Publicado en Bienvenida a las armas

Ojos que vean

Días tan manchados de estadística y pájaros afónicos

como vidas repetidas, siempre en lunes

y casi visperas de martes y 13.

Nos gustaría secuestrar al tiempo,

engullir días de adoctrinamiento,

descubrir el sol sin mascarilla.

Viene una nueva marcialidad,

virtual,  como toda realidad-ficción,

donde el toque de queda

muera de coronavirus y las planchas

solo existan en las fotos,

a los fusilamientos les quiten el cadáver

y las pistolas, a las cruces

el sufrimiento y masculinidad.

Días sumergidos en agua bendita,

borracheras de noche sobre el asfalto,

música de buses  hacia los infiernos vip.

Un hombre compilado, un ser sin mácula

de esencias, un robot

que se repare a sí mismo.

Días tan limpios de humanidad

vienen, evitando la caricia

y el ungüento, que unos ojos

que vean será un poema prohibido.

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Diario de guerra

Mi pesadilla come saludable por mí

en la cocina

de los pescadores de colesterol

y poss-it con versos tachados.

Levito mis andanzas

hasta el salón-confesionario luego,

no sea que despierte la ligerilla

de mi pareja en día impar y bisiesto.

Mi pesadilla tiene menstruación

y cambios de humor futboleros.

Denuncia al vecino del perrito cabroncete

a las autoridades, lanza

en Twitter artillería no ortográfica

y se parapeta en la esperanza

o en versículos de visión 3D.

Ligerilla es el ojo que cierra

los viernes noche,

pero vigila por si viene la muerte

mientras añoramos

algo de cuando en los dientes

nos crecía fruta más tarde prohibida.

El mundo es algo que hay tras

el quicio, con olas de atrezzo

y luces de neón que apestan

a naftalina y rock de cuarto

de baño con visillos.

Pesadilla y Ligerilla

esperan desde hace días

a un invitado que no usa goma,

y, so far,

nos deja tirados

en el que pensamos último día

del diario de guerra.

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Nuevas cunetas

El respirar de Dios masticándonos

se oye en la pesadilla. Un semáforo

en rojo, cual escuálido David,

vigila los dedos que dispararon

cuando la primavera

dio la espalda. ¡Hay tanta calma

en esta derrota de ojos abiertos

y arrancados al ser que fue humano!

Un faro alrededor de los murmullos

toma la batuta, las gaviotas

entran con su coralidad de borrachos.

Empieza a amontonarse el hedor

que edulcoran platós televisivos ,

sobre las cunetas,

nuevas cunetas.

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Desnudándose

Se murieron los ángeles de la guarda.

Demasiada gente en este after;

como destinos diseñados para pobres,

desencajadas mandíbulas

abrazan el silencio. Se oye

respirar el mar desde Madrid,

huele a colmillos de jazmines

sevillanos, a Santo Grial

entre olmos y Soria.

Se murieron los sueños que no roncaban,

la inmortalidad de los periódicos,

la Jauja prometida, el deseo

que sacaba seis en los dados.

Algunos fantasmas se visten

de lunes y coronavirus,

y arrastran sus higiénicos votos

por la intemperie.

Un poeta a quien nadie concede

beneplácito del contagio,

ve pudrirse el tiempo desde

su balcón. En la mañana televisada,

la voz de los bufones

canta con boca de rayos llena

el nombre de los desertores.

Se murieron los ángeles todos,

mata y sonríe el amor

entre bambalinas, desnudándose.

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Guolestrit

Se han parado los relojes.

Ha dejado de pestañear un universo

que nadie observa.

Los imperativos buscan sujeto,

los cementerios cláusulas cielo,

sacerdotes que aún crean.

Se ha parado el Universo,

como cuando el amor engaña

a dos sujetos sin rumbo.

En los balcones, un pueblo poeta

inventa todas las estaciones

para huir, señala las síncopas

del destino borracho,

arenga al silencio desertor,

acaricia al viento en la mejilla.

Somos tan humanos,

de súbito,

que ya nunca volveremos

a la quijada.

Se han parado los relojes.

Nos encañona una pesadilla,

nos crucifica un Wall Street

abarrotado de números marciales.

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Tres caínes

Tres caínes tres

sobre la historia viajan,

con sus disfraces de Abel

y la varita del hada.

Tres caínes son

sin el ton de la tonada,

placer de la sinrazón,

señores de la no calma.

Tres caínes tales

con gatillos del adiós,

reyes con sus diamantes

a arrancarnos corazón.

No queremos ser peleles,

ni anécdotas del viaje,

tampoco la muerte adrede

justicia de nuestra hambre.

Hoy queremos ser el caos,

la ebullición de la sangre,

no sembramos nuestro árbol

para dar poltrona a nadie.

Tres caínes tres

sobre la piel a horcajadas,

con sus alientos de hiel,

secuestradores del alba.

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Hermanamiento

Un madrileño infectado de playitis,

un rey con la guillotina por corona,

un neoliberal jugando al socialismo,

una muerte que se lo toma en serio,

un pueblo que da besos,

unas banderas que se llenan de polvo,

unas personas que resulta que eran

buenas personas, también humanas,

una sensación de que la esperanza

supera las guerras todas,

el amor levitando desnudo,

las planchas en standby, y la malaleche…

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Globos y serpentinas

Amo el volcán derramado

sobre las calles, su griterío grosero,

la inmortalidad impaciente

de los amores polinizados.

Odio los silencios y la muerte

escondida en las esquinas,

las canciones en duermevela

y los saludos que se eluden.

Amo los semáforos y el claxon

fiero, a la gente que blasfema,

a los coches con bronquitis,

al señor fascista que arenga

a los que no sacan brillo a su credo.

Odio a los tréboles de cuatro

hojas y estaciones en standby,

a los parquímetros mentirosos

y a los inventores de la oscuridad.

Paseo por mi memoria

desde este agujero en claroscuro;

rey de mí mismo, a la espera

de un big bang que nos cubra

con globos y serpentinas…

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El hombre embalsamado

El cubata que estaba entero

y quizás también el amor,

los versos que no apunté

en el turno de insomnio,

el abismo desde el que atreverse

a volar, las amapolas

más rojas en los sueños,

lo que quedó por decir

en el penúltimo adiós, los niños

cuyas sonrisas robar,

el desamor que nos hizo terapia…

(¡Tanto donde sembrar

la muerte y el virus, el ocaso

y la sombra sin sombra,

las pelusas y la telebasura,

al hombre embalsamado!)

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Como un virus

Reclama el alma zurcida

amasar el grito

de este tiempo de silencios.

El viento

donde el volar madura sus alas,

se ha parado; brújulas

de sempiternos ojos

nos respiran. El fin se refleja

en escaparates mudos.

Dios susurra aún

en los sueños mal diseñados.

¡Es tan eterno este ahora

de muertos en la piel

de adoquines sobre las mariposas,

de fuego en la plusvalía del hielo!

Un hombre paseará

a un cancerbero con odio infinito

por cabezas,

con la incertidumbre en ámbar

el diablo se salta semáforos.

A duras penas se distinguen

los versos a aprender de memoria.

Los poemas

se adaptan al terror amable,

la soledad abraza bajo esta prisión

que siempre nos observa,

como un virus.