Publicado en Escritos, Sin categoría

La espalda


En todos los pueblos de todas los lugares que imaginamos hay un hombre solitario en el bar en el que entraremos. En todos seguirá bebiendo a sorbos una vez todo el resto nos miren fijamente escudriñando nuestra confusión física respecto a un entorno efímero pero constante que permanece taxativo a la espera de juzgar nuestra adaptación a las reglas simples del lugar.

Creí que el hombre solitario de mi historia aún no había sufrido lo suficiente cuando sus ojos me observaron hasta encontrarse con los míos sobre la luna del bar. Su mano no disimulaba ninguna herida del tiempo. Ni tampoco demostraba experiencia angustiosa en las labores infernales del campo. La manicura era buena, las uñas limpias y el pulso normal pero silencioso. La copa estaba vacía. No había restos de bebida derramada ni botella apegada a la tristeza del ardor de estómago que se suponen a estos seres incómodos. El cura local entró y tomó café sin hablarle, luego de comunicar alguna fecha selectiva inminente. Se marchó con la misma fiereza y el sudor en la papada con el que debutó en la escena sin ningún tipo de aspavientos ni nerviosismo ante la presencia pausada del hombre en la esquina. En las ventanas empezaba a deshojar el otoño, agradable en este Sur de veranos esdrújulos e inviernos cortos y tímidos. El hombre sabía que yo venía solo.

Me senté a sus espaldas. Los campesinos me ojeaban y hacían las veces de capitanes intrépidos con las fichas de dominó. Había cafés invitando a su fuerte aroma y alguna bebida abandonada al estupor de la tarde. Todos controlaban, en cierto modo, cualquier parpadeo que yo diera.

Uno a uno fueron abandonado la tasca miserable. Al final, el barman en sus labores culinarias, apartado de la escena principal por la dualidad principal que ocupaba el espacio e incluso mandoneaba en el tiempo. Me acerqué tembloroso con un cuchillo escondido en la chaqueta descolorida. Era la primera vez que me atrevía a matar a un hombre.

Éste se volvió de súbito. Pude saborear su apestoso aliento de aguardientes que me encañonaban.

  • Yo también llegué un día para matar a alguien.

Se levantó y me dio aquella espalda escuálida donde el destino me hizo burla. Vi como dos niños se acercaron en la calle apenas existente más allá de la ventana y le daban la mano acompañándolo como papá querido. Sin más, supe lo que me deparaba el futuro, los años agrietando surcos en mi rostro de interrogantes. Me desvanecí en el espejo. Ya no me hacían falta cuchillos. Salí a descubrir a una mujer que aguantara mis pesadillas los próximos cincuenta años.

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .