Publicado en Sin categoría, Vacaciones en laguna Estigia

Canto II: El no sueño y Agamenón

Piso macilento de extrarradio. Cochazos van y vienen. Flamenquito
basura que se acerca y aleja. Alguna gitana acorazada por delantal manchado vocifera con vecinas. Risas. Felicidad entre jeringuillas abandonadas. Umbral de piso de Patroclo. Aquiles abre. Restos de infelicidad. Desde dentro alguien habla en la caja tonta. Olor nauseabundo a marihuana. Neblina. Restos de infelicidad, pero no de piso de soltero alcoholizado. Patroclo tirado sobre la mesa. Cuerpo y mente en la derrota de restos de infelicidad.

Polígono. Putas babeantes. Basofia alrededor de contenedores. Olor a óxido. Puertas cerradas y oscuridad acercándose. En su caballo alado, Aquiles aparcando en doble fila. Fosas nasales acicaladas en el retrovisor donde no cabe la papada de gordo. Ritmo trepidante en el interior. Rumanos con mala hostia junto a negros azabaches con acentos vomitivos. Ropa deportiva cara. Coches caros y cocacamión. Agamenón en una esquina en círculos ordenando desde móvil. Mueve mandíbula nervioso. Debe de ser holandés o alemán.
En inglés, le grita al conductor del trailer. Desde dentro la droga con su extenuante olor.
– 20 kilos dijo Héctor; ahora te lo colocan, Aquiles. Tranquilo. Es hierba.
Mirada de pupilas espantadas. Aquiles evita contacto visual. Entrega las llaves a un negro y en silencio se dirige a la cocina por café. Rutina. Con las puertas cerradas la nave industrial parece infranqueable. Dos esclavos colocan todo fieles a la cadena fabril.

Héctor era muy madrero. Más bien buscaba una madre. La suya propia era demasiado bruja. Caía en las redes de Andrómaca con solo enseñarle las bragas. A
ella le ponía aquel potrillo que se pensaba bronco e indócil. Iba siempre arregladito el muy paleto. Engominado, acento imposible, camisas como la de su padre…Guardaba su secreto de aprendiz de machote demasiado rápido. Tenía buena lengua después de todo. Era demasiado fácil. Como mujer solamente hipotecar la entrepierna a aquella lenguita y ya. ¿Hablar? ¿Para, y de qué?Del tiempo, que si qué malo es no sé quién jugando a la pelota, que si vamos a la playa este finde…Luego venía bien ser invitada siempre, había más dinero entre semana
para acudir a conciertos en la capital y descansar en casa en horas de clase. Total, aquellos carcas catedráticos resultaban patéticos con sus ademanes pseudoprogres y su lenguaje anquilosado.

El hijo de Peleo acomoda el asiento de nuevo al volumen de su panza oronda. Mirada enfermiza a sus fosas nasales que no evitan el hedor herbóreo y la nave
arranca flanqueada por el cabronazo de Agamenón y un puto rumano detrás. Los confines de la noche y las tinieblas se surcan desde la nave colosal atento sólo al móvil que descansa al lado de su corazón indómito.
Héctor desde su olímpico hogar implora a Príamo una llamada a los de arriba para asegurar el éxito de la empresa en marcha. Fuera remordimientos y moralidad. Aquiles es vigilado desde todas partes mientras impávido y temerario coloca sus argénteas manos sobre el timón de su destino heroico. Héctor es poco a poco el capitalista con más poder en el podrido imperio.

Bar. Música mala de fondo. Rostro de hijo de perra culto. Las canas esconden nerviosismo. Sintomáticamente es observado a ratos. Café solo, humeante. Bebe con moderación. Entra un forastero. El barman señala al viejo abogado con rictus indiferente. Nota el miedo en el joven.
– ¿Usted es Pgíamó?
Acento francés. El anciano asiente con la cabeza.
– ¿Podemós hablar en privadó?
Se levanta Príamo. Toma dirección a una puerta. Movimientos maquinales. Muy estudiados. Nadie mira, futboladictos de la enorme pantalla. Ruido de billar asincopado.

De niño Patroclo era enclenque. Recuerda a su querido Aquiles. Deslumbrante. Imponente. Nadie le hacía sombra. Poderoso gitano. Envidia del último curso.
Patroclo no tenía problemas. Los payos no le decían gitano como a los otros. Aquiles era terrible en la venganza. Había algo en él que le hacía líder descomunal. Atlético, fuerte. Y listo y solitario. Era el amo el tío, recuerda Patroclo sintiéndose protagonista de su propia poca fe en sí mismo. Hay que empezar a hacer algo. Aquiles se sentirá orgulloso.

Las fogatas iluminan la noche en el descampado donde acaba la ciudad.
Entre los pisos hay ganas de fiesta, y las litronas y el vino acompañan la barbacoa que regala el bueno de Aquiles. El héroe sonríe. Mujeres mayores le hablan agradecidas mientras el jolgorio y la algarabía del flamenco en éxtasis se desperezan. Las palmas ensalzan al Dios Todopoderoso entre los chiquillos que medio desnudos dan rienda a la imaginación inocente aún. Tetis, madre de Aquiles acude presta a su retoño al sentirlo pensativo.

  • ¡Hijo!¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas…
    Peleo con sombrero de calé anciano se apoya en un dubitativo bastón que hace mucho abandonó el liderazgo. Se acerca parsimonioso a su descendiente. La madre continúa sabia.
  • ¡Ay, hijo mío! ¿Por qué no te he criado, si en hora aciaga te di la luz?¡Ojalá hubieras seguido tus estudios, ya que tu vida entre los payos ha de ser de no larga duración!
    Aquiles habla con los ojos. No necesita palabras para mostrar su corazón desgarrado. Arropado y oculto por la música, cuenta cómo conoció a Briseide, brasileña prostituta que no se rió de su obesidad. Cree que Agamenón se ha encargado de eliminarla para así mantenerlo firme y sin fisuras en los negocios sin retorno. El hijo de Peleo mira al frente con ojos de mar, la ira adueñándose de su calma. En la nave, su pistola escondida está presta a despertar del letargo.

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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