere diez minutos en recordar el timbre de Mercedes, con la misma jovialidad y alegría que cincuenta y siete años antes. La fantasmal figura dispara en el corazón del anciano que cae instantáneamente sobre las baldosas macilentas y frías como la muerte que soportan.

El mundo de los vivos se preguntará mañana por qué no había evidencias de sufrimiento alguno en el cuerpo de Lucas. Nadie vio, a través de las ventanas del pueblo, que el amor se acercaba silencioso.

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Escritor en stand-by

En el metro de vuelta a casa. Manuel imagina, en ropas de curro, donde quedarían bien la mujer don nadie que respira sobre él, o la diva cercana a la puerta cuya música robótica a través de cascos de marca son oídos por los anónimos de alrededor. Las describe con esmero al llegar a casa, dotándolas de diálogo que alegren la soledad de piso de solterón perenne donde vive.

Obvio que no hay razón para que los compañeros de trabajo especulen acerca de las prisas de Manuel por salir pitando día tras día sin ducha ni cambiarse de ropa. Creen que es maricón los más futboleros o un calzonazos los no paga-fantas. Cada uno va a lo suyo pero es normal hacer crítica “brothers in arms” de vez en cuando. Unas risas y vuelta a la jungla a matar cocodrilos o negritos porteadores, según lo decidan por ti en las noticias.

Manuel escribe y lee versos e historias de sinopsis brillantes. Lee mucho, a Francisco Brines actualmente, de quien aprende la paciente búsqueda de una inmortalidad difícil de concebir, más complicada si aún cabe de explicar a los conocidos y compañeros de trabajo, pues amigos no existen desde su prisma de introvertido sin remedio ni solución.

Como, antítesis a su preocupación por la no muerte y consecuencias en el devenir de cualquier obra, Manuel se exige a sí mismo horas de estudio pormenorizado de una ingente cantidad de autores de cualquier literatura, incluidas las coloniales, y se haya subscrito a innumerables webs de contenido expresamente literario. Ha conseguido ganar algún premio de poca o ninguna relevancia, para lo cual se ha preparado discursos muy aplaudidos por lo sorprendente de su erudición. Al fin y al cabo, no se espera tanto de un operario de una fábrica ruidosa y nauseabunda.

Buceando en César Vallejo o en la infinita biblioteca de Borges, llega el día en que las soluciones al eterno problema de perecer en cuerpo y alma encuentran en los escritos de Manuel un valioso antídoto. Se desata el júbilo ante tan preciado hallazgo. Quienes le leen aprenden a vencer a la parca, todas las muertes previstas por el fátum se suspenden y Manuel es el autor más leído junto a Cervantes, García Márquez o la Biblia. Los editores pelean por sus poemas, escritos de cualquier índole y es venerado como casi un dios en todo el orbe.

Manuel ya no es un maricón ni un paga-fantas. Los antiguos compañeros le siguen por las redes, aunque es duda si alguno ha entendido sus letras enrevesadas. Él vive cada día en un hotel diferente, se especula si acompañado de hombre o mujer, si escribiendo para mejorar el mayor artefacto que escritor alguno descubrió jamás, si para conseguir alcanzar la esencia de Dios…

En un hotel de alguna ciudad asiática bulliciosa y gigantesca, el antiguo operario está a punto de describir los puntos débiles de la parca. Cuando halla las palabras con exactitud pasmosa, segundos antes de dejar constancia de otra cumbre conquistada por el ingenio humano, se queda dormido súbitamente. Sueña que la muerte está sentada junto a él en el incómodo sofá de habitación carísima de hotel de cinco estrellas, observando su dormitar tras una agotadora rueda de prensa.

