Publicado en Sin categoría, Vacaciones en laguna Estigia

Canto I: la coca y la muerte

Calle céntrica. Cualquier ciudad. Nubes de otoño. Quizás alguna llovizna. Alguna
puta demacrada alumbrada por el amanecer grisáceo. Los comercios se desperezan poco a poco. Alguna radio narra sus verdades del día. Hedor a café y autómatas esperando bus. De pronto sirenas. Colorido de lo que se supone un automóvil. Policías persiguiendo. Rugir de novedad. Gente agolpada en cristaleras de bares. Deseo callado de poder ser el delincuente. Más sirenas. Alguna vieja solitaria atiborra el pensamiento con salir guapa en las noticias, inventando haber visto algo. Náuseas de cigarro matinal y sabor a anís. Luego silencio. Coros de tragedia griega alimentando el fátum.

Casa de Patroclo. El puto gordo dormido. Como siempre, piensa Héctor. Restos de pizzas baratas. Folletos de partidos romanticones. Héctor suda, la línea ha hecho mella, sabor que baja corpulento hasta el estómago. No hay donde sentarse. ¡Putos gitanos guarros! Restos de tabaco alrededor de caja tonta que narra porquerías de cuatro aprendices de puta en minifalda. Patroclo absorto. Acné juvenil. Pareciera que se fuera a masturbar en cualquier momento. Mesa preñadísima de vasos sucios y periódicos gratuitos. Cola sin gas abierta, tótem a la vagancia extrema.

Cuerpo de mujer escultural entre embozos. Habitación rural de mucho dinero. Entre rendijas de persiana sol persistente y pesado, inmune al sopor del interior. Héctor sentado en el borde de la cama. Abismos en su cansancio. Mirar sin ver hacia los pechos de Andrómaca. Ya no sacian su sed. Lo de anoche fue para olvidar, otro gatillazo. Las erecciones no son como en otras épocas. Ni las ganas. Ni la premura. A veces la arrogancia da risa ante el espejo donde la mujer se disfraza de femme fatal. Debe de haber quedado algo en el bolsillo de la chaqueta. Cual espantapájaros permanece sobre silla solitaria. En breve llorará el niño. Ya acudirá la sirvienta. Seguro que es otra putita comunista. ¡Pero tiene ese culo tan prieto al tacto de su mano!

Un Aquiles majestuoso en su inmortal belleza se lanza temerario al fragor de la batalla. A través del mensaje explícito de los dioses del Olimpo que miman su destino, el héroe pone en marcha sus artes bélicas cabalgando hacia los infiernos tenebrosos. Teléfono chino. Manos embadurnadas en pizza o burguer. ¡ Cagon dios la mierda ésta, su primo! Por fin contacto.
– ¿Has salido ya, Aquiles? ¡Te esperan para el encargo!
La voz permanece a la espera. Sonidos de silencio sepulcral.
– Perdón, tié el altavoz cascao…Sí, hace ya media horilla má(j) o meno(j). Voy de camino.
-¿En el bemeuve?
¡Sí, claro! ¡No problem!
¡Gitano flipao!
Cuelgan. Patroclo se mira tras hacer de héroe en el espejo del fondo del pasillo. Ha quedado bien haciendo de Aquiles. Recuerda cuando colgó ese espejo “ para que parezca má(j) grande el piso, cari” dijo la muy guarra. Aquiles dice siempre no sé qué de héroes clásicos y espejos y esperpentos y averigua si se lo ha inventado. Se chupa los dedos. Teletienda anunciando cuchillos.

Gusta más en las pelis, fumas unos pitillos y lo vives. Parece que vas tú en el coche,
y como sea en casa del gordo con el jomcinema ya flipas. Aquí tiemblas las piernas. Y me
estoy meando, ¡cagon tó! ¡Uffff, ahora parece que huele hasta más la marihuana de los
cojones!

Otra vez a casa de los abuelos. La discusión ha tomado protagonismo todo el desayuno. Andrómaca parecía una puta con esas tetas de mentira. Héctor saborea el café frío ya. Portazo en segunda planta. Parece que le quisiera meter la silicona al abuelo Príamo por la boca y asfixiarlo. Está chocheando el viejo. Ya sólo ve problemas por todos sitios. Y la abuela seguro que se quiere poner tetas también, la muy arpía. Por la ventana de la hercúlea cocina se ve al hijo diciendo adiós, rumbo al cole. Hay que revisar la cosecha. Héctor de pie localizando al gitano.

Control de tráfico. Aquiles conduce impaciente. Un agente le señala el arcén. Se aparta el gitano inmortal a un lado. Luces de emergencia.
– ¡Ey, Aquiles! ¿Qué pasa, hombre?
Rostro cansado de un tal López. Palmaditas de amistad impuesta.
– ¿No llevas nada, amigo? Con esta calor hasta la noche…
Mirada furtiva que atraviesa hombres. Aquiles disfraza su boca cariada con la defensa de la sonrisa.

– ¡No, mi arma! ¡Tá la cosa regulá! A vé si a la vuerta te traigo argo bueno, no viá tardá!
Pupilas brillantes. La pareja menea las mandíbulas. Uno va puestísimo.
-¡Vale, amigo! ¡Y ten cuidado, hay muchos controles hoy y con este carro das mucho
el cante!
Aquiles arranca. Ve como los hijos de perra comepollas se hacen diminutos en el retrovisor. Bajo su asiento la pipa permanece aletargada.

Andrómaca era tan frágil. Los bajos sonaban espléndidos. Te golpeaban el bajo vientre. Veía al tonto de Héctor en la pista disfrazado de colores cambiantes. El guardembrá hacía maravillas. Y a algún zorrón le había escuchado los gustos del riquito del pueblo. El padre era abogado. Ella quería follar dinero. Cara de sumisa y tímida. Luego sus pecas y el acné lo cambiaría por visones en el armario conyugal. El sí en el altar de un dios en quien no creía mucho era su venganza. Su humedad en la entrepierna se tragaría el falo de aquel tonto. En la clase Aquiles era el empollón; Héctor estudiaba para ser aprendiz. Aquél era pobre, éste tenía dinero…¡perfecto!

Aquiles siempre tiene respuestas. Dice cosas guapas, las debe leer en esos libros. Es muy zorro. Las lee y los esconde, para que nadie sepa de dónde las saca. En las fotos está fuerte, de cuando se cuidaba. Ahora sólo ronca, come y al tema. En fin, no parece que le preocupe mucho estar en forma. Patroclo busca en el cenicero alguna chusta. Versión patética de Gran Hermano en pantalla. Una tetuda impresionante arranca aplausos con su gilipollez. Aparta unas cajas vacías de comida basura Patroclo y se siente importante ojeando un libro que no comprende.

En el cole el gitano era un portento. En deportes el no va más. En el resto también. Daba grima su piel tostada y su voz de mierda recitando poemas de memoria. Ropa de mercadillo. Pero era el puto amo. Y ayudaba a los demás. Héctor, el cachas segundón. Guapo, deslumbrante, pero por debajo de Aquiles, en aquella clase caliente y apestosa de ventanales enormes a la nada. El riquito del pueblo iba para humanizar su ego. Todavía pizarra verde. Y tizas. Un cristo igual que el de las demás clases. Te acercabas y no tenía cara. Cuando había exámenes mirabas y era prodigioso ver al gitano. El resto o copiaba u
observantes en busca de auxilio. Héctor soñaba con ser el del diez. Y sobre todo que Aquiles fuera el del seis y medio.

After. Paris baila. Éxtasis paranoico. Trecientos beats de compás autómata. Rostros desvencijados. Copas mediadas. Botellas de agua anárquicas por todas partes. Se ven algunos trasnochados maduritos. Anfetas. Sonido abrumador que se mastica. Ganas de mear. Cola de servicio. Degradación colora asfixiante. En el pasillo de súbito la dulzura. Rubia deslumbrante. Perenne sonrisa. Venus de discoteca. Ojos color alma. Azules.
– ¿Cómo te llamas? No te he visto nunca por aquí.
Sorpresa agradable ante el trato del mortal. La diosa en flor.
– Helena.

Aquiles el de los pies ligeros es sorprendido desenvainando su arma homicida, aquélla que lo hará inmortal en su viaje a la dura batalla. Una vez el polvo blanco, pócima infalible en la espera atenta, penetra en las fosas nasales del héroe, guarda su poder mágico en algún lugar de la nave nodriza. Como apaciguado por Palas Atenea en su ira terrible espera a una perdida en su teléfono móvil. La nave presta al arranque moviéndose guiada por los dioses olímpicos del polígono industrial.

 

Autor:

Músico a medias, escritor también, quizás demasiado ingenuo y extremadamente gruñón para lo que debe ser la tábula rasa a la que se supone que debe aspirar el ciudadano medio. Revolución Francesa en todos sus actos inmortales, siendo la inmortalidad un tema bastante alejado de la masa encéfala que no sabe amar con todas sus consecuencias.

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