Publicado en Escritos, Sin categoría

Nublado IV


Siempre estaba el tonto en la plaza ofreciendo caramelos con aquella cara que ponía pareciendo el benefactor que acabará con el hambre, con los mocos pegados cuando se resfriaba y tú cogiendo los dichosos caramelos que luego decías que picaban porque eran para fumadores, pero que yo no decía nada porque se agradecía el sabor a menta en tu lengua al tacto de mis labios que esperaban tu deseo como si hubiéramos nacido para el amor sin leyes ni sociedades.Me encantaba que nos dijeran que no cogiéramos nada de lo que ofrecía y a ti te daba igual, me hacía adorarte con devoción religiosa casi. Y celos, que me sé cómo te miraba el tonto el culo. Ahora casi te saboreo la saliva tan rica y recuerdo tus pezones duros, así, sin más, en esas cosas que hace la mente cuando le da la real gana precisamente en el frío de la aún no mañana madrileña de gases de tubos de escape y gente con la sonrisa en reserva para el desayuno a cantar las gestas del Madrid o del Atlético y las chicas a decir memeses sin fútbol y a veces casi sin vida real.
En el pueblo en esta época es la recogida de la aceituna, que siempre alguno se descojona de mí en Navidades porque todavía no me entero de lo que es el verdeo y las negras o no sé qué, que yo siempre estuve en la luna, que era más de libros, que es un subterfugio para llamarme vago por no haber tenido la posibilidad de currar como los hombres y no esas chorradas de latinismos y fórmulas que no tienen cabida por estas tierras quevedianas, que seguro que todos esos que escriben no tienen cojones de aguantar una sola campaña de recogida.
También me acuerdo cuando he ido a alguna ETT a mentir acerca de experiencias que no he vivido, perdido en la jungla de piedra como cualquier currito que solo puede salir a coger aire en algunas vacaciones o estando enfermo, cuando bajas a que te dé el aire puro, y resulta enrarecido por los chismes y la cizaña. Todavía tengo entre sien y sien cuando el fascista ese de Ángel se me acercó en el bar de Pedro para venirme con que me apegara más a ir que me quedaba sin novia, y la risa en el ambiente me dejó clarísimo que había pasado, que no tenía derecho a hipotecar tu vida de mujer adulta a la espera de un príncipe que nunca fui y nunca quise ser.

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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