Abre los ojos y los llena del dantesco vacío del rostro mortífero. No sabe si es parte de la pesadilla, pero no quiere despertar, necesita saber para transmitir el mayor hallazgo del hombre, hablarle cara a cara a quien no puede herirle. Tampoco sabe si está despierto imaginando que ve a la muerte observando su dormitar, luego abrir de ojos que se llenan del terror en la cara de la muerte, sin saber si es parte de la pesadilla…

La muerte no pudo vencer la inmortalidad del poeta descubridor de sus puntos flacos. Se limitó a dejarlo en stand-by hasta el final de los tiempos, sufriendo la duda más ontológica a instantes de resolverse, en medio de una regresión tan imposible como el sueño de los fallecidos…

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Antonio o el teorema de la muerte

Antonio intuía que era el hazmerreír de aquellos alumnos aún floridos en acné y esperanzas sin letra pequeña. Solía perder las copias de los exámenes, o dejar caer las gafas cuando la pasión por la enseñanza lo dominaba y acababan rotas por sus zapatos de cordones desiguales y de distinto color, consecuencias todas de su soltería agotadora y su virtual existencia dedicada a visionar las matemáticas de un modo vedado al resto de mortales. Alguna alumna le ayudaba con la difícil tarea de meter los brazos en el chubasquero en día de lluvia, y olvidaba los post-it de formulaciones abrumadoras en los lugares más insospechados, dando así una inusual nota de colorido a la objetividad pura que intentaba acercar a su público.

Bromas aparte, que incluso la comicidad en exceso adolece de no digestiva, Antonio era el profesor por antonomasia. Los alumnos abarrotaban los pupitres e incluso se daba la paradoja de gente sentada en las escaleras para escuchar a aquel mequetrefe de gafas dobladas sino sin cristales cuya maestría era acorde a la asombrosa capacidad de su enfrentamiento a la monstruosidad lógica.

Se decía que matemáticamente podría llegar a matar a Dios de un modo similar a los filósofos existencialistas, embutido en su estudio pormenorizado de las relaciones de los elementos dentro de un sistema, dicho de modo entendible para nosotros torpes humanos, real. Del mismo modo en que sus alumnos mostraban la mitomanía propia de la tardía adolescencia, Antonio era reservado en su visión matemática copiada de J. Stuart Mill o P. Kitcher, entre otros, y aborrecía del empirismo casi marcial de Lakatos y su acercamiento a la lógica como consecuencia del error en cualquier proceso refutable.

Un tipo singular el tal Antonio, un soberbio portento del conocimiento más puro que impartía su cátedra en la Universidad de un lugar de cuyo nombre no quisiera acordarme. Era la ambivalencia antropológica que tan bien casa con el ser humano: una inteligencia divina que vestía con las habilidades propias de un demente.

Incluso así, no pasó desapercibida su pérdida de peso en los albores del segundo parcial de junio. Pobló su cara de una espesa barba que los testigos oculares adjetivaban como pelirroja, traidor como era a lo inescrutable en la esencia de cualquier dios, pero quizás existía una falsa impresión en tal descripción a resultas del Judas bíblico.

Se volvió incluso más huraño, expulsando de clase a la más mínima intuición de ser objeto de burla, comenzó a castigar sin reparo en los exámenes a los alumnos que le adoraban por su desaliño y cosmogónico conocimiento, se mofaba de los pocos aventajados que intentaban seguir sus teoremas asombrosos… Antonio había cambiado en aquel curso y todos se preguntaban el porqué de tal comportamiento irascible en un ser tan adorable.

Llegó a ser tan impopular y odioso que el rectorado lo convocó a una reunión de urgencia, hasta tal punto había alcanzado su metodología destructiva. Se presentó ante sus colegas con la misma facha de espantapájaros torpe y con unas ojeras impropias de un hombre saludable y en su sano juicio.

El rector ante la evidencia de su lamentable estado físico y quizás mental, lo invitó a su despacho al día siguiente a las once de una mañana que se pensaba fría y pudiera ser que nublada. El profesor de matemáticas negó con la cabeza:

  • No va a poder ser. -anunció – Moriré de un infarto cerebral a las tres cuarenta y siete de la mañana. Aún no averigüé los segundos exactos.

