Publicado en Sin categoría, Vacaciones en laguna Estigia

Canto VI: cocainómano y esposa


A Agamenón la soledad lo mastica. Se sienta en su sofá y ve televisión con subtítulos para no molestar. Está indigesto, sigue gordo. A veces aparece su país en pantalla.Desfigurados. La patria y él mismo. En este estercolero de país donde ha hecho carrera todo es droga. Como su barrio de nacimiento. Como en su drogadicta soledad cocainómana e insulsa vida de gánster. No es el Padrino como Menelao. Ni siquiera rico. Podría haber armado las lagunas de su mente en un orden adecuado para engañarse con recuerdos felices. Pero ha habido demasiada puta en su vacío. La soledad vuelve a la gente vaga. Ese Aquiles gitano tiene dos cojones gordísimos. No aguanta su rostro sereno e impávido. Es imposible leer su grado de miedo. Y los seres humanos tienen todos miedos. A él mismo le temen. Y él mismo tiene miedo a que dejen de tenerle miedo.Su envejecida mujer lo reclama para la cena en el día libre del servicio. Tonos a ginebra en la voz quemada.

¿De verdad no quieres más? No necesita contestar con palabras. Briseide mira al hombre y queda maravillada de los arrumacos de un ser humano. Ojos color alma. Alma grande. Aquiles es un impostor, narco para otros, poeta para ella, brasilera disfrazada de femme fatal. El gitano sigue comiendo. Se sabe cómico y se deja contemplar.
-Se había olvidado en mía cabeza- musita la prostituta. Al menos él parece esperar a que siga. Todo es trascendente.
– No recordaba que el amor era así – Ella se olvida que es puta poligonera. Él que es un gordo gitano esforzándose por agradar.
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Patroclo sale despedido por la luna delantera tras un violento choque con un semáforo. Su carro de mil batallas protagonizadas por su caro Aquiles queda reducido a metamorfosis de muerte. Sonidos sepulcrales. Envites de luces de policías que llegan e imaginan la colisión terrible. Problemas de ansiedad entre testigos fortuitos que vieron volar el cuerpo. Golpe de la mortalidad al caer contra la calzada acompañado de cristal en mil pedazos. En los bares cercanos anuncios de consumismo enfermizo. Quizás alguien que se
atreve a clamar con sorpresa ante un finado. Gente que quisiera que hubiera espejos que los reflejara radiantes.
Héctor despierta de un sobresalto. El fátum ha reclamado su trofeo. Andrómaca respira vio-lenta, casi ronca al otro lado de la cama. Algo ha pasado.

Salón comedor. Amplitud espacial. Muebles de paletos. Caros, pero de paletos. Somos casi una familia nobiliaria. Éso dice el abuelo. Y la arpía de la abuela, la muy puta. Andrómaca compite con las venus horteras que hay modo de refrito clásico en algún rincón. Espejo también en algún muro para contemplar sus tetas nuevas. A veces en el café el viejo chocho es atrapado mirándolas de reojo en ese reflejo hipócrita, visión de lo que se
quiere ocultar y ventanales grandes para que el vulgo que pase por aquellas tierras los admire en su olimpo privado.

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Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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