Publicado en Sin categoría, Volveré y seré millones

Capítulo III: Obligaciones


La vagancia de los últimos días se me ha pasado de pronto, hay demasiado que
hacer para que en este mundo de hombres te oigan y te respeten. Hasta han telefoneado los tíos y primos prestándose a intervenir para resolver el conflicto con los sindicatos. En otros tiempos estos salvajes hubieran recibido el cadalso por atreverse a cuestionar mi buen hacer en los negocios.

Ya en la estación he notado la furia contenida de algunas miradas. Me odian por
mantenerme inflexible en mi postura. No entienden que en sus manos haría mucho que la quiebra habría dejado desierto al pueblo, no saben más que beber en las tascas y alimentar cabezas con ideas de esos asesinos rojos. Juan me ha puesto al día de los acontecimientos, incluso han cogido a alguno merodeando la casa. Son momentos en que me hubiera venido bien conservar la amistad de Saúl; creo, no sé porqué, que los habría mantenido a raya. Él ha proseguido el negocio familiar y conoce a cada cual, sus puntos flacos. Demasiadas veces las mujeres hemos tenido que mandar a través de una especie de testaferro. Llega a cansar lo terriblemente feroz que atacan los enemigos cuando te piensan débil. Parece mentira que hace nada estuviera abocada a descansar por prescripción médica, ahora que hay que ser vigía hasta de mis pensamientos si fuera preciso, con la ayuda siempre de Dios.
Juan me ha narrado que en el pueblo hasta ese cura comunistilla ha asesorado a los huelguistas, no sé cómo hemos podido a perder el norte así, hasta en la mismísima casa del Salvador.
Me veo fantasmal en el reflejo perdido de la ventana, espejo ahora que escribo
de la ventanilla del coche, rumbo a mis dominios. Huele el auto a limpieza, como antes el vagón a desinfectado. Ojalá descubriera la fórmula para higienizar las almas a tanto daño hecho en este país a la Iglesia y sus gentes. La biblioteca colosal de mi padre, que antes fuera de mi abuelo, y así hasta las generaciones en que se publicaban incunables me ha ayudado mucho a entender, desde mi humilde posición de esposa y madre, los rudimentos de la política, que no es mi fuerte como tampoco la filosofía. Sólo aspiro a buena cristiana, con suficiente paciencia para aguantar en este valle de lágrimas donde camino a ciegas desde que ocupo todo el lecho.
Me preguntan que por qué no me he vuelto a casar. Saben de sobra la respuesta. No puedo si no mantenerme firme guardando el buen nombre de la familia y la memoria de mi marido,soportar el infierno de la oscuridad absoluta frente a la alegría de los viejos tiempos, adecuar mi posición a no desaparecer como una ancianita más. Alguna vez recuerdo a Saúl, cual Evita recordaría desde el cielo a Perón. En el coche, por ejemplo, me he parado, surcando mis arrugas en la etérea imagen del cristal. Pasó la mañana y el sol me hizo desaparecer de la ventanilla, como antes en el tren, ajena a ruidos exteriores de pasajeros que entablan conversaciones frugales y acomodadas a no decir nada en profundidad con el fin de no molestar al desconocido.

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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