Publicado en Escritos, Sin categoría

Barrocos


La vecina del primero acertó a verla por la mirilla. Mientras, la maldad en ebullición en la cual nadaba en su muy vacía soledad, provocaban en la testigo algunos arrepentimientos momentáneos que se curarían con algún rezo de ésos de empeño leve. Alicia era una señora gordita y entrada en carnes. También guapa pero enorme y patosa que había renunciado a su trabajo de contable para cuidar a su maridito. Éste era, a su vez, gerente y dueño de la empresa donde curraba la entonces novia, mucho más agraciada por el tempo fugit y con más maquillaje esperanzador. Las vecinas cuchilleaban con envidia sobre el matrimonio perfecto, los viajes a tierras de Jauja y la Luna que supuestamente realizaban, lo bien que le vendrían un par de hijos para sentar cabeza. Luego se intensificó el grado de malignidad con elementos más escabrosos, que resultaron menos que la realidad, y el marido fue visto en compañía de otra mujer de atributos más estilizada, como correspondía a su categoría de inmaduro cincuentón en busca de nuevos manjares.
Se subrayó mucho el cambio ruinoso de Alicia, de cómo de mal le hablaba al mundo circundante, de los kilos producto de la ansiedad, de qué sería de ella sin su maridito, que no le quedaría ni para comer…De pronto un día desapareció él sin dejar rastro. No avisó en la empresa, ni a la sustituta y ni por supuesto a la mancillada en su honor.
Pasó tiempo hasta que la rivalidad entre ambas damas comenzaran a moverse sigilosamente sobre el tablero para descubrir aquel jaque mate sin defenestración real. La una adivinaba las miserias de la otra como propias, y las permutaciones que se oyeron por las escaleras de los vecindarios aledaños resumiánse en lo mismo: el maridito había desaparecido asesinado por su oronda señora con ayuda de la amante, las habían visto juntas en algún sitio de algún otro lado de no se sabía muy bien cuándo. Resumiendo: era verdad que las vieron.

Nadie volvió a verlo. Se investigó, se buscaron coartadas, se dijo que eran lesbianas asesinas, la prensa se hizo eco. Nada, solamente que la señora Alicia y la otra con pinta de zorrón tenían una íntima amistad fruto del desenlace. Se buscó hasta la saciedad por todos los lados de sus pensamientos y no se hayó ni rastro. Pero finalmente, unos problemas en el congelador de Alicia cuando se hayaba de vacaciones con la mujer a la que la unió un hombre común, atrajo a la policía y el chismorreo hacia el sagrado hogar donde el tufo de la descomposición se cernía en el congelador. Echaron la puerta abajo mientras ambas damas se tostaban en alguna playa de Dios sabría dónde, y bajo los comestibles congelados aparecieron los restos desmembrados del maridito. Nadie había mirado bajo las toneladas de carne congelada porque el invierno se ceñía sobre la ciudad entonces y se hacía incómodo bucear entre tan pocos grados. No alimentó la felicidad de ninguna, y entre ambas lo habían matado, descuartizado y por falta de valentía, escrúpulos o vaya usted a saber por qué, no se atrevieron a ir tirándolo a la basura y decidieron mantenerlo escondido durante largo tiempo, hasta que se descongeló el crimen por causas técnicas. La realidad y sus paroxismos barrocos.

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

4 comentarios sobre “Barrocos

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