Publicado en Escritos

Esteticismo narcisista


Cuando Dorian Gray se tambaleó tras esnifar otra en el servicio del cuarto de invitados, tuvo un arrebato de realidad, y puesto que hasta los que disfrazan su animalidad con dosis de perfume esteticista son caínes, fue a buscar su próxima víctima entre las invitadas a aquella conferencia sobre Globalización y Feminismo celebrada en aquel instante en el babilónico jardín de su mansión.

El ego en estos personajes acostumbrados a ser centro de atención en programas de sobremesa y portadas en revistas de dudosa cualidad estilística o de contenido es paralela a su fortuna, y antes de elegir cuidadosamente a su rea  en consonancia a un protocolo cadencioso y decadente, fue escaleras arriba a contemplar la horrible imagen de su culpabilidad.

Quizás por lo intempestivo de la hora, quizás como última lección moral o lo mismo por mero hobby vengativo, al cruzar la puerta hacia su secreto insoslayable, Dorian alcanzó al fin su propia mentira: lo que el creía cuadro era un espejo donde reflejaba sus miserias humanas, toda vez que los más creíbles espejos inanimados del espectacular habitáculo reflejaban lo que se quería ver, como casi siempre ocurre. Ni siquiera el reflejado pudo ser menos egocéntrico que el reflejando, ya que ocultar por más tiempo la pantomima hubiera resultado un equívoco acto de misericordia.

Luego comprendió que todos sus lealtades le siguieron viendo joven y dandy a raíz de los beneficios pecuniarios obtenidos. Miró a su siames a los ojos dantescos y descubrió cierta dosis cómica en la arrogancia de aquél yo. El esteticismo haría que la traición a su persona se convirtiera en la nueva arma de Dorian, y como si nada hubiera alterado sus planes, bajó a acometer su infamia por el puro placer narcisista de su rancio abolengo.

Falta de empatía lo llamaron los psiquiatras cuando ya la egocentría se arremolinó en torno al error de pretender asesinarse a sí mismo, pues no encontrara víctima más acorde a su maldad de clase, sexo y moral.

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Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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