Lógicamente, o a lo peor no, los aturdidos consejeros quedaron estupefactos ante una respuesta tan fuera de lugar y una vez se había marchado el poco cuerdo profesor dejaron claro que habría que buscar soluciones a aquella extraña conducta. Acordaron verse luego de la reunión con el sujeto, establecida a las once y a la cual estaban seguros que acudiría con matemática kantiana puntualidad como era norma en el lunático durante tantísimos lustros de enseñanza.

Al día siguiente se cumplió la premisa de que Antonio no había hecho acto de presencia ni siquiera en sus clases de las ocho y nueve y media. A las once tampoco hubo reunión que se preciara de serlo, y la alarma de un posible problema se extendió.

La policía llegó al céntrico apartamento donde vivía solo. Tras llamar varias veces a la puerta y teléfono decidieron entrar por la fuerza y encontraron una trituradora de papeles junto a restos  de material desechado en minúsculas tiras en medio del salón. En las paredes había borradas algunas fórmulas ininteligibles para los avanzados y en la cama de la habitación el cadáver del sujeto, con pijama arrugado y descosido. Tenía evidentes síntomas de infarto en su amoratado rostro.

Los compañeros de departamento en la universidad comprendieron poco después de ser conscientes de la terrible noticia: en la búsqueda de la pureza absoluta había hallado la fórmula matemática que permitiera el cálculo casi exacto de la fecha de la muerte. Tal fehaciente hallazgo aterrorizó al pobre Antonio y borró las pruebas para no asustar más al ser humano con tan traumática realidad. Quizás en una vida ulterior no tendría necesidad de buscar tantas respuestas, ni que ser hazmerreír de almas puras que vivirían en potencia, sin zapatos con cordones de diferente color.

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No habla español

El metro para en Sainz de Baranda. Algunos pasajeros comprenden la que se avecina y cambian de vagón aparentando no ver a los skinheads que entran atronadores. La camaradería los envalentona y desafinan sus canciones de odio.
En el fondo hay varios perros flautas que hablaban con magrebíes sobre la vida en el Madrid de la crisis. Se cruzan miradas. Una mezcla de miedo y asco se respira mientras son engullidos por los túneles anónimos. Los pitidos y la velocidad armonizan las patadas, los arañazos, la violencia de adolescentes ad libitum, observados por atónitos testigos.
En Diego de León , apenas unos minutos luego de la batalla consumada, entra la policía. Sangre, cristales rotos, algún desmayo.
Una mujer mayor de rasgos orientales saca un pañuelo y limpia la sangre que brota en la frente de un skinhead sin aliento. Se baja en Diego de León, a limpiar la casa del padre de uno de los de extrema derecha. Nadie le da las gracias. Tampoco lo hubiera entendido. Casi no habla español.

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Concertados

Cuando comenzaron a dilapidar dinero público en centros de enseñanza concertados nuestro primer impulso fue lanzarnos a la calle a lo de siempre, a creernos importantes por meter fuego en unos contenedores o tirar un peñosco contra un escudo policial. Luego se empezaron a acabar los tiempos de Universidad y tu c.v. estaba lleno de hazañas en batallas que no interesaban a casi nadie, ni siquiera a los viejos compañeros emigrados que encontrabas en redes sociales y que nunca mira uno. La crisis galopaba a un ritmo tan vertiginoso que muchos volvieron al placebo de las drogas fuertes y a los días de cerveza tras el curso para parados, todavía no de larga duración.

