Publicado en Bienvenida a las armas

Gacelas

Las gacelas que visten armiño

y cianuro

engañan al destino diurno

y Fiat Lux desde el Púlpito;

en su bíblico manual

de proxenetas y ladrones buenos,

mensajes subliminales del Mal.

Las gacelas que mudan de piel

y arrancan las de otros,

las que abrillantan la luna

cuando la cercan sus miradas,

las que muerden a los que se abrazan,

se despeñan en tu barrio

y la culpabilidad lleva un mono de obrero.

Las gacelas disparan y matan,

a otras gacelas,

con su verbo afectado, con su ceño

imposible, con su moral paquiderma,

insultando la calma

al pisar Parlamentos que creen

avenidas

de noches en cuchillos largos.

Las gacelas se arreglan

las gacelas, deben ser buenas.

Las gacelas escupen con desprecio

a la esperanza en duermevela.

Publicado en Bienvenida a las armas

Enfermera

Dormido el virus frente al espejo.

Te asomas a pintar tus labios,

quizás a mirar tus flácidas tetas.

Por la ventana ves a alguien

con armadura de quijote.

Otro alguien escupe al suelo

porque es libre.

Dejas una nota al virus.

No llegarás tarde, que por favor,

recoja la cocina.

Tú vas a coger el metro,

al matadero a luchar contra la muerte

invisible, como la esclavitud.

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Don Juan

España es un país donde a los que sueñan en color les apuntan francotiradores a jornada completa. Juntos a modo de cosméticos, tiene todos los pecados capitales a juego con la estación para tapar la culpabilidad. Es mucho de copla y lleva mal el ritmo en las verbenas, tanto, que casi no se nota.

España es un país donde se celebra la muerte del contrario porque la caballerosidad se quedó en Don Juan Tenorio. Sobre la mentira, para que los buscadores de respuestas se resbalen y caigan en posición de reos, nieva siempre. También gusta de usar la cámara de diputados en pos de arrojar muertos en cementerio ajeno.

España es un ente que pulula queriendo ser, bestia sin dentadura, pícaro en donde no hay a quien robar, un banco que asalta un ladrón encañonando a ladrones de corbata. Gusta del buen vino, y de limpiarse los escrúpulos antes de asesinar a Abel en prime time. No suele ir a confesión mas sí enarbola estandartes cristianos cada vez que alguien mira. Los cuchillos de descuartizar la memoria los compra en Amazon, solo primeras marcas.
Sale a altas horas, adicta a todo lo que esté prohibido para los pobres…

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La prosa como arma

Porque pisar con zapatos de oro,

que abrillantó el hambre

con sus manos, las aceras

limpísimas

de vecinos de las españas como madres,

y no como verdugas,

no es ser Calle.

Ser calle

es convertir a un español

en cola de oficina de empleo

que apeste a incertidumbre;

no es hacerle cancerbero,

con bandera roja y gualda

en el uniforme que se cuadra

ante el poder.

Ser calle es los niños

a las nueve menos diez

llegando tarde al loquegio,

nunca al primer viaje al Nueva York

donde vive Spiderman. Es

el chamán vallecano

arrastrándose por euros huérfanos,

bálsamo al viaje donde el olvido

queda en stand-by, también

las tiendas de los chinos

que venden magia de plástico

o las castañas asadas,

que abren los ojos en invierno

en esquinas de extrarradio,

y no compran las máster cards

de bolsillos sin fondo.

Porque pisar el destino

herido de muerte

cuando acababan de limpiar las heridas,

y tirar las colillas y romper los cristales

dentro de cacerolas de El Corte Inglés,

no dan mejor sabor

a las pócimas de inmortalidad.

La inmortalidad

son pescadores que se hicieron invisibles

en tierras de meigas, o el pastor

cuyas ovejas oyen rock por su móvil.

Es el jornalero cuyo sudor amamanta

al olivo caprichoso, contorsionista,

y el profesor que invoca a Machado

o a Gil de Biedma. Es Lorca

en romanceros asomados

a las flores del alba granaíno,

es cualquier ropa de faena

que encarcela

una guerra de un país que nadie

sabe pronunciar,

la tele basura guiñando

su ojo de cíclope al Ibex descubierta

por el hijo universitario del obrero,

el carpintero

que sierra los barrotes a la mañana,

el anciano y sus miguitas

de pan a cambio de un trinar

por parte de quienes vuelan.

