Publicado en Escritos, Sin categoría

Gea

Gea fue rara vez amable puertas afuera. Los que la conocieron decían que en casa sus padres la trataban como columna donde descargar todo el peso. Pasaba largas horas mirando por la ventana, los niños solían tirarle piedras y decirle fea, con la crueldad propia reservada a la infancia y a los poderosos, pero no pareció nunca inmutarse. Se decía también que un soldado que iba a una de las guerras que asolaron medio mundo en aquel tiempo en blanco negro la dejó preñada en la iglesia abandonada. Hoy dicen que aún se oye allí al fantasma de Gea llorando la última vez que lo hizo ante el bebé muerto que salió de sus entrañas malditas y que la dejaron muda. Mancillada, pobre y un poco tonta, no tardó en amoldarse a ser protagonista en los chismorreos de toda aventura que tuvieran los pulcros hombrecillos del lugar, que Gea no desmentía a pesar de tener coartada para casi todas puesto que la visión del recién nacido muerto le cegaban los labios y le recortaba las uñas.

Los padres de aquella mujer encerrada en canas y en pechos que fueron grandes y luego cortados por el amor de un hombre que iba a la guerra, murieron. Gea no supo cuánto tiempo pasó, encarcelada como estaba en el luto imborrable de su propio fruto, recordó los besos de niña en brazos de su madre y un padre borrachín aunque bueno que jamás le regañó ni puso una mano encima. Luego del luto siguió la vida con sus días largos de verano y sus noches larguísimas de inviernos cada vez más irascibles. Gea no aparecía apenas, o cruzaba haciendo a sus pasos partícipes de la mudez absoluta. Los niños que no la conocían ya de mayor no la insultaban ni reían. Los otros habían olvidado en cierto modo la niñez, y Gea se fue haciendo fantasma ya en vida, caminando siempre a espaldas de los aldeanos con el sigilo propio de quienes viven en otros mundos más se dejan ver en éste.

Gea se murió de esa insufrible enfermedad que es el olvido de los otros. Entonces surgieron plagas y miserias en la aldea primero, en los pueblos cercanos más tardes, que la gente asustadiza atribuyó a las brujerías de la muda. La habían llamado fea sin contemplarla, tonta cuando no podía
explicarse, ninguneado cuando estaba presta a ser abrazo de cualquiera que lo deseara, y los que fueron infieles a sus esposas vieron como sus atributos sexuales se pudrieron entre sus manos, las mismas que uno que marchaba a la guerra había osado usar para mancillar a Gea y ella vengó ya mientras velaba a su hijo muerto, al mismo tiempo que se convertía en un invierno vengativo y silencioso que traía las tempestades.

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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