El sistema seguía privatizando a lo loco, apoyado por la falsa esperanza que tienen los ricos de hacerse inmortales y justificar así sus miserias. Algunos empezamos a quedarnos sin parienta, otros ni siquiera comían carne o pescado más que en festividades, los menos tenían un curro en un burguer que era codiciado como el elixir de la eterna juventud. Éramos personas con ingente cantidad de libros en la memoria y sin la más mínima respuesta ante el holocausto que llamaba a nuestras vidas, cegadas por un intento vano de progreso, tal como nos habían adoctrinado en el Sistema.

Llegó a ser tan desesperada la situación que cualquier tipo de encargo era válido para pagar la calefacción o el alquiler. Algunos no admitían prostituirse o robar ancianas, mas era sabido por todos y se admitió sin comentarios cínicos acerca de la moralidad de aquellos actos que se suponían pasajeros.

Los institutos y universidades empezaban a acudir por entonces al dios de la oferta y la demanda. Plagadas de individuos ultraderechistas acostumbrados al inflar de notas en sus colegios exclusivos, la oferta de estudios donde por unos nimios trabajos de copia y pega cogidos de la red se podían conseguir las titulaciones para fardar luego y ascender en la escalera social y conseguir incluso puestos de renombre en los partidos en los que se hallaban afiliados, atrajo a miles.

No recuerdo quiénes empezaron a vender algunos de estos trabajos por una cantidad ridícula. Todo consistió en matricularse a distancia, oferta suculenta pues no había ni siquiera que acudir a clase y luego añadirle unos euros más y la titulación brillaba en sus currículos de mentira y cuñadismo. Luego quizás en anuncios de la red, el boca a boca, buzoneo disimulado o vaya usted a saber cómo (las razones de la supervivencia son inescrutables), empezamos a ganar algo de dinero extra con tales métodos nada ortodoxos.

Poco a poco se oían comentarios de que nuestra maniqueas acciones estaban consiguiendo que cada vez fueran más imbéciles los poderosos, con medidas políticas tan absurdas como corta era la inteligencia desprendida. Nosotros empezamos a consumir, algunos una moto, otros a hurtadillas iban al burguer del barrio, otro hacía una apuesta deportiva pequeña. Instintivamente los que no se quisieron vender adquirieron más y más conocimiento, cada vez más cultos gracias al dinero de los que nos mandaban en todas las facetas de la vida.

Esa cultura nos condujo a introducir mensajes subliminales en los trabajos para así hacer dudar a los profesores que los leían. Fue casi sin querer: unas reseñas de algún escritor afectado por alguna doctrina filosófica dada, algún matemático cuya divulgación teórica se basaba en el trabajo anterior de otro genio de biografía aventurera. Años más tarde, y a medida que nuestro nivel de vida aumentó, nuestra sofisticación en la trama copió los métodos del fascismo al que se pretendía combatir, e incluso de los soviets, ¡para qué negarlo!, y el adoctrinamiento rayó el endiosamiento. Hubo muchos que vinieron a abrazar nuestra causa anarcosindicalista, los periódicos rezumaban sabor a utopía luego de ser panegíricos del poder liberal durante décadas, se notaba un malestar palpable cuando se tomaba la más mínima medida puramente thatcheriana, se empezaron a decretar leyes para salvar al planeta del tsunami bursátil.

Nosotros, en cambio, una especie de obreros cualificados para encauzar a los demás a la luz salvadora de nuestros ideales sociales y humanos, ya consumíamos sin ningún estigma moral. No era de repente extraño ver algún compañero con un automóvil nuevo última generación o el iPhone en las manos de quienes antes las llenaban de tratados con la luz del humanismo y la ciencia.

No tardaría mucho el nuevo esquema socializador en tacharnos de hipócritas e inmorales. Solo unos rezagados quedaban ya en la tesis más liberal del Sistema, a los que muchos de los nuestros no solo no combatían sino que empezaban a comprender. Una empatía conmovedora.

Por cierto, el mundo, como no podía ser menos, sigue girando. A pesar de los cambios de chaqueta, banderas que ondean y los saludos simbólicos entre iguales.