No es una bandera bordada en China,

ondeada en piruetas de Photoshop,

ni los ¡Viva’spaña! de acento neutro,

ni el centro de la circunferencia

cuadrándose ante símbolos franquistas,

ni la guerra civil hormonando

sus botox en el cerebro

de algún truhán de manos inservibles

y verso ciego.

España, amigos de la prosa

como arma,

es otra cosa.

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Idioma

En el idioma del hambre

no hay muros, en el de la muerte

no dólares antídoto,

en el de la naturaleza

no piedad, en el de los hombres,

¡ay, qué diera yo

por saber que no existe

en el idioma de los hombres!

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“Modernismo”

La guerra (in)civil es un virus con la puerta entreabierta y la luz encendida. Va vomitando cunetas aquí y allá. A la mitad de los españicidas los deja sin postre y cuento; a los otros los indigesta a copas, puros y zona vip con vistas a esperpénticos espejos. Dijo que Dios era el bueno y a los que multiplican los sueños los acusa de pegárseles las sábanas. Le gustan los niños llenos de piojos, las iglesias que dan miedo al mañana, el colorido del blanco y negro, la realidad cual cárcel con ojos, la historia con tachones y apologías de ogros sin sombra. Nos cuenta que la humanidad no sirve, que el vencedor debe eructar fuerte, que el odio es moral y amigo del ahora, que los mástiles de la patria son proclives a naufragar en islas con aversión al mar. Una suerte de muertos con corbata que defienden matar las sonrisas del alba, deja al cuidado de arroparla cada vez que una batalla sinsentido se escape de su boca de olvido.

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La montaña sobre el valle

El Poder es invisible, como el virus.

El Poder te confina en su Harrod’s
particular.

El Poder mata, como todo lo que está

un peldaño por encima.

El Poder impera sobre el destino,

igual que la sima

de la montaña sobre el valle.

El Poder dibuja la calle

donde crees hacer la revolución.

Luego crea bandera, tótems, dios

a medida, imitaciones de virus, rictus

de hombres libres, muertes en ristre.

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Número de bastidor

El fin del mundo está escrito

en un callejón sin salida del barrio

de tus aguas fecales.

Nunca te has pasado por sus calles

en dirección

al adoctrinamiento.

El fin del mundo está escrito

sobre cada chimenea que sirve,

sobre cada neoliberal que haga

trampa al despejar la x.

Has aguantado la respiración

y se te ha escapado una palabrota

y un insulto que canta “Soy

el novio de la Muerte”.

Los que traigan

el fin del mundo, de color amarillo

e indocumentados, fumarán porros

y traerán el número de bastidor

borrado bajo la lengua.

Les gustará enseñar muslo

y venderte cosas inservibles,

catecismos varios, ruedas cuadradas,

y ligueros rojos. Te van a enamorar

mientras meten el fin del mundo

en el vacío que se formó

cuando mataste la esperanza.

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Un apartamento

Un apartamento con vistas

a donde rumia el obrero.

Una dimensión subterránea

donde la moral no use gravedad.

Una sonrisa marcada entre bastidores,

una grande no libre.

Un castillo de arena en medio

del vendaval, un buitre sin fondo.

El libro de chistes de una tragedia.

Una corrupción que pastorea

a ovejas que vuelan cuales gaviotas

suizas. Dos apartamentos,

Tres apartamentos…

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Dúo Dinámico

A algunos se nos nacieron los padres sobre los años 40.

Eran tan ácratas como dejaba el Dúo Dinámico,

y la muerte va de arresto en arresto

porque huelen a resaca franquista y a obreros pobres.

Las madres son las que limpian la Historia

para que las víctimas salgan bien en las fotos,

las que planchan los recuerdos familiares de cacofonías

y universitarios empuñando una flor.

Los hijos somos los que fuimos cagados en cualquier guerra

y nos tuvo que importar la trigonometría y el acusativo latino.

Somos los que pagamos por derecho a cárcel

en barrio residencial y por mojar nuestros anos lascivos

en piscinas comunitarias. Las bombas

suenan lejos, en los barrios de los perdedores,

pero no nos arrepentimos como Gil de Biedma o Caballero Bonald.

La sordera es consecuencia de escuchar tanta sirena neoliberalista.

Oímos música pop y vemos pelis basadas en mierdas de Pérez-Reverte.

La trinchera la tenemos en la buhardilla, con aire acondicionado,

aunque no subimos nunca.