Publicado en La primavera azahar, Sin categoría

La calma del río


Como prohibimos el a regañadientes

y la obediencia

en el amor de verdad, nos cogieron celos

los amaneceres árabes y los almohades

suspiros en verso. Como admitimos

las manos llenas del otro en el sacrilegio

ante los que pasan sin amarse nunca,

los parques se llenaron de malahierba,

de buitres come palomas, de vacío

las iglesias sevillanas, de pirañas

la calma del río. Fuimos a juicio,

callados, obedientes, y vencimos

en este lado de nuestro universo.

No nos importó la sentencia en su lado,

que era seguro el malo, y hasta las sevillas

asesinas nos buscaron por las plazas;

nosotros somos ya mucho más

que oledores de azahar…

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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