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El sofá salmón (III)

Hacia la tarde no pudo despegarse del sofá. Carlos lo achacó a un amago de infarto, a los kilos que pesaban mucho más desde que Ana lo había dejado. Cerró los ojos e intentó no alarmarse. Cuando horas después se despertó sobresaltado sus piernas no tenían vellos. El salmón del sofá y sus extremidades eran el mismo. 

Ana regresó dos semanas más tarde. Entró temerosa de otro encontronazo, pero en el salón solo estaban el sofá y la tele encendida. Olía fatal en el fregadero, seguramente de restos podridos de comida basura. Quizás Carlos había decidido largarse también, pero conociéndolo como lo conocía desechó rápidamente tal idea. 

Esperó tendida en la cama a que apareciese. Con sueño atrasado de noches en vela consiguió dormir unas horas, hasta que gritos lejanos de auxilio la sobresaltaron. Parecían venir del salón donde su marido hipotecaba su juventud mientras veía estupideces en la caja tonta. Allí no había nadie. 

Días después llamó a la policía. O Carlos era un bastardo sin corazón, cosa impensable para ella, o le había sucedido algo mientras salía a comprar sus adictivas bazofias. No encontraron nada. Salió en televisión. Recolectaron dinero en un número de cuenta. Las hipótesis apuntaban a que quizás se había muerto de un ataque cardíaco y caído a algún lugar desconocido, a lo peor inhóspito . El olor de su cuerpo en descomposición no tardaría en alarmar al vecindario. 

Ana se quedó en casa de sus padres de nuevo mientras la policía vigilaba la entrada de la casa. Meses más tarde abandonaron tan extraña búsqueda: no faltaba dinero en sus cuentas, no encontraron cuerpo, nadie había visto a un gordo aquejado de alopecia por ningún lado. 

Tocaba regresar al mundo real. Ana entró en el piso. Cenó algo rápido en la cocina. Sus padres y amigos la agotaron a preguntas en el teléfono. Se sentó en el salón, tal como su marido solía hacer. La mujer de Carlos notó como el sofá , incómodo asiento donde los hubiera,  pedía ayuda. Descubrió en la lejana voz, mientras el terror se apoderaba de su ser, el timbre chillón de su orondo marido.

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El sofá salmón (II)

Los saludos informales se transformaron en gruñidos. Ella encontró canas entre el vapor del baño mientras maquillaba su cada vez más subrayada indiferencia. Carlos notaba el trasero dolorido e intentó acoplar su creciente mole a la fisonomía de su compañero de penas. En unas semanas le hablaba como si fuera un amigo del alma, a la par que el monólogo en su cabeza de pseudo perdedor se transformaba en una conversación amigable y casi madura. A veces su mujer pensaba que hablaba por teléfono, otras que insultaba a algún famosete o político de turno.

Un día Carlos observó que sus manos mostraban en sus palmas el mismo color rosado del sofá con el que conversaba. Maldijo acerca del vendedor de muebles que les garantizó que era de primeras calidades y cuando Ana regresó tras una de sus desmotivadoras jornadas, puso el grito en el cielo, atreviéndose a lanzarle una revista mensual a la cabeza. Esquivó mal que bien el gesto desmedido de aquel hombre que yacía roncador en sus madrugones y sin mediar palabra tomó unas ropas que no cubrían su insatisfacción y se marchó a casa de sus padres.

Carlos no se inmutó. Buscó algo de consuelo en su mueble predilecto e incluso durmió allí tapando su derrota con la mantita de los findes. A la mañana siguiente su piel era casi color salmón, e incluso una ducha a conciencia no consiguió despejar la tez pálida. Notó incluso que las formas de la tela se quedaban marcadas. Hubiera sido una sorpresa o incluso causa de risa, pero le entró un ataque de soledad y fue a sentarse a ver el fin de una serie de más de doscientos capítulos. Sonrió pensado en la desaprobación de su